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Las mujeres en la pintura de Lucy Tejada

Yo no busco el cielo, sino el momento que uno pueda crear, llevar
a cabo la propia creación,
pues en el fondo uno se tiene que crear.
Ese edén uno lo tiene que hacer, no existe ya dado por anticipado.

                                                                                       Lucy Tejada-Sáenz

Introducción 

Encasillada en la historia del arte colombiano como “la pintora de la ternura”, Lucy Tejada Sáenz amerita hoy una nueva mirada. Sus cuadros nos desconciertan –me desconciertan- por varias razones. Una de ellas es su trayectoria de rupturas manifiestas, de cambio, de riesgos asumidos en la vida y en el arte. En tal sentido, el título de esta conferencia no sólo remite a la representación femenina tan evidente en los cuadros, donde los hombres prácticamente no existen. También hace alusión a las múltiples mujeres que tomaron forma en ella. La que renovó sus técnicas en cada serie con la intención de no repetirse; la que huyó consciente de escuelas, tendencias y militancias estrechas; la que se convirtió en artista desde 1947 a pesar de los prejuicios del momento, incluida la resistencia del padre; la que decidió atravesar el umbral y entrar a un espacio “público” reservado para hombres: el café El Automático de Bogotá; la madre que, con dos hijos a cuestas, regresó de España abandonada por el esposo; la pintora disciplinada en lecturas y pinceles; la buena conversadora; la visionaria en asombro permanente. ¡Tantas mujeres en Lucy!

Sin inscribirme directamente en los estudios de género, procuraré una reflexión que aborde la historia de una mujer colombiana del siglo XX quien construyó para sí misma un femenino creador desde la ruptura como fuerza vital. Lucy Tejada, por medio de la expresión artística, enfrentó la tradición e hizo caso omiso a la norma masculina que delimitaba su ser y estar en el mundo.
  

Feminismo e historia del arte. Una aproximación

El arte de las mujeres no es sinónimo de arte “femenino” o “feminista”. Tras esta etiqueta se esconden tantos enfoques artísticos y tantas posibilidades de expresión como mujeres artistas. ¿El buen arte tiene sexo? Es quizá el interrogante que mueve las discusiones en torno a la producción artística de las mujeres, y que enfrenta a algunas estudiosas con los críticos del feminismo que prefieren eludir el problema de los mecanismos sociales y la realidad de la lucha entre los sexos (Grosenick, 2003). Si bien la pregunta tiene todo de falso debate, vale la pena movilizarla en la historia del arte moderno y contemporáneo, así como en la reflexión sobre la (auto)conciencia con la que las mujeres se convierten en artistas. Si bien el talento es el primer rasgo que distingue a un artista, independientemente de su sexo, la historia demuestra que las mujeres han debido superar obstáculos adicionales para desarrollar plenamente sus formas de expresión plástica. Uta Grosenick en el prólogo de su libro “Mujeres artistas de los siglos XX y XXI”, nos hace el recuento histórico del ingreso paulatino de las mujeres, especialmente europeas, a escenarios de visibilidad y equidad frente a los hombres. Si bien a comienzos del siglo XX las artistas podían remitirse a un gran número de derechos logrados a lo largo del siglo XIX, es decir, derecho a estudiar en las escuelas de bellas masculinas, a participar en clases de dibujo al natural, a presentarse en concursos, a ganar premios, a solicitar becas, a presentar sus obras en exposiciones internacionales y venderlas en galerías, la igualdad de oportunidades resultó ser engañosa. Las desigualdades predominaban, según el género, en los marcos que delimitaban la incursión de las mujeres artistas en el aprendizaje y la profesionalización. Muy pocas enseñaban en las escuelas de arte o eran miembros de las academias; las artistas seguían teniendo escasa representación en las exposiciones y, a diferencia de los hombres, sus obras no recibían la misma atención por parte de la crítica ni de los museos públicos ni de los coleccionistas privados. Además, para poder avanzar en el mundo del arte seguían viéndose obligadas a recurrir a sus contactos individuales con los artistas ya consolidados. Este malestar se hizo revuelta en los años 60, cuando el concepto de arte experimentó una ampliación radical, lo que produjo una convivencia más variada de movimientos: pop art, op art, arte conceptual, land art, arte minimalista, happenings y fluxus, performance y body art, y en todos esos estilos participaron activamente mujeres. Con el anuncio de una nueva era a finales de dicha década, el feminismo cobró una nueva fuerza. Las artistas protestaron para conseguir igualdad de derechos en instituciones museales y academias; organizaron exposiciones propias, crearon galerías autogestionadas y dictaron clases de arte. Buscaron posibilidades políticas para romper las estructuras dominadas por los hombres. En los años 70 sondearon los clichés sociales a que se ven sometidas las mujeres e intentaron desmantelarlos. En los 80 se impuso, en la mayoría de las mujeres artistas, la desilusión por la lentitud con que se superaban las diferencias entre los sexos y porque, tampoco en el arte, se había producido una auténtica emancipación. Una generación más joven de mujeres aprovechó los logros del feminismo y eligió una orientación más lúdica en el trato con las cuestiones relativas al sexo y a la identidad. Sólo a partir de los años 90 las artistas pudieron presentar, por fin, exposiciones individuales en instituciones artísticas de mayor prestigio y ganar premios de renombre.

