Las ideas del Demiurgo
Al sonar las cuatro campanadas del reloj de la torre de la catedral, Merquiardo y Ald’jesu entraron tímidamente al bar La Clave; cuando el mozo los iba a expulsar por su minoría de edad, una voz grave y serena lo impidió – son mis invitados, yo respondo por ellos–.
Sonriente el viejo profesor Lanziano, los había invitado para explicarles y advertirles como debían comportarse, en la cita que una hora más tarde tendrían en el Taller de su amigo Jules Gabriel, quien deseaba mostrarle su última creación literaria France-Ville; en su concepto esta obra compendiaba los desarrollos de sus múltiples novelas, tales como: El pueblo aéreo, El faro del fin del mundo, Alrededor de la luna, El castillo de los Cárpatos, El Chancellor, Una ciudad Flotante, Cinco semanas en globo y Paris en el siglo XX entre muchas otras, donde desplegaba su vasto conocimiento, de las ciencias físicas y exactas, naturales, de navegación, astronómicas, matemáticas, geodésicas y urbanísticas, artes y técnicas desarrolladas en el reciente ámbito de la industria; novelas en la cuales de manera sorprendente discurría con su aguda imaginación, en la visualización de los mundos posibles que oteaba y proyectaba en el horizonte de los siglos venideros con la certera precisión de un avezado relojero.
–Disfruten el café –advirtió el profesor con su boina de paño inglés ladeada sobre su calva–, verán cómo el tiempo se diluye cuando ingresemos al mágico Taller de Creación del escritor, quizá seamos transportados a remotas épocas y sorprendentes lugares; podremos comprobar cómo él logra el manejo de las energías del cuerpo y del alma. No os asustéis: no es brujería. Por fortuna los esbirros de la Inquisición en estos tiempos han perdido su poder, aunque se relamen de echarle mano a todo aquel que cuestione y ponga en duda sus arcaicos preceptos –sonrió y penduleó su cabeza apurando su café cargado de coñac.
El curtido profesor de física y filosofía, ante la académica invitación de su amigo Jules Gabriel, le rogó que le permitiese llevar a sus dos inquietos discípulos, merodeadores de los entresijos del conocimiento. Sería una magnífica oportunidad para despejar oscuras incertidumbres, contando con el apoyo del sabio y escritor. –Será un privilegio escuchar disertar a quien trasciende con sus escritos el tiempo y el espacio. Aprovechen esta oportunidad donde podrán escuchar y observar, las novedades de la ciencia y la tecnología; algo que la gente del común considera propias de la fantasía; pero nada más alejado de la realidad –puntualizó Lanziano, apurando su café cargado de coñac –.
–De niño, mi madre me leía en las noches y en voz alta, “La vuelta al mundo en ochenta días”, luego me sumergí en “El volcán de oro” y “El soberbio Orinoco”; ahora leo con avidez “Viaje al centro de la tierra”. Aprovecharé entonces y le preguntaré a su autor: si la ciudad Sneffels existe verdaderamente, si el mágico mundo en el vientre de la tierra, con montañas, ríos, mares, exótica vegetación y animales desconocidos, ¿existe de verdad, es real? –se preguntaba expectante Ald’Jesu, mientras caminaban por las tibias calles de la villa–.
–Ya tendrás tu oportunidad, para Jules será encantador hablar sobre esos viejos escritos, y saber que la gente joven los disfruta y les genera interrogantes, nada fácil de develarlos, pero aviva la imaginación, sobre un mundo posible –apuntó con ironía el viejo profesor, satisfecho por traer a sus dos discípulos–.
Los arreboles aún no pintaban las colinas que custodiaban la villa. Al llegar al Taller de Jules Gabriel, Merquiardo y Ald’Jesu, sintieron palpitar su corazón. La mansión ocupaba toda la manzana, antecedida de verdes prados y jardines florecidos. En el centro se levantaba imponente la fachada del próstilo con seis columnas de nueve metros cada una desde la basa hasta el capitel ornado con grandes hojas de laurel talladas en mármol. En el centro del edificio su altura se levantaba el doble de lo denotado en su fachada, rematada en una cúpula de la cual sobresalía el largo espigón de un potente telescopio. Traspasado el umbral los cobijó una inmensa tranquilidad, dejando atrás el bullicio de la calle. Solo se escuchaba tenuemente una pieza para piano de Chopin; gracias a un aparato creado por Thomas Alva Edison que captó y almacenó los acordes del afamado pianista, melodiosos ambientadores de la mansión. Alva Edison lo llamó el fonógrafo.
Al fondo del amplio corredor del patio central, en mullidos canapés departía el escritor con dos amigos, en torno a un vino de Burdeos. Al aproximarse Lanziano, reconoció a su hermano Gervasio, hábil matemático y geómetra, experto en el estudio de los símbolos, saludó cortésmente al segundo de elegante porte.
