La poética del lugar en Rogelio Salmona
Hace poco más de 10 años que el poeta y humanista Carlos-Enrique Ruiz, siendo rector de la Universidad de Caldas se le ocurrió plantearle a otro humanista, uno de los más reconocidos e importantes arquitectos latinoamericanos, el colombiano Rogelio Salmona, juntar sus sueños y entregarle a la Universidad, la ciudad y la región un recinto para la cultura y el conocimiento, pero ante todo un lugar donde la vida ciudadana transcurra con dignidad, siguiendo los ritmos propios de la calidez humana, difícil de encontrar entre los meros afanes cotidianos, que literalmente consumen la existencia de cada persona en el tiempo gastado para desplazarse de un sitio a otro, o para implorar que se le atienda un derecho no cumplido. Estamos hablando de una obra que aunque liderada por la universidad, también tendrá impacto directo en la vida de las comunidades vecinas, en la ciudad y en la región.
Transcurrido aquel tiempo tenemos ahora el privilegio de ser testigos del comienzo de los trabajos que materializan una realidad que desde entonces nos ronda a los universitarios. A algunos esa realidad, que hasta ahora solo se había mostrado en decisiones, en el diseño arquitectónico, en planos, en figuras, en cuentas y en cuentos, se les presenta como un fantasma que asusta y con el que, de manera aún incomprensible, gustan asustar. Mientras que para muchos de nosotros esa realidad es la esperanza de que la Universidad continúe respondiendo a lo que le es propio como institución educativa “superior”, como centro de alta cultura que promete conocimiento y sabiduría, donde, además, toman realidad los ideales de una vida humana digna y se cumplen sueños de las familias que han luchado y luchan por hacer de sus hijos profesionales para servir a la sociedad y gozar de unas mejores condiciones de vida.
La obra que ha comenzado a materializarse es un edificio, una edificación que tiene la particularidad de ser uno de los tantos puentes que se tienden entre nuestra estancia en la tierra y el mundo del conocimiento y la cultura, en virtud de los cuales nos afirmamos mejor como humanos. Se dice que el hombre es un aventurero a quien le gusta tender puentes entre su estar en la tierra y los mundos que imagina. Si esos mundos son muy pobres y fútiles, así serán las obras que construye. Edificios y viviendas en serie para el consumo, tarimas para el espectáculo de un día, los casinos y hoteles que hechizan, los grandes centros comerciales, los depósitos para almacenar mercancías, etc., cada construcción que se levanta materializa un sueño, una fantasía, o una pesadilla. Pero esas construcciones están destinadas a desaparecer, unas más pronto que otras, con la misma rapidez del sueño que les dio origen. Y también todos los días caen derrotadas las construcciones otrora levantadas, como expresión de una vida más familiar, personal e íntima, porque resultan inapropiadas para cumplir la función mercantil que hoy se les pide, y seguramente es porque también van quedando atrás las formas de vida que las sostenían. El puente ya no es el de los paseantes, porque los grandes y pesados camiones requieren otra vía que los soporte; el puerto no recibe pescadores, ni buques con mercancías o visitantes amigables, tendrá que hacerse apto para trenes y barcazas cargadas de carbón o enormes buques petroleros. Y como todo se amplía o reduce a la medida del consumo, por contraste grandes cinemas se transforman en pequeñas salas de cine y la vivienda no es la morada para el goce de la vida familiar, sino una solución en pocos metros cuadrados.
Sin duda ellas son maneras más cómodas y técnicas de organizar la vida, pero solo porque sus fronteras se expanden y van corriendo otras formas de vida más amables, acogedoras y tranquilas. La pesca en los ríos escasea cuando se usan como depósitos de los desechos industriales y la expansión urbana; las calles del barrio transformadas en avenidas, no son propicias para que los niños jueguen o para que se encuentren a conversar los amigos y vecinos; los bosques tienen que irse abriendo para dar paso a la vía y la montaña tiene que caer para dejar expuestas sus entrañas a la explotación sin límites.
Así como se da ese modo de construir que consiste en levantar edificios, con el propósito de superar o liquidar el espacio y el tiempo y ponerlos al servicio de la producción industrial y el consumo, hay otra forma de construir que consiste en cuidar y en proteger, estatuyendo espacios para la existencia humana. Y esta manera se da cuando se crean cosas que surgen como lugares de encuentro y otorgan espacios de referencia para nuestro caminar en el mundo. Justamente cuando Rogelio Salmona visitó el terreno destinado a ubicar su proyecto arquitectónico descubrió plenamente el enorme reto que enfrentaba: traer a la presencia el oculto secreto de un terreno que a los ojos mercantiles se aprecia de costosa y poco rentable intervención. La dificultad la vio el maestro Salmona en otro asunto: cómo erigir allí un lugar y cómo ensamblar sus espacios de manera que dieran forma a una obra destinada para los universitarios, para los ciudadanos y visitantes a quienes los asuntos de la cultura, del conocimiento y del saber aún les digan cosas y para quienes siga siendo importante conservar y tener por compañía, cuando ya se haga posible visitar el centro cultural, las montañas que ahora nos miran desde el frente y el goce de la amplitud del cielo que nos recibe y abarca cuando allí nos situamos. El reto para Salmona era luchar con la oculta terquedad del terreno, convirtiéndolo en un lugar donde pudiese instalar su mundo imaginado, que pese a todo no tuviese que renegar de su apego a la tradición cultural y a la tierra. La aparición en el dibujo, en el diseño, en las imágenes y los relatos que circulan del Centro Cultural Universitario, es el rasgo que quedó de aquella lucha sostenida entre la tierra que persiste en esconderse y el mundo creado por Salmona, el que hizo presente en el diseño arquitectónico de su obra para nuestra comunidad universitaria y la vida ciudadana.
El mundo de Salmona está configurado por edificaciones como espacios que se abren para sostener nuestra condición humana y no la de sujetos cumpliendo funciones o de entes consumidores. Así es El Centro cultural Universitario, del que hoy presenciamos el inicio de la construcción de su primera etapa, gracias a la iniciativa de dos soñadores y de la oportuna insistencia de Ricardo Gómez Giraldo, rector de la Universidad de Caldas hasta diciembre de 2013. Algunos de sus críticos, pretendiendo hacer más ofensiva su alusión al Centro cultural, se refieren a éste como una cosa, pero ciegos para su significado no se percatan de que en realidad entre las tantas muchísimas otras cosas que cotidiana y ordinariamente nos rodean en las ciudades y los campos, es una de las asombrosas cosas creadas por Salmona, donde la construcción aparece con uno de los sentidos mencionados de cuidar y dar abrigo al aire, al agua, a la luz y la sombra, al viento y la piedra, como es lo usual encontrar en todas sus obras. Y cuidar es cultivar, es dar abrigo, es honrar la memoria de los pueblos, el verdadero sentido de cultura. Es arquitectura que nace del ambiente, que se enlaza como un elemento más del paisaje al que le da relieve y le otorga la hondura de la existencia. Cruzado por rampas, por espacios abiertos, amplios y generosos; con grandes ventanales para acoger la luz del sol durante el día o, en la noche, permitir a las estrellas y la luna husmear adentro sin mayor estorbo. Este es el Centro Cultural Rogelio Salmona, que quedará emplazado en la Sede central de la Universidad, en el oriente de la ciudad de Manizales, con biblioteca para libros físicos y digitales, conservatorio de música, área de exposiciones, salas de lectura, laboratorios de idiomas y de medios, cubículos para músicos, área de danzas, teatro de ópera, etc, pero el sentido de estas “cosas”, en las que se embarcó la Universidad de Caldas, no se ve ni puede representarse fácilmente. Son las cosas, diferentes a las del consumo o de la industria de la construcción, donde uno puede reconocerse de nuevo como humano; donde -para expresarlo en palabras de Philip King, sobresaliente discípulo del gran escultor inglés Henry Moore- volvemos a ser “el hombre real, corpóreo, situado en la tierra sólida y bien cimentada, inspirando y espirando todas las fuerzas de la naturaleza”, y participando de todos los logros de la cultura.
Las cosas del arte así creadas son lugares que se ofrecen para el trasegar y la existencia humana, que con el cumplimiento de su función para el servicio del conocimiento, de la educación universitaria, de los espectáculos y presentaciones teatrales, musicales o exposiciones, además están pensadas para el habitar humano y la vida ciudadana, sin pretender imponerse sobre el paisaje.
Excúsenme ustedes las licencias poéticas que me he tomado, pero creo interpretar las propias palabras del maestro Rogelio Salmona para quien la arquitectura, lo afirmó en más de una ocasión, era “poesía, la arquitectura es poesía, es algo muy sentido que se traduce mediante una metáfora construida”. Y quizás fue poesía lo que quiso seguir arrebatando a aquel lugar que aún visitaba dos semanas antes de su muerte, ocurrida en el 2007, cuando le hacía ajustes finales a su proyecto. Las cosas siempre hablan en silencio y necesitan del hombre, es decir, del único ser sonoro que existe, el único capaz de articular sonidos, para poder hablar. Y entre los mortales son los poetas, atentos siempre al sonido del silencio, quienes se muestran mejor dispuestos a darles la palabra a las cosas cuando las requerimos a que nos hablen, pero que dada su naturaleza silenciosa no pueden hacerlo por ellas mismas. Por eso ante la magnífica obra, como expresión de aquel lugar y como formulación de su mundo imaginado para la cultura, que dejó Rogelio Salmona para la Universidad, la ciudad y la región, podemos decir que finalmente él no descubrió el lugar, más bien, para fortuna nuestra, el lugar lo descubrió a él, y con su obra el lugar también encontró la manera de mostrarse en todo su esplendor, porque Salmona además fue alguien quien siempre demostró tener el secreto de la “poética del lugar”.