En Colombia la historia del arte producido por mujeres es igual o más desalentadora, debido a la censura religiosa y social que se encargó de vigilar y castigar con sus preceptos a aquellas que optaran por el camino del arte. Ser mujer artista era equivalente a ser prostituta. Para ellas sólo había tres caminos autorizados: esposa, monja o enfermera. Frente a estas evidencias históricas habrá que preguntarse: ¿el arte tiene género? ¿Es necesario escribir dos historias del arte, una compuesta por las obras de los hombres y otra con la producción de las mujeres? o ¿Una historia que distinga los “lugares de enunciación”? ¿Un relato donde prime la persona que hay detrás del artista? El debate sigue abierto. Como historiadora me interesa indagar en el devenir de los seres, especialmente mujeres, que han aportado a la construcción cultural de un pensamiento emancipador a través del arte y la literatura.   

Lucy Tejada Sáenz atraviesa casi todo el siglo XX y afronta lo que hoy podemos llamar “problemáticas de género” (la negativa de su padre a apoyar su carrera artística, la infidelidad y posterior separación de su esposo, la crianza en solitario de dos hijos…). A pesar de las dificultades que debió afrontar y al contexto poco favorable para el desarrollo de su carrera artística, logró sobresalir en el mundo del arte por el alto nivel de autoconciencia que adquirió desde muy temprana edad. Su destino como pintora estaba inscrito desde la infancia, admitió alguna vez, determinación que marcó su consagración como “una pionera en su género” dentro de las artes plásticas nacionales (González, 2008).

Apuntes biográficos

En el origen, la madre. María Ismenia de las Mercedes Sáenz González. Eran famosas las manos de Ismenia, todo lo volvía hermoso. Había nacido en Rionegro, Antioquia, pero los azares de la vida la pusieron en Manizales. Allá enseñaba técnicas de bordado y costura en la agencia Singer cuando conoció a su futuro esposo, José Tejada Córdoba, vendedor de máquinas de coser. Se casó con él en 1918. De esa unión nació Lucy, el 9 de octubre de 1920 en Pereira. La madre, una artista innata, pintó retratos de sus hijos y reprodujo pinturas famosas en grandes formatos. De los cinco hermanos tres heredarían la influencia materna: Lucy, Hernando (“Tejadita”) y Teresa. El padre, comerciante disciplinado, pariente del general José María Córdoba. Cuenta la leyenda que don José nunca quiso que Lucy fuera pintora, pero el guiño amoroso de la madre le permitió seguir el camino anhelado. Siempre la acompañó, fue al mismo tiempo cómplice e inspiración, de quien heredó el universo de pinceles y lienzos hechos de luz, color e imaginación donde viviría para siempre.

Quedó huérfana a los 24 años. Con esta muerte “empezó la falla”, se sintió coja, manca, en todo sentido, contaría la misma artista en una entrevista realizada en 2010 por el profesor Darío Henao Restrepo de la Universidad del Valle. Y no era para menos, se había ido para siempre la fuente de amor y rebeldía, encarnación de un femenino protector y a la vez liberador, lengua madre transmisora de secretos y mundos fantásticos. En medio de esa orfandad alza vuelo. En 1946, mientras estudia en Bogotá, ilustra las páginas de los periódicos El Tiempo y El Espectador. Al año siguiente, participa por primera vez en una exposición colectiva de escultores y pintores jóvenes de Colombia. Obtiene el segundo premio. Allí conoce a quien será su esposo y el padre de sus dos hijos, el pintor quindiano Antonio Valencia, figura muy importante en la época aunque muy desconocido en la actualidad. Con él viaja a la Guajira en 1948 y luego a Europa en 1952. Allí permanecerán hasta 1956 cuando Lucy regresa a Colombia y se establece en Cali luego de separarse de él.

 


Lucy Tejada en la historia del arte colombiano

Del mismo modo en que su madre fue fundamental en su conversión como artista, también lo fue su maestra María Perlaza, del Liceo Benalcázar de Cali, ciudad donde se convertiría en la primera bachiller del Valle del Cauca junto a otras dos compañeras. Es ella quien incentiva definitivamente su vocación por el arte. A partir de ahí emprende su formación profesional que inicia en el Conservatorio Antonio Valencia de Cali y culmina en la Real Academia de San Francisco y en la Escuela de Artes Gráficas de Madrid. Exploró hasta el cansancio con técnicas, formatos, materiales expresivos y comunicó sus emociones en óleo, acrílico, acuarela, tinta china, escultura en barro, obra gráfica –lámina de metal, de acrílico, litografía, serigrafía-, murales –caseína, acrílico, mosaico, fresco-, lienzo, cartón, madera, papel, cartulina, cartón paja, materia orgánica, collage. Sus series de cuadros más importantes son: Breve historia del viento, Insectos, Gente oscura, A las manos de los indios, Oxígeno, Jardines prohibidos, Islas Galápagos, Máquinas desventuradas, Este mundo de Mariana y Fabulario de 3 grabados. Con una paleta muy neutra, nunca radiante, plasmó sus evocaciones figurativas pues nunca hizo un cuadro premeditadamente abstracto, sin un tema y una motivación. Pintó con la imaginación, nunca se sirvió de modelos, cuando quería pintar una figura pensaba en ella misma. Los personajes de sus cuadros están hechos de memoria. Dueña de un talento extraordinario para el dibujo y la composición. Rigurosa y hasta mística en aquello de la composición, las proporciones y equilibrio armónico:

“Quien pueda ver las formas del aire, puede luego convertirlas en formas plásticas. Pinto niños pero en el fondo siento que estoy haciendo mi auto-retrato. Yo misma soy una niña asombrada, con miedo del mundo… Por eso sueño, dormida y despierta, y son esas imágenes oníricas las que luego traslado a mi pintura, equilibrándolas con la realidad. Cuando logro expresarlo como yo lo deseo, descanso, y esta descarga emotiva me lleva luego a la euforia que solamente nos produce el acto de crear”. (Lucy Tejada, 1992).

En 1950 participa en el VIII Salón de Artistas Colombianos con obras que motivaron un veredicto positivo en el crítico, escritor y editor español Clemente Airó: 

“Lucy Tejada… continúa, asimismo, encantándonos con esa suya melodiosa línea poética donde el color… se emplea con mesura y suaves entonaciones armonizadas. También, la sensibilidad puesta en juego por esta pintora, logra para nosotros, un cierto estremecimiento vital de los objetos o seres que trata y transpone el espacio de sus obras, por eso… no vemos en esta pintura un mero lineamiento más o menos fidedigno de sus imágenes, sino que nos muestra… esas mismas imágenes bajo sus aspectos íntimos pletóricos de fuerza sensible. Por el momento, creemos no equivocarnos al señalar a Lucy Tejada como la más completa y mejor de las pintoras colombianas”.

Se ganó un lugar destacado en la historia del arte moderno colombiano, posición conquistada a pulso y con todos los méritos en un mundo dominado por los hombres. Fumar, beber y participar de igual a igual en el movimiento intelectual y bohemio de los egos masculinos fue algo natural en ella. Entró al Café El Automático sin sentir deshonra y allí disfrutó al lado de Emilia Pardo Umaña, León de Greiff, Jorge Zalamea, Álvaro Mutis, Omar Rayo, Hernando Téllez y otros tantos, entre el humo del cigarrillo y el tufo anisado del ambiente. Las mujeres no eran bien vistas en esos lugares públicos, pero a ella le importaba poco la tradición. Reaccionaba a tantos años de internado y disciplina monacal durante su infancia y adolescencia.

Es quizás esta rebeldía la que le impide participar en el llamado “Primer Salón de Arte Femenino” realizado en el Museo Nacional de Colombia en junio de 1951. El evento pretendía mostrar en un mismo espacio la producción artística de las mujeres de la época, pero, al final, sólo logró legitimar el prejuicio frente a la creación plástica femenina. En dicho Salón primó el amateurismo y los lenguajes tradicionales de la pintura decorativa, en nada contestatarios. Comprensible, si se tiene en cuenta el marco de violencia conservadora, la censura de la iglesia católica y la represión de libertades de la década del cincuenta.

Mujeres en la obra de Lucy Tejada

El X Salón de Artistas Colombianos consagraría a Lucy Tejada como una de las grandes pintoras del país. Transcurre el año 1957. Colombia padece el terror de la violencia bipartidista. El Salón Nacional, que había sido interrumpido desde 1952, reabre sus puertas con optimismo democrático tras la caída del gobierno militar de Gustavo Rojas Pinilla. Lucy ya es madre de dos hijos. Participa con la obra Mujeres sin hacer nada, un óleo sobre lienzo de 120 x 145 centímetros que la hace merecedora de la medalla de oro en pintura. Trece mujeres indígenas representadas en una atmósfera de colores apacibles, en nada semejante al ambiente caótico y mortífero de la época. Figuras pacíficas que contrastan con los hombres hacedores de la guerra que atraviesa el país en ese momento. Mujeres levitantes de ojos entreabiertos, estáticas en apariencia pero actuantes en su respirar silente y en su interacción lenta de las unas con las otras. La pintora representa de otro modo a las culturas indígenas: ancestros vivos, no muertos ni enterrados en el pasado; mujeres de carne y hueso, ni diosas ni mitos amorfos. La crítica es unánime:    

“Lucy Tejada, después de cuatro o cinco años de permanencia en España, nos ha impresionado fuertemente con su magnífico óleo Mujeres sin hacer nada. Una realización perfecta en composición y color como en su contenido de muy acertada interpretación de las mujeres de La Guajira” (Airó, 1957).

Al respecto, Walter Engel, famoso crítico de arte, escribe en el periódico El Independiente 

“Todo un programa encierra el óleo Mujeres sin hacer nada, de Lucy Tejada. El nombre del cuadro lo dice: es anti-abstracto y anti-anecdótico. La composición emplea principios derivados de lo geométrico-abstracto. En severos rectángulos, sabiamente distribuidos, se organiza la superficie. Pero los planos no crean geometría muerta, sino están poblados por figuras femeninas y animados por sugerencias de amplios y elocuentes espacios, en fervoroso mensaje de comunidad humana. Una cálida armonía cromática, completa el hermoso conjunto (…) Como nota descollante y más memorable; considero el triunfo de Lucy Tejada, corroborada por la medalla de oro. En adelante, su nombre figurará obligatoriamente entre la vanguardia de la moderna pintura colombiana”.

Han pasado 62 años y las mujeres del cuadro premiado siguen ahí, sin hacer nada, dueñas de su mundo en ritmo lento. Sin tiempo, sin espacio. Contemplativas, ocupan un lugar privilegiado en la Sala Modernidades del Museo Nacional de Colombia, al lado de los grandes de la pintura moderna colombiana: Fernando Botero, Enrique Grau, Guillermo Wiedemann, Alejandro Obregón, Eduardo Ramírez Villamizar, etc. Lucy Tejada fue una de las pocas mujeres que labró con méritos propios un estatus de artista profesional que pudo vivir del arte toda la segunda mitad del siglo XX, sumado al hecho de su permanencia en el tiempo con una amplia obra. Cada propuesta suya de figuración alegórica y evocación interior fue bien recibida por el público y por el mercado del arte.

Los planteamientos desarrollados por esta artista buscaron siempre comunicar una emoción. Aunque estaba convencida de que la función del arte no es política ni social, sino que su único fin es educar estéticamente los caminos de la libertad, su obra es portadora de mensajes sociales, culturales y simbólicos. Un impulso que no fue una simple fórmula para ella sino un estilo de vida, en consonancia con su ser y estar en el mundo. Por eso desconcierta la vasta imaginación y la fina argumentación frente a los acontecimientos, al entorno y a la condición humana. Entre el esquematismo de las primeras pinturas y el barroquismo de la última etapa de su creación, las mujeres de Lucy Tejada acontecen taciturnas, portadoras de significados que preferirían no compartir por la fatalidad que conllevan. ¡Se requiere de mucho valor para nombrar la desesperanza! Silencios, angustia, perplejidad, ensimismamiento, enigmas.