–Creo que ahora si estamos completos –dijo en amable tono Jules–. Tengo el honor de presentarles al Barón George-Eugène, quien proyectó el nuevo urbanismo de París, abrió las avenidas y boulevares transformando la vieja Lutecia, y de este modo configuró una nueva imagen a la Ciudad Lumiére, para que accediéramos a la modernidad. Quiero que él evalúe mi proyecto de France-Ville, la ciudad higienista, donde sus habitantes puedan vivir 100 o hasta 120 años, por sus magníficas condiciones de salubridad y bienestar.
–Sin lugar a dudas su genialidad y amor a la humanidad, mi apreciado Jules le permiten proyectar una nueva ciudad con un urbanismo humanista, así ello suene redundante –respondió al cumplido, el Barón–.
–Mis atrevidas propuestas, quizá son utopías de una nueva sociedad –respondió el anfitrión, inclinando su cabeza cortésmente–. Quizá algún día estos sueños sean una realidad; y ustedes jóvenes –miró a Merquiardo y Ald’Jesu–, también son bienvenidos. Necesitamos su inteligencia, la vitalidad de la sangre nueva, en sus mentes se forja el futuro de la humanidad.
–Muy interesante la grata e importante compañía del Barón, que nos permitirá conocer los fundamentos del nuevo tipo de urbanismo acorde con el desarrollo de la industria y el modo de producción capitalista que se impone arrolladoramente. Pero advierto que no dejaron ni la prueba del buen vino degustado –riposto Lanziano, sonriente–.
–No debes preocuparte, más tarde será degustado generosamente. La velada amenaza inigualables sorpresas –respondió Jules Gabriel, señalándoles el camino hacia el amplio Taller en el segundo nivel–.
Merquiardo, silencioso abría absorto sus ojos castaños, pues el inmenso salón llamado El Taller era un verdadero laboratorio. Tenía una profundidad de treinta y seis metros por un ancho de doce metros y una altura de ocho, generando una imponente majestuosidad al lugar; los anaqueles repletos de libros, enciclopedias e incunables imprimían cierta solemnidad al decorado.
Uno de los costados más largos del rectángulo albergaba una fila de vitrinas y mesones atiborrados de exóticos instrumentos, identificados en su base con el nombre respectivo. Ald’jesu, quien no salía de su asombro le susurró a su amigo: –desconozco todo lo que veo; mira: a esto lo llaman “máquina de coser” y este otro aparato el “dínamo”, no se para qué sirve y, aquella la “bombilla”, que alguna vez la mencionó el profesor Lanziano.
–Si con ese adminículo se ilumina, cualquier lugar, creo que se necesita un generador de energía y un cable para llevarle la corriente –dijo Merquiardo, quien, dubitativamente, se aproximó a una plataforma y escudriñó unos extraños aparatos–. ¡Estos nunca los había visto! Exclamó.
El viejo Gervasio, quien los escuchaba distraído, les dijo: –Estamos ante uno de los avances más revolucionarios de la ciencia: la turbina de vapor y el motor de gasolina que permitirán el diseño y la construcción de máquinas de locomoción como los locomóviles, las perforadoras para la industria, los montacargas hidráulicos y mil inventos más que premonitoriamente nuestro escritor Jules ya incorporó en sus emocionantes novelas.
–Recordad: vivimos una coyuntura histórica en el desarrollo de la ciencia y la tecnología –intervino Lanziano, que se les había sumado, admirando los maravillosos inventos, y continuó–, veamos este es un aparato de rayos X, todavía desconocido; sirve para múltiples cosas pero ya se estudia la posibilidad real de usarlo en el diagnóstico de enfermedades, internas y desconocidas del cuerpo sin necesidad de intervenir al paciente. Miren ustedes esta maravilla: el ultra microscopio, permitirá el estudio y reconocimiento dé los microbios y bacterias, para controlar los virus e infecciones que a diario arrebatan muchas vidas humanas.
Suavemente fueron atraídos por las “Sonatas para clarinete” de Johannes Brahms, al sitio donde George-Eugène y Jules Gabriel se deleitaban con sus maravillosos acordes, mientras admiraban el novedoso fonógrafo que reproducía la música con tal nitidez, cual si los ejecutantes estuviesen dentro del aparato.
–Este será el preámbulo de la radiofonía y por supuesto de la reproducción de imágenes en movimiento; gracias a las predicciones de mi amigo James Maxwell que descubrió las propiedades de la luz en forma de onda y ondas de electromagnetismo que viajan en el espacio, descubrimiento refrendado por Heinrich Hertz, creador de las ondas Hertzianas, utilizadas recientemente por el colega italiano Guillermo Marconi, en la creación de los primeros transmisores y receptores prácticos de radio –explicó Jules afablemente–, pero os ruego, comencemos ordenadamente; acerquémonos a los mapas de París –dijo dirigiéndose a la pared opuesta donde estaban colgados un sinnúmero de grandes planos en los que sobresalía La Lutetia del año 1575 con la secuencia de la evolución urbanística de la ciudad Luz, hasta llegar al París de 1850 con la agresiva propuesta del Barón de Haussmann–, y dejemos que sea su propio autor quien nos explique los aspectos relevantes que se tuvieron en cuenta para el trazado, funcionamiento y estética de la capital del mundo, que pronto realizará la gran “Exposición Universal de París”. Luego yo expondré los planos de mi ciudad France-Ville, que tuvo en cuenta este importante aporte a la ciencia del urbanismo y la arquitectura, además se estudiaron trazados de pujantes ciudades, como New York de los Estados Unidos de América y por cercanía y semejanza se revisó el reciente plan hipodámico para la ciudad de Barcelona, con una estructura en cuadrícula, abierta e igualitaria del ingeniero Ildefonso Cerdá. Analizaremos el sentido sublime y objetivos del diseño propuesto en la creación de France-Ville, determinantes fundamentales en la búsqueda permanente del bienestar del ser humano.
–Quizá es muy temprano para preguntarle al Barón –interrumpió Gervasio–. Se afirma que el nuevo diseño de París obedeció en gran medida a la necesidad política, que conllevó a un trazado donde prevalece la racionalidad geométrica, que permite un control del espacio. Esto para un mejor desplazamiento de las tropas del emperador y así contener a los sublevados, impidiendo la construcción de barricadas en las sinuosas calles de la ciudad, propias para las emboscadas.
–El espacio urbano es el escenario natural de confrontación de la protesta obrera y popular, La Comuna de París, lo evidenció; la ciudad es el espacio por excelencia donde se desarrollaron históricamente las ciencias, las artes, la filosofía y las ciencias humanas, donde floreció la civilización y por consiguiente es el lugar donde se recrudece la lucha de las clases sociales –explicó tranquilamente George-Eugène y acercándose al sugerente plano urbanístico de París, fue explicando didácticamente la razón del trazado de las calles, avenidas y bulevares, el porqué de los espacios abiertos, los sitios para los monumentos, las grandes plazas, jardines y paseos que adornarán la ciudad, sus puentes sobre el rio Sena, las líneas del Metro subterráneo en construcción, para estar a la par de ciudades como Londres, Chicago o Estambul–. Como bien lo veis, se trata de adecuar el espacio de la urbe a las nuevas necesidades; en este caso, al desplazamiento y esparcimiento de sus ciudadanos. La era industrial hace rato tocó las puertas de la historia, pero la sociedad aún no estaba preparada –remató El Barón–.
–Nos ha correspondido ver el nacimiento de la Urbe Moderna –se adelantó Jules Gabriel, emocionado por la disertación de Haussmann–. El asunto es cómo contribuimos en su constitución, acorde con el nuevo modo de producción y el desarrollo vertiginoso de la ciencia y la tecnología que abrirá las puertas a la nueva centuria; la gran “Exposición Universal de París” que disfrutaremos con júbilo pasará a la historia como un referente en el desarrollo de las artes constructivas. El ingeniero civil Gustave Eiffel, anuncia con optimismo académico la construcción de una torre de más de 300 metros de altura, utilizando hierro pudelado, como homenaje a la celebración del centenario de la Revolución Francesa.
–Estos proyectos son posibles gracias a la inteligencia y la imaginación de mentes innovadoras, creadoras de mundos inexistentes, que bullen en brillantes cabezas como la de nuestro anfitrión. –se expresó el Barón, dándole todos los honores al reconocido escritor Jules Verne y continuó–, todas las novelas de mi querido amigo despliegan innovadoras propuestas, entre otras en el campo de la arquitectura y el urbanismo.
–Su capacidad creadora es inigualable –se adelantó Lanziano, deseoso de reconocer la genialidad de Verne–; cuando leí Robur el conquistador encontré un despliegue de conocimientos de aeronáutica nunca visto; así mismo la construcción de El Albatros, es el fundamento de lo que ya algunos llaman el helicóptero.
–Yo he leído muy poco –se entrometió Merquiardo, ávido de revelar que él también conocía y había leído al afamado escritor–. Para mí el mejor libro es Veinte mil leguas de viaje submarino; El Nautilus, es fantástico una verdadera casa; una máquina habitable.
–Yo en cambio he tenido mi fantasía a bordo de El Columbiad –Ald’jesu, no se pudo contener de la emoción de tener al frente a su autor favorito, su icono, que a veces no lo dejaba dormir por andar deambulando con sus fantásticas novelas, en un mundo de ensoñación–, leyendo la novela De la tierra a la luna, creí viajar en esa nave al lado de sus tripulantes y aún no me repongo, quisiera seguir navegando en el espacio.
