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Apenas un navegante de la vida

Es extraño sentirse homenajeado; mucho más por la magnitud del acto de homenaje. Hay personas que se sienten elegidas, por voluntad divina o por el destino, a cumplir una labor especial o heroica en la vida; algunas otras se creen iluminadas para ser la guía de los demás, aunque sin saberlo terminan siendo, más bien, opresivas. Este no es mi caso, porque me he dedicado sobre todo al oficio de enseñar, o, lo que es lo mismo, a no dejar de aprender.

Si ejercer la docencia por muchos años, con pasión, con sinceridad y siendo generoso y abierto con el saber; si, además, por el modo de ser personal y por la dedicación a los asuntos de la letras y el pensamiento, se merece algún consideración especial, comprendo ahora el alcance del reconocimiento que mis familiares, amigos, colegas y alumnos me otorgaron hace algunos meses, con motivo de mi retiro de la labor docente en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Caldas. Ninguna acción u obra extraordinaria de mi parte, es verdad, pero si el reconocimiento correspondió a los hechos mencionados, lo comprendo, aunque con reserva y rubor, si vemos que a muchas otras personas también se les debería dispensar homenajes semejantes, incluso con más elevados méritos. Sinembargo, la magnitud del que se me otorgó me sorprendió, me conmovió profundamente y me hizo pensar en que algo, no advertido aún por mí, de mi labor, de mi persona y presencia dejó huella en los demás; tal juicio se los respeto a ellos y a mí no me queda más que hacer manifiesto mi más sentido agradecimiento.

Para qué escribir

En aquella ocasión expresé que me imaginaba siendo despedido desde un puerto grato, para continuar el viaje en el mar abierto de la vida. Y ahora me veo detenido por mi amigo y maestro Carlos Enrique Ruiz quien, para colmo, decidió dedicar un número de su querida revista Aleph a algunos de mis escritos. Como mi persona, nada especiales. Si algún mérito les cabe, es que se ocupan de problemas inquietantes de la realidad o la cultura, algunos coyunturales, otros de mayor alcance, cuya originalidad radica en la manera como expresan puntos de vista e ideas, de reconocidos pensadores, o apenas son páginas inspiradas por diversas suscitaciones literarias y poéticas.

Pienso ahora en las palabras de una de mis autoras preferidas, Hanna Arendt, quien decía que “escribir es transcribir”, algo así como que uno no hace más que expresar unas ideas tal como las ha asimilado y pensado para fijarlas después en el texto escrito. Lo verdaderamente original radica en “tal como”, en el modo o manera como se dan a conocer en el escrito. Dicho con otras palabras, en la manera como fueron comprendidas, la cual se transfiere en el estilo de la escritura. Escribir, por lo tanto, es comprender.

Y lo importante, insiste Hanna Arendt, es comprender. La comprensión, diferente de la información y del conocimiento científico, es un proceso complicado que nunca produce como ellos, resultados ciertos e inequívocos. Es una actividad sin final, en constante cambio y variación y el modo específicamente humano de vivir, por medio del cual aceptamos la realidad y nos amistamos con ella, esto es, intentamos sentirnos a gusto en el mundo pese al horror que ocurre en él. La comprensión es necesaria para no enloquecer y asimilar lo que no está en nuestras manos transformar, ni la ciencia alcanza a explicar. Es valiosa para darle sentido a lo que, en principio, no le encontramos, pero que ocurre ante nuestros ojos y golpea nuestras vidas. Escribir, entonces, es un modo de comprender y, junto con la lectura, son ocupaciones que se ejercen no para hacerse cultos sino para enfrentar mejor las adversidades; la escritura en particular es el afán por conversar y dialogar con los amigos, presentes o anónimos, quienes quizás descubran nuevos modos de ver las cosas o de hacerlas conscientes. Este es el único alcance que, en verdad, se le debe dar a mis escritos. Quien busque unas ideas, un pensamiento “original” se llevará una gran decepción. Consciente de mis limitaciones, me atengo al único interés de mostrar mi comprensión de los asuntos que abordo, y si tales interpretaciones en algo seducen, aún mejor.

Algunos recuerdos personales

Mi vida siempre ha estado ligada a la Universidad de Caldas. Cursé la primaria en la escuela anexa a la Normal de varones -como se conocía-, situada todavía en las vecindades de las instalaciones centrales de la Universidad, a las que a menudo acudíamos para recibir atención médica u odontológica que ella ofrecía a la ciudadanía. Pero también, para alimentar la insaciable curiosidad e imaginación infantiles, encontrar la ocasión de colarnos al anfiteatro que funcionaba en el primer piso del edificio central, donde sabíamos había cadáveres dispuestos para el estudio en la facultad de Medicina.

Mis años de bachillerato en el Instituto Universitario de Caldas fueron en general de mucha inquietud, entre tertulias, bohemia, poesía y teatro. Sin duda era la principal institución de educación media del Departamento de Caldas, como lo había sido desde su fundación (en 1914), y en mucha medida sigue siéndolo. En su rica biblioteca, descubrí las obras completas, en la edición de Aguilar, de Tolstoi y Dostoyevski, muchas de cuyas novelas y relatos leí con gran pasión; también conocí a los poetas épicos griegos, Homero en especial, y a los trágicos griegos, quienes desde entonces nunca han dejado de asombrarme y sobre los cuales a menudo vuelvo. Recuerdo, además, que por aquellos años circulaban de mano en mano dos revistas que despertaban gran interés entre quienes asistíamos a tertulias, conferencias y obras de teatro: las revistas Aleph, en sus primeras apariciones, y Eco. Por entonces veía ambas publicaciones con respeto reverencial por lo que implicaban para la cultura nacional y regional. La revista Eco (1960-1984), editada en Bogotá por la librería Buchholz, divulgaba escritos muy valiosos de autores sobre todo alemanes, muchos traducidos por primera vez al español; mientras que Aleph (1966), desde Manizales, comenzaba a abrir al país nuestra cultura regional. Con los mantenedores de Aleph, Carlos Enrique y Livia, hoy conservo una amistad y relación personal muy especiales, cuyos inicios datan de la década de los 90. Valga mencionar que esta revista ha sido, además, el refugio más valioso que han encontrado muchos de mis ensayos.    

Mi vínculo con la escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas comenzó en 1975 cuando inicié mis estudios de filosofía. Al mismo tiempo mi primera experiencia docente la tuve en 1976 en el Liceo Universitario de Caldas, un colegio nocturno de educación media, fundado –quizás 1971- por un grupo de universitarios que, sin ningún cobro, beneficiaban a la comunidad del barrio Fátima y barrios cercanos. Para su funcionamiento la Universidad nos permitía utilizar sus instalaciones, facilitaba oficinas y otros recursos necesarios. Los estudiantes nos hacíamos cargo de los cursos relacionados con la formación que estábamos obteniendo en la Universidad, lo que, en mucha medida, le imprimía una cierta calidad que otros colegios nocturnos no tenían. Durante el tiempo que estuve vinculado con esa labor social, hasta finales de 1989, orienté cursos de español y literatura y ejercí, durante unos tres años, la rectoría de tal institución, la cual funcionó hasta comienzos de los 90.

Todas las épocas, como la nuestra, vienen acompañadas de momentos convulsivos e impactantes. En aquel entonces, Latinoamérica aún vivía los coletazos de mayo del 68 en París y los efectos del gran movimiento universitario de 1971 que, entre otras cosas, logró cambiar la conformación de los Consejos Superiores de las universidades públicas del país, de donde fueron excluidos los representantes del clero y de los partidos políticos tradicionales. Como no se trata de entrar en mucho detalle, quiero mencionar dos acontecimientos que marcaron la generación de los finales de los 70; uno de ellos local y de gran impacto personal. Pocos meses antes de mi ingreso como estudiante, en abril de 1975, terminó la guerra en Vietnam en la que Estados Unidos sufrió la primera y quizás única gran derrota militar en su historia, acontecimiento recibido con alborozo por los universitarios, dado que fue un conflicto de permanente rechazo a nivel mundial y, en particular, de la propia juventud norteamericana. Una de las manifestaciones más visibles de reacción contra esa guerra fue sostenida por el hipismo de los 60.

