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El pesimismo feminista de Helene von Druskowitz

La historia biográfica de Helene Von Druskowitz es dramática. Internada en un psiquiátrico a los 35 años, falleció en 1918. Su vida dentro del manicomio no le impidió seguir reflexionando y escribiendo hasta el final. Como otras mujeres creativas de su época, la locura expandió una mente brillante con ideas radicales difíciles de encajar en el orden social del momento.

Helena Maria Durchkovich nació el 2 de mayo de 1856 en Hietzing (Viena, Austria). Tuvo dos hermanos. Su padre murió cuando la niña contaba 2 años. La herencia de este padre le permitió brindarse una educación superior. Nos recuerda un poco el caso de Lou Andreas-Salomé, quien también quedó huérfana de padre muy pequeña.

En su infancia, Helene dio muestras de una gran vitalidad e inteligencia. Ella dice: “no había montaña ni río que no estuviese en mi cabeza”. Cursó la carrera de piano en el conservatorio de Viena hasta el año 1873. En esa época, solo podían ir al instituto los varones. Ella recibió clases privadas y realizó en 1874 el examen de habilitación para el Pieristen Gymnasium de Viena. Ese mismo año se trasladó con su madre a Zurich (Suiza) en cuya universidad se admitía mujeres desde 1867. En el período que va de 1874 a 1878 estudió filosofía, filología germánica, arqueología y filosofía oriental, además de diversos idiomas. Se doctoró en Filosofía en 1878 con 22 años. Su tesis versó sobre el Don Juan de Byron y se publicó en 1879. Fue la segunda mujer doctora en filosofía después de Stefania Wolicka (1851-1895). En 1881 entró en el círculo literario de Marie von Ebner-Eschenbach (1830-1916) donde conoció a mujeres intelectuales de la época, de la talla de Betty Paoli, Ida von Fleischl-Marxow y Louise Von François. Conrad Ferdinand Meyer (1825-1898) dijo de ella que tenía “algo de turco o de serbio en su aspecto”. Este comentario ambivalente y machista señala el clásico temor de los hombres a la naturaleza libre de las mujeres, tan evidente en el temperamento de Helene. La osadía, el afán de aventuras, el coraje de la palabra libre y el sentido del combate caracterizó a esta autora desde muy pequeña. Esto amedrantó a los intelectuales de la época y fue una de las dificultades por las que fue considerada medio salvaje e inadaptada. Utilizó múltiples pseudónimos de autor, entre ellos Adalbert von Brunn, H. Sakrosant.

Se entusiasmó por la poesía inglesa del XIX. Consideró a Shelley el gran autor que unía lo antiguo y lo nuevo en su obra. Siguiendo la pista a Shelley leyó a Mary Wollstonecraft A Vindication of the Rights of Woman (1792). El ideal de la mujer emancipada se confrontaba con el principio del ideal femenino en Schiller. En el año 1884 entró en el círculo de Malwida Von Meysenbug, una gran figura y mentora para el grupo de jóvenes en plena ebullición intelectual, entre otros Lou Andreas y Nietzsche.

 

Odiar a Nietzsche

La historia con Nietzsche no fue fácil. Pero, ¿para qué mujer que le conociera personalmente sería algo sencillo? Al principio, Nietzsche mantuvo con ella un contacto epistolar. El tema de la libertad de la voluntad les unió. Helene considera que en Nietzsche sobrevive algo del impulso rapsódico de los antiguos profetas. Sin embargo, el entusiasmo por Nietzsche dura poco. Helene se da cuenta de los riesgos que implica su enfoque filosófico, como si hubiera adivinado la manipulación que años más tarde haría su hermana con su obra, en manos de la ideología nacionalsocialista alemana. Con el tiempo, Helene critica la obra de Nietzsche, a la que definirá como “juego de paja”. Sus aires de profeta pasan de ser algo especial a parecer de repente “ridículos”.

¿Qué pasó exactamente entre Nietzsche y Helene? ¿Dónde está el punto de inflexión que permita discernir las razones de la disputa? ¿Se trató únicamente de la intuición intelectual de ella, que vislumbró el sombrío futuro del enfoque filosófico de Nietzsche? ¿Quién hubiera dicho, después del rescate de Nietzsche por Heidegger, que la semilla del malentendido, de la deriva totalitaria, había sido sembrada en su obra y que Helene se apercibió de ello antes que nadie? En efecto, en la obra de Helene vemos una anticipación a lo que está por venir, una especie de lucidez sangrante difícil de soportar, que derivó en locura. Ella captó en la aspiración “Darwiniana” de Nietzshe y su voluntad de poder, a la que denomina “el turbio rasgo fundamental del hombre” (p. 54) la reunión de lo peor del concepto masculino en la cultura, esa dominación que termina por destrozar cualquier atisbo de vulnerabilidad, inteligencia o belleza. Así, Helene dirá: “(…) entre las memeces más infames a las que se ha visto sometido el mundo germánico se encuentra el homenaje a un tal Nietzsche, que ha promocionado aquel malvado rasgo fundamental de la manera más condenable y estúpida” (p. 54).

 

Vivir mis talentos

Helene Von Druskowitz se declaraba “orgullosamente anormal”. Su deseo de diferenciarse del grupo la condujo a repetir con gusto la frase “quiero vivir mis talentos”. Esta frase podría relacionarse con la de Lou Andreas-Salomé sobre la vida como una obra de arte. La historia de estas mujeres, con una extraordinaria vitalidad y deseo de vivir, atravesadas por la erudición explosiva de la novedad intelectual, es un ejemplo de la filosofía en femenino: una forma de agujerear el discurso filosófico sistemático para introducir en él la apertura de la palabra y de la pregunta por su propia consistencia. Helene también decía: “Sólo el talento puede demostrarse a sí mismo”.

Fue una feminista militante, dedicada a lo que Nietzsche llamaría “el cañón de las plumas femeninas”. Escribió en las revistas femeninas de la época, entre ellas “La lucha sagrada” y “Llamada a las armas”. Entre 1886 y 1888 pierde a sus dos hermanos y a su madre. Ahí empieza el declive subjetivo de esta mente brillante, que pasará sus últimos años de vida en un centro psiquiátrico bajo el diagnóstico de “megalomanía” y “misandria”. Luisa Muraro señala el estigma del crimen social en el ingreso hospitalario y el diagnóstico. Permanecería ingresada 27 años. Murió el día 31 de Mayo de 1918, a los 62 años.

 

Pesimismo feminista

Helene critica el optimismo como una ilusión “enormemente perjudicial”. Inspirándose en Schopenhauer y sus “Proposiciones cardinales del pesimismo” imagina un futuro regido por un nuevo orden ético: el feminismo y la naturaleza. El futuro para Occidente deberá reunir saber, sentimiento y una reconciliación con la naturaleza.

Según Manuel Pérez Cornejo, en la Introducción a la traducción española de Escritos sobre fenimismo, ateísmo y pesimismo (Madrid, Taugenit, 2020) en el escrito de Druksowitz se reúnen los postulados pesimistas con una metafísica feminista. Ella dirá que las mujeres “son la verdadera humanidad”.

¿Cómo pensar una metafísica feminista cuando lo femenino consiste justamente en ser una pregunta abierta (Pagès, 2018)? ¿Se puede ser al mismo tiempo feminista y metafísica? Tal vez no podamos concebir la filosofía de Helene Von Druskowitz como una metafísica en el sentido clásico y necesitemos una clave de interpretación posterior.

 

La chapuza divina y el mundo femenino

Helene define una Idea suprema, ubicada en una esfera superior no reductible al “teísmo vulgar” de una figura divina con rasgos antropomórficos de perfiles masculinos. El mundo está “falsamente dispuesto” ya que “la mitad más bella, pura y dulce del género permanece sometida a la avidez y la lujuria de un sexo feo, rudo e inclinado a cometer estupideces sin cuento” (p. 36). El mundo femenino (Frauenwelt) ve obstaculizado constantemente su progreso por dicho antropomorfismo masculino de la figura de Dios. El monismo filosófico se sitúa al mismo nivel que la chapuza divina. El filósofo propiamente dicho es “el ateísta” que “posee la clave de aquella sabiduría y libertad que le permiten proseguir el pensamiento hasta sus más extremas consecuencias y anunciar el juicio más amplio y decisivo sobre la vida y la muerte” (p. 38). La dimensión visionaria o profética del espíritu filosófico alcanza de lleno a las mujeres, responsables de hacer algo con la chapuza del mundo.

 

Un cosmos filosófico

Helene dibuja un cosmos filosófico que podría parecerse al mundo dividido de Platón. Imagina una esfera superior “libre de los errores de la naturaleza material”, “mundo originario del espíritu”. Dicha esfera superior se vincula con la materia fortaleciendo la ley natural y con ella al ser. La esfera superior permanece “eternamente retraída”, por ello el sujeto cognoscente la conoce como “inauténtica y falsa”. Así pues, no hay ninguna relación humana con la esfera superior y solo “podemos concebirla especulativamente”. La Esfera Superior -dirá Helene- calla eternamente. Este concepto tiene el tono de una idea delirante. Frente a la Esfera Superior, la materia es aquello que “carece de forma y se siente infeliz consigo mismo”. La materia se desarrolla a través de puntos vivientes (lebendigen Punkten). Son seres fundamentalmente vitales llamados mónadas, que oscilan entre la forma material o espiritual: “A través de la mónada la vida recibe su carácter fluyente y ondulante”.

 

El no-ser del ser: ¿un goce femenino?

El centro de gravedad del pesimismo de Helene es la concepción del hombre. Su forma de clarificar el mundo parte de una crítica radical y devastadora a lo masculino, al hombre. Veamos algunos ejemplos:

“Por su constitución, el hombre es indigno de su compañera, un impedimento para el matrimonio, y no un motivo de enlace. En general no encaja en el marco de un mundo dotado de razón, pues es demasiado rudo y mendaz; su pensamiento es demasiado defectuoso y laberíntico, y su fealdad exterior demasiado evidente como para que sea capaz de dominar con delicadeza la vida” (p. 44).

“Hay que tasar al hombre como un asesino. Es un demonio innato y, literalmente, un diablo” (p. 47).

“14. El hombre es el más codicioso de todos los seres vivos. Es peor que una bestia salvaje y ha revuelto la Madre Tierra en todas las direcciones, extrayéndole todos sus tesoros” (p. 47).

El hombre es el principal obstáculo para la naturaleza y la vida. Helene describe la anatomía del varón y su fealdad física con todo detalle. En contraste con la bajeza del ser masculino, la mujer es de una estirpe mucho más perfecta y noble. La envidia del hombre por el género femenino es el origen de toda represión contra la mujer y, por ende, contra la naturaleza.

El espíritu filosófico contempla esta depravación masculina del mundo con horror. Dice Helene: “Como es sabido, en ella todo gira tan solo en torno al vestido, la vivienda y los medios de producción” (p. 51). La solución a esta semi-cultura generada por la hegemonía de lo masculino es cesar la reproducción y alcanzar el fin del mundo, su propia extinción. Ello supone dar prioridad al mundo femenino, que Von Druskowitz define como el que “prefiere instintivamente el no-ser al ser” (p. 55).

Detengámonos un instante en esta frase. Este enfoque, si bien enigmático a primera vista, tiene un cierto interés si lo pensamos desde las fórmulas de la sexuación de Jacques Lacan, que en la década de los 70, en su Seminario Encore, diferenció entre goce fálico (del ser) y goce femenino (suplementario). La idea de Druskowitz, esa preferencia instintiva por el no-ser de las mujeres, se puede situar a la luz de lo que el psicoanalista francés desarrollará más de un siglo después. Según Lacan, el goce femenino se caracteriza por ser “incaracterizable”, es decir, no definible según los parámetros de pertenencia o de propiedad. Esta preferencia por el no-ser se situaría del lado del goce femenino en la fórmula de la sexuación de J. Lacan. Goce femenino no significa que solo sea de las mujeres: se plantea como independiente de la anatomía de los cuerpos.

Sin embargo, en Von Druskowitz encontramos al mismo tiempo la reivindicación fálica de lo femenino cuando dice: “basta con que el mundo femenino sea purificado mediante una educación más libre y audaz, alentada mediante una temprana elección de carrera, el reparto de las ciudades por sexos y la restricción del número de casamientos, que conducirán, finalmente, a una eliminación de las parejas. Entonces, las mujeres volverán a ser sagradas por naturaleza y se volverán dignas de un verdadero culto. El Feminismo ha de investirse de brillo y esplendor. Es el ideal más sagrado de la época moderna” (p. 55).

Resulta sorprendente que Helene Von Druskowitz resuelva el problema del “mundo chapuza” con la extinción de lo humano gracias al Feminismo radical, punta de lanza del pesimismo que salvará la Esfera Superior.

A pesar del tono delirante de algunas de las afirmaciones de esta autora, es evidente que su propuesta filosófica, en su propia radicalidad, tiene un atractivo particular para quienes vivimos en una época de crisis ecológica y de sostenibilidad del planeta. También porque hoy los feminismos se declinan en plural y ya nadie cree en una metafísica femenina ni en un mundo femenino en singular. La introducción del género en disputa, parafraseando la obra de Judith Butler, ha supuesto para los feminismos una revolución en las identidades y sus certezas. Tal vez ser pesimistamente feminista hoy día tenga que ver con la crítica de la lógica fálica y la invención de otros goces que ya están en marcha y deben pensarse filosóficamente, desde ese espíritu filosófico que Von Druskowitz tildó de “tan poco dado”.

Referencias

Muraro, L. (1997). Una filósofa en el manicomio. Editori Reuniti.

Muraro, L. (2013). La indecible suerte de ser mujer. Narcea.

Von Druskowitz, H. (2020). Escritos sobre feminismo, ateísmo y pesimismo. Taugenit.

Wright, E. (2000). Lacan y el postfeminismo. Gedisa.

 

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Edición No. 196