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Héroes de la desesperación, el fracaso y la tranquilidad


Traducción del inglés: Aldemar Giraldo-Hoyos


El detalle del tejido conjunto de Occidente y la India en el nuevo libro de Shlomo[1], Cruzando Horizontes, lo convierte en un vistoso tapete del pensamiento. La cultura de Shlomo es amplia, su curiosidad está siempre alerta, su erudición es evidente y siempre está presto a señalar, es verdad, que las ideas que parecen las mismas, no lo son o no lo son exactamente, mientras que aquellas que parecen diferentes pueden o no serlo, o, por un giro del pensamiento característicamente hindú, que es verdad que ambas son y no son las mismas y diferentes,  y que es falso que ambas son y no son las mismas y diferentes. Esto es refrescante, ya que abre posibilidades, pero es, por supuesto, confuso. Constituye, por lo tanto, una buena introducción a lo que quiero decir sobre los héroes Occidentales e Hindúes del libro de Shlomo, héroes que llamo de la  desesperación, el fracaso y la calma. El más  extraño de ellos es  la oruga fumadora de narguila de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, quien le pide a Alicia que explique, por su cuenta, su propia identidad, aunque, como responde ella, tras haber cambiado de tamaño varias veces, se ha vuelto demasiado pequeña para ser ella misma. Aparte de la oruga, que la he mencionado aquí debido a su extrañeza y modernidad ejemplares, he  decidido expresar unas pocas palabras (las mínimas posibles) sobre Kafka, Kant  y Nagarjuna[2]. Cada uno de éstos tres fue o, en el caso de Kafka, iba a ser, obviamente, muy exitoso; pero, también, desde mi punto de vista, los  tres filósofos fueron, de igual forma, un fracaso.



[1] Shlomo Biderman: Crossing Horizons: World, Self, and Language in Indian and Western Thought (N. del T.)

[2] filósofo Budista hindú, quien articuló la doctrina de la vacuidad (shunyata) y es considerado como el fundador de la escuela Madhyamika, una importante tradición de la filosofía Budista Mahayana. (N. del T.)

Los fracasos de Kafka, con base en todo lo que escribió, fueron las dificultades personales que casi hasta su muerte lo atraparon en sus dudas. Utilizo la palabra “casi” porque fue  cerca a su muerte que vivió con Dora Dymant, con quien deseaba casarse, momento en el cual escribió uno de sus mejores relatos, “Josefina la cantante y el pueblo de los ratones”, sobre la creación, el poderoso efecto y probable  olvido del arte. En Berlín, seriamente enfermo, pero apoyado por una mujer  idealista y adorada, a quien llamó su salvación, Kafka estaba seguro de su familia y podía trabajar. Sus sentimientos de  atrapamiento  disminuyeron y soñó con la recuperación de su salud, la escritura de relatos perfectos y su mudanza a Palestina.

Kant, en mi opinión,  fracasó en dos formas. Una, debido a su excesiva ambición de mover el mundo filosófico hacia un nuevo centro, como Copérnico, dijo él, había recentrado el sistema solar. Para decir la verdad, creo que la oruga en Alicia fue más sabia o prudente que Kant en su gran Crítica. La oruga azul sabía que evolucionaría y asumiría una relación Darwiniana con la naturaleza, en la cual las criaturas se adaptan ellas mismas a la naturaleza, justo como ella, por fuerza de la naturaleza, se transformaría en una mariposa o polilla, antes que, por así decirlo, crear el mundo a partir de sí misma. El segundo fracaso de Kant fue emocional. Kant, en cualquiera de de sus estados de ánimo, reconocía  que era hipocondríaco y pensaba que podría huir de los pensamientos nocivos con “esfuerzo viril”. Un verdadero erudito es un verdadero pensador. Cuando  está alerta y sólo, expresa Kant, un erudito no puede vivir sin el pensamiento abstracto, excepto  mientras come o camina o hace algo que lo ocupa intensamente. Estar dedicado a la filosofía propiamente dicha, cuyo primordial objetivo es la absoluta unidad que es el objetivo final de la razón, no permite que la fuerza vital se acabe, dice Kant, y  este filosofar trae consigo una sensación de poder que puede  ayudar a compensar, incluso, la debilidad corporal de la vejez. Sinembargo, ya famoso y filosóficamente arrogante – casi no soportaba la contradicción – Kant intentó y fracasó en la búsqueda de la tranquilidad emocional y cayó atrapado en una variedad casi increíble de temores hipocondríacos y extraños rituales compensatorios.

