Lucha contra la metafísica y subversión mística en la poesía de Jaime Sabines ( Ricardo Cuéllar-Valencia )
Texto de la conferencia pronunciada, por RICARDO CUÉLLAR-VALENCIA, el 24 de marzo de 2007 en el Auditorio del Centro Cultural {Jaime Sabines}. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México.
Para doña Chepita y sus hijos
Las primeras batallas
La poesía de Jaime Sabines desde el comienzo –Horal– toca, asido al cuerpo pensante, el tiempo y la nada que lo habita. Conciencia clara de ese «Lento, amargo animal, que soy, que he sido, /amargo desde el nudo del polvo y agua y viento/ que en la primera generación del hombre pedía a Dios». No se trata de la conciencia de la primera e ingenua imagen romántica de la existencia humana. El amargo animal sabiniano se mira a si mismo más allá de su condición de ser, de la primera generación del hombre. La voz amarga trepa a la garganta, asfixia, mata y también resucita. Materias amargas que se cuajan en la palabra, «voz amarga», que viene de lo prenatal y presustancial, que transita a lo largo de la existencia, al mismo tiempo que funda la vida e inaugura la muerte; además, se nos aparece a cada instante como una revelación inconfundible.
Desde este primer momento pese a que el poeta acude a elementos, figuras e imágenes bíblicas no se regodea o agota en ellas. Todo lo contrario. Desde ellas salta e inaugura otra manera de entender la condición humana. No es que el hombre de repente se encuentre solo. Más allá de la mirada teológica de entender la soledad o el abandono como un castigo, el poeta comprende, rebasando la historia y su propia intuición, que la nada es el lugar desde donde venimos como materia. Esto nos conduce a considerar que no es amarga la palabra por maldición o expulsión del idílico paraíso inventado por los cristianos. No se trata del pecado o la culpa. Que la soledad es parte esencial de la existencia humana. Y como la entendió el alto romanticismo alemán, por ejemplo, en el poema Himno a la noche de Novalis, nos encontramos con la relación noche-creación, como una relación reveladora. Sabines humaniza, corporiza esta imagen romántica. En palabras de nuestro poeta, es el escritor quien descubre «que en las noches de exacta soledad» esos minerales amargos que habitan la condición humana suben de las entrañas de la vida a la garganta y ejercen sus poderes: Quita el aliento, nos deja muertos y, para empezar de nuevo, «resucita».
No es una marca, es una condición. No es un asunto teológico, mas sí y sobre todo algo que tiene que ver con la vida, es decir, desde el nudo del polvo. Esta metáfora la interpretamos como el comienzo, no origen, de la materia, comienzo de la materia que la Biología y la Física han demostrado científicamente. Nudo del polvo, comienzo del comienzo de la materia viva que implica agua y viento como elementos propios de la materia en movimiento, anota el poeta. Al surgir la primera generación del hombre, no la pareja mítica de Adán y Eva, la conciencia mítica y mágica de esa primera generación ha entablado con un ser que ella misma ha nombrado (Dios) más que un diálogo preguntas, preguntas que esa conciencia no puede responder por ser imaginarias.
Otra precisión decisiva. El poeta declara: «amargo desde adentro, desde lo que no soy… Lento desde hace siglos, remoto -nada hay detrás- lejano, lejos, desconocido». Evidentemente en el poema las imágenes y metáforas contienen una visión, una filosofía. Poesía y filosofía se conjugan como bien los supieron los antiguos presocráticos y muy especialmente al alto romanticismo alemán. Sobre todo la filosofía desde Nieztsche, Heidegger, Sartre, entre otros, ha puesto el pensamiento en el orden de los intereses de la vida y por lo tanto la especulación metafísica quedó en un nivel secundario para la reflexión y la poesía modernas.
La formación literaria de Jaime Sabines está en estrecha relación con las preocupaciones, búsquedas y hallazgos que la filosofía y la poesía ha logrado en el siglo XX.
No hay nada atrás. Aquí el poeta es decididamente preciso. No hay nada atrás que explique la condición de este amargo animal «desde dentro», incluso «desde lo que no soy». Esa primera generación humana viene desde hace siglos, remota, lejana, desconocida. Ninguna de estas imágenes-ideas aluden a un origen mítico o religioso. Están más cercanas al pensamiento filosófico y a las indagaciones de la historia, la antropología, la biología y la lingüística que desde el siglo XIX dejaron las preguntas metafísicas para formular otras apoyadas en investigaciones que siguen desarrollándose hoy en día a partir de las teorías de Lewis Morgan, Charles Darwin, Ferdinand de Saussure y Carlos Marx, principalmente.