Porque para ella la tierra no fue placentera, así lo dijo alguna vez. Este sentimiento se refleja muy bien en el gesto ausente de sus autorretratos. A Lucy Tejada la conmovía todo aquello que estaba desprotegido: los grupos indígenas, las mujeres del pueblo, los niños que no se pueden valer por sí mismos, grupos humanos frágiles frente a un mundo hostil e indiferente que inspiraron gran parte de su obra.

No hay alegría desbordada en las pinturas de Lucy Tejada. En las mujeres está la nostalgia delicada en la espera, desde las semi-geométricas de la década de los cincuenta hasta las encantadas mujeres-flores de los noventa pintadas con tinta china y acuarela. Incluso en sus Insectos hay tristeza, porque fueron la catarsis de una artista dolida por la enfermedad de su hijo. También en los mundos subterráneos de la década del setenta, poblados de individuos sin oxígeno; en las máquinas voladoras y a veces estáticas tripuladas por niños y niñas envejecidas. Actitud de espera para fundirse, escapar de la hecatombe, mimetizarse en el espacio enmarañado y arrobador de la naturaleza.

Lucy Tejada murió en Cali el 2 de noviembre de 2011. Sucumbió ante la belleza y ante lo terrible del mundo. Fue honesta como pocos en su pintura. El próximo año, 2020, se cumplirá el centenario de su nacimiento. Celebremos su obra, las variaciones de su desamparo, admiremos el virtuosismo de sus dibujos, y cada composición y cada trazo como un regalo en color de su espíritu sensible aunque decidido a enfrentar la desesperanza.

 

Referencias Bibliográficas

Airó, Clemente (noviembre 1950). Revista Espiral.

Airó, Clemente (26 de septiembre 1957). Periódico El Tiempo.

Calderón Schrader, C. (1990). 50 años del Salón Nacional de Artistas. Bogotá: Colcultura.

Calle, Margarita y Mejía, Beatriz Amelia (2006). Perspectivas históricas del desarrollo de las artes plásticas en Pereira.Pereira: UTP.

Eiger, Casemiro (1995). Crónicas de Arte Colombiano. Bogotá: Banco de la República.

Engel, Walter (17 de octubre 1957). Periódico El Independiente.

Gómez Echeverri, Nicolás (Comp.). (2008). Lucy Tejada. Años cincuenta. Bogotá: Fundación Gilberto Alzate Avendaño.

Grosenick, Uta (Coord.) (2003). Mujeres artistas de los siglos XX y XXI. Taschen.

Valencia Tejada, Alejandro (Coord.). (1992). Lucy Tejada. Cali: FES.

__________________. (1997). Lucy Tejada. Su obra. 1947 – 1997. Cali: Feriva.

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Cibergráficas

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Iregui, Jaime (2009). Café El Automático. Universidad de los Andes. Recuperado de:  https://jaimeiregui.files.wordpress.com/2015/08/borrador_automatico.pdf

 

Audiovisuales

Audiovisuales Televisión. (Carlos Duplat). (1986). Un día en la vida de Lucy Tejada. VHS, Biblioteca Carlos Gaviria Díaz de la Universidad de Antioquia.

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Centro Virtual Isaacs. Universidad del Valle (2010). Lucy Tejada en ConversanDos. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=NaQtAsr9R2g

Inesvigo (2013). Lucy Tejada. Gloria Eugenia. Orquesta Filarmónica de Colombia. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=dLL3OJXl7yc

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Museo de Arte de Pereira (2013). Lucy Tejada. Hecho en Pereira. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=uoBcD2LEyTw

Museo de Arte de Pereira (2015). Lucy Tejada. Paisaje interior. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=m5ailzXcAV4

https://www.youtube.com/watch?v=aXyCj23JBxU

Kalikomio (2013). Lucy Tejada. Un legado. Recuperado de: https://vimeo.com/75489443

La Morena Audiovisual (2015). Exposición Lucy Tejada. Universidad Católica de Pereira. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=iEZeSM7-BNg

Noticiero 90 Minutos (2011). Noviembre 3 de 2011. Caleños le dieron el último adiós a Lucy Tejada. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=3Cy2U5hJgfI

Periódico El País online. Lucy Tejada en diálogo con la Revista Gaceta. Recuperado de: http://lucytejada.net/wp/

 

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Edición No. 192