–Bien señores, sería interminable la enumeración de todas las fabulosas novelas escritas por Jules Gabriel y las que faltan por escribir y ser publicadas –los interrumpió Gervasio, que conocía ampliamente la obra de su amigo y sabía de la potencialidad para seguir elaborando y creando nuevos mundos–. No quisiera que nos distrajéramos del tema central que hoy nos congrega su nueva novela Los quinientos millones de la Begún, pues allí nos presenta la creación de France-Ville, la ciudad del higienismo.
–Y también su opuesta la Stahlstadt, la ciudad del acero, donde se producen los cañones y las armas letales para destruir la France-Ville –anotó oportunamente el profesor Lanziano–; en esta novela nuestro autor maneja simbólicamente las fuerzas y las energías opuestas en el universo para el logro de su equilibrio; lo positivo y lo negativo, el bien y el mal, la contradicción de las razas y la confrontación ideológica y política; llevada al extremo, donde se pretende destruir al otro; borrarlo de la faz de la tierra, como método de solución de las diferencias.
–Si, ¡esa es la manifestación protuberante de la violencia! –Gervasio, no se pudo contener para entrar en el tema que le apasionaba–. Así se ha desarrollado la historia de la humanidad, la contradicción permanente entre civilización y barbarie, la disyuntiva entre la guerra y el mundo de las ideas. Dejemos que su autor nos dé un panorama más amplio y en especial que nos explique los presupuestos teóricos y los trazados del diseño urbanístico de su ciudad ideal.
Jules Gabriel, agradeció la deferencia de sus invitados, que con sus acertados comentarios adelantaron parte del debate y la reflexión sobre su obra, con enfoques y perspectivas aún no vistas por él mismo. Se aproximó a un gran plano urbanístico donde estaba graficada su propuesta de ciudad France-Ville, y explicó en detalle los aspectos conceptuales que proporcionan al hombre un mejor vivir, y la manera cómo se plasman en el espacio, con el trazado de las manzanas, calles, avenidas y espacios democráticos usados por todos los ciudadanos como los parques y jardines, plazas, zonas verdes y áreas de esparcimiento. Haussmann, reconociendo la genialidad de Jules Gabriel manifestó complacido:
–Admiro la perfecta utilización de la geometría y la matemática en la ordenación del espacio, en la armonía de las formas que permiten que sus habitantes tengan una calidad de vida superior y puedan desarrollar una nueva concepción del mundo. Es un diseño de ciudad, un urbanismo que permite y estimula la convivencia, la solidaridad y la fraternidad entre los hombres.
–Perdonadme Barón –se entrometió Gervasio, que vibraba por lo que veía–, vos bien sabéis que el lenguaje de la arquitectura y el urbanismo es el manejo del espacio plasmado en el trazado y los diseños que son la forma final de lo concebido: la obra arquitectónica.
–Por supuesto la evaluación de France-Ville, es sobre lo que vemos y leemos en los planos que nos enseña su creador, cuyo resultado debe ser coherente con lo filosóficamente expuesto por él –aclaró George-Eugène, refrendando su saber en cuestiones de urbanismo y arquitectura-.
Jules Gabriel, pacientemente indicó que se había optado por las formas reticulares en el trazado de la nueva ciudad, con una característica que difería de la tradicional cuadrícula romana con la cual se venían trazando las ciudades en la última centuria y señalando sobre los mapas expuestos dijo:
En primer término, el plano de la ciudad es esencialmente sencillo y regular, para que pueda prestarse a todas las modificaciones. Las calles, cruzadas en ángulos rectos, están trazadas a distancias iguales, de amplitud uniforme, plantadas por árboles y designadas por números de orden.
De medio en medio kilómetro, la calle, tres veces más ancha, toma el nombre de paseo o avenida, y presenta en uno de sus lados una zanja que queda al descubierto para los tranvías y el metropolitano.
En todos los cruces de las calles, hay un jardín público adornado con bellas copias de las obras maestras de la escultura, en espera que los artistas de France-Ville produzcan monumentos originales dignos de substituirlas[1]
Todos guardaban silencio ante la detallada exposición de Jules, no obstante, Merquiardo imprudente, pensó en voz alta: –si tiene sitios de recreación y deportivos es una buena ciudad–, Lanziano lo miró reprensivo, pero guardó silencio. Jules lo interpeló, –además de lo que tu deseás, también cuenta con:
Un gran número de edificios públicos. Los más importantes son la catedral, determinado número de capillas, los museos, las bibliotecas, las escuelas y los gimnasios, acondicionados con un lujo y una profusión de comodidades higiénicas verdaderamente dignas de una gran ciudad.[2]
–Sorprendente argumentación –exclamó el Barón–, ¿Se establecieron unas reglas o normas constructivas, para alcanzar tan loables objetivos?