Nagarjuna,  conocido por haber tomado su sabiduría de los Nagas, criaturas con formas de serpientes que establecen su reino en el fondo del océano. Fueron ellas quienes le confiaron sus documentos sagrados, protegidos por seres humanos contra el tiempo hasta que estuviesen dispuestos para ellos, en los cuales se basaba su doctrina. Nagarjuna, quien, al igual que Kant fue un filósofo enormemente influyente, hace todo lo posible por demostrar que todo lo que percibimos ordinariamente es una ilusión. Todo, para él, incluyendo la doctrina Budista, la cual puede ser formulada en palabras significativas o válidas, no tiene existencia intrínseca, no siendo propia cualquier prueba de la existencia que da la lógica, lo destruye la lógica. Pero así como Nagarjuna hace un extenso uso de la lógica, a menudo traducible a la lógica formal presente, es fácil decir que  comete errores lógicos. Para defenderse de la acusación de que al cuestionar la realidad de algo, ordinariamente pensamos que existe, él está, absurdamente atacando lo que no existe; Nagarjuna asegura que sus opiniones son inmunes al ataque ya que al contrastar unos argumentos con otros no se hacen aseveraciones  positivas en sí. Y sinembargo, aquí la calidad del servicio, en sí mismo, del razonamiento,  se vuelve evidente – la verdad trascendente, el Dharma[1], no puede enseñarse sin el recurso de la verdad vacía convencional.

Las declaraciones ordinarias sólo pueden designar e inducir hacia el Buda de la experiencia de la vacuidad. Nagarjuna también afirma, en palabras incomprensibles para el lenguaje ordinario, que esa  existencia relativa ordinaria, samsara [2] y nirvana [3] no son del todo diferentes. “Entre ellos no hay diferencia alguna”. En este punto los comentaristas tienen mucho que decir.

Pero cada uno de los tres héroes fracasó en una u otra forma, así como también tuvo triunfos. Quiero decir que el análisis cuidadoso de sus fracasos muestra que el esfuerzo que hicieron para su creación trajo como resultado un tipo de éxito  que ninguno de ellos, excepto Kafka, había buscado. Para explicar lo que quiero decir, haré uso de un corto y simple cuento popular japonés sobre una mujer de nieve. El relato me parece intrínsecamente ambivalente, con lo cual quiero dar a entender que dice una cosa e implica, también, la opuesta.

El cuento es así. Hace tiempo había un joven soltero. Un invierno, durante una fuerte tormenta de nieve pensó que había escuchado a alguien afuera. Abrió la puerta y vio a una joven desconocida que había caído en una pila de nieve junto a la puerta. La ayudó a entrar a la casa. Era hermosa y la tomó como su esposa. Pronto creció sana y fuerte y vivieron juntos felizmente, pero cuando se acercó la primavera y el clima se volvió más cálido, ella se enflaqueció más y más y su salud empezó a deteriorarse. Un día los amigos del hombre vinieron a una fiesta. Mientras bebían y comían, él llamó a su esposa, pero ella no respondió. Preguntándose qué le pasaba, fue a la cocina y vio que no había nadie allí, pero que el kimono de su esposa estaba tirado en un charco de agua frente a la estufa.

Ese es todo el cuento. La mujer era una de esas que los japoneses llaman mujer de nieve y, como pudo confirmarlo su esposo, se había derretido. La historia es doblemente triste porque nos recuerda que la vida está compuesta de sueños, como la de la joven, que se derritió y es triste debido a que nos lleva a reflexionar que también desaparecemos como la mujer del sueño, dejando sólo algunos rastros físicos transitorios y recuerdos a los que nos valoran.

