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La bebida redentora

para Livia y CER

Carmen Ucué caminó unos cuantos kilómetros para no ser calcinada cuando cientos de árboles eran arrasados por una inmensa conflagración en la Amazonia. Cargó a sus espaldas una mochila con algunos frutos, raíces y hojas de yagé, una cantimplora con agua y partió sin mirar atrás. Al cabo de un rato, bañada en sudor, y lágrimas por haber abandonado a su tribu de los Nukaks, encontró un bohío en medio del humeante bosque. Al notar que la puerta estaba abierta, quizás por las ráfagas del viento, entró cautelosamente con la esperanza de hallar rastro de nativos. El bohío estaba silencioso y no había nadie. Las nubes de humo invadían el entorno haciendo la atmósfera pesada. El viento rugía y agitaba las hojas caídas en el suelo.

  Carmen descansó varios minutos para recuperar fuerzas. Siguió adelante por entre la silvestre vegetación, y luego tomó un sendero áspero y rocoso. Se abrió paso con sumo cuidado por el camino que se encumbraba notablemente; subía con dificultad sorteando cada movimiento por entre las rocas para no caerse.  Al llegar a la cima, de nuevo, reposó.  Miró alrededor y no había rastro de pobladores que pudieran ayudarle para llegar a alguna aldea, o pueblo, cercanos.   Sentía la necesidad de hablar con algún nativo, pero la suerte no le sonreía. ¿Dónde estarían los nativos? -se preguntaba.

Descendió por otro sendero pedregoso hasta que llegó a un riachuelo.  En la otra orilla se encontraba un joven lavándose la cara y los pies. El silencio era total en aquel bosque excepto por el fluir del agua del riachuelo.  Ella se quedó mirándolo hasta que él levantó su cara y se cruzaron las miradas. Después ambos levantaron las manos en ademán de saludo.  Carmen sonrió y cruzó a saltos la suave corriente de agua que los separaba. 

Lo siento, -murmuró ella- vengo del Amazonas y no pretendía atemorizarlo.

El asintió sin abrir la boca.

Espero que no esté molestándolo.  Solo quiero que me indique cómo llegar a un pueblo, o una aldea cercana.

¿Y por qué ese deseo de ir a un pueblo? -preguntó él.

-Bien, he perdido a la mayor parte de mi familia, hermanos de mi tribu, a causa de los químicos que han irrigado drones y avionetas en el asentamiento donde he estado toda mi vida. Por ello quiero enseñar y compartir el conocimiento que adquirí de la medicina natural.  Tengo en mi mochila hojas y raíces de yagé con las que se prepara una infusión que protege el PH del cuerpo, y puede curar a millones de humanos con ansiedad, o complicaciones pulmonares… ¿Le gustaría ayudarme?

-Sí. -Sonrió el joven-. Por supuesto.

Además, esas irrigaciones -continuó Carmen- que acaban con muchas vidas humanas y desmoronan los bosques inofensivos, los humos se esparcen por cientos de kilómetros.  Nos enfrentamos en este país a un problema físico y mental de inmensas proporciones.

-Comprendo -dijo el joven- y todo tiene sentido.

El joven invitó a Carmen a su rústica vivienda, hecha de barro, para que ella pernoctara esa noche allí; y le prometió que al día siguiente irían al pueblo más cercano con la certeza que conseguirían apoyo para presentar los beneficios de la infusión de yagé.

Eso espero -aprobó Carmen.

Al amanecer, el joven y Carmen emprendieron su travesía hacia la localidad de El Pepino por un camino de tierra, fango y finalmente caminaron a través de imponentes piedras colocadas simétricamente en medio de sauces que crecían a las orillas. La imponente naturaleza era muestra de la pequeñez del ser humano y el respeto que debería rendírsele. Hacia el mediodía llegaron a El Pepino. Se dirigieron al Centro de Salud donde los atendieron de inmediato y los hicieron pasar al despacho del director Isidoro Sastoque.  Carmen -le explicó- que ella era experta en preparar la infusión llamada yagé, y había logrado resultados significativos y duraderos con varios miembros de su tribu los Nukaks. Sobre todo -enfatizó- había curado afecciones pulmonares, y a su vez la infusión tenía un gran poder terapéutico que mejoraba el estado de ánimo o trastornos de salud mental. En mi asentamiento bebíamos la infusión de yagé a diario; vivíamos en tranquilidad, paz y con salud -manifestó.  Esta sería una alternativa novedosa, puesto que la industria farmacéutica no ha encontrado una solución definitiva a este respecto, y contribuiríamos a tener en un futuro sociedades más pacíficas, menos violentas, y protectores del medio ambiente -concluyó Carmen.

Sastoque se mostró interesado y la invitó para que preparara una infusión ya que en el Centro había varios pacientes con molestias respiratorias y otros con síntomas de ansiedad.  Carmen aceptó y pasaron al laboratorio para preparar el brebaje medicinal. Ella puso agua a calentar, y cuando empezó a hervir le añadió las raíces y las hojas de yagé hasta que desgajaron sus propiedades activas y éstas se cocieran en la poción. Dejó hervir la mezcla durante dos horas, y posteriormente filtró el líquido cuya consistencia era parecida a la miel, le añadió más agua para hacerla más digerible.  Después de haberla dejado reposar los cinco pacientes que Sastoque había escogido bebieron la infusión.

Al cabo de media hora, dos de los pacientes notaron que habían dejado de toser y los otros tres se mostraron bastante animados y sonrientes.  La sorpresa se pintó en los ojos de Sastoque y enseguida le pidió a su asistente que llamara al ministro de Salud a la capital para compartirle esta reveladora noticia.  A los pocos minutos, Sastoque y el ministro conversaron telefónicamente sobre la beneficiosa infusión.  Cuando Sastoque colgó el auricular le comunicó a Carmen que el ministro le enviaría el pasaje aéreo a la brevedad a fin de que se reunieran en la capital, y desarrollaran un plan para que esta bebida medicinal fuera accesible a toda la población del país.  

Carmen se mostró de acuerdo.

Ya en el avión, rumbo a la capital, Carmen recapacitaba que la autocuración con yerbas naturales era sinónimo de búsqueda hacia un viaje de la vida sana en todas sus dimensiones.

Valencia (España), diciembre 2022

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Edición No. 209