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Iniciación y sortilegio en «El aroma de la acacia»

Toda obra de ficción es al mismo tiempo una crítica de una sociedad
y una comprensión de esta; cuanto mayor es la concepción,
más difícil resulta la síntesis.
James M. Redfiel

En la perspectiva que se indica con las palabras iniciación y sortilegio, se inscribe la novela El aroma de la acacia que narra los últimos 50 años de existencia de la orden del Temple, la orden monástica militar más poderosa en el mundo cristiano, fundada en Jerusalén en el 1118  y liquidada por el rey Felipe IV de Francia, el Hermoso, a comienzos del siglo XIII con la connivencia de Clemente V, el Papa francés impuesto por Felipe, después de la misteriosa muerte de sus antecesores Benedicto IX y Bonifacio VIII.

La historia narrada se desarrolla en torno a tres grandes viajes iniciáticos, que los jóvenes templarios, del denominado “grupo de estudios esotéricos”, liderados por Jacques de Molay, comienzan en el año de 1267, partiendo del puerto de Marsella, en medio de las Cruzadas y las confrontaciones bélicas, con los sarracenos y las hordas mongólicas por el dominio del Mediterráneo y Tierra Santa.

Los tres viajes tienen un propósito más profundo, cual es la búsqueda de los saberes ancestrales. En el primer viaje navegan por el “mar Medi Terraneum” llamado por los antiguos egipcios el “Gran Verde”. Palermo, en la isla de Sicilia, es el primer puerto que visitan; luego pernoctan en la isla de Malta, donde están asentados los miembros de la Orden del Hospital; avanzan y desembarcan en la isla de Creta en el mar Egeo, cuna de la civilización griega; viajan a Chipre, base de apoyo militar estratégica de El Temple y finalmente llegan a Trípoli en la costa este del Mediterráneo, donde son sorprendidos por las costumbres y modos de vida de la enigmática cultura árabe viajan a Beirut la ciudad de las fuentes y los pozos, la más importante de Fenicia, se introducen en la biblioteca de la Escuela de Derecho de Beirut, fundada en el año 14 antes de nuestra Era; allí encuentran desconocidos documentos sobre los orígenes del cristianismo y otras revelaciones que demuestran cómo la sabiduría y los misterios esotéricos, los jerarcas de las religiones procedentes del patriarca Abraham, mantienen ocultos a los ojos de sus fieles.

El objeto de la expedición, en particular del grupo de estudios esotéricos, es la búsqueda del conocimiento, la verdad y la sabiduría. En el primer viaje se detienen varios meses en Alejandría, para conocer la historia de la fundación de la ciudad que Alejandro Magno quería que fuera “la ciudad que ilumine el saber del mundo entero”.

En la mansión del sabio Geber Árabis, a quien los jóvenes templarios le llevan un recado del filósofo y alquimista franciscano Roger Bacon, van a ser recibidos en su biblioteca e introducidos en su enigmático laboratorio de alquimia, allí recibirán los primeros conocimientos sobre este saber, que será el tema central de investigación en el Valle de Giza.

El cúmulo de información recaudado, junto con la elaboración de una trama novelada ha clasificado El aroma de la acacia en el género de la nueva novela histórica, según Rafael Saavedra-Hernández en su artículo “El aroma literario de la acacia”, publicado en la Revista Aleph 213 de abril-junio 2025:

“Por todo lo anterior podemos ir calificando la novela de Numa como Nueva novela histórica de acuerdo con Seymour Menton, al clasificar personajes reales con ficticios y no calcar exactamente los hechos históricos reales, por poner hechos o conocimientos no conocidos para el momento como tales, es decir: procronismos, como es el concepto sicológico del túnel de la muerte, etc.

Por centrar la novela alrededor de Jacques de Molay, y contar su vida desde que inició en la orden de los templarios hasta su muerte, es una novela de Personaje y por la misma razón es una novela de aprendizaje (o Bildungsroman).”