Esta historia puede funcionar como una parábola. Su objetivo primordial, como el de todo el arte, es mantener nuestro interés por la vida respondiendo a la necesidad de imaginar sus variaciones. La respuesta es especialmente interesante cuando la necesidad es vital, como la necesidad del hombre del cuento de tener una esposa, especialmente del tipo que puede proporcionarle un cuento – joven, hermosa, poco exigente y, además, ideal. Pero la misma historia que expresa esta necesidad y cambia la vida del hombre con el fin de satisfacer también expresa la decepción que trae la misma, una decepción tanto más grave en su caso, ya que la historia se había conjurado para proporcionarle una mujer, que era joven y hermosa. Implícitamente la historia nos dice que el arte lo ejemplifica, lo que nos permite pensar que la vida se torna buena repentinamente, ella misma es una ilusión y, por lo tanto, otra de las decepciones de la vida. El relato afirma que  la soledad no es realmente contrarrestada por los sueños, ya sea de esposas ideales u otras cosas. La vida, lo dice implícitamente la historia, es un valle de desilusión ahondado por cualquier intento de imaginar lo contrario. Pero esta conclusión doblemente negativa es contrarrestada por la capacidad del cuento de formular lo negativo con efecto positivo. Porque es un ejemplo de cómo el arte disuelve la mayor de nuestras tristezas y soledades en el placer de la emoción compartida. El placer de inventar el cuento, contarlo y leerlo, que es el placer de inventar y compartir el arte crea una corriente de sentimiento que pasa, en contigüidad inmediata o imaginada, del narrador al oyente o lector y desde un oyente o lector a otro y así demuestra cómo el artista despierta optimismo y vitalidad a través de un acto de participación imaginativo y concentrado.

He utilizado el cuento japonés para enseñar un principio que llamaré “El principio de la mujer de nieve”. Éste enseña que todas las experiencias, incluso las más duras, que encuentran una respuesta creativa se convierten en un acto alentador de comunicación con uno y los demás. Kafka entendió el principio muy bien y escribió para evocar las respuestas. Kant, quien vio con malos ojos los sucesos irracionales en cuentos y novelas hubiera querido que mantuviésemos nuestra mente intensamente ocupada en fines más profundamente filosóficos. Sinembargo, en su estética llega a un principio algo análogo al de la mujer de nieve. Es el principio de la renovación de la expresividad humana por medio del incomparable trabajo de la genialidad. Pienso, como ya he dicho, que la pretensión de Kant de haber llegado a una filosofía definitiva no es convincente. Dado que éste es el destino de tales exageradas pretensiones, su pretensión es mucho menos importante que la intensidad y el detalle de su esfuerzo para reconocer y sistematizar las relaciones de los sentidos con las categorías del pensamiento y con el resto de las modalidades de la existencia humana. Este esfuerzo que revive todo filósofo serio, así como el entusiasmo por la caligrafía china y japonesa, revive los trazos del calígrafo, tiene la fuerza humana alentadora, como la describe el principio de la mujer de nieve. Kant no era un semidiós filosófico, sino simplemente un genio filosófico. En cuanto a Nagarjuna, debemos recordar que su  objetivo, como el de cualquier budista, era escapar del sufrimiento reconociendo que no hay alma sino sólo un flujo interminable de eventos sin su propia realidad. También comparó la idea de vacuidad con la del intento autodestructivo de expresar la verdad conceptualmente y con la última paz del nirvana. Su intento de convencer es lógicamente detallado y agudo. Al igual que otros exponentes del budismo, él tiene un claro sentido de la capacidad creadora del pensamiento no-nirvánico, o sea, la ilusión. Incluso aquéllos que encuentran su razonamiento incorrecto sienten reconocimiento por él y son movidos por su fuerza, imaginación, inteligencia y voluntad budista. Es un defensor, sin saberlo, de la moraleja que saqué del relato de la mujer de nieve, un cuento que enseña el arrepentimiento tan característico del budismo, especialmente del budismo japonés.

Todo lo que he expresado es en respuesta al regalo del libro de Shlomo. Es el mejor regalo que le puedo devolver al autor.

 

Tel-Aviv, 28 de marzo de 2008



[1] Dharma: palabra sánscrita; para los budistas puede tener varios significados, como el estado de la naturaleza tal como es; las leyes de la naturaleza consideradas colectivamente; la enseñanza del Budismo como una explicación de la ley natural aplicada al problema del sufrimiento humano; un fenómeno y/o sus propiedades (N. del T.).

[2] Samsara es el ciclo de nacimiento, vida, muerte y reencarnación (renacimiento en el budismo) en las tradiciones filosóficas de la India. (N. del T.)

 

[3] Nirvana en la filosofía shramánica es el estado de liberación tanto del sufrimiento (dukkha) como del ciclo de renacimiento (N. del T.)

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Edición No. 164