El suceso que a muchos de nosotros nos marcó profundamente fue el violento allanamiento de las instalaciones de las Universidades de Caldas y Nacional, ocurrido el 3 de septiembre de 1976, un día después de que los universitarios recibimos a piedra limpia, en el sector del Cable, la comitiva del presidente Alfonso López Michelsen en una de sus visitas oficiales a Manizales. Como respuesta, el primer acto a su arribo a la ciudad fue destituir al rector, psicoanalista y librepensador Guillermo Arcila Arango, quien además orientó un curso sobre Spinoza y el psicoanálisis, a nuestro grupo de filosofía que tuvo la fortuna de tenerlo entre sus profesores, y al que también pertenecían mis colegas y amigos, Heriberto Santacruz, Mónica Jaramillo y Marta Cecilia Betancur. En pocas ocasiones, como aquella vez, la ciudadanía de Manizales se mostró tan solidaria con el movimiento universitario, con masivas manifestaciones que incluso rompieron los continuos toques de queda decretados por esos días en la ciudad. En una de las manifestaciones posteriores al allanamiento, el 6 de septiembre, la policía hirió de muerte al estudiante Carlos Fernando Henao del Instituto Universitario de Caldas, quien falleció seis días después.

Aquel acontecimiento fue doloroso para una juventud que, con la experiencia cubana y la revolución china, creía que entre nosotros la revolución también estaba a la vuelta de la esquina y consideraba, y está bien que aún sea así, a la Universidad un espacio sagrado e inviolable para el debate libre y abierto de ideas y opiniones. Eran los días del arcoíris, de San Remo 71; del activo teatro universitario que, a tono con la época, era radicalmente contestatario; de cine, mucho cine; del pelo largo o, a quienes la naturaleza se los permitía, de abundante barba; de la boina; de mucha poesía y bohemia. Neruda, Whitman, Barba Jacob y Borges, el boom latinoamericano con Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, ahí presentes. Apareció el asombroso mediterráneo de Serrat, con la mujer que yo quiero.

A Filosofía acababa de llegar como decano el profesor Adolfo León Gómez, después de obtener su doctorado en la Universidad de Lovaina. Él transformó el plan de estudios e introdujo, entre otros cambios importantes para nuestra paulatina maduración, los estudios de lógica, continuando el impulso renovador que había iniciado Rubén Sierra Mejía hacia finales de la década de los 60.

En el programa de filosofía y letras estudiamos a Platón, Aristóteles, Santo Tomás, Descartes, Spinoza, Kant, Hegel y Husserl; además un poco de C. Hempel y Alfred J. Ayer, pero, por otro lado, muy a tono con la época, Lenin, Marx, Althusser y Mao. Y, como siempre sucede con el entusiasmo desbordado, los primeros filósofos eran de una vez acusados de idealistas, como si fuese preciso andarnos con cuidado, y los otros de materialistas, como si fuese lo correcto alinearnos junto a ellos para estar a la vanguardia. Pero también vimos a Freud, Marcuse, Foucault y Nietzsche; historia de Colombia, y mucha y muy buena lingüística y literatura. Que De Saussure, Jacobson, Benveniste, Noam Chomsky; que El Quijote, que Tomas Mann, Dostoievsky, Cortázar, Borges, etc. Griego, Latín, Alemán, Francés, Inglés. Nuestros profesores fueron Raúl Aristizábal, Marco Efrén Celis, Oscar Morales, José Jiménez, Francisco Tabares, Hernando Hincapié, Adolfo León Gómez, Luis Enrique García, Norma Velázquez, Leonor Gallego, Beatriz Jaramillo, Manuel Granadillo, Amado Osorio, Bertulio Salazar, Javier Vélez. Casi todos dedicados por completo a la docencia, entregados a sus estudiantes y muy pocos preocupados si publicaban o no; eran otros tiempos, otras la exigencias institucionales y, para fortuna nuestra, no existían aún estímulos salariales por publicar y la vocación docente era el verdadero centro del trabajo universitario.