Entre los muchos elementos ficcionales de la historia narrada en El aroma de la acacia, encontramos que los templarios al explorar las tres grandes pirámides, descubren un inmenso sótano igual al perímetro de la base de la gran Pirámide de Keops, la mayor y la más antigua, conjeturan que ese fue el laboratorio de alquimia del faraón Keops, constituyéndose en el primer alquimista de la historia, el área de este gran laboratorio subterráneo es igual a la proyección del perímetro de la base de la pirámide, un cuadrado de más de setecientos sesenta y siete codos sagrados de largo por cada lado, para un área total de casi doce acres romanos, espacio amplio y suficiente para construir un complejo sistema arquitectónico interconectado. Se considerará como el gran laboratorio de alquimia y su nacimiento en el Egipto de los faraones; información inédita en los anales y los textos que documentan los principios de este conjunto de prácticas filosóficas y protocientíficas.

En el artículo: “El aroma de la acacia: realidad, ficción y consejo.” de Antonio García-Lozada, en la revista Aleph 214 de 2025; despliega su análisis sobre el asunto:

“Estas construcciones no eran solo tumbas ni monumentos funerarios; eran el testimonio de una visión del mundo en la que el conocimiento era un acto sagrado. Las pirámides, por su forma, su orientación y sus misteriosos compartimientos, reflejan una conciencia cósmica en la que cada bloque de piedra encierra un fragmento de sabiduría. Comprenderlas no era, para Molay, un acto de simple erudición, sino una manera de acercarse al orden secreto de la naturaleza.”

“En El aroma de la acacia, los templarios se enfrentan a una revelación profunda cuando, hacia el final del capítulo IX y en los dos capítulos subsiguientes, se internan en los secretos velados en las pirámides de Egipto, específicamente en las de Kefrén y Micerinos. En sus salas ocultas, se nos describe como si hubieran sido auténticas bibliotecas selladas, depósitos sagrados de un conocimiento antiguo y hermético. La narración sitúa a los templarios ante documentos, papiros y jeroglíficos que revelan no sólo los motivos iniciales de la construcción de las pirámides (p.183), sino que también los introducen en una tradición alquímica que trasciende el entendimiento europeo de su tiempo. Se nos presenta a los templarios como recolectores de un saber disperso, como una suerte de selección o florilegio de textos antiguos ignorados u olvidados por la tradición occidental (pp. 142, 143). Estos documentos no eran simplemente arqueológicos, sino que constituían instrucciones y enseñanzas que aludían directamente a la legendaria Piedra Filosofal. Justamente, lo que buscaban los alquimistas medievales en retortas y laboratorios oscuros, los templarios lo escudriñaban bajo la arena egipcia: una ciencia sagrada codificada en la arquitectura, en la disposición astronómica de las pirámides y en su misma materia.”

García-Lozada enfatiza que el laboratorio oculto debajo de la pirámide de Keops era: “un espacio de iniciación sensorial” donde el conocimiento fusiona física, espiritualidad y simbología. La magia alquímica que allí se producía nos la describe con una visión metafísica:

“Este recinto se nos detalla cómo en ese microcosmos en el que se podía experimentar directamente con elementos que arrojaran luz, sabiduría. No era un simple lugar de análisis, sino una cápsula destinada a transformar a quien entrara en ella, afinar su sensibilidad, potenciar sus sentidos, hacerlo capaz de «leer» la realidad en claves simbólicas y naturales.” (Ibidem Antonio García-Lozada)

También explora la fuerza magnética de la orientación de los grandes volúmenes y su incidencia sobre la mente y el espíritu de los templarios.

“Las pirámides, por su alineación con las estrellas y su misteriosa geometría, parecen ejercer un efecto no sólo físico, sino espiritual, sobre los templarios, transformándolos en antenas humanas receptivas a una programación simbólica. Así, la novela sugiere que estas estructuras pudieran ser máquinas proféticas, diseñadas para activarse únicamente bajo ciertas condiciones mentales, espirituales y con la predisposición de individuos sedientos de saber.”

En la exploración del misterioso laboratorio del faraón Keops, los investigadores desentrañan tres grandes tratados, uno sobre astronomía: “Tratado sobre el movimiento celestial de los planetas y los astros”. El segundo sobre el arte, la arquitectura y la ingeniería: “Trazado y diseño de grandes volúmenes. El arte y las técnicas constructivas” y el tercero y más importante: “Tratado sobre alquimia». Autor: su eminencia el faraón Keops”.

Este acervo de conocimientos serán estudiados y comprobados en el laboratorio por los jóvenes templarios dirigidos por el alquimista y filósofo Geber Árabis, acompañado por el médico árabe Ibn-Nafis, el astrónomo Ibn Abi al-Shukr, el médico, astrónomo, químico y alquimista persa Nasir al-Din al-Tusi a los cuales se les sumaron el médico y gran cabalista provenzal del siglo XIII Serafín Abulafia y el alquimista y franciscano mallorquín Raymundo Lulio. Aquí convergen diversas corrientes de pensamiento, que van a disertar y reflexionar acerca de los aspectos esenciales de la filosofía de esta protociencia, con un enfoque metafísico próximo al ámbito espiritual; que la aleja de las prácticas tradicionales que la simplifica a la trasmutación de los metales como el fin último.

El grupo de investigación desarrolla inéditos experimentos alquímicos, nunca realizados por los alquimistas de Europa, escriben importantes tratados y así lo podemos leer en un aparte del capítulo xii “Los arcanos del universo”:

“el mallorquín concibió su obra la Clave universal, la llamó La Clavícula, tratado indispensable para comprender los demás escritos, entender el Arte en su conjunto. «Nuestras palabras son oscuras para el neófito», proclamaba con ímpetu; su aguda inteligencia trepidaba con la fuente de conocimientos pululantes en el misterioso laboratorio. Escribió «Del Mercurio de los filósofos y De la Quintaesencia del oro y de la plata», advirtiendo que allí el Arte estaba tratado de un modo incompleto, había ocultado el secreto principal: «Aprended a purificar lo perfecto por lo imperfecto. El Sol es el padre de todos los metales y la Luna es la madre; aunque la Luna reciba su luz del Sol. De estos dos astros depende todo el Magisterio». Coherente con su Maestro Avicena repetía: “Los metales sólo pueden ser transmutados después de haber sido llevados a su materia prima.

—Tus explicaciones y palabras son claras como el agua; aun así, me quedo corto en entender lo que dices, Raymundo —le dijo Capocaccia, en el rumor del laboratorio.

—Lo que afirmo —aclaró Lulio, observando un tubo de vidrio contenedor de una sustancia ambarina—, es que se necesita primero reducir los metales a mercurio, pero no al mercurio corriente, volátil.

—¿De cuál mercurio hablas entonces? —preguntó Mantiglia, que con los demás hermanos de su grupo se habían sumado al esotérico estudio.

—Me refiero en este caso al mercurio fijo —murmuró Lulio, vertiendo el contenido de la sustancia ambarina en un recipiente y continuó—: el mercurio vulgar es volátil, lleno de una frialdad flemática; es indispensable que sea reducido por el mercurio fijo, más cálido, más seco, dotado de cualidades contrarias a las del mercurio vulgar.

—En esta sutil investigación —intervino suspicazmente De Molay, que apoyaba los agresivos experimentos de laboratorio del mallorquín, admirado por su agudeza mental y la contundente crítica a la escolástica irrigada por Roma—, tendremos en cuenta que el mercurio vulgar no es el mercurio de los filósofos, porque el mercurio vulgar no puede soportar el fuego más que con ayuda de un mercurio diferente, el corporal, cálido y seco, más digerible que él.

—¡Si!, es correcto, querido hermano —sonrió Lulio, reconociendo el liderazgo y la inteligencia natural del franco, continuó didácticamente—, nuestro mercurio corporal se convierte en un mercurio fluido, que no moja los dedos, cuando se le pone con el mercurio vulgar, se une y penetra también con ayuda de un lazo de amor.

—¿Quieres decir, que nuestro mercurio penetra el mercurio vulgar y se mezcla con él desecando su humedad flemática, quitándole su frialdad? —apuntó Jacques.

—Así es, como lo dices, nuestro mercurio, después de su transmutación, cambia los metales en metal puro, es decir, en Sol y en Luna —Lulio emocionado, exclamó.” (El aroma de la acacia, páginas 178 y 179)

El género de la novela permite la ficción, recrear la historia para construir una realidad verosímil, sobre la que se elabora una visión de mundo diferente a la contada por la historia oficial. El arte y la literatura aparecen como un elemento disruptor que recomponen el orden establecido, al cuestionar las verdades que se fueron construyendo de acuerdo a la determinación de los ostentadores del poder en cada clan, tribu o comunidad, y con la evolución de las sociedades premodernas, se asumieron esos relatos como la “verdad”; cualquier otro pensamiento o relato se excluyó, se ubicó como una historia fantástica, que únicamente existía en el pensamiento y en los sueños de los hombres.

Después de transcurridos nueve años en el primer viaje, los jóvenes templarios del grupo de  estudios esotéricos, liderados por Jacques de Molay y su hermano gemelo Geofrey de Charnay, emprenden el segundo viaje con destino a Jerusalén. Se dirigieron a la explanada de las Mezquitas, donde en el año de 1118 Hugo de Payns y ocho caballeros más recibieron del rey Balduino II de Jerusalén la mezquita de Al-Aqsa, construida sobre las ruinas del templo de Salomón. Se asentaron allí y fundaron “La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón” y dieron inicio a las excavaciones en el sitio de lo que debió ser el primer templo.

La historia oficial del Temple, dice que el objetivo de la Orden recién fundada, era proteger a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa. Si aceptamos esa historia, no encontramos una explicación lógica al hecho real que durante los primeros once años, los nueve caballeros fundadores, no realizaron ninguna incursión militar, no ingresó ningún nuevo miembro a la Orden, que contaba con escasas fuerzas para proteger la vida de los peregrinos en esa larga travesía. Y solo hizo su presencia con fuerza en el Concilio de Troyes en el año 1129 bajo el manto protector de Bernardo de Claraval, sobrino de André de Montbard uno de los caballeros fundadores de la Orden y quien escribiría La Regla del Temple, otorgándole prebendas especiales, que ninguna orden ostentaba y la proyectó como la Orden monástico militar que trascendería el mundo cristiano.

La pregunta es: ¿por qué tanto tiempo recluidos en esa exploración en la mezquita de Al-Aqsa? ¿Qué buscaban, en las ruinas del templo de Salomón? ¿por qué no se permitió el ingreso a la Orden de nuevos caballeros, durante ese tiempo? Y es evidente que durante ese tiempo mantuvieron total discreción en las excavaciones, sin permitir el acceso a ellas de propios o extraños. Estas hipótesis nos llevaron a recrear la historia, con fundamentos quizá en el simple razonamiento lógico: que algo de suma importancia estaban investigando, algo que la humanidad no debería conocer y a ciencia cierta jamás se tuvo una respuesta satisfactoria a este interrogante. Albio Martínez Simanca nos da luces sobre este asunto, en su ensayo: “El aroma de la acacia y la herencia de los Templarios”:

“Cuando se hablaba del Templo del rey Salomón se hacía referencia al lugar físico habitado por este rey sabio, conocido por sus leyendas, entre otras que allí estaba enterrado el gran tesoro del rey, del que se afirma fue encontrado por los primeros Templarios y que por eso eran propietarios de muchas joyas y objetos de singular valor. Salomón es la forma vernácula del nombre propio masculino hebreo que, en la Biblia es Shelomo, derivado de Shalom, cuyo profundo significado es la añorada, esquiva e inalcanzable paz entre seres humanos; por ello, también el Templo y su rey, era guardador del Arca de la Alianza, la fantástica armazón sobre la que también se tejen maravillosas leyendas”

La ciencia ficción en muchos casos es vista como algo liviano. En la construcción literaria, la ciencia y la ficción juegan un papel vital, podemos señalar que sin esos dos componentes es casi imposible lograr una buena o auténtica obra de arte, sin importar si se narran sucesos del pasado o del devenir, pues aquí se podría traer la reflexión del papel que juega la poiesis  en la construcción social de la realidad y lo que se deduce y se demuestra en la historia es que el mundo se ha construido gracias a la actividad creadora del hombre; esta creación se desarrolla en los planos de la emanación, de la imaginación del ser, en el mundo de las ideas, donde la forma es inmaterial; en la praxis esa forma adquirirá su materialidad.

Al excavar en el sitio donde se creía que había estado el Sancta Sanctorum, al otro extremo de la mezquita Al-Aqsa, construida en el sitio que ocupó el atrio del templo de Salomón; Jacques de Molay y sus ocho compañeros templarios, como lo hiciera Hugo de Payns con los ocho caballeros fundadores de la Orden, 160 años atrás; pretendía desentrañar las antiquísimas enseñanzas impartidas por el patriarca Abraham y Moisés al bajar del monte Sinaí, los arcanos conocimientos con los cuales se construyó el mundo.

Para lograr la verosimilitud en la construcción de este relato, es necesario recurrir a los elementos ineludibles que lo constituyen: como la historia, los credos judaicos y cristianos, la arquitectura, la geometría sagrada, las técnicas constructivas y civiles, la imaginación y la ficción que se articulan en el cuerpo final de la obra literaria, en este pasaje particular de la novela El aroma de la acacia. Por ello la exploración narrada y el hallazgo en el subsuelo de la Cúpula de la Roca, en la forma descrita es inédita, es una historia ficcional a pesar del soporte teórico y los elementos del mundo real que se ponen en acción, para que el relato camine. Más revelador aún cuando se describe el detalle de la existencia incólume del templo de Salomón, en el subsuelo, con el mobiliario, los adornos sagrados y los símbolos propios de esa creencia. La expedición alcanza su objetivo místico y acceden al sagrado lugar que reposa debajo de la cúpula de la roca. Lentamente se van despejando las tinieblas.

“Cinco escalones ascendentes los separaba de la hierofántica sala. La llama de las antorchas era devorada por el oscuro vacío. La luz penetró ondulando; ascendió por los muros, iluminando los mosaicos, las cerámicas adornantes de la cámara, los rincones lejanos y el alto techo decorado como la bóveda celeste, hasta que todo el lugar adquirió el brillo del sol; la fulgencia del oro que revestía la acacia del Arca. Hacía mil doscientos años, impasible, esperaba solitaria en el centro del teogónico cubo. Nadie osaba dar el primer paso, pero ya no podían volver atrás; la suerte estaba echada. Si el universo los había llevado hasta allí, él quería decirles algo y ellos eran los escogidos.

—Estamos en el Sancta Sanctorum de un Templo subterráneo, con las dimensiones y proporciones iguales a las del Primer Templo de Salomón —murmuró Jacques, sobrecogido por la emoción—. Muy extraño, nadie ha mencionado su existencia.

—Cierto, ningún historiador ha mencionado este sacro lugar —afirmó Lulio, controlando su ímpetu. Quería ser el primero en acercarse al Arca.

—¡Es posible que ya lo supieran!, pero prefirieron guardar silencio, preservando el secreto –balbuceó Amical, ladeando la cabeza, interrogando su memoria…”(págs. 225-226)

“El Arca de la Alianza, imponente en el centro del Santo de todos los Santos, irradiaba incandescente, envuelta en un aura celestial; suspendida en el aire, en el silencio dorado de la luz divina desde hacía mil doscientos años, cuando sellaron los túneles y accesos a las grutas subterráneas del Tercer Templo, protegiéndolo de la profanación de los invasores romanos. Los Sumo Sacerdotes, desde entonces predican que el verdadero templo el hombre lo debe tallar en su interior. Avanzaron con el corazón en la mano, Jacques de Molay, Ismael, Raymundo Lulio y el sabio Ibn Abi al-Shukr; cuatro vertientes de pensamiento diferentes, unidas por un mismo objetivo: la verdad, una nueva mirada al universo. Los demás se mantuvieron expectantes en la puerta de entrada del recinto. Las planchas de oro relucientes, recién bruñidas por el tiempo, reflejaban la imagen perfecta de los cuatro visitantes. Abrieron la tapa lentamente y el olor a jazmín de la acacia florecida impregnó con su aroma el lugar. Escrutaron largo tiempo en el interior del Arca y reconocieron los pedazos de piedra de las Tablas de la Ley, que Moisés iracundo quebró contra la roca, cuando el pueblo de Israel dudó y profanó, adorando becerros de oro en el desierto, Debajo de ellos reposaban las Tablas de la Ley Sagrada, dictadas a Moisés en el Monte Sinaí. Ismael y Lulio, vibraban extasiados; sus ojos anegados ya no veían bien. Levantaron del Arca el sagrado mandato tallado en piedra. A Ibn Abi y Jacques, petrificados, el pánico los obnubiló; Jacques iluminó el fondo del cofre con un candil. Levantó sus ojos asombrado; cruzó su mirada con Al-Shukr; Lulio e Ismael, seguían embelesados con la pétrea revelación. «Ayudadme, aquí hay algo tan grande como las Tablas de la Ley». Ibn Abi, escudriñó al interior del Arca y observó un grueso volumen de pergaminos. En su portada se leía Séfer Yetzirah. «¡Es el Libro de la Creación!. Escrito hace tres mil años por el patriarca Abraham. Mirad está escrito en nombres Sefirot y Parsufin»”(págs. 226-227)

Los valiosos hallazgos en las ruinas del templo de Salomón no son las reliquias, joyas y objetos materiales como la Menorah, con sus siete brazos tallados en oro; al igual que los candeleros y el lujoso altar enchapado; los vasos, las copas y demás objetos utilizados en el ritual; son las enseñanzas reveladoras de la luz contenidas en el Séfer Yetzirah, el Libro de la Creación y también en el Zohar, el Libro del Esplendor, oculto en un cofre más pequeño, protegido por una cubierta de piel de cordero y escrito en el lenguaje de las leyendas, ficción y poética del Midrash y en los pergaminos que reposaban en otro cofre, rizados por el tiempo, originales del Antiguo Testamento escritos en el lenguaje de las ramas para proteger las enseñanzas en ellos contenidas, conocidas según la tradición como la Torá.

Todo acto de creación tiene un primer momento que según la Cábala se gesta en el Olam Azilut, el mundo arquetípico, allí se produce la emanación, la idea abstracta; es decir el mundo se construye a partir de una idea, generada por el espíritu, sólo existe en el pensamiento; y a partir de esa emanación surge el mundo creativo que es el Olam Briah; el paso previo del mundo formativo; el Olam Yetzirah, donde se configura la formación inmaterial de la idea original, la mente y la razón actúan en toda su extensión; finalmente  en el Olam Assiah, en el mundo material, en el reino, la emanación primaria adquiere su forma material.

Esta teoría de la creación de los mundos o de cualquier acción creativa, nos afirma y nos enseña que no hay diferencia entre el mundo material y el mundo espiritual; no hay ninguna contradicción entre la realidad y lo que denominamos ficción, pues todo parte del mismo principio, solo son momentos diferentes en la construcción del mundo. Los avances de la mecánica cuántica, también conocida como física cuántica, muy adentrado el tercer milenio, nos hablan de la “nanotecnología de la mente sobre la materia”, partiendo del principio que lo conocido como materia es la no materia y que lo único real es la energía y la información contenida en el átomo, cuyo núcleo, que es la parte sólida del mismo, es menor a una millonésima de su órbita, donde gravitan los protones, los electrones y neutrones. Si tenemos en cuenta también estas consideraciones, referidas a cualquier proceso de creación humana, podemos afirmar que la dicotomía entre ciencia y ficción es una manera descriptiva y literaria para referirse a fenómenos similares.

Por ello cuando leemos ciertos textos denominados de ficción consideramos que lo narrado es real, y al contrario muchas historias tomadas de la vida real, plasmadas literariamente suenan increíbles, fantásticas; nos traen a la memoria la frase popular que “la realidad supera la ficción”, pero más increíble aun es cuando la realidad le copia a la imaginación, como lo narra Jorge Luis Borges en “El tema del traidor y el héroe”. Apoyados en esta disquisición resulta evidente que la obra de arte, aquí nos referimos a la obra literaria, debe ser vista como un todo integral, no puede escindirse; desagregarse es romper su unidad.

La coherencia del relato entre la historia, la ciencia y la ficción en El aroma de la acacia, se mantiene desde su inicio: “En medio del tormento, Jacques de Molay, clavado en una tosca cruz de acacia, sintió el acero de la lanza que lastimaba su costado izquierdo.” (pág. 11)Y así transcurre toda la historia, en la ambivalencia entre lo real y lo ficcional; sin perder de vista el objetivo principal de la expedición, que a pesar de todas las vicisitudes que deben sortear su decisión es diáfana. Este pasaje, muy avanzado en el relato, nos lo muestra:

“Jacques, Geoffrey y sus compañeros, navegaban inmersos en el clímax del logro de la meta que un día soñara el Gran Maestre Thomas Bérard. El tercer viaje culminaría en la cima de los Himalayas. Cerrarían el ciclo iniciado con la visita al complejo funerario de las pirámides de Guiza, desentrañando los arcanos alquímicos, la astronomía y las técnicas constructivas; luego, la visita a la explanada de las Mezquitas en Jerusalén a las ruinas del Templo de Salomón, bebiendo los secretos del patriarca Abraham y la sabiduría de la Cábala. Ahora, completado en las más altas cumbres del universo. El cuerpo de los iluminados ascendía impulsado por el espíritu, la simbiosis ideal, el conocimiento espiritual en su pureza, las enseñanzas esotéricas y los misterios ocultos por siglos. El Gran Maestre, conjeturó con tino sus propósitos; sapiente y firme había despedido a la inédita expedición: «vais a tomar el camino perdurable. Allí florecerá la comprensión y aceptación del contrario, mi otro yo. La fraterna tolerancia, amor sin condiciones, respeto por la vida, conscientes que nos fundiremos con el universo, convertidos en luz, energía radiante y pura». Les advirtió: «Está escrito, regresarán cuando realicen los tres viajes para acceder al conocimiento, la verdad y la sabiduría». Equivalentes a la Piedra Filosofal, el Arca de la Alianza y el Santo Grial.” (págs. 269-270)

La circularidad temática del relato enfatiza la intensidad narrativa, el dramatismo y permite que la historia fluya sin cesar, los acontecimientos se deslizan y arman el entramado sobre el que está montada esta novela donde la ficción se confunde con la realidad; García-Lozada, lo señala así: “Y como sucede en todo gran relato, el viaje exterior se convierte en metáfora del viaje interior.”

Se hace imperativo abordar el elemento invisible que traspasa todo el relato, que impregna los entresijos de la historia, urde la trama y su etereidad lo hace inasible, es justo “el aroma” del árbol de acacia, símbolo de lo imperecedero y el renacimiento espiritual, que teje el hilo sutil de la historia, entrelazando la ficción y la realidad; hasta el momento final de la muerte de Jacques de Molay en la hoguera. Serafín Martínez G, en su ensayo: “El aroma de la acacia, una lectura en luz y color”, diserta sobre este reencuentro con el ser, como una alegoría del querer volver a los orígenes, donde el hombre se confunde con sus raices.

“Ese reencuentro con el aroma de la acacia que da título al capítulo de cierre, el capítulo XXVI, titulado precisamente El aroma de la acacia que da nombre a la novela. Quizás la sugestión de una quintaesencia del árbol que contribuye a dar fortaleza y cohesión espiritual al protagonista en su momento final, como si se tratara de la sugestión de una experiencia mística que se prodiga con el aroma de la acacia; acaso la evocación de la tópica literaria que, de algún modo, se alude con la acacia, quizás un símil del Árbol Arquetípico; el proto Árbol, la Planta Originaria que, en el decir de Goethe, también se resume en la unidad primordial del Universo de la Vida. Una figura integradora, orgánica y sintetizadora que también se retoma en el símbolo del Árbol de la Vida, cuya referencia explícita está dada en el capítulo XVI, Extasiados con Keter. Hondos anclajes arquetípicos a los que apunta el sentido último de esta novela.”

El símbolo de la acacia es un elemento articulador de todo el relato, desde la primera línea “El suplicio”, en el ritual Copto en el Cairo, en el laboratorio de alquimia del faraón Keops, en el Sancta Sanctorum del templo de Salomón, hasta en el momento final del sacrificio en la hoguera y mágicamente, aún después que el cuerpo de Jacques hubiere desaparecido físicamente de este mundo, Samira envuelta en el dolor, en la plaza de Nôtre Dâme:

“Anonadada en el silencio de la bruma y el mágico olor del ambiente, Samira se acercó al túmulo creado por la hoguera; sus negros ojos advirtieron la reverdecida rama de acacia florecida que el último Gran Maestre del Temple sostuvo con gallardía hasta fundirse en medio del fuego como un todo.” (págs. 388-389)

La novela cuenta la cruel disolución de la Orden del Temple y la trágica muerte de su último Gran Maestro Jacques de Molay. Pero aquí la literatura rescata un sentido diferente de lo que simboliza la muerte, se asume desde un plano metafísico, por ejemplo, para los cabalistas la muerte es apenas un paso, efímero en nuestro largo trasegar por el universo. Esta ambivalencia entre la vida y la muerte, en que el hombre se debate desde sus inicios, es conjurada por el héroe; Serafín Martínez G, lo explica de manera precisa en su escrito:

