La Economía en su complejidad
En primer lugar, gran parte de las dificultades que tienen los economistas -y me incluyo parcialmente en la categoría- es que en las escuelas en las que se enseña esta disciplina, se ha venido evidenciando una tendencia fuerte a reducir el campo de estudio dentro de un proceso de sobre-especialización, en el que se termina por abandonar el estudio de las interacciones sociales desde perspectivas filosóficas que abarquen la ética, los estudios políticos, sociológicos, antropológicos, psicológicos, etc. El argumento que se esgrime es que no se alcanza a abordar con seriedad una temática desde tantas perspectivas. No obstante, tampoco se logra abordar bien un tema desde una sola de ellas, puesto que generalmente se pierde la comprensión de la complejidad de los sistemas.
En este sentido, se encuentra que generalmente los economistas, que tan acostumbrados están a trabajar con funciones de utilidad, poco reflexionan sobre los sustentos que tienen dichas funciones en la ética; generalmente ni siquiera se evalúa la pertinencia de adoptar el llamado homo economicus para las diferentes investigaciones.
En segundo lugar, incluso si el objeto de estudio se restringe a lo que comúnmente se conoce como economía, la enseñanza que conozco y que no sólo atañe a algunas escuelas en Bogotá, sino otras incluso en EE.UU. y en Canadá, evita tocar los temas que conciernen a la economía pura -que no significa pura economía, sino más bien economía con altos niveles de abstracción en la construcción de teorías. Esto sí que resulta extraño y me detendré un poco.
Gran parte de los programas han tendido a enseñar herramientas y modelos económicos. Todo esto resulta muy importante, pero a todas luces insuficiente. La expansión de los cursos sobre estos temas ha marginado los debates y problemáticas tanto de las herramientas como de los modelos y teorías vigentes; presenciamos entonces una enseñanza sin discusiones, una disciplina que poco reflexiona sobre sí misma. Si bien en esto nuestra Universidad Nacional de Colombia todavía se encuentra a la cabeza, falta mucho.
En particular y a modo de ejemplo, aceptamos que existe un mercado de trabajo, con curva de oferta y de demanda que interactúan entre ellas como si fuesen un mercado como cualquier otro y que por lo tanto, el problema del empleo en Colombia y en España -ver los debates que se publican en “El País”- es que existen rigideces que dificultan la reducción de los salarios y generan sobrecostos laborales (es la discusión de Fedesarrollo, de los gremios en general y del PP en España). No obstante, existen muchas y fuertes críticas sobre este tema, al punto que algunos sugieren no sólo que dicho mercado no existe en estos términos, sino que los salarios mínimos no afectan necesariamente el volumen de contratación al interior de un país.
De esta forma, los economistas se gradúan y cuando menos piensan, están aplicando unas estructuras teóricas de las que desconocen sus fundamentos, los debates que suscitan y su validez. (Joan Robinson comenzó una crítica conocida como La controversia del capital en la década de 1960 y hoy casi nadie conoce cuáles son sus implicaciones y por lo tanto, por qué, cuándo y cómo usar ciertas funciones de producción; en este momento esas funciones se usan en los ministerios de Hacienda, en el FMI e incluso en bancos centrales y resulta que se reconoce su carencia de validez).
En tercer y último lugar, separándome de los anteriores párrafos, me permito hacer la siguiente precisión: el tema del valor de una mercancía cualquiera tiene dos perspectivas, una desde el valor de cambio y otra desde el valor de uso. El valor de cambio es aquel que se intenta medir en términos de precios y que constituye el sustento de las relaciones comerciales de la sociedad. Por su parte, el valor de uso de una mercancía consiste en la capacidad que este bien tiene para satisfacer una o varias necesidades humanas; no por ello este valor es totalmente subjetivo, pero tampoco es totalmente objetivo.
Necesariamente una mercancía debe tener valor de uso para que pueda tener valor de cambio, pero como el primero no se puede medir, no necesariamente hay correspondencia entre ambos. Lo que quiero apuntar es que, en desequilibrio, es decir, siempre que se piense el mundo real, y bajo las condiciones capitalistas actuales, ese valor de uso es cada vez menos importante para determinar la creación y comercialización de una mercancía, permitiendo el surgimiento y crecimiento del consumismo, en el que básicamente se ha perdido la idea que un bien o servicio cualquiera tenga correspondencia con el incremento del bienestar humano. En tales situaciones, podríamos hablar de un valor de uso que sea en realidad negativo para la humanidad: es el caso del armamentismo, de la publicidad misma con su manipulación del comportamiento, casos en los que, lejos de generar un valor de uso positivo, se genera una mercancía que si bien puede ser usada en las sociedades, no debería ser usada: no hablaríamos de valores, sino de antivalores de uso.
A esos antivalores son a los que el capitalismo, en su afán de expansión, concentración y centralización, tiende a generar valores de cambio irracionales. Sería justamente esto lo que habría que modificar mediante la educación, intentando que la producción de mercancías tenga un valor de uso importante, lo que a su vez impactaría la forma de concebir los mercados y por ende, el funcionamiento de las economías actuales, algo más lejos del consumismo exuberante.