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La Revista Aleph y la tradición hispanoamericana de las revistas culturales

Hay instituciones cuya arquitectura no está hecha de piedra. Se levantan con palabras, con papeles que pasan de mano en mano, con libros abiertos sobre una mesa y con la memoria de quienes alguna vez encontraron en sus páginas una pregunta. Las grandes revistas culturales pertenecen a esa estirpe. No ocupan plazas ni levantan monumentos; habitan, más bien, ese territorio invisible donde una generación entrega a otra las palabras con las que aprendió a mirar el mundo.

Quizá por eso las revistas hayan sido una de las formas más persistentes de la memoria intelectual de Hispanoamérica. La historia de nuestras ideas no está solamente en los libros, en las universidades o en las instituciones que las representan. Está también en esas publicaciones que, número tras número, reunieron escritores, filósofos, científicos, artistas e historiadores alrededor de cuestiones que ninguna disciplina podía resolver por sí sola. Antes de que una idea adquiriera la estabilidad de un libro, muchas veces fue tanteo, discusión, traducción o ensayo en una revista. Antes de que una generación se reconociera como tal, hubo con frecuencia unas páginas que hicieron posible su encuentro.

La aparición de Aleph: Polifonía del pensamiento y la palabra, volumen publicado en celebración de los sesenta años de la Revista Aleph, permite volver sobre esa tradición. Pero sería insuficiente leerlo solamente como libro conmemorativo. Su significación es más amplia: en sus páginas puede reconocerse una manera de entender la cultura y, a través de ella, una historia de la conversación intelectual que comenzó en Manizales en 1966 y ha atravesado seis décadas.

No se trata, entonces, únicamente de celebrar una longevidad editorial. Se trata de preguntarse qué hace posible que una publicación cultural atraviese el tiempo sin perder la necesidad de su existencia. La respuesta quizá esté en una palabra que aparece, de manera explícita o secreta, a lo largo de toda esta historia: conversación.

No la conversación ligera de la actualidad, sometida a la velocidad de las opiniones, sino aquella otra que necesita tiempo para establecer relaciones, volver sobre las preguntas y escuchar voces diferentes. Una conversación que no pretende borrar las diferencias, sino hacerlas fecundas. Una revista cultural vive de esa posibilidad. Y una revista que llega a sesenta años ofrece una prueba excepcional de que esa posibilidad no ha desaparecido. Mucho antes de que habláramos de globalización cultural, existía ya una circulación internacional de las ideas. Los libros viajaban, las cartas atravesaban océanos, los escritores se leían a distancia y las revistas servían de puente entre ciudades y tradiciones. La cultura se constituía así como una conversación que desbordaba las fronteras políticas.

Hispanoamérica hizo suyo ese legado y le dio algunas de sus formas más originales. Revista de Avance, Sur, Orígenes, Cuadernos Americanos, Mito, Plural, Vuelta, la Revista de Occidente, la Revista de la Universidad de Antioquia y otras publicaciones memorables no fueron simples vehículos de textos. Fueron lugares donde una época aprendió a pensarse.

Cada una tuvo su fisonomía, sus afinidades y sus conflictos. No constituyeron una escuela única. Su grandeza estuvo, precisamente, en haber comprendido que una cultura no se fortalece mediante la unanimidad. Las revistas fueron territorios de discrepancia. En sus mejores momentos hicieron posible que una sociedad discutiera consigo misma sin romper la posibilidad del diálogo. Allí convivieron la literatura y la filosofía, la política y el arte, la historia y la ciencia. Allí se tradujeron autores, se descubrieron escritores, se confrontaron ideas y se formaron lectores.

Victoria Ocampo comprendió que Sur podía convertirse en una forma de inserción de América Latina en la conversación universal, pero también en un lugar desde donde esa conversación pudiera ser interrogada. Lezama Lima hizo de Orígenes una experiencia de la poesía como conocimiento. Mito abrió en Colombia una ventana cosmopolita cuando el país todavía parecía mirar con demasiada frecuencia hacia sí mismo. Octavio Paz convirtió Plural y Vuelta en espacios de crítica y libertad intelectual. Ortega y Gasset entendió la Revista de Occidente como una verdadera institución de pensamiento.