–Por supuesto, nada podía quedar al azar so pena de que se desvirtuase el plan inicial, por ello elaboramos las siguientes normas de obligatorio cumplimiento para todos –exclamó Jules y enumeró las reglas que debían cumplir rigurosamente los arquitectos:
1ª Toda casa estará aislada en una porción de terreno plantado de árboles, de hierba y de flores. Será habitada por una sola familia.
2ª Ninguna casa tendrá más de dos pisos. El aire y la luz no deben ser acaparados por unos en perjuicio para los demás.
3ª Todas las casas tendrán la fachada de diez metros de la calle, de la que estarán separadas por una verja de conveniente altura. La distancia que quede entre la verja y la fachada, estará destinada a un jardín.
4ª Los muros serán hechos de ladrillos tubulares patentados, con arreglo al modelo.
Los arquitectos quedan en completa libertad para la ornamentación.
5ª Los tejados tendrán azotea, y estarán ligeramente inclinados en los cuatro sentidos, bituminados, rodeados de una balaustrada lo suficientemente alta para que no puedan producirse accidentes y cuidadosamente canalizados para el inmediato desagüe de la lluvia.
6ª Todas las casas serán edificadas sobre una bóveda de cimentación abierta hacia todos los lados y que forme, bajo el primer plano de habitación, un subsuelo de aireación al mismo tiempo que un recinto. Los conductos de agua y los desaguaderos quedarán al descubierto, y estarán aplicados al pilar central de la bóveda, de suerte que sea siempre fácil comprobar su estado, y en caso de incendio, pueda disponerse inmediatamente del agua necesaria. El área de este recinto, que estará cinco o seis centímetros sobre el nivel de la calle, será convenientemente enarenada. Una puerta y una escalera especial lo pondrán en comunicación directa con las cocinas y demás servicios, y podrán realizarse allí todas las operaciones que no ofendan a la vista ni al olfato.
7ª Las cocinas, retretes y demás dependencias, estarán situados, contra la costumbre ordinaria, en el piso superior y en comunicación con la azotea, que constituirá así un espacio anejo a pleno aire. Un ascensor, movido por una fuerza mecánica, el cual, como la luz artificial y el agua, se pondrá a disposición de los habitantes mediante un reducido desembolso, permitirá fácilmente el transporte de todo a aquel piso.
8ª La distribución de los compartimientos se reserva a la iniciativa particular: pero quedan terminantemente proscritos dos peligrosos elementos de enfermedades, verdaderos nidos de miasmas y laboratorios de venenos: las alfombras y los papeles pintados. El entarimado, artísticamente construido de buena madera ensamblada en mosaicos por hábiles ebanistas, evitará que se oculten los restos de una limpieza dudosa. En cuanto a las paredes, recubiertas de azulejos, presentarán a la vista el brillo y la variedad de los departamentos de Pompeya, con una profusión de colores y una máxima duración que el papel pintado, con mil venenos sutiles, nunca se ha podido alcanzar, y fregarse como se friegan los entarimados y los cielos rasos. Ningún germen morboso puede esconderse en ellos.
9ª Las alcobas deben estar separadas del resto de las habitaciones. Nunca se habrá recomendado bastante que estas habitaciones, en las que se pasa una tercera parte de la vida, sean las más amplias, las más aireadas y, al mismo tiempo, las más sencillas. No deben servir más que para el sueño. Cuatro sillas una cama de hierro provista de un somier y un colchón de lana bien mullido son los únicos muebles necesarios. Los edredones, los cubrepiés acolchados y demás objetos poderosos propagadores de las enfermedades epidémicas, quedan excluidos como es natural. Buenas mantas de lana, ligeras y de abrigo, fáciles de lavar, deberán poseerse en número suficiente para que puedan ser substituidas.
Sin proscribir definitivamente las cortinas y los tapices, ha de aconsejarse, por lo menos, que se elijan tejidos susceptibles de ser frecuentemente lavados.
10ª Toda habitación poseerá su chimenea, de combustión de leña o de hulla, según los gustos; pero a toda chimenea corresponderá un tubo de tiro al exterior. En cuanto a humo, en lugar de ser expulsado por los tejados, se encaminará por conductos subterráneos que lo atraigan hacia unos hornos especiales que quedarán establecidos, a expensas de la ciudad, detrás de las casas, a razón de un horno por cada doscientos habitantes. ALK será despojado de las partículas de carbón que contengan, y, reducido al estado incoloro, será mezclado con la atmósfera a una altura de treinta y cinco metros.[3]
El grupo escuchó absorto la rigurosa propuesta arquitectónica –Es un verdadero Código de construcción, mi querido Jules –exclamó Haussmann sorprendido- Ahora solo nos falta escuchar una opinión sobre la Stahlstadt, la ciudad del acero que aparece en tu novela como la antípoda de France-Ville, para ilustrarnos y contrastar las dos propuestas urbanísticas.