“El héroe como De Molay, se debe a sí mismo, pero de otra manera. Se atrinchera en lo que Pierre Hadot llama La ciudadela Interior; la fortaleza espiritual. Se refugia en el valor de la espiritualidad y se juega la vida por el sentido de una trascendencia en la que confía con una fe inquebrantable en la esperanza de su redención. Esa es la fortaleza que le da la capacidad de soportar la muerte. El templario quiere superar la guerra, dejar atrás la violencia inútil de la guerra y optar por la sabiduría y la trascendencia de sí en una dimensión espiritual y deja el testimonio de su verdad, en el martirio.”

“Toda despedida mira hacia atrás, nos dice George Steiner en su libro Gramáticas de la creación. Del mismo modo Jacques de Molay mira hacia atrás, hacia el pasado, hacia la historia para cifrarla en fechas de calendario y tiempos del reloj; también en la medida circular de los solsticios y referencias estelares; incluso en el presentimiento de energías cósmicas y vastas resonancias estelares en donde la historia ya no será prosaica, sino que merodea por los ámbitos en donde los acontecimientos humanos apuntan hacia una mística de la historia.”

Pero el minucioso análisis de Serafín Martínez G, desentraña el sentido heroico de la muerte, como la sufrida por el personaje en la novela en cuestión, fruto de la vocación y la misión asumida en su tránsito por la vida; luego enfoca de manera aguda su lente a la fortaleza mostrada por el héroe frente al Ángel de la muerte y quizá un deseo de inmolación sublime, con el propósito de cumplir su misión:  

“…esas vidas tienen sentido y la fuerza necesaria para soportar y disponer de la fortaleza para morir con dignidad alentado por el aroma de la acacia como un amuleto y un signo que distraen el alma con esa ensoñación de los verdes en la que se transfigura la muerte de Jacques de Molay.”

Martínez González, cierra su escrito con una sucinta disertación sobre lo que implica la literatura en la vida del hombre, mejor aún como las historias narradas constituyen los fundamentos para la construcción de un mundo posible; que con el correr de los días y los años se torna en una realidad inherente a nuestra historia.

“Una historia que también se desdobla en alegoría, en las gramáticas de la creación que remueven las alquimias del arte para decantarse en esa proposición de un mundo posible, en ese laboratorio de la vida que es la literatura donde se experimenta la libertad a sabiendas de que todo es mentira romántica y verdad novelesca, como lo afirma Genet.”

Las agudas reflexiones que la lectura de esta novela, suscitan en relación con la ciencia ficción en la literatura, nos obligan a referirnos al titulo de este ensayo: Iniciación y sortilegio en El aroma de la acacia. Los ritos iniciáticos o ritos de paso son disruptores, conjuran y rompen con lo preexistente para alcanzar un auténtico renacimiento. Y el sortilegio encanta, la adivinación de lo no conocido nos permite construir en la imaginación, el mundo posible donde los sueños son una realidad; donde las historias por el hecho de estar narradas, ya son parte de nuestro acervo cultural y en esa exploración en la literatura, en la historia, en la ciencia o la ficción, todo se entrevera y se elabora, constituyéndose así la obra final, lo que se entrega a la sociedad, al lector: la novela El aroma de la acacia.

Bibliografía

García-Lozada, Antonio, El aroma de la acacia: realidad, ficción y consejo. Revista Aleph,

214. Julio/septiembre, 2025. Año LIX Aleph. Manizales.

Martínez González, Serafín, S.M. Seramago El aroma de la acacia, Una lectura en luz y

color. Ensayo aún no publicado.

Martínez Simanca, Albio, El Aroma de la Acacia y la herencia de los Templarios. Ensayo

Publicado en esta misma edición (pp. 34-44).

Saavedra Hernández, Rafael, El aroma literario de la acacia. Revista Aleph, 213.

Abril/junio, 2025. Año LIX Aleph. Manizales.

Numa Farid, (2024) El aroma de la acacia, Bogotá: Editorial Planeta. Bronce 424 p 

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Edición No. 215