No es exagerado decir que buena parte de la historia intelectual hispanoamericana del siglo XX puede seguirse a través de sus revistas. Ellas fueron una de las formas de respiración de nuestras culturas. En esa constelación debe inscribirse Aleph. No como excepción local, sino como continuidad creadora. La singularidad de la Revista Aleph no consiste únicamente en haber sobrevivido a muchas de aquellas publicaciones. Reside en haber conservado durante seis décadas una concepción amplia de la cultura.

Fundada en Manizales en 1966, comenzó su trayectoria en un mundo que apenas se parece al nuestro. La comunicación intelectual dependía de la imprenta, del correo, de las bibliotecas, de los encuentros personales. Las ideas circulaban lentamente. El acceso al conocimiento tenía obstáculos materiales que hoy parecen remotos.

Desde entonces han cambiado el país, la universidad, las ciencias, las tecnologías de la escritura y las formas mismas de leer. Han desaparecido lenguajes intelectuales y aparecido otros. El mundo digital transformó la circulación del conocimiento y ahora la inteligencia artificial comienza a modificar incluso la relación entre escritura, autoría y pensamiento.

Aleph ha atravesado esas transformaciones. Pero su continuidad no se explica por haber permanecido idéntica a sí misma. Al contrario: una tradición solamente permanece viva cuando sabe cambiar sin perder aquello que la constituye. Lo esencial de Aleph ha sido su voluntad de poner en relación saberes diferentes. Por sus páginas han podido encontrarse literatura y ciencia, filosofía y arte, medicina e historia, ingeniería y poesía, música y pensamiento. Hoy llamamos a esto interdisciplinariedad. Pero la palabra quizá sea insuficiente. No se trata solamente de colocar disciplinas unas junto a otras. Se trata de descubrir qué pueden decirse entre ellas.

Ahí adquiere toda su fuerza el título del volumen: Polifonía del pensamiento y la palabra. La polifonía no es la simple acumulación de voces. Es la posibilidad de que cada voz conserve su singularidad y, al mismo tiempo, transforme el sentido de las demás. Una voz aislada puede ser valiosa; varias voces relacionadas pueden producir algo que ninguna de ellas contiene por separado. Tal ha sido, en buena medida, el método silencioso de Aleph. No construir un canon cerrado, sino abrir un espacio de correspondencias.

El ensayo de Antonio García-Lozada, que abre el volumen, percibe con particular claridad esa vocación. Al recorrer las sucesivas aproximaciones de la revista a Cervantes, Montaigne, Rousseau, Spinoza, Humboldt, Borges, Danilo Cruz-Vélez y otros nombres decisivos, no se limita a reconstruir una secuencia editorial. Deja entrever una pregunta persistente por la condición humana. Es significativo. Una revista sobrevive cuando sus temas dejan de pertenecer a una época y comienzan a formular preguntas que otras épocas pueden volver a escuchar. Por eso Aleph ha podido conservar la memoria sin convertirse en museo. La tradición no consiste en repetir el pasado. Consiste en volver a ponerlo en movimiento. Aquí las figuras de Alfonso Reyes y Pedro Henríquez-Ureña adquieren una particular resonancia. Ambos comprendieron que la cultura americana no podía reducirse ni a la imitación de modelos ajenos ni al aislamiento de una identidad cerrada. La verdadera universalidad consistía en participar de la conversación humana desde una experiencia propia.

El título del volumen —Polifonía del pensamiento y la palabra— no es una fórmula ornamental. Nombra, en realidad, una concepción de la cultura. La polifonía no consiste en acumular voces diferentes, sino en permitir que cada una, conservando su singularidad, modifique el sentido de las demás.

Esa amplitud puede comprobarse en algunos de los ensayos más significativos que reúne el volumen. Allí donde una lectura superficial podría encontrar solamente diversidad temática, aparece, bajo una mirada más atenta, una misma voluntad de relacionar las formas del conocimiento.

