N O T A S
Luis Eduardo Mora Osejo, un científico de carta cabal (1931 –2004). El pasado 11 de marzo murió en Bogotá el distinguido biólogo y botánico, originario de Túquerres (departamento de Nariño, Col.), quien alcanzó todos los honores académicos en la Universidad Nacional de Colombia: profesor titular, profesor emérito, profesor honorario…, con galardones y premios en los niveles nacional e internacional. En 1997 recibió el “Premio Nacional al mérito científico”, conferido por la prestigiosa “Asociación para el avance de la ciencias, ACAC”. Durante 20 años fue Director de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, con ocho reelecciones consecutivas, habiendo alcanzado en ella una transformación fundamental, lo que se evidencia en su actual dinámica, incluso con capítulos regionales, y continuidad en la publicación de series científicas de reconocimiento internacional.
Obtuvo en 1959 el título de Doctor en Ciencias Naturales (Ph.D.), con la distinción “Magna cum laude” en la Universidad Johannes Gutenberg, Maguncia (Alemania). Su actividad científica fue permanente, aún en períodos de sus desempeños en cargos de dirección académica. Como contribuciones científicas relevantes, cabe citar las siguientes, entre otras: Descubrimiento de la existencia de una correlación en la arquitectura de la región vegetativa y de la región reproductiva de las plantas Cyperaceas (Angiospermae – Monocotiledonae). Descubrimiento de los patrones estructurales en la floración de las Angiospermas y elaboración de una teoría sobre su evolución. Elaboración de la teoría según la cual la humedad relativa de la atmósfera es el factor ambiental con respecto al cual las Cormofitas, plantas de las altas montañas tropicales, presentan mayor sensibilidad. Aplicación de esta teoría en el diseño de técnicas de propagación de plantas nativas y en experimentos de reforestación. Elaboración de un tratado sobre las Halorragaceae presentes en Colombia. Elaboración de la teoría para explicar el fenómeno de la Xeromorfia en plantas de altas montañas tropicales y descubrimiento de la transpiración pulsátil en ellas. Elaboración de un sistema de clasificación de las especies de Gunnera del neotrópico. De igual modo desarrolló una teoría singular sobre la arquitectura de las plantas.
Publicó más de medio centenar de contribuciones científicas, entre libros y artículos en revistas internacionales. Y fue reconocido también como experto mundial en flora de páramo.
También fue de su constante preocupación la reforma de los sistemas educativos, con énfasis en la educación superior, sobre la base de su compromiso con el medio circundante y en la estrecha relación que debería tenerse entre investigación y docencia. Lo cual fue motivo de dedicación en el decanato de la facultad de Ciencias en la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá), y en el rectorado que regentó en la Universidad de Nariño, donde impulsó una reforma todavía hoy de trascendencia, con creación de instituciones en ella que sobreviven con logros. Sucedió a Enrique Pérez-Arbeláez en la dirección del Jardín Botánico de Bogotá, con dos etapas en ese desempeño, primero de 1973 a 1975, y luego de 1990 a 1993.
Congregó en su formación, el gusto por el Humanismo, con un cúmulo de lecturas de autores clásicos, en los cinco idiomas que dominaba. Formó prácticamente escuela entre el número alto de sus alumnos, con continuidad en investigaciones comenzadas por él. Quizá la última contribución en la creación de espacios universitarios, lo fue, en año reciente, el programa curricular de “Biología tropical andina”, en la Universidad de Caldas (Manizales, Col.).
En la Revista ALEPH lo tuvimos como colaborador asiduo, con ensayos de divulgación científica, en los campos del reconocimiento y defensa a la biodiversidad, al igual que en la comprensión holística de la articulación educación-ciencia-humanismo-sociedad.
Un destino, el destino (Escribe: Mario-Hernán López B.). “Toda memoria es individual, no puede reproducirse, y muere con cada persona. Lo que se denomina memoria colectiva no es un recuerdo sino una declaración.”: Susan Sontag. Puede resultar extraño el haberlos convocado al jardín botánico de la Universidad de Caldas, para dejar las últimas huellas físicas del cuerpo de mi padre. A lo mejor sus nietos se sientan tristes por dejar estas cenizas en el mismo lugar en donde corren las salamandras y ha buscado guarecerse el tigrillo en la copa de un arrayán.
Talvez algunos hubieran preferido dejarlas en un recinto más adecuado, en un sitio material de la memoria previsto para los muertos; tenerlas a buen recaudo en un nicho para llevarle flores y poder sentarse a repasar hasta el cansancio los recuerdos; eso parece bien y es respetable, sólo que mientras en los cementerios se acumulan los cadáveres, en este jardín se apretuja de mil maneras la vida.
Una ardilla loca saldrá en las mañanas con su cola de azafrán a coquetear por los corredores, la mariposa nunca dejará de cumplir su cita diaria con el sol, el colibrí le hará el amor a la flor, el viento le enredará las trenzas al árbol y el pájaro carpintero trabajará a su lado en las mañanas. Claro, también ya caída la tarde, algunos jóvenes universitarios bajarán con sus vehículos interestelares a hacer un viaje al inconsciente, pero ya sabemos que el abuelo fue un viejo de actitudes liberales y no asustará a nadie por eso.
Si dejamos esta tarde aquí al abuelo es probable que ocurran cosas mágicas; por ejemplo, que el roble elabore nutrientes con su materia orgánica, que el árbol crezca, que la ardilla loca lo abrace, que la mariposa lo adorne, que nazca en él una flor y ella sea poseída por el colibrí, que el gavilán lo sobrevuele. Que el roble sea muy fuerte – que la autoridad ambiental nos permita talarlo – y con la madera se haga una cama, y en esa cama alguien tenga un sueño, y en ese sueño se celebre la vida, entonces, de esa manera, se habrá cerrado uno de tantos millones de pequeños circuitos que enlazan en forma constante la vida con la muerte.
Dejémoslo retornar al ecosistema, acompañar las noches del yarumo, el pino, el cedro negro, el nogal, el níspero y el siete cueros; mirar en las tardes al perezoso y tener el privilegio de escuchar desde las mañanas de la eternidad al barranquillo.
Miguel Ángel López Lince nació el 5 de octubre de 1930, en plena depresión económica mundial, vivió setenta y tres años, fue mecánico de profesión, relató siempre con pasión y detalle los sucesos de la segunda guerra, las películas del Far West y las maravillas tecnológicas de los últimos tiempos; escuchó y bailó con gracia tango, fox y pasodoble acompañado de hombres y mujeres de múltiples reputaciones; leyó los clásicos, frecuentó a chucho milonga, la manzano, la copa de oro y Magaldi; votó por los candidatos del partido liberal, usó camisas de manga corta, conoció el mar de la guajira, se casó con Nelly, fuimos amigos; aprendió desde joven el complejo código de la conversación en la bohemia, y a pesar de no haber asistido a la escuela primaria más de dos años, leía al momento de su muerte las primeras páginas de una extensa biografía del Ché Guevara, con el único propósito de tener un tema para conversar un rato con los nietos.
Dejarlo en este sitio también tiene sus riesgos de seguridad: ¡Que a partir de esta noche, se cuiden de andar por ahí solas la madre monte, la llorona y la patasola! Papá, un abrazo para siempre. [24.II.04]
Catalina Dávila (Escribe: Álvaro Castillo-Granada). Hoy vuelvo a intentarlo. Desde hace varios días quiero hacerlo. No sé como empezar a recordarla sin irme por las ramas que es como le gustaba a ella contar las historias. Tenía una habilidad maravillosa para contar siempre la misma historia, enriqueciéndola cada vez con nuevos detalles, hilándola con otra que tal vez no tuviera nada que ver pero que, en el fondo, caminaba junto a ella. Así no se cruzaran. Tenía numerados los cuentos. No es que uno le dijera: «Catalina…tu cuéntame el número cuarenta y dos» sino que sabía cuántas historias guardaba en su memoria. Una memoria muy antigua llena de años que había acompañado casi todo el siglo pasado a su país. Sí. A Cuba, su patria. Ahora que me siento frente a las letras me doy cuenta que he olvidado muchas de ellas más no la forma y el tono de su voz al contarlas.
La conocí en 1996 en una casa pequeñita, al fondo de un pasillo, en Marianao. Sé que suena a frase de cajón pero cuando nos encontramos, a pesar de llevarnos más de medio siglo de distancia, fue como si nos hubiéramos conocido desde siempre. La conversación fluyó como un río, nos atravesó y nos refrescó como alguna vez lo hizo el Almendares. Lo mismo ocurrió con sus dos hijos: Betania y Miguelito. Fueron muchos días a lo largo de muchos años… En la mesa comiendo arroz con chícharos o mirando la calle sentados en un balance.
Vio con sus ojos a un grupo de alemanes que vagaban cerca de Cruces durante la segunda guerra mundial con un atado de ropa colgado de una vara, intentó impedir la prórroga de poderes de Machado con un palo frente a las mesas de votación, no pudo estudiar enfermería pues las escuelas fueron cerradas durante la tiranía, aprendió los secretos de las hierbas y los menjurjes caseros para curar las enfermedades, sacó un escarabajo de un oído con un poco de aceite, con su compañero tuvo una bodega de materia prima donde vendían bonos de apoyo al 26 de Julio, quiso escribirle al Papa para aclararle que la virgen del Guayo que todos veneran no es auténtica, tejió sombreros con palma de guano yarei, crió a dos hijos, fuertes y honrados, le pidió permiso a su novio para bailar con otro hombre (ella a la que le encantaba bailar…), fue condecorada una y mil veces, los veteranos jamás la olvidaron, aprendió el lenguaje de los sordomudos sin jamás estudiarlo, cumplió su sueño de vivir en una casa grande en La Habana, dio ejemplo antes de pedirlo, sin jamás pedir un beneficio o un privilegio apoyó a la revolución desde el primer momento hasta el último suspiro de su vida, esa vida que se fue apagando como un llamita que se va quedando sin leña, recitaba de memoria a sus poetas favoritos: José Martí, Ramón de Campoamor, Francisco de Quevedo y Gaspar Núñez de Arce. Era la mujer más golosa que he conocido: cuando le llevaba dulces de café no se metía a la boca uno sino tres o cinco. Hasta casi ahogarse. Y terca. Muy terca. Dispuesta a defender la revolución con su bastón. Y se fue del mundo con una duda que jamás se la pudimos resolver: ¿en qué año pudo votar la mujer cubana por primera vez?
Las palabras no sirven para intentar abarcar una vida, suenan a frases ya dichas, ya escritas, pero quiero unirlas para decir y no olvidar lo mucho que te quise, Catalina Dávila, y como me gustaba ver cuando cerrabas y abrías las manos y decías por vigésima séptima vez: «El cuento de la virgen del guayo…». (10.II.2003)
La cara de Pablo Escobar (Escribe: Mario-Hernán López B.). Un asunto relacionado con el trabajo me ha hecho viajar con frecuencia a Medellín. Aunque me alojo en Itaguí, el destino me puso a recorrer las calles de Envigado diez años despues de la muerte de Pablo Escobar. La sensación de estar cerca de la cárcel de la Catedral y las inumerables versiones que circulan en las calles sobre la vida y muerte de los capos, se convirtieron en razones suficientes para dedicar las navidades a leer con apasionamiento todo lo que encontré sobre el tema del narcoterrorismo en los años ochenta. El trabajo de Alonso Salazar es extraordinario como relato documentado hasta el límite; en La parábola de Pablo, el lector encuentra descritos los sucesos que explican los actos del poder real en la década pasada en Colombia y el recuento detallado de la infamia que arroja sobre el país la mezcla del poder político con la plata del narcotráfico.
La Horrible Noche, es el título del trabajo realizado por los periodistas Alejandra Balcázar Salamanca y Fernando Gómez Garzón. Desde los agradecimientos iniciales, el libro registra el papel de los funcionarios del gobierno de César Gaviria en los sucesos previos y posteriores a la fuga de Pablo Escobar de la cárcel de envigado; quizá la calificación de Kafquiana sea aproximada para señalar la maraña intencionada de las decisiones erradas que los funcionarios y los militares tomaron para posibilitar la fuga.
En El Malpensate número 44 (2003), encontré una crónica del periodista Juan José Hoyos, el título es suficiente: un fin de semana con Pablo Escobar. Acompañada de un buen registro fotográfico, el texto describe con acierto rasgos de la personalidad de Escobar y del entorno opulento, exagerado y extravagante de la estética del narco. En otra buena revista, Nómadas (2003), hallé el ensayo con el cual es posible tejer los trabajos anteriores para avanzar en el intento de comprender las dinámicas del país. El título es de tono académico: Transformaciones e Interacciones del Narcotráfico desde las prácticas de la violencia en los años noventa. Las páