Los enigmas del saber y del hacer
Cunden la desesperanza, el pesimismo y las visiones apocalípticas, todo eso influido por medios de comunicación, tan escasos en dar relieve a lo positivo, a todo aquello que se hace con vocación y resultados de beneficio comunitario. La educación debería ser motor en inculcar opciones de esperanza y optimismo, sin descuido de los contextos problemáticos. Asumir la docencia es responsabilidad de plantearnos, frente a los alumnos, condiciones de entusiasmo para la elaboración de diálogos constructivos, de libre examen, aun al tratar cuestiones adversas.
La historia de la humanidad es un relato de tragedias, con guerras y más guerras, sin encontrar todavía maneras de resolver los conflictos por medio del diálogo, para aceptar diferencias sin tener que acudir a la eliminación del otro. No se sabe cuántos siglos tendremos que soportar para encontrar sentido, practicante y generalizado, de la coexistencia colaborativa en la pluralidad. Pero hay recursos de aprovechar, en especial en la educación, y es cosa de examinar aquellos hitos de ciencia, pensamiento, arte, en toda la historia, para dar asomo a las posibilidades mejores en las sociedades. Vivir es esforzarse, y ha habido quienes hacen por el bien. Hay que recuperar voluntad y compromiso, con la conciliación de pensamiento y trabajo.

Marco Aurelio, emperador romano del siglo II de nuestra era, fue un duro gobernante, pero un caudaloso pensador, con serenidad reflexiva en la escritura. Se ocupó, por ejemplo, de escudriñar sentido al destino, en concordancia con la vida en la naturaleza, con el llamado a obligarnos a saber y comprender de qué mundo hacemos parte. Igual hace énfasis en la finitud, la vida con límite en el tiempo que, de no aprovecharse para alcanzar la serenidad, pasará sin alcanzar otra oportunidad. Elabora condiciones para lograr la prudencia, la bondad, la comprensión y la magnanimidad, con el propósito de promover objetivos comunitarios y ciudadanos. Ser prudente implica prestar atención a las cosas, sin descuidar nada. La comprensión toma en cuenta la voluntad para aceptar las asignaciones de la naturaleza. La magnanimidad lleva a superar con el pensamiento los movimientos voluptuosos, la gloria vana y muchas cosas más. Necesario actuar en procura de objetivos comunitarios y ciudadanos. De llegar a asumir esas condiciones, la persona será diferente, distinta a quienes ejercen la vida despreocupados de la formación de la circunstancia propia y del entendimiento de los otros, de la comprensión y acatamiento de la naturaleza, cuya bondad está relacionada con la totalidad y en la capacidad de ser preservada. Es necesario aceptar que cada ser viviente -planta, animal, persona-, realice su vida en la propia condición.
Por otra parte, Marco Aurelio se ocupa de las necesidades del destino y de las ocurrencias del caos que de no disponer de una determinada orientación, debe llevarnos, en medio del oleaje, a activar la inteligencia conductora dentro de uno mismo. Lo bello y hermoso lo identifica en todo aquello que conviene al conjunto universal. La muerte es una obra útil a la naturaleza. Exalta el bien racional y social, y repudia el elogio de la muchedumbre, de las personas por ocupar cargos de importancia, de la riqueza material y del disfrute de placeres, sin estimar el amor. Llega a la conclusión de poderse llegar a disponer de una vida feliz con muy pocas cosas.
Bueno también es recordar a Petrarca, del siglo XIV, a quien se le atribuye la creación del humanismo, con la curiosidad de haber elaborado un libro, “Remedios contra la desdicha”, en el cual establece diálogos entre el Dolor y la Razón, para examinar temas relacionados con la salud, la pobreza, las pérdidas de esposa o de hijo, la vejez, la ceguera, la sordera y el miedo a la muerte. Expone las angustias del personaje “Dolor” y las respuestas atinadas del personaje “Razón”, con enseñanzas de enorme actualidad. Reivindica los placeres del ánimo por más seguros, puesto que el ánimo es cada día diferente, pero los días son iguales. Sobre la vejez advierte la necesidad de aceptarla en un proceso de vida, como algo inevitable, pero con la capacidad de acomodo en la voluntad para que cada etapa de la vida tenga sus características, llevaderas con creatividad y oficio. No hay época mala en cada uno, siempre y cuando se haga buen uso de ella. Se sabe que no hay vuelta atrás, ni pausa, ni atajo evasivo, puesto que el camino sigue. Indispensable disponer de la capacidad de esfuerzo para superar los problemas, incluso los de la memoria. Casos de recordar los de Solón (sin poder envejecer, estudiando todos los días), Crisipo (sin terminar las obras comenzadas de joven), Homero (sin esfuerzo y perseverancia no habría producido su obra magna), Simónides (pudo participar a los 80 años del certamen de la Piérides), Isócrates (terminó su obra a los 84 años), Sófocles (terminó su “Edipo” casi a los 100 años), Catón el Mayor (hizo su defensa con vigor y entereza, octogenario).
Petrarca concibe no haber nada peor que la ingratitud ni más absurdo que mirar con desprecio la naturaleza propia y las condiciones ambientales del nacimiento. Llama la atención sobre la necesidad de ser previsivos, incluso en la confrontación de “por si acaso muero” y “cuando muera”, al saber que la muerte es ineludible, por necesidad, con ocurrencia incluso en momento imprevisible. La experiencia en la vida del ser humano es un acumulado del trabajo, el dolor, la adversidad, la deshonra, el exilio, el perjurio, la guerra, la esclavitud, la orfandad, la pobreza, la enfermedad, la vejez, la muerte. Y debemos ser conscientes de todo eso, con elaboración comprensiva por la razón, sin escapatoria de lo inevitable.
Un guerrero de siete suelas, Napoleón (s. XVIII y XIX), también fue pensador y escritor de luces. Trató temas como la indecisión y la anarquía que conducen a resultados indebidos. Reivindica la prudencia, la sabiduría y la destreza para conseguir hechos de singular significación. No descarta el valor de lo imprevisto, con acontecimientos inesperados que puedan reconducirse. De especial interés su aseveración en la importancia del dibujo y de las ciencias exactas: el dibujo nos enseña a ver, y las matemáticas, a pensar. También asegura que en todo lo que se emprende, la razón asume los dos tercios, y el tercio restante es producto del azar. Cuestiones del destino.
[Publicado más corto en “La Patria”, 10.XI.2024; p. 18]