Moisés Wasserman, en «Cuando la biología se convirtió en ciencia», conduce al lector hacia uno de los momentos decisivos en la transformación del conocimiento de la vida. El interés de su ensayo no reside únicamente en la reconstrucción histórica de una disciplina, sino en mostrar cómo un saber llega a constituirse como ciencia cuando la observación dispersa encuentra conceptos, métodos y relaciones capaces de organizarla. La biología aparece así como una construcción intelectual en la que confluyen distintas maneras de mirar lo viviente. Hay, en el fondo, una pregunta que trasciende la historia de la ciencia: ¿cómo llega el ser humano a convertir la experiencia del mundo en conocimiento?

La presencia de Wasserman resulta particularmente significativa dentro de Aleph. La ciencia no aparece allí como territorio separado de la cultura, reservado al especialista, sino como una de las grandes aventuras intelectuales de la humanidad. Leer la historia de la biología desde esta perspectiva significa devolverle al conocimiento científico su dimensión de asombro, de búsqueda y de pensamiento.

Esa relación entre conocimiento y responsabilidad adquiere una urgencia distinta en «La Amazonía en un punto de inflexión…», de Germán Poveda. Aquí la ciencia no solamente mira hacia el pasado para comprender cómo hemos llegado hasta el presente: mira hacia el futuro para advertir aquello que todavía podemos perder.

La Amazonía aparece como una compleja trama de relaciones entre agua, atmósfera, biodiversidad, territorio y acción humana. El problema no puede reducirse, por tanto, a una cuestión ambiental entre otras. Lo que está en juego es la estabilidad de sistemas de los cuales depende, en una medida que apenas comenzamos a comprender, el equilibrio del planeta.

El ensayo de Poveda introduce así una dimensión ética en la ciencia. Conocer significa también asumir responsabilidad frente a aquello que se conoce. La información sobre el deterioro de la Amazonía no puede quedar encerrada en las cifras ni en los modelos científicos: termina convirtiéndose en una pregunta por nuestra manera de habitar la Tierra.

Es notable que, dentro de un mismo volumen, la historia de una ciencia pueda conducir naturalmente hacia el destino del planeta. Es precisamente ahí donde la polifonía deja de ser una característica formal y se convierte en pensamiento.

Si Poveda nos sitúa ante la fragilidad de los sistemas naturales, «El umbral de lo inverosímil…», de Omar-Darío Cardona, nos conduce hacia otra frontera: aquella donde nuestra capacidad de imaginar el riesgo se encuentra con acontecimientos que, antes de suceder, parecen improbables, remotos o incluso inconcebibles.

Una de las dificultades de la sociedad contemporánea consiste precisamente en que aquello que consideramos improbable puede tener consecuencias enormes. El riesgo no desaparece porque no sepamos imaginarlo. Al contrario: una de las tareas de la inteligencia consiste en ampliar el campo de lo pensable para que la sorpresa no nos encuentre completamente desarmados.

El ensayo de Cardona adquiere por ello una resonancia que va más allá de su ámbito específico. Nos recuerda que la racionalidad no consiste en eliminar la incertidumbre, sino en aprender a pensar dentro de ella. Lo inverosímil puede convertirse en real; y cuando sucede, la sociedad descubre que aquello que no había querido imaginar también formaba parte de su horizonte.

Hay aquí otra forma de diálogo con el ensayo de Poveda. La Amazonía y el riesgo parecen pertenecer a campos diferentes, pero ambos nos enfrentan con los límites de nuestra capacidad de anticipación. Ambos nos preguntan qué hacemos con el conocimiento cuando éste deja de ser contemplación y se convierte en responsabilidad.

Y entonces aparece, en otro nivel, «Variedades de la crítica….», de Fernando Zalamea.

El desplazamiento parece considerable: de la biología a la Amazonía, de la Amazonía al riesgo, y del riesgo a la crítica. Pero justamente ese desplazamiento revela la arquitectura profunda del volumen. Zalamea lleva la reflexión hacia las propias formas mediante las cuales pensamos, distinguimos, relacionamos y juzgamos.

