La travesía de Enrique,
Sonia Nazario, Debate, Random House Mondadori, España, 302 páginas, 2006. $43.000. (Escribe: Álvaro Castillo-Granada).
Lo asombroso de esta historia, de este libro, que puede leerse como una novela de aventuras, un Tom Sawyer o un Huckleberry Finn de estos tiempos; es que La travesía de Enrique, su odisea, es absolutamente cierta. Real. No quiere decir esto que sea mejor o peor que una historia imaginada o inventada. No. Sólo quiere decir que lo que cuenta este libro son cosas pasan y siguen pasando frente a nuestros ojos. Y no las vemos y no las sabemos. Es en este punto donde radica su necesidad: mostrar lo que sucede con los niños centroamericanos que se van a buscar a sus padres a los Estados Unidos, su travesía, la aventura, que en muchos casos se convierte en un infierno. La periodista Sonia Nazario, su autora, decide “narrar su historia lo mejor posible y con fidelidad”, “plasmar sus experiencias de manera clara y certera”, después de enterarse que el hijo de su empleada doméstica, Carmen, atravesó Guatemala y México haciendo autostop, mendigando en el camino, hasta llegar a Los Angeles y reunirse con ella, después de doce años de separación. La autora se preguntó: “¿qué clase de desesperación empuja a los niños, algunos de solo siete años de edad, a lanzarse solos a atravesar un paraje tan hostil con su ingenio como único recurso?”. Empezó a pensar que tal vez lo mejor era llevarnos a nosotros, los lectores, a los techos de los trenes y mostrarnos cómo es este viaje, viendo y experimentando las cosas igual que ellos (Enrique, en este caso), para así poder describirlos con mayor veracidad. Para hacerlo cruzó trece de los treinta y un estados de México, viajó más de dos mil quinientos kilómetros, la mitad en el techo de varios trenes. Creo que este es uno de los factores donde radica la importancia de este libro: la honestidad del testimonio, el impulso a escribirlo desde la experiencia directa, la necesidad de no inventar nada, de corroborarlo todo. El otro factor, por supuesto, es la agilidad con que está narrada la historia: a ritmo de salto de tren a tren, de carrera para que no lo atrape la “migra”, de espera mientras es el momento oportuno de atravesar el Río Grande.
Lourdes, la madre de Enrique, vive en las afueras de Tegucigalpa. Lo que gana apenas le alcanza para alimentarlo a él y su hermana Belky. Se gana la vida lavando ropa ajena, vendiendo tortillas, ropa usada y plátanos de puerta en puerta. Enrique tiene cinco años cuando ella decide partir a los Estados Unidos. Lo último que recuerda de ella fue que le dijo cuando se separaron: “No olvides ir a la iglesia esta tarde”. Eso fue el 29 de enero de 1989. Ella no regresa y su destino queda sellado: ser uno de los casi 48.000 niños que entran todos los años a los Estados Unidos desde Centroamérica como indocumentados y sin sus padres. Enrique emprende el viaje cuando su abuela le cuenta cómo hizo su madre el suyo: “Quizá fue en los trenes”. Emprende la travesía ocho veces. Ocho veces fracasa. Al final lo logra: “A las diez de la mañana, después de 122 días, 19.200 kilómetros recorridos y nueve intentos de llegar hasta su madre, Enrique, once años mayor que cuando el la dejó, se baja de un salto del asiento trasero del coche, sube los cinco gastados escalones de madera de secuoya y abre de un golpe la puerta blanda de la casa remolque”. Ha llegado. La historia aun no ha terminado.
La investigación periodística para este libro demoró cinco años. La autora pasó seis meses en Honduras, Guatemala, México y Carolina del Norte. Tres meses abriéndose camino por México, viajando en el techo de siete trenes de carga y entrevistando a personas que conocieron a Enrique. Rodeó controles de inmigración a pié y viajó como autostopista.
Esa era la única manera de escribir dignamente esta historia, un relato de aventuras del siglo XXI. Una realidad, una tragedia, que sucede todos los días. Eva, la madre de la novia de Enrique, cuando le preguntaron qué había que hacer, qué se necesitaba para que la gente no se fuera, respondió: “Se necesita trabajo, Trabajo con buena paga. Eso es todo”.
Tan solo eso… Y sinembargo todos los días padres y madres emprenden este viaje en busca de un futuro mejor para sus familias, separándose, muchas veces por años, de sus hijos que, seguramente, emprenderán, a su vez, una travesía inmensa, llena de peligros, para buscarlos, en el techo de un tren…
Sonia Nazario, Debate, Random House Mondadori, España, 302 páginas, 2006. $43.000. (Escribe: Álvaro Castillo-Granada).