Inicié carrera docente universitaria muy joven, hacia finales de 1979, cuando me vinculé como catedrático a la Facultad de Psicología de la Universidad de Manizales y me dediqué con pasión al estudio de la filosofía de la ciencia y al método científico. Allí fundé y dirigí una revista, Perspectivas en psicología (1982), de corta duración, que tuvo importante acogida en el medio. En aquel entonces la psicología pretendía, con mucha ansiedad, ser reconocida como una ciencia positiva, pero a mí, que me inclinaba por el psicoanálisis, me parecía absurda tal pretensión, porque consideraba que la psicología como disciplina humana, más que como ciencia positiva, prestaba mejor beneficio a quien requiriera de su orientación y apoyo. El estado de la cuestión me resulta ya muy ajeno, pero de todo ello me quedó hasta hoy el cultivo de una visión crítica frente al conocimiento científico, o, para ser más preciso, frente al cientificismo, que pretende validar como saber verdadero únicamente al que pase por su severa mirada metódica y precisa.

Inicié mis labores como docente de carrera del programa de Filosofía y Letras el 1° de abril de 1986, del cual ya era catedrático desde 1985, y orienté variados cursos y seminarios dedicados a Aristóteles, unas veces a su Metafísica, otras a su ética, a su política y otros pocos a su física. También había sido catedrático con un curso de arte en Bellas Artes. Quizás el primer seminario que orienté, y que sostuve durante algunos semestres iniciales de mi carrera docente, fue uno dedicado a la Antropología Filosófica.

Entre algunos otros temas, hace años académicamente me ocupo, en pre y posgrado, del pensamiento de Heidegger y Nietzsche, de la filosofía del arte y de la hermenéutica; los que esta vez espero disfrutar sin el agobio de los formalismos y exigencias institucionales. Lo hago no porque considere que en ellos está la verdad, o que den respuesta a todo, sino por afinidades personales, como quien encuentra a alguien quien nos dice cosas convincentes acerca de inquietudes que siempre se han tenido. 

Influencias

Son muchos los autores que influyen en nuestro modo de ser y pensar, influencia muy diferente e incomparable a la que ejercen los seres más cercanos y entrañables como, en mi caso, la de mi esposa María Helena. Ha sido mi fiel compañera de la vida que supo tolerar, para mi fortuna, el haberle arrebatado mucho tiempo para dedicarlo a mis fantasmas intelectuales. Igual mis hijos Juliana y Juan Pablo; la intensa presencia amorosa de los tres me permitió salir de las sombras, en el preciso instante en el que, hace 20 años, sentí que sin remedio me hundía para siempre, debido a una grave dolencia, ya superada. Ellos siguen siendo mi principal sostén vital, reforzado esta vez por la presencia de mis dos nietecitas María y Lucía.

De los muchos pensadores con los que he tenido que ver en la vida académica y que han ejercido alguna influencia, me voy a referir muy de pasada a tres en especial, aunque no puedo dejar de mencionar, al menos, los imprescindibles Platón y Aristóteles, a Spinoza, Odo Marquard y, para mis ocupaciones en Filosofía del arte, a Arthur Danto. Los tres a quienes me refiero son Nietzsche, Heidegger y Hanna Arendt. Encontré en ellos ideas comunes muy potentes que resultaban afines con intuiciones que siempre había tenido desde muy joven, antes de emprender mis estudios universitarios. Creo que a más de uno le sucede lo mismo, y son esos impulsos iniciales los que en el fondo nos mueven cuando nos afiliamos al pensamiento de un autor. Seguro habrá otros autores que también respondan, y quizás mejor, a nuestras intuiciones iniciales, pero como la vida es corta, tenemos que aprender a aprovechar los que en el camino encontremos. Pero, sobre todo, para hacernos conscientes de que el pensamiento o el autor que cada quien elija, entrega apenas una versión de las cosas, entre las cientos o miles que, en 3000 años de nuestra historia occidental, han surgido hasta ahora o habrán de surgir.

Con la anterior advertencia me refiero, entonces, a los tres autores que han sido importantes para mí, porque coinciden en poderosas ideas que abrieron otra lectura del saber y la vida, muy distinta a la sostenida por Occidente hasta el siglo XIX. Menciono cuatro de esas ideas. Primero, cada uno de ellos a su modo, muestra que la filosofía surgió de haberle otorgado más valor a una mirada que a otra, de haber partido de una idea establecida como protagónica, como fundamento y principio (arké) y, en consecuencia, del abandono de otros puntos de vista y de lo real y la vida, en beneficio de una cosa abstracta.

Segundo. Consecuencia de lo anterior, al fijar nuestra atención en esa idea, todo lo real pasó al ámbito secundario de las apariencias y dejó de ser fuente de saber verdadero y confiable. Perdimos nuestro arraigo en la tierra y nos asumimos solo como seres racionales. Justo los tres referentes mencionados, restauran nuestra pertenencia a la tierra. Por ejemplo, el mensaje de Zaratustra, es que somos seres de la tierra. Heidegger nos enseña que existir es “cuidarse”; somos “invitados” a la vida y ésta merece ser cuidada, por lo que siempre tendremos que estar dispuestos a partir en algún momento. Hanna Arendt, por su parte, insiste en que, al hablar de mundo, aludimos al espacio abierto “entre” los seres humanos, vivientes de la tierra, cuando se relacionan entre sí. La ley aquí es la “pluralidad” de individuos y las relaciones que establecen.

Tercero. Como se trata de pensar con los pies en la tierra, no lo hacemos con abstracciones y siguiendo un camino controlado para llegar a la verdad o a un fin propuesto con anticipación. Pensar no es lo mismo que conocer, filosofar o hacer ciencia. Es juzgar o tener la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo y lo bello de lo feo; pero también es estar emotivamente cerca de lo que significan los otros para uno y de las cosas sencillas que oscurecen o iluminan el camino de la existencia. Pensar no es un asunto de erudición, inteligencia o ilustración, sino de esa capacidad de juzgar, propia también de la acción política libre; lo contrario es obedecer.

Cuarto. Los tres coinciden en buscar el pensamiento libre: Nietzsche, libre de los valores únicos y absolutos impuestos en Occidente; Heidegger, liberarnos de la visión metafísica que defiende la existencia de un solo ser fijo y preeminente, y Arendt, de todo tipo de totalitarismo que destruye los espacios de convivencia “entre” los hombres, y sin “el entre” no hay mundo humano posible. El totalitarismo, exclusivo fenómeno de masas, destruye la pluralidad y libertad individuales de dos maneras: primero, las somete a fuerzas irresistibles como la patria, la raza, Dios, los principios o la historia y, en segundo lugar, hunde al individuo en las masas para que, perdida la conciencia y la capacidad de juicio, enceguecida se ponga al servicio de esos ideales y poderes absolutos.