La crítica no es simplemente censura ni ejercicio de oposición. En su sentido más fecundo, es una forma de creación intelectual. Criticar significa establecer diferencias, descubrir relaciones, reconocer estructuras, interrogar supuestos y abrir posibilidades que antes permanecían ocultas. La crítica no destruye necesariamente aquello que examina: puede devolverlo al pensamiento bajo una nueva luz.

Por eso el ensayo de Zalamea resulta particularmente significativo en un volumen dedicado a una revista cultural. Una revista necesita crítica no para ejercer autoridad sobre las ideas, sino para mantenerlas vivas. Sin crítica, la tradición se convierte en repetición; sin posibilidad de discusión, la cultura termina convirtiéndose en ceremonia.

Los cuatro ensayos permiten advertir, entonces, algo esencial: Aleph no concibe la cultura como un conjunto de compartimentos. La biología conduce hacia la historia del conocimiento; la Amazonía hacia la responsabilidad planetaria; el riesgo hacia los límites de nuestra imaginación; la crítica hacia las propias operaciones del pensamiento.

Son caminos diferentes que terminan encontrándose. Eso es la polifonía.

Las revistas fueron uno de los lugares privilegiados para hacerlo. En ellas Hispanoamérica pudo leerse a sí misma mientras leía a los demás. Aleph pertenece a esa tradición. Y hay algo particularmente significativo en que esa conversación haya tenido como uno de sus lugares de permanencia a Manizales. La historia cultural suele construirse desde las capitales. Buenos Aires, México, La Habana, Bogotá, Madrid aparecen como centros naturales de irradiación. Las ciudades intermedias suelen ser observadas como periferias.

La trayectoria de Aleph obliga a modificar esa mirada. La inteligencia no tiene capital. Una ciudad se convierte en centro cultural cuando consigue crear un espacio donde las ideas puedan encontrarse y permanecer. No es la geografía la que otorga importancia a una conversación; es la conversación la que puede otorgar nueva significación a una geografía.

Durante sesenta años, Manizales ha sido, gracias a Aleph, un punto de esa República de las Letras que no reconoce fronteras administrativas. Toda revista que logra atravesar varias generaciones tiene detrás una voluntad editorial. Las historias literarias suelen recordar a los escritores y olvidar a quienes hicieron posible que se encontraran. Se habla de obras, movimientos, generaciones y manifiestos, pero queda con frecuencia en la sombra el trabajo cotidiano que sostiene una publicación: leer, seleccionar, convocar, corregir, organizar, insistir. Una revista no existe únicamente porque haya escritores.

Necesita una inteligencia editorial capaz de reunirlos. En este sentido, Carlos-Enrique Ruiz y Livia González no aparecen simplemente como nombres ligados a la dirección de Aleph. Su tarea pertenece a una tradición cultural más profunda: la del editor como constructor de comunidad intelectual. Ocampo, Lezama, Paz, Ortega y tantos otros comprendieron que dirigir una revista era también una manera de pensar. El editor no tiene que hacer que la revista se parezca a él. Su tarea más difícil consiste en crear las condiciones para que otras inteligencias puedan manifestarse.

Es una labor semejante, en cierto modo, a la de quien dirige una orquesta. No ejecuta todos los instrumentos. Escucha sus posibilidades, establece relaciones, cuida los silencios y procura que la totalidad no destruya la singularidad de las partes. Por eso el verdadero editor trabaja también con aquello que no aparece. Con las decisiones. Con las lecturas. Con las invitaciones. Con los rechazos. Con la paciencia. Con la perseverancia necesaria para hacer un nuevo número cuando habría sido más fácil no hacerlo.

Una revista es una obra colectiva, pero detrás de esa colectividad existe siempre una voluntad que la hace posible. Sesenta años son, en este sentido, sesenta años de trabajo cultural. Y también sesenta años de confianza en que todavía vale la pena convocar a otros para pensar juntos. Quizá ésta sea una de las contribuciones menos visibles y más profundas de las revistas: crear interlocutores.

Las universidades forman especialistas. Las academias establecen comunidades de reconocimiento. Las editoriales publican libros. Las revistas, cuando alcanzan su plenitud, producen algo diferente. Producen interlocución. Un interlocutor no es necesariamente quien coincide con nosotros. Es quien nos obliga a pensar de nuevo. De ahí la importancia de la amistad intelectual, esa forma de vínculo que no depende siempre de la cercanía personal y que nace del reconocimiento de una inteligencia ajena.

María Zambrano comprendió que la vida del pensamiento no puede separarse del encuentro. Pensar no es encerrarse en una habitación interior; es también salir al encuentro de aquello que todavía no comprendemos. Una revista hace posible esa salida. Un autor conduce a otro. Un ensayo despierta una pregunta. Una pregunta remite a un libro. Un libro devuelve al lector hacia una época. Una época ilumina el presente. Así se forma una comunidad intelectual.

No mediante una doctrina compartida, sino mediante una memoria compartida de lecturas y preguntas. El volumen de los sesenta años reproduce ahora, en otra escala, ese mismo fenómeno. Es una conversación sobre una conversación. Los textos reunidos hablan de Aleph, pero Aleph, a su vez, los devuelve a la historia de las ideas, a la literatura, a la ciencia, a la filosofía y a la experiencia humana. La polifonía del título no es, por ello, solamente formal. Es la imagen de una cultura.

Defender hoy el humanismo significa, entre otras cosas, defender la posibilidad de establecer relaciones. La especialización ha producido conocimientos extraordinarios, pero también ha levantado fronteras entre disciplinas. Sabemos cada vez más acerca de ámbitos cada vez más precisos, mientras corremos el riesgo de perder la visión del conjunto.

Las grandes preguntas, sinembargo, no pertenecen a una sola disciplina. ¿Qué significa ser humano? ¿Qué hacemos con aquello que sabemos? ¿Para qué sirve el progreso si no mejora nuestra relación con el mundo y con los otros? ¿Qué lugar ocupa el arte en una civilización dominada por la técnica? ¿Qué responsabilidad tiene la ciencia frente a sus propias posibilidades? La literatura no puede responder sola. Tampoco la filosofía, ni la ciencia, ni la historia. Necesitamos que hablen entre sí.

En esa necesidad reside una de las razones más profundas de la permanencia de Aleph. Su vocación humanística no ha consistido en regresar a un pasado idealizado, sino en impedir que el conocimiento pierda la capacidad de preguntarse por su sentido.

Ahora bien, el presente introduce una dificultad que ninguna revista cultural puede ignorar. La inteligencia artificial está transformando la escritura, la lectura y el acceso al conocimiento. Una máquina puede producir en segundos un texto coherente, resumir grandes cantidades de información, establecer conexiones y responder preguntas que antes exigían largas búsquedas. Pero precisamente por eso adquiere mayor importancia una facultad que ninguna abundancia tecnológica puede garantizar: el discernimiento.

 Cuando todo puede decirse, importa saber qué merece ser dicho. Cuando todo puede publicarse, importa saber qué merece ser leído. Cuando la información es prácticamente ilimitada, importa saber qué relaciones tienen sentido. La velocidad no sustituye al criterio.

La acumulación de datos no constituye una cultura. Y producir palabras no equivale necesariamente a pensar. Aquí las revistas culturales pueden encontrar una función renovada. No necesitan competir con la tecnología en velocidad. Su tarea es otra: seleccionar, contextualizar, relacionar, discutir, dar profundidad. En una época de abundancia, el editor vuelve a ser necesario. Quizá más que antes.

La cultura necesita lugares donde alguien pueda decir: esto merece nuestra atención. Y necesita lectores capaces de aceptar la demora que esa atención exige. Pero una tradición viva tampoco puede limitarse a contemplarse.

Los sesenta años de Aleph plantean una responsabilidad hacia el porvenir. La amplitud que ha caracterizado a la revista permite imaginar nuevas conversaciones con tradiciones intelectuales y culturales que hoy participan con mayor fuerza en el escenario mundial. La universalidad nunca es una propiedad definitivamente conquistada. Es una tarea. Ampliar la conversación no significa abandonar las raíces. Significa llevarlas hasta lugares donde todavía puedan encontrarse con lo desconocido. La tradición no se conserva encerrándola. Se conserva poniéndola en contacto con nuevas preguntas. Ése puede ser uno de los desafíos más fecundos para las próximas décadas de Aleph. No solamente preservar lo que ha sido, sino preguntarse qué puede llegar a ser.