Lento desde hace siglos, «…remoto, lejano, lejos, desconocido». Poco ha cambiado el amargo animal, aunque sabemos que es antiguo y, también, sorprendentemente lejano a nosotros mismos; está lejos de ser entendido, más clara y estrictamente dicho, el amargo animal sigue siendo desconocido por el mismo pese al desarrollo y la diversificación de las llamadas ciencias humanas. Asunto propio de la condición humana. La poesía de Jaime Sabines es una espléndida aproximación.
Estos versos del tercer poema del primer libro de Horal, de Jaime Sabines son los que indican su preciso y decisivo punto de partida. No hay rastro posible para la especulación. Entendemos que cifra en una inusitada síntesis la historia humana.
El cierre es perfecto: «Lento, amargo animal/ que soy, que he sido». Yo y los otros. No el yo romántico, clamoroso, afligido, simplemente torturado ante la azarosa vida humana. Esa condición insegura, indecisa ya fue cantada por muchos desde la antigüedad y sobre todo en el siglo XIX.
Nuestro poeta asume otro punto de vista. Y va a ser precisamente desde esta otra mirada como irá construyendo la visión poética. Lo que vendrá poéticamente será un siempre renovado debate con la metafísica, y no un regodeo festivo con ella. Especialmente en este espacio poético Jaime Sabines hace gala de un exquisito humor negro, poco frecuentado, sin olvidar sus maestros de los Siglos de Oro español, sobre todo su amado don Francisco de Quevedo y Villegas.
En un movimiento estrictamente secreto, el poeta va dejando versos que conducen a lo que hemos llamamos la invención del cuerpo. En el cuarto poema leemos: «Este que soy a veces, /sangre distinta/misterio ajeno adentro de mi vida». En el poema ya se deletrea el debate con Dios: «Hombre. No se. Sombra de Dios,/sombra, su sombra todavía /ciega, sin ojos, ciega,/-no busca a nadie, /espera/ camina». Ese que detecta a veces, ese otro es el que percibe desde la Sangre distinta, el misterio. Es el olfato poético el hilo conductor. El poeta percibe que desde la más secreta condición algo le habla de lo diferente y con exacta precisión llama ese algo Sangre distinta. Es la cultivada sensibilidad y la lucidez poética la que está tocando ese «misterio ajeno dentro de mi vida» y entiende que es necesario esperar y dar paso, entonces, al transcurrir de la vida misma.
La primera revelación poética, que nos ofrece Sabines sucede cuando escribe, «Yo no lo se de cierto…» aquí la duda no es tormento, es encanto revelador. A diferencia del vano romanticismo nuestro poeta indica que algún día un hombre y una mujer se quieren y desde ese preciso momento, poco a poco, se van quedando solos; se entregan, se penetran y como en efecto sucede inexorablemente -es un ritual erótico- «se van matando el uno al otro». Sabemos que la posesión es un doble viaje, es decir, llegar, ir al otro para morir uno mismo y nacer de nuevo. En la palabra poética de Sabines la revelación es perfecta: la desnudez que es total, descubre, enseña sus diversos lenguajes no cifrados en las palabras; por ello los amantes para Sabines se ven desnudos y lo saben todo. El juego de la duda es fértil: Yo no lo se de cierto. Lo supongo. Y se va el poeta en busca de la vida, del amor y del hombre.
Hablemos, brevemente, del clásico poema Los amorosos.
Lo primero que conocen los amorosos -los auténticos- es el lenguaje del silencio; no se trata del amor declarativo o del ojo volteado en busca de la rendición del otro. Cuando el deseo une y transfigura los cuerpos nace el otro lenguaje, el del amor real. He ahí la sabiduría Sabiniana: el amor es el silencio más fino/ el más tembloroso/ el más insoportable. El silencio que descubren los amorosos está tejido de sutiles ademanes, gestos, miradas, roses, movimientos lentos o fuertes con un inocultable temblor de todos los sentidos antes y después de penetrarse. Esa intensidad de rosa pura o de galgo total, se vuelve vitalmente insoportable, precisamente por su absoluta delicadeza o rapaz ferocidad. En otras palabras esos juegos extremos someten el cuerpo al estado de misticidad reveladora o lo conducen soberanamente a la boca ardiente del delirio carnal. Estados extremos de exquisita plenitud, inevitables para quienes descubren o inventan el amor en esa eternidad fugaz pocas veces repetible. Por eso los amorosos buscan, son los que abandonan, sólo buscan. He aquí una clave: ir siempre a buscar. Se trata de una de las maneras de ser del deseo. Desear en su siempre viva búsqueda, fatigosa y siempre insatisfecha de los amorosos.
