Las sombras en el frontispicio de la razón
El desarrollo de nuestra especie prueba que
es más racional buscar la cooperación que
el conflicto, lograr aliados que crear adversarios,
cultivar el regalo y no el palo. El más capaz
no es el más rapaz, porque en la convivencia
nos jugamos la supervivencia.
Irene Vallejo
Con Sócrates se instauró un modelo de racionalidad, a partir del diálogo exploratorio. Consideró que los comportamientos de las personas deben soportarse por el razonamiento, lo cual implica que la ética sea racionalismo moral, para distinguir lo bueno de lo malo por el conocimiento y la razón, que a su vez conduce al entendimiento entre razón y virtud, de manera similar a la concepción de Séneca y los estoicos que exaltaron la razón como un bien asumido por la persona con la característica de virtud, en busca de la felicidad. Para Epicteto la moralidad tiene el sentido de aceptar el destino con serenidad racional. En Marco Aurelio, otro de los estoicos, “La felicidad consiste en poseer un buen espíritu y una recta razón”, es decir, en la concordancia entre la condición personal interna, la voluntad, y la disposición de establecer maneras adecuadas en el discernimiento de los temas y problemas.

Cabe preguntarse por la razón, en sus múltiples sentidos, pero ante todo por el sentido que tiene al considerar la conciencia de responsabilidad para analizar, observar alternativas y estimar consecuencias. Cuestiones de lógica, en tanto se tenga motivación para pensar e hilvanar coherencia en los planteamientos, con sosiego de espíritu y disposición de escudriñar los temas, con apoyo en información valedera. Motivo central en la educación para permitir el desarrollo de esa potencialidad, pensar en libertad, con maneras de abordar temas y problemas.
Suele decirse: “Tienes razón”, para reconocer en el otro una verdad, o una argumentación de buen sentido. Igual se dice: “razón no te falta”, para advertir lo bien encaminada que está la otra persona, al sostener diálogo con amabilidad. La persona misma suele justificar el cansancio como razón para reposar, con el sentido de causa. También se le pregunta a otra persona por la razón de su éxito o de su fracaso, en algún emprendimiento. En una controversia se solicita a los contrincantes expresar las razones que dan soporte a sus planteamientos o a sus afirmaciones. La razón es la matriz del pensamiento, la capacidad de discernir con detalle los asuntos, alejados de la trivialidad, con la responsabilidad de establecer prioridades, de acuerdo con la necesidad del momento o futura, y tener la habilidad de prever consecuencias, método que mejor llevaría a la toma de decisiones de menor riesgo.
Marco Aurelio estableció relación directa entre la sensibilidad y la razón, en los siguientes términos, en busca de una apropiada ubicación en el lugar de nuestras vidas: “Todo individuo que tenga un alma sensible y una inteligencia capaz de discernir con claridad, no verá en todo lo que existe en el mundo nada desagradable desde el momento que se halla ligado de algún modo al conjunto de las cosas.” Hace también el llamado a compadecernos por todo aquel que se desgasta en múltiples actividades con descuido de su propio espíritu, y clama por la devoción que debemos tener de preservarnos de las pasiones, de la irreflexión, de la vanidad y de la impaciencia.
Pero la expresión “razón” tiene que ver, de algún modo como antítesis, con la “sinrazón”, esa manera de no poder dar soporte a lo que se cree o se afirma. O una referencia a la falta de cordura, con algo subyacente de motivo. La sinrazón quizá predomina en los ambientes de la sociedad, como ejercicio de llevar las cosas por el simple parecer, o por la mera sensibilidad, o por la fe, o por la devoción no calculada, o por actitudes del dogmatismo y el fanatismo. El fermento del desquicio que llevó al personaje de la triste figura en sus desenfrenos, con exaltaciones y gracia. De recordar a Don Quijote cuando dijo: “La razón de la sinrazón, que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece,…”
Benito Pérez-Galdós ya ciego dictó su última novela, intitulada “La razón de la sinrazón” (1915), en la que refiere una ciudad poblada por demonios y brujas, ocupados de establecer el caos con la mentira y la sinrazón, con soporte en la España de comienzos del siglo XX. Pero que sigue tan presente en los tiempos que corren, con la mentira como instrumento de la política, para crear contrariedad y oposiciones, en vez de disponer los esfuerzos de la voluntad y el pensamiento para estimular la comprensión entre las diversas fuerzas de opinión, sean ideológicas, políticas o religiosas. La lucha por la coexistencia en la pluralidad sigue siendo el gran reto, el desafío supremo, en las culturas y sociedades. La paz sigue siendo una ambición sin logro de alcanzar y perdurar.
Una aspiración deseada en la formación de las personas sería el conducirlas en procesos de análisis en los temas o problemas, con capacidad de elaborar maneras de justificar las conclusiones, o los planteamientos, así sea en la forma de dudas, o de inquietudes por resolver, en busca de caminos que permitan desarrollos coherentes, es decir, que sean pasos de ir adelante con las posibilidades de un final feliz. Tampoco esto siempre será posible. Al abordar una situación habrá diversas maneras de concebirla, y en consecuencia de dar salidas distintas en el proceso. Podrá llegarse a un punto con implicación de mirar atrás, o de dar pasos en retroceso, para de nuevo observar el horizonte en la evolución del tema, y proseguir en la busca de camino apropiado, para afincar las razones de sentido, con el desenlace de logro afortunado, con el debido sustento.
En el desenvolvimiento habitual de las relaciones humanas, no es lo preponderante apelar a la razón. En lo común predominan las opiniones, con el sesgo de lo sensible. Deseable es acudir a los diálogos con elementos compatibles de razón y sentimiento, sin dejar sobreponer el segundo sobre el primero, sino en armonía. La amistad duradera es una forma de perseverar en esa conjunción. De ahí que en la educación desde el comienzo debería fomentarse el diálogo, la conversación, a la manera de tertulia, con la disposición de hablar temas diversos, con la ocurrencia de los participantes. Y el docente conductor con la disposición serena de escuchar y estimular el debate, sobre la base de exposiciones bien fundamentadas. No se descarta que esa manera de tertulias sea parte del proceso en el estudio regular de las asignaturas, o de los temas encadenados para la formación integral.
Experiencias positivas se tienen en los desarrollos diversos de la educación activa (devino escuela nueva, en especial en el Eje Cafetero, Col.), también una manera de formar cultura ciudadana, con aquella posibilidad de asumir conductas de favorecer el bien común. Y, sin falta, la conquista continua de conocimiento, articulada a la ciencia, al arte, al humanismo, con la intención de limar las asperezas en la personalidad y en el carácter, para cortarle camino a las formas de violencia, y comprometer la solidaridad y la compasión como norma de vida.
[Versión más corta en “La Patria”, 11.V.2025]