A esta altura, el volumen conmemorativo deja de ser solamente un objeto editorial. Se convierte en una forma de memoria. Pero hay que distinguir la memoria viva de la memoria que embalsama. Un archivo muerto dice: esto ocurrió. Una tradición viva pregunta: ¿qué significa ahora? La diferencia es decisiva. Aleph ha podido llegar a sesenta años porque no ha confundido la tradición con la repetición. Ha vuelto una y otra vez sobre autores, problemas y obras, pero lo ha hecho desde nuevas circunstancias.

Por eso Cervantes puede volver a hablar en el presente. Por eso Humboldt puede adquirir nuevas resonancias ante la crisis ecológica. Por eso Borges no pertenece únicamente al siglo XX. Por eso Zambrano puede seguir interrogando nuestra relación con el pensamiento. La cultura no conserva a sus grandes voces congelándolas. Las conserva haciéndolas conversar con nosotros.

Aquí la imagen borgesiana vuelve a adquirir sentido. En el relato de Borges, el Aleph es un punto donde, de manera imposible, pueden contemplarse simultáneamente todos los lugares del universo. Una revista no puede contener el universo. Pero puede hacer algo más humilde y, quizá, más humano: puede reunir fragmentos que normalmente permanecen separados. Una página de poesía puede encontrarse con una reflexión científica. La ingeniería puede encontrarse con la ética. La historia puede iluminar el presente. La música puede abrir una pregunta filosófica. La literatura puede devolverle rostro a una cifra.

La ciencia puede obligarnos a reconsiderar una antigua intuición humanística. El Aleph de la revista no sería, entonces, la totalidad. Sería el encuentro. Y en ese encuentro aparece la inteligencia colectiva. El pensamiento de una revista no pertenece enteramente a ninguno de sus colaboradores. Surge de las relaciones entre ellos. Un número modifica la lectura del siguiente. Una idea reaparece años después bajo otra forma. Un autor suscita una respuesta que quizá nunca fue escrita directamente, pero que queda incorporada a la memoria de los lectores.

De ese tejido nace algo irreductible a la suma de los textos. Ésa es la inteligencia de una revista. Su verdadero autor termina siendo la conversación que hace posible. Por eso Aleph: Polifonía del pensamiento y la palabra no debería ser leído solamente como celebración de un aniversario. Es también una pregunta dirigida al futuro. ¿Qué significa mantener una comunidad intelectual cuando las formas de leer han cambiado? ¿Qué significa editar cuando cualquiera puede publicar? ¿Qué significa conversar cuando la velocidad de las redes favorece más la reacción que la reflexión? ¿Qué significa preservar la memoria en una época que parece condenar todo acontecimiento a la inmediata sustitución? El libro no necesita responderlas de manera explícita. Su existencia ya contiene una respuesta.

Sesenta años de Aleph demuestran que es posible sostener una publicación cultural más allá de las modas, de las tecnologías y de las coyunturas. No porque el tiempo se haya detenido, sino porque una idea ha sabido atravesarlo. La idea de que todavía necesitamos lugares para pensar juntos. Hay algo particularmente conmovedor en la longevidad de una revista. Quienes comienzan una publicación casi nunca pueden imaginar quiénes serán sus lectores dentro de medio siglo. No saben qué acontecimientos transformarán el mundo, qué autores serán olvidados, qué palabras cambiarán de significado. Sólo pueden confiar en una cosa: en que habrá alguien, algún día, dispuesto a abrir una página y continuar la lectura.

Ésa es la verdadera apuesta editorial. No escribir para la eternidad —aspiración demasiado grande—, sino escribir de modo que el futuro todavía pueda encontrar algo que preguntarse. Los sesenta años de Aleph son la prueba de que esa apuesta no fue vana. La revista ha dejado de pertenecer únicamente a quienes la hicieron. Pertenece también a sus lectores. A quienes descubrieron en ella un autor. A quienes encontraron una pregunta. A quienes discutieron con alguno de sus textos. A quienes volvieron a una página años después y la encontraron distinta porque ellos mismos habían cambiado. Ésa es quizá la forma más profunda de pertenencia cultural.

Una obra pertenece verdaderamente a una comunidad cuando deja de ser propiedad de sus autores y comienza a formar parte de la memoria de otros. Al llegar aquí, la celebración de los sesenta años adquiere otra dimensión. No estamos solamente ante una cifra admirable. Estamos ante una duración que ha producido memoria. Y la memoria, cuando es verdaderamente cultural, no mira únicamente hacia atrás. Ilumina el camino que todavía no conocemos. La historia de Aleph puede leerse entonces como una historia de resistencia silenciosa: resistencia contra el olvido, contra la fragmentación del conocimiento, contra la tiranía de la actualidad, contra la idea de que todo lo que no produce resultados inmediatos carece de valor.

Una revista cultural no cambia el mundo mediante grandes gestos. Su transformación es más lenta. Cambia a un lector. Una pregunta. Una sensibilidad. Una conversación. Y a veces eso basta. Las grandes transformaciones de la cultura suelen comenzar de manera casi imperceptible. Una palabra leída en el momento preciso. Un autor desconocido. Una idea que permanece. Un ensayo que obliga a mirar de otro modo aquello que parecía conocido. La cultura trabaja así: lentamente, por contagio.

Quizá por eso, después de seis décadas, la palabra que mejor define a Aleph no sea permanencia. Sea continuidad. Pero tampoco continuidad entendida como simple duración. Una piedra permanece. Una institución puede permanecer vacía. La continuidad cultural es otra cosa: es la capacidad de mantener abierta una pregunta mientras cambian quienes la formulan. Eso ha ocurrido con Aleph. Una generación comenzó la conversación. Otra la recibió. Otra la transformó. Otra la continuará. Nadie posee enteramente esa conversación. Y precisamente por eso puede durar. Borges imaginó un punto en el que todas las cosas podían verse. La Revista Aleph ha construido, durante sesenta años, un punto más modesto y acaso más necesario: un lugar donde cosas diferentes pueden encontrarse. Manizales y el mundo. La tradición y el presente. Cervantes y Borges. Humboldt y la ciencia contemporánea. La filosofía y la ingeniería. La poesía y la física. La memoria y el porvenir. El libro y la pantalla. La inteligencia humana y las nuevas inteligencias artificiales. No porque sean iguales. Sino porque pueden hablarse.

Ahí reside la verdadera polifonía. Y ahí reside, también, la razón de que una revista pueda seguir siendo necesaria en una época que ha multiplicado hasta el infinito las posibilidades de comunicación. Comunicar no basta.

Hay que conversar. Y conversar significa aceptar que el otro puede modificar aquello que creíamos saber. Al cerrar el libro queda, por ello, una impresión que va más allá de la celebración. No parece que hayamos asistido al final de una historia. Parece que hubiéramos entrado en una conversación que ya estaba ocurriendo. Quizá ése sea el secreto de Aleph. Cada número termina, pero la conversación queda abierta. Cada generación se despide, pero otra recoge las palabras.

Cada época cree haber encontrado sus respuestas, y una nueva época vuelve a formular las preguntas. Así se vence al tiempo. No acumulando monumentos. No pretendiendo decir la última palabra. Sino dejando una palabra para que otro pueda responder. Sesenta años después de aquel comienzo en Manizales, Aleph continúa. Y mientras continúe habrá todavía una página por abrir, una voz por escuchar, una pregunta que volverá desde el fondo de los libros para pedir nuevamente nuestra atención.

Tal vez esa sea la verdadera República de las Letras: una comunidad sin fronteras, cuya ciudadanía se ejerce leyendo; una patria hecha de palabras; un lugar donde nadie posee la última razón porque toda razón digna de permanecer acepta la posibilidad de otra voz. Al cabo, una revista no vence al tiempo porque permanezca. Lo vence porque consigue mantener viva la conversación. Y acaso ésa sea la mejor manera de celebrar sesenta años de Aleph: no cerrar el libro, sino dejarlo abierto. Para que la siguiente voz pueda comenzar.

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