Una de las más terribles paradojas del amor es que en un momento dado te adviertes andando como loco porque estas sólo, sólo, sólo. Y de nuevo te entregas, te das a cada rato para encontrarte un día, muchos días, llorando porque no salvas al amor. El amor es una búsqueda. Ellos, ellas, esperan, no esperan nada, pero esperan. Lo doloroso es saber que nunca han de encontrar. Pero en su terquedad inquebrantable se lanzan una y otra vez. Por ello el poeta es contundente: El amor es la prórroga perpetua, el amor siempre es el paso siguiente, el otro, el otro. A los amorosos los habita la insaciabilidad. De regreso se encuentran con la soledad. Pero allí están, persisten. Los atrapa todo tipo de pesadillas, insomnios, delirios y espantos.
Un elemento del poema es clave y decisivo: Los amorosos son locos, sólo locos / sin Dios y sin diablo. El amor pleno o total indefectiblemente conduce a la locura. ¿Por qué sin Dios y sin diablo? Primero es bueno saber que la locura es decodificación, trasgresión y por lo tanto borra barreras, las tacha o elimina. Por ello ya ha escrito el poeta: quise decirte: hermana. / Para incestar contigo / rosas y lagrimas. Y también ha descubierto: mujer, ternura de odio, antigua madre. Haber entendido esos juegos perversos y referirlos poéticamente implica poner en cuestión el orden moral, por lo menos el occidental. Así vista la locura como acción y deseo trasgresor deja fuera de lugar en el hallazgo amoroso la presencia del bien y del mal, las figuras de Dios y el diablo. O mejor dicho en palabras del poeta-filósofo Federico Nieztsche: Se trata de vivir, de conocer, de amar más allá del bien y del mal. Dura y cara tarea para los que pretenden reinventar el amor, propuesta ya hecha por Rimbaud. Sabines desde joven lo sabe y lo asume con una terca e infatigable lucha.
Desde la comprensión cabal de las batallas por adelantar, desde el cuerpo insurrecto, se une Sabines al poeta y filósofo presocrático Heráclito, para iniciar el segundo poemario, La señal; trae el siguiente epígrafe: Penoso es luchar con el corazón. Cada uno de nuestros deseos se compra al precio de nuestras almas. Si cambiamos alma -como propuso William Blake- hablaríamos de nuestros sentidos. Este el sentido Sabiniano.
El poeta sabe que el corazón del hombre está sólo, que sueña y no descansa. Y más duro aún: No tiene casa sobre el mundo. Y ante el soliloquio de unos y otros predicadores con sincera malicia nos invita a: entreteneos aquí con la esperanza. La esperanza no vendrá, sólo existe en el aquí, ahora. Entonces vive, vive, vive, nos invita e incita el poeta.
¡Oh! ¿Cuánto cuesta ir a la noche, al alba, hablar con el dolor, la ilusión, el mito, mirarse convaleciente, triste. Ir y volver. Volver e ir por los círculos concéntricos de la existencia humana. Mas llega el día en que el poeta redescubre su realidad terrenal, corporal: No hay más. Sólo mujer para alegrarnos, / solo ojos de mujer para reconfortarnos, sólo cuerpos desnudos, territorios en que no se cansa el hombre. Estamos en el sexo, belleza pura, / corazón sólo y limpio«. La belleza pura la crean los cuerpos, sólo los cuerpos. En este territorio no debe, no es posible dejar que entren los fantasmas del miedo impuestos por la moral. Principio decisivo para iniciar la construcción del otro cuerpo En la plenitud de la desnudez de los amorosos surge, desde sus carbones ardientes, la belleza más pura que nos pertenece. Este planteamiento tiene raíces profundamente nietzscheanas. En la palabra poética de Sabines adquieren un acento particular, propio que hoy identificamos.
Así pues que desde el primer libro Sabines se deslinda de la metafísica en torno a la vida del amargo animal que nos posee. Sabe que es desde una sangre distinta desde donde parte la siempre inacabada lucha por construir el otro cuerpo. En la segunda parte de La señal da comienzo a un cuestionamiento de la metafísica que trataremos en otra ocasión. El amor será la piedra de toque de sus más encendidas luchas y hallazgos. La construcción del otro cuerpo exige, necesariamente, debatir, descifrar hasta lo imposible el amor, la soledad y la muerte.
La subversión de la mística
Partimos de la idea de Colerige que detrás de todo poeta hay un filósofo, más allá de los kantianos que todo lo reducen a las consideraciones de la razón pura. Allá ellos. hora, es el cuerpo el que piensa, el que ve, el que requiere cambiar, inventarse de nuevo como lo percibió con extrema claridad Antonin Artaud. En el caso de la poesía de Sabines no es un debate desde la enfermedad y la locura. Este poeta mexicano llega a los extremos por la vía del placer en su doble condición: posesión-ausencia. Fecunda es su visión de lo sensitivo, amoroso y erótico. En un movimiento absolutamente subjetivo salta a la otra orilla: la mística. De la hirviente vida pagana pasa a la adoración sagrada. Se trata de un rejuego del cuerpo del cuerpo que advierte sus dos maneras de ser en la vida humana: los fuegos luminosos de los sentidos y las finas luces de la contemplación. Para el poeta que escribe en la más íntima soledad, apenas una delgada línea separa la memoria del cuerpo que cobra su presencia o anuncia se ausencia. Es tan intensa la emoción del recuerdo de un cuerpo amado en su plena desnudez como el recuerdo de una virgen dulcemente amada como la Tía Chofi, ligada a los afectos familiares, a la vida, no a otra cosa más allá de lo humano, contemplación de lo humano recordado, recuperado.
Huidobro, aún bajo la influencia de la tradición occidental greco-latina, escribió: «El poeta es un pequeño Dios». Sabines le da la vuelta: «Pequeño Dios el hombre». Para Sabines el que habla no es Dios sino el hombre.
Si la mística define los grados progresivos de la ascensión del hombre hacia Dios, ilustra con metáforas el estado del éxtasis, produce discursos edificantes. En el caso de los grados de ascensión se trata del pensamiento, la meditación y la contemplación Sabines sabe obtener imágenes del mundo exterior y ver las huellas de Dios en la vida humana y se recoge en si mismo para producir la imagen de Dios y le habla a Dios. En la entrevista que realizamos con el poeta afirmó: «Yo nunca he tenido la idea de un Dios antropomorfo, pienso que Dios es una palabra que nos sirve para decir nuestra propia ignorancia del hombre.
Sabines sabe con Kierkegaard que el misticismo -ese estado poético de primer orden- es una elección de si mismo en el más soberano aislamiento. También sabe que el estado de alta misticidad es propicio para revelar algo sobre el misterio de la vida. Pero, a diferencia de Bergson, el poeta Sabines no pretende perfeccionar nada de la especie humana, sino dar constancia de lo que no ha sido y es el ser humano. Esa risa que es dolor es patente de vida, huella humana, manera de ser nuestra.
Cuando la soledad habita al poeta Sabines y en su intimidad le conduce a la presencia-ausencia de la amada, entra en ciertos momentos, en el estado de misticidad; el aparente discurso evocativo es sostenido por el velo completamente transparente de dulzura, de ternura. Si releemos el poema -de los varios de corte místico- es posible percibir que el poeta está poseído no por la nostalgia que emana del relato poético sino más bien el texto delata un estado ajeno a toda razón o pasión pagana. Ella, la amada o deseada sobrevuela como imagen que en cierto sentido es contemplada como ser que merece todos los tributos del adorador.
El lector sabe que ella ya ha sido, poseída o va a serlo. Ese enlace entre la contemplación que la inventa y el deseo latente que, secretamente, detectamos es una de las claves de la mística en algunos poemas de Jaime Sabines.
La imagen que propicia la contemplación contiene, misteriosa y realmente, la imagen de la realidad material. De ahí que sea posible entender ese doble juego que Sabines logra en el espacio de la mística.
La contemplación por otro lado, no lo conduce a la divinización como es el caso de la tradición mística de nuestra lengua; la contemplación, en cambio, para Sabines es recreación amorosa, la cual implica el deseo realizado o por realizarse. Es en este punto donde podemos señalar lo que llamaré humanización de la mística en manos del poeta Jaime Sabines.
Por ello es posible indicar que Sabines invierte la mística. No se queda en la contemplación divinizante de la amada dado que el es posible conducirla a la territorialidad del deseo.
El estado de éxtasis en Sabines no se aloja en un nirvana donde ayuno y aislamiento son necesarios, indispensables, según la tradición. Para este poeta es el estado de éxtasis una manera de volver a la amada por medio de la revelación febril, en el sentido de la pura belleza que crea el deseo realizado o por realizarse. En ese momento que separa y une lo sucedido y lo por suceder Sabines es habitado por el éxtasis. A veces está más cerca del uno que del otro, o del otro que de aquel. El fino hilo que une y separa cada suceso es el deseo que es al mismo tiempo, memoria real o memoria de lo porvenir. La memoria implica lo acaecido como lo que vendrá. El papel de la memoria es inventar. La memoria del deseo es tan profunda que hace posible este o aquel movimiento. En tal sentido la posesión se da en tanto es revelación febril, en la medida que el habitar de la gracia crea su ronda para que viva la pura belleza como sublimación deseante. No olvidemos que el deseo crea la realidad.
Por otro lado el poema La tía Chofi es otra cara de la mística poética de Jaime Sabines. La tía Chofi fue un ser inmaculado. Solo trabajó para los desvalidos y su vida fue la de una santa impoluta. Sabines no la sube a un altar, o la eleva a algún lugar del cielo para idolatrarla y magnificar sus virtudes. Todo lo contrario, le canta a su castidad sin dejar que ninguna idea religiosa aflore, que permita glorificar su condición y beatitud perenne. Más que un nicho sagrado el poeta construye una instancia real, rural en Berriozabal, donde ella moró y murió en medio de sus oficios diarios, sufrimientos y afugias vitales.
Es desde y en su territorialidad humana que reconocemos a la tía Chofi. Sabemos por el poema de sus dolores y trabajos, de su amor y abnegación por los otros. Toda su presencia es materialmente palpable en el poema y es exactamente a partir de este relato poético de su vida que nos es posible, al mismo tiempo, desde una lectura cuidadosa, observar que el poeta ha sido habitado, en algún momento, al enterarse de su muerte por un estado místico que le dicta el poema. Aquí no hay éxtasis. Lo que sobreviene al poeta es una visión mística que le permite, en estado de gracia, mirar, reconocer, un ser humano poseedor de un mundo de afectos, terriblemente reducidos y, sinembargo, plenamente gozados por ella. Más aún: un ser humano real que ha vivido negando la vida de los placeres, entregado a los otros. Pura irrealidad real.
Lo místico del poema a La tía Chofi se cifra en el canto a la virginidad como una opción humana, posible, dada, en medio de sus reales realidades vitales. La virginidad, no lo olvidemos, es un mito que hace parte de un poder falocrático desde hace siglos instaurado por la religión cristiana. El poeta no lo recrea. No lo asume. Desde su visión mística le canta al ser humano que vivió esa opción y nos ofrece por tanto a una tía Chofi puramente viva, tan cotidianamente real que nos es familiar y, al mismo tiempo pertenece a otro espacio. Sabemos que varias tías Chofi existen entre nosotros hispanoamericanos. Quién les ha cantado mejor que Sabines. El entierro de la tía Chofi es una celebración poética como pocas conocemos en la poesía de nuestro tiempo. Aquí es necesario destacar ciertos ecos y resonancias rilkianos en tanto que la muerte no es entendida como sufrimiento sino como una metamorfosis (en el sentido ovidiano) en el juego perpetuo de las materias animales y vegetales.
Existen otros momentos, aparentemente pasajeros en la poesía de Sabines, en los que es posible detectar el estado de misticidad que en otro momento destacaremos.
Pensar e interpretar un poeta es diferente a simplemente leerlo. Yo lo he gozado hasta la saciedad. Pretender, intelectualmente, explicar la poesía es imposible. Lo apenas plausible es intentar ir a las posibles fuentes, tratar de detectar sus búsquedas, indicar sus propuestas y logros literarios. Esta tarea demanda una dedicación muy cuidadosa para no caer en los brazos de la ingenuidad, del gusto o rechazo gratuito. El estudio de la poesía como el de las ciencias demanda demostración, solo que por caminos diferentes aunque, ¡qué bueno! a veces en ciertos puntos, se crucen.
Nuestra tesis principal es que en ciertos momentos la escritura poética de Jaime Sabines logra, tal vez sin ser plenamente consciente, de que realizaba una subversión mística. No importa. El aporte es decisivo y fundamental.
