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La dignidad de lo cómico

En el Quijote respira con anticipación de varios siglos el escepticismo de la narrativa contemporánea, en medio de una mofa anticipada de la narrativa romántica. Estas dos narrativas, que se oponen punto por punto, se encuentran representadas en los dos personajes centrales de la obra de Cervantes, pero bajo guisas particulares. En la narrativa romántica domina el idealismo del héroe clásico: tales Goethe, Hugo y tantos otros. Se trata de Quijotes que han asumido en serio el crecimiento del alma, la perfección moral, la reconciliación de los opuestos. Por tanto, no aparecen como desquiciados sino como prototipos ideados para la imitación.

Pero ningún héroe, ni antes ni ahora ni después, imitaría a Alonso Quijano, creado especialmente por Cervantes como sarcasmo de dicho ideal. La anticipación burlesca, sin embargo, va más lejos. El Romanticismo hurgó en las ruinas del mundo medieval para recrearlo de una manera vívida e intensa, que siglos antes había sido desacreditada por el cinismo burlón de Cervantes que nos hace ver ahí sólo quimeras. Pero tampoco nos es posible tomarnos en serio dicho descrédito, pues su agente es nada menos que Sancho, el campesino que razona, lo que da a la obra su sello burlesco más irreverente (el filósofo en un burro…).

La desvirtuación del heroísmo se buscó en la literatura moderna por varias vías. Mientras ya Sterne había hecho desaparecer de las páginas de su magna obra el héroe que pomposamente promete en su título (La vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero), Flaubert pone en cuestión la búsqueda clásica de ideales morales y los rusos (Turgueniev y Dostoievski, principalmente) se detienen en la figura del héroe negativo, el nihilista, que prefigura el sombrío siglo XX en el que, decididamente, se crea la figura más atemperada pero no menos amarga del anti-héroe. La narrativa contemporánea desde Kafka se ocupa del hombre común, que conforma aquello que Nietzsche llamaba despectivamente la paja de la historia. Sinembargo, ningún personaje moderno es tan rústico, elemental y pueril como Sancho. Al igual que con el Quijote, ni siquiera el más gris de nuestros contemporáneos anti-héroes quisiera imitar a Sancho, mucho menos que todo en su figura. El carácter burlesco general de la obra cervantina y su anticipación cínica con respecto a las líneas maestras de las dos grandes corrientes de la novela moderna se da, pues, en que los dos personajes no encarnan tipos sino anti-tipos, inimitables, no por inalcanzables sino por imposibles o por graciosamente repulsivos.

Aunque en muchas obras de esta época se ha buscado la traza de la obra cervantina, en este corto escrito quiero destacar un cuento de Joyce, Una nubecilla, que es de alguna manera su reverso. El contraste no se da sólo en la extensión de las obras. Veamos: 1) El cuento destaca un anti-héroe real del siglo XX, Chico Chandler, periodista frustrado que vive la típica situación doméstica insoportable (esposa que riñe, niños que lloran, pobreza), mientras la obra de Cervantes realza el ridículo héroe imposible. 2) Mientras que en El Quijote la presencia del héroe se hace presente de continuo por sus repetidos fracasos, en el cuento de Joyce hay un auténtico héroe que realmente triunfa, un amigo de Chandler llamado Gallaher, que aparece fugazmente sólo para presumir de sus hazañas y desaparecer, realzando así la frustración insoluble del anti-héroe Chandler. 3) Mientras que Chandler no se enorgullece de su anti-heroica vida de matrimonio y, al mismo tiempo, guarda envidia de la independencia y éxito de Gallaher, Sancho no aspira a nada distinto que volver a su rústico y alegre hogar, sin envidiar las pretensiones aristocráticas de Don Alonso, que en la mesa debe comer despacio, beber poco y limpiarse la boca todo el tiempo, sin estornudar ni toser de risa. 4) El cuento de Joyce deja un sabor agrio, mientras que la obra cervantina es una auténtica fiesta en todas sus páginas, pues goza del poder subversivo de la comedia que el siglo XX, en su pesadumbre, ha retirado de la literatura y la ha degradado al cine (con la refrescante excepción de Inglaterra, que entró campante en el siglo XX con Waugh, Chesterton y tantos otros, sin inmutarse por l’ennui, el spleen, la Angst ni la tristesse del Continente). Conrad Hyers, en un memorable ensayo [Conrad Hyers. The Spirituality of Comedy. Comic Heroism in a Tragic World. Transaction Publishers, New Brunswick, 1993], destaca que no sólo en Grecia antigua la comedia se representaba después de la tragedia, sino también en Japón, donde el teatro bufo Kyogen se presentaba después del muy serio Noh. Esto no significa tanto que ambos, lo trágico y lo cómico, estén en pie de igualdad, sino que la catarsis producida por la tragedia (la dupla de éxtasis y angustia, eleos y fobos, según Aristóteles en la Poética) resulta incompleta sin el súbito brote de lo cómico. Algo extraño debió pasar en el siglo XX, pues mientras que en sus comienzos la lectura pública del primer capítulo de El Proceso por parte de Kafka hizo descoser de risa a sus oyentes en Praga, luego se la tomó como la más lúgubre de las obras literarias. Se echa en falta que en nuestra época lo hilarante ya no se tome más como el revulsivo de orden casi metafísico que era hasta el Renacimiento (sólo el bufón podía burlarse de la realeza sagrada) y se lo haya rebajado al plano comercial del “entretenimiento”. La dignidad de lo cómico está aún por ser recuperada. No es poca cosa que tal fuese el mayor aporte español a la Historia.

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Edición No. 129/130