–Con gusto me ofrezco –se adelantó Lanziano, que venía revisando el tema para exponerlo ante sus discípulos, con el autor al frente aclararía las dudas existentes–. Haré una descripción sucinta, presentaré sus aspectos más relevantes; inicio develando que el ingreso a Stahlstad es rigurosamente controlado, restringido para quien no fuere invitado; al punto que unos intrusos que quisieron introducirse por sorpresa, fueron desaparecidos.
–Profesor ¿no entendemos que sucedió? –Ald’Jesu, se rascaba la cabeza–.
–Es que «los obreros y empleados son sometidos antes de su admisión, a toda una serie de ceremonias masónicas»[4] –relató Lanziano, mirando a todos a los ojos.
–Podrías ser más explícito ¡por favor! –interpeló George-Eugène–.
–Por supuesto –susurró el profesor y continuó–: «habían sido obligados a prestar juramento solemne comprometiéndose a no revelar nada de cuanto allí pasase, y serían castigados despiadadamente con la muerte, por un tribunal secreto, los que violasen su juramento»[5]
–Algo siniestro debían ocultar –murmuró Gervasio, atento a lo revelado–, entiendo que existía un ferrocarril subterráneo, casi secreto y que «Unos trenes nocturnos conducían a visitantes desconocidos… A veces se celebraban consejos supremos a los que acudían unos personajes misteriosos para tomar parte en las deliberaciones…»[6]
–El asunto era tan secreto –dijo Lanziano– que para ingresar a determinadas áreas el neófito era vendado, y sin pronunciar palabra era conducido dando «dos o tres mil pasos» subiendo escaleras antes de permitir quitarse la venda. Pero lo más grave era al ser admitido, por ejemplo, para un simple cargo de dibujante, esta era su sentencia:
Primera. Quedará usted obligado, mientras dure su contrato, a residir en la misma división, sin que pueda salir de ella, como no sea con autorización especial y completamente excepcional. Segunda. Quedará usted sometido al régimen militar, y guardará obediencia absoluta a sus superiores, bajo las penas militares. Asimismo, quedará usted asimilado a los oficiales de un ejercito en activo, y podrá alcanzar, mediante sucesivos ascensos, los más altos cargos. Tercera. Se comprometerá, mediante juramento, a no revelar nunca a nadie lo que vea en el departamento de la división a que se le destine. Cuarta. Su correspondencia será abierta por sus jefes jerárquicos, tanto a la salida como a la llegada, y deberá limitarse a su familia.[7]
–Más parece una prisión que una ciudad –denostó Gervasio y advirtió-, es peor que un cuartel militar; se subyuga la voluntad de los hombres, ejerciendo el poder despiadadamente, confinándolos a reducidos ambientes con poco aire y sin libertad de movimiento.
–Eso es tan cierto –lo interpeló Lanziano– que Marcelo «Se pasaba la vida encerrado tras una reja de hierro de trescientos metros de diámetro, que estaba rodeada por el segmento del Bloque central, al que había sido destinado»[8] y en ese estado de reclusión, con el ánimo de descubrir la verdad solo «Sabía que el centro de la tela de araña formada por Stahlstadt era la Torre del Toro, especie de construcción ciclópea que dominaba todos los edificios próximos»;[9] descubrió que la habitación de Herr Schultze, el maquiavélico cerebro obsesionado con acabar con todo vestigio de France-Ville, tenía sus habitaciones en la base de esa torre y su gabinete secreto ubicado en el centro de ella. Decíase además:
Que aquella sala abovedada, garantizada contra todo peligro de incendio y blindada interiormente como lo está exteriormente un monitor, se cerraba mediante un sistema de puertas de acero con cerraduras ametralladoras, dignas de la más custodiada banca. La opinión generalizada era, además, la de que Herr Schultze trabajaba en el perfeccionamiento de una máquina de guerra terrible y de un efecto sin precedente, destinada a asegurar bien pronto a Alemania la dominación universal.[10]
–Profesor, acaso Marcelo, ¿era un opositor de los nefastos planes del alemán? –preguntó con curiosidad Merquiardo–, se enfrentaba a un poder aplastante.