Dado que, para los tres, no hay ideas, principios, valores fijos, ni preestablecidos (Dios ha muerto), el mundo a menudo se nos ofrece como no teniendo sentido; entonces el hombre moderno creyó que el asunto era huir del caos, para refugiarse de nuevo en grandes ideales (la idea de progreso), verdades o entidades superiores. Pero Nietzsche enseñó que no debemos dar la espalda al caos, debemos asumirlo, para convertirnos en creadores de formas que lo hagan tolerable. Asumirlo también es comprenderlo (Heidegger, Arendt), en el sentido mencionado antes.  De la misma manera tomar conciencia de que el error, la incertidumbre, el azar, la maldad, las fuerzas pasionales e instintuales (lo dionisíaco) también hacen parte constitutiva de la realidad humana. Es función de la cultura transformar esos poderes destructivos en constructivos. En cualquier caso, la verdadera libertad consiste en perder el temor a cometer errores y en que cada quien asuma su vida para modelarla, para darle el sentido que quiera darle, siempre y cuando no pierda de vista el propósito común de proteger los espacios de convivencia con los demás. Dicho de otra manera, que el transcurso de la existencia no se ponga a depender de ningún valor absoluto o autoridad divina o humana.

Fue quizás ideas como ésas las que – sin saberlo- se movían en mí, durante los años de bachillerato, cuando las leyendas de los dioses griegos comenzaron a ejercer un poderoso magnetismo y, además, cuando el espíritu de libertad, de aventura y encantamiento de la vida fue lo que me sedujo del Quijote, desde el momento en que lo conocí por aquella época. Desde entonces, conmigo quedaron tanto la multiplicidad de miradas sobre el mundo que los dioses entregaban, como la nobleza desbordada del Quijote, quien se asomó al mundo desde la ambigua mirada humana y no desde la certeza cartesiana, ni desde un Dios que juzgara nuestros actos de buenos o malos. Hasta el final la vida se vive como una aventura, que a diario nos sorprende.

El camino sigue

Entre todas las ocupaciones, las que más me apasionan son la docencia, la lectura y la escritura. La primera es la que hoy abandono, junto con las obligaciones institucionales; las segundas irán conmigo hasta el final.

En estos momentos comprendo mejor lo que decía Kierkegaard cuando hablaba de dos dimensiones de la vida: la ética y la estética.  La esfera ética vincula nuestra vida a cosas de valor duradero, “eterno” -entre comillas-: la educación, el aprendizaje, la investigación, la ciencia, el arte, el pensamiento y la poesía. Dada nuestra dedicación académica, ella ha ocupado gran parte de nuestra existencia, pero no le hace justicia a lo que somos como seres que persistimos en el tiempo, con recuerdos, con planes y sueños, con temores y con sensaciones presentes.

La esfera estética, no es la que usualmente vinculamos con el arte y la belleza, sino la estética entendida en el sentido originario griego como pertenencia a la “experiencia sensorial”. Somos seres estéticos porque experimentamos el mundo a través de nuestros sentidos, de lo que sentimos en el aquí y el ahora. Es la vida común y corriente que goza del vino, del juego, de la música y la danza, de la comida, del buen café, del aire y el viento, del diálogo, pero sobre todo de la compañía de los seres queridos y los amigos. Aunque ambas esferas siempre van con uno, por razones profesionales o por autoimagen, una termina por imponerse a la otra o alternan su señorío de acuerdo con los afanes que impone la vida.

Hay quienes deciden seguir siendo fieles hasta el final solo a una de ellas, y entregarse a las verdades más elevadas y al conocimiento, y adoptar una existencia como la de las monjas de encierro; otros quizás prefieran borrar por completo el mañana, para terminar siendo hedonistas radicales. Sin olvidar que en realidad hay cosas perdurables, de valor universal que, como humanos, debemos proteger y cultivar, es preciso asumir el ritmo cotidiano de la vida y aprovechar, quienes tenemos ahora ese privilegio, la posibilidad de aligerar la carga de las ocupaciones laborales y liberar más espacio a la vida estética, contando con la cálida compañía de la familia y los amigos. También de los libros, que están ahí para recordarnos que muchas cosas siempre nos inquietan hasta la muerte y para disfrutar, además, del libre reino de la imaginación.

Dejo, entonces, este puerto de responsabilidades laborales con el convencimiento de que, mientras aún naveguemos el incierto mar de la vida, podremos encontrarnos de nuevo en otros puertos y en otros lugares de arribo.

 

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Edición No. 203