Lo asombroso de esta historia, de este libro, que puede leerse como una novela de aventuras, un Tom Sawyer o un Huckleberry Finn de estos tiempos; es que La travesía de Enrique, su odisea, es absolutamente cierta. Real. No quiere decir esto que sea mejor o peor que una historia imaginada o inventada. No. Sólo quiere decir que lo que cuenta este libro son cosas pasan y siguen pasando frente a nuestros ojos. Y no las vemos y no las sabemos. Es en este punto donde radica su necesidad: mostrar lo que sucede con los niños centroamericanos que se van a buscar a sus padres a los Estados Unidos, su travesía, la aventura, que en muchos casos se convierte en un infierno. La periodista Sonia Nazario, su autora, decide “narrar su historia lo mejor posible y con fidelidad”, “plasmar sus experiencias de manera clara y certera”, después de enterarse que el hijo de su empleada doméstica, Carmen, atravesó Guatemala y México haciendo autostop, mendigando en el camino, hasta llegar a Los Angeles y reunirse con ella, después de doce años de separación. La autora se preguntó: “¿qué clase de desesperación empuja a los niños, algunos de solo siete años de edad, a lanzarse solos a atravesar un paraje tan hostil con su ingenio como único recurso?”. Empezó a pensar que tal vez lo mejor era llevarnos a nosotros, los lectores, a los techos de los trenes y mostrarnos cómo es este viaje, viendo y experimentando las cosas igual que ellos (Enrique, en este caso), para así poder describirlos con mayor veracidad. Para hacerlo cruzó trece de los treinta y un estados de México, viajó más de dos mil quinientos kilómetros, la mitad en el techo de varios trenes. Creo que este es uno de los factores donde radica la importancia de este libro: la honestidad del testimonio, el impulso a escribirlo desde la experiencia directa, la necesidad de no inventar nada, de corroborarlo todo. El otro factor, por supuesto, es la agilidad con que está narrada la historia: a ritmo de salto de tren a tren, de carrera para que no lo atrape la “migra”, de espera mientras es el momento oportuno de atravesar el Río Grande.
Lourdes, la madre de Enrique, vive en las afueras de Tegucigalpa. Lo que gana apenas le alcanza para alimentarlo a él y su hermana Belky. Se gana la vida lavando ropa ajena, vendiendo tortillas, ropa usada y plátanos de puerta en puerta. Enrique tiene cinco años cuando ella decide partir a los Estados Unidos. Lo último que recuerda de ella fue que le dijo cuando se separaron: “No olvides ir a la iglesia esta tarde”. Eso fue el 29 de enero de 1989. Ella no regresa y su destino queda sellado: ser uno de los casi 48.000 niños que entran todos los años a los Estados Unidos desde Centroamérica como indocumentados y sin sus padres. Enrique emprende el viaje cuando su abuela le cuenta cómo hizo su madre el suyo: “Quizá fue en los trenes”. Emprende la travesía ocho veces. Ocho veces fracasa. Al final lo logra: “A las diez de la mañana, después de 122 días, 19.200 kilómetros recorridos y nueve intentos de llegar hasta su madre, Enrique, once años mayor que cuando el la dejó, se baja de un salto del asiento trasero del coche, sube los cinco gastados escalones de madera de secuoya y abre de un golpe la puerta blanda de la casa remolque”. Ha llegado. La historia aun no ha terminado.
La investigación periodística para este libro demoró cinco años. La autora pasó seis meses en Honduras, Guatemala, México y Carolina del Norte. Tres meses abriéndose camino por México, viajando en el techo de siete trenes de carga y entrevistando a personas que conocieron a Enrique. Rodeó controles de inmigración a pié y viajó como autostopista.
Esa era la única manera de escribir dignamente esta historia, un relato de aventuras del siglo XXI. Una realidad, una tragedia, que sucede todos los días. Eva, la madre de la novia de Enrique, cuando le preguntaron qué había que hacer, qué se necesitaba para que la gente no se fuera, respondió: “Se necesita trabajo, Trabajo con buena paga. Eso es todo”.
Tan solo eso… Y sinembargo todos los días padres y madres emprenden este viaje en busca de un futuro mejor para sus familias, separándose, muchas veces por años, de sus hijos que, seguramente, emprenderán, a su vez, una travesía inmensa, llena de peligros, para buscarlos, en el techo de un tren…