–Si, él quería detener el cobarde ataque contra France-Ville, donde vivían sus amigos y gente inocente –aclaró Lanziano–, pero estaba atrapado en un tétrico laberinto y «Aquellas líneas de murallas sombrías y macizas, iluminadas durante la noche por oleadas de luz y vigiladas por centinelas experimentados, opondrían siempre a sus esfuerzos un obstáculo infranqueable»[11]
–¿Le fue posible contener la avalancha? –Ald’Jesu, quería conocer todos los detalles–, ¿penetró al corazón de la torre? –Su persistencia y valentía es digna de ejemplo –advirtió Lanziano–, y, gracias a ella, un día llegó «al pie de aquella inaccesible Torre del Toro, de la que solo había visto hasta entonces la altiva cabeza, perdida a lo lejos entre las nubes»[12] –¡Increíble, lo logró! –Merquiardo se emocionó–. –Y para sorpresa suya –continuó el profesor–:
Una avenida enarenada le condujo por una pendiente insensible al pie de una magnífica escalinata de mármol, dominada por un majestuoso columnario. Detrás se erguía la mole de un gran edificio cuadrangular, que era como el pedestal de la Torre del Toro. Bajo aquel peristilo, Marcelo distinguió a siete u ocho criados con librea roja y a un portero con tricornio y alabarda. Entre las columnas, vio ricos candelabros de bronce, y, cuando subía la escalinata, un a modo de ligero gruñido le reveló que el ferrocarril subterráneo pasaba bajo sus pies.
Llamó Marcelo, y fue inmediatamente admitido en un vestíbulo que era un verdadero museo de esculturas. Sin tener tiempo de detenerse ante él, atravesó un salón rojo y oro, luego un salón de negro y oro, y llegó a un salón de amarillo y oro, donde el lacayo que le acompañaba le dejó solo cinco minutos. Por último, fue introducido en un espléndido gabinete de trabajo de verde y oro.[13]
–¿Pudo realizar su objetivo? –Ald’jesu impaciente se sobaba las manos–.
–Tenía un arduo camino por delante –murmuró el profesor–, y se frunció cuando escuchó de boca de Herr Schultze: «Se encargará usted de dibujar un cañón con mi ayuda»[14]; pero su destreza en el dibujo y su inteligencia le granjearon la confianza de su patrón; un día compartiendo unas cervezas con salchichas, Marcelo le picó el ego al Rey del Acero, afirmando que los artilleros franceses eran superiores a los alemanes, que jamás conquistarían el mundo; entonces, iracundo, este decidió mostrarle sus verdaderos secretos: lo condujo por un túnel secreto y después de franquear tres puertas con sus respectivas claves y cerraduras, subieron «doscientas gradas de una escalera de hierro, y llegaron a lo alto de la Torre del Toro, que dominaba toda la ciudad de Stahlstadt».[15] Allí Marcelo pudo observar como «Sobre aquella torre de granito, cuya solidez podía ser puesta a toda prueba, aparecía una especie de casamata con varias troneras. En el centro de la casamata, aparecía un cañón de acero».[16]
–¡El plan era cierto! –exclamó Mequiardo–, debía ser un arma ¡muy potente! –Sus dimensiones lo dicen todo –continuó Lanziano–, era la mayor pieza de artillería que hubiera visto Marcelo en ese fuerte: tenía un alcance de 10 leguas, impulsando un obús de 72 atmósferas de presión de ácido carbónico liquido; «Debía pesar, por lo menos, trescientos mil kilogramos, y se cargaba por la culata. El diámetro de su boca medía metro y medio. Colocada en una cureña de acero y rodando sobre rieles del mismo metal, hubiera podido ser manejada por un niño»[17]
–Mi querido profesor, –se adelantó Jules Gabriel, con admiración–, veo que estudiaste a fondo la controversia entre dos opciones de vida.
–Acertadamente desentrañas las dos propuestas urbanísticas –aplaudió Haussmann, revisando minuciosamente los diseños expuestos por Verne.
–Quiero que pasemos de los merecidos aplausos a un análisis más agudo y significativo de las piezas de arquitectura que admiramos –intervino Gervasio y concentrado en el plano de Stahlstadt, disertó–: Esta es la muestra tangible, que el desarrollo de la ciencia y la técnica de por sí mismas, no liberan al hombre. La Ciudad del Acero de Herr Schultze, es casi perfecta, una máquina infernal de muerte, de destrucción. Allí la matemática y la geometría han sido usadas magistralmente; la vigilancia y el ejercicio del poder sobre sus habitantes es infalible, todo, absolutamente todo, está controlado, no existe un ápice de libertad.
–Estamos confundidos –balbucearon Merquiardo y Ald’jesu, casi al unísono–; es cierto lo que dices, y eso nos confunde aún más.
–Son comprensibles vuestras dudas –se apresuró Gervasio, condescendiente–; las herramientas usadas en la construcción del universo, como la escuadra, el compás, la regla el nivel, el mazo, el cincel permiten lograr su perfección matemática y geométrica, pero por sí mismas, no garantizan su resultado ético; como bien lo vemos aquí: ¡Un diseño impecable en contra de la humanidad!
–Quieres decir que ¿el mal puede ser perfecto? –preguntó Ald’jesu, con la boca abierta–.
–Sí, pueden lograr la perfección técnica de lo construido –respondió inmutable Gervasio–, y muchos lo admirarán y lo seguirán hasta el final; desconocen que los objetos son producto de las ideas, que ellas son primero que las cosas y a su vez ellas están determinadas por concepciones de vida, del mundo, por la conciencia.
–Pero estas herramientas son símbolos –replicó Lanziano, interesado en aclarar la relación de los objetos con su significado esotérico–, son las herramientas del Demiurgo.
–Bien lo has dicho, ellas deben ser trabajadas en planos superiores a su función operativa en la construcción del mundo objetual -apuntó agudamente Gervasio–, pues si el que las utiliza no tiene conciencia, no ha trabajado en los planos superiores de la conciencia y el espíritu siempre será un picapedrero.
–Y ¿ello puede ser censurable? –intervino George-Eugène, interesado en la confrontación-.
–Nunca podríamos censurarlo –aclaró Gervasio–, pues cada quien escoge el camino y donde desea estar; a la mayoría le gusta trabajar con las manos, otros que no son capaces lo hacen con los pies y solo unos pocos trabajan con la sabiduría, en búsqueda de la luz.
–Esos son los iniciados –dijo Jules Gabriel, interesado en las reflexiones a las que incitaban sus novelas y sus diseños. Explicó a fondo el sentido de sus propuestas urbanísticas, para concluir su disertación–: France-Ville, nace de un sentimiento altruista hacía la humanidad, donde los hombres tendrán un bienestar permanente, en condiciones de salubridad, de trabajo, educación, diversión, esparcimiento, crecimiento espiritual para una larga y confortable vida y esto es posible, con los actuales avances científicos y técnicos, se puede lograr ese propósito; aunque a algunos les parezca inaudito que ello sea una realidad y jamás para bien de los que consideran sus rivales, que deben ser exterminados; el odio visceral, domina la mente de quienes a pesar de poseer la riqueza, el conocimiento y el poder no tienen la conciencia, la compasión por sus hermanos. Detestan los principios de la Ilustración, de nuestra centenaria revolución: Libertad, Igualdad y Fraternidad, entre todos los seres humanos. Por ello se contraponen objetualmente las dos ciudades France-Ville y la Ciudad del Acero, cuya única razón de su existencia era destruir a su gemela; la Stalhstadt, se construyó con el único objeto de atacar y destruir a la ciudad higienista, la utilización de la ciencia y la más alta tecnología detrás de un cruel y monumental absurdo.
–Finalmente, ¿qué pasó? –preguntó Merquiardo–, ¿Marcelo logró detener los siniestros planes de Herr Schultze?
–A pesar que el letal obús, fue disparado con el poderoso cañón, este no dio en el blanco y siguió para el espacio, como un satélite más; por esta vez el bien triunfó sobre el mal –sonrió Jules Gabriel, quien pasada la media noche ofreció un generoso ágape, que disfrutaron al calor de viejas historias, casi todas referidas a la fundación de las principales ciudades del mundo y a su irremediable declive, producto de la caída y el derrumbe de los imperios dominantes.
A la partida antes del amanecer, Jules le obsequió a Ald’jesu un fino catalejo y a Merquiardo un elaborado globo terráqueo en alto relieve; les dijo en tono solemne, recordad, siempre se ha dicho desde la antigua Grecia que: «la ciudad es la gente»
Cuando salieron al jardín, aún no despuntaba el alba; la estrella Alpha Centauri, resplandecía en lo alto de la bóveda celeste, quizá para guiarlos por el camino de la fraternidad y la tolerancia.
Bibliografía
-Verne, Julio. Los quinientos millones de la Begún. Fundación El Libro Total proyecto de responsabilidad social e intelectual de la firma Sistemas y Computadores S.A. [en línea]. 1879 [Consulta:30 de enero 2024] Disponible en: https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=15716
– Libros de Julio Verne y libros relacionados a obras de Julio Verne. EL LIBRO TOTAL, Prisma.
Disponible en: https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=15716
[1] Verne, Julio. Los quinientos millones de la Begún. Fundación El Libro Total proyecto de responsabilidad social e intelectual de la firma Sistemas y Computadores S.A. p. 226
[2] Verne, Julio. Ibíd
[3] Verne, Julio. Ibidem; p. 221
[4] Ibid; p. 143
[5] Ibid; p. 145
[6] Ibid.
[7] Ibid; p. 149
[8] Ibid; p. 151
[9] Ibid; p. 153
[10] Ibid.
[11] Ibid.
[12] Ibid; p. 157
[13] Ibid; p. 159
[14] Ibid; p. 159
[15] Ibid; p. 172
[16] Ibid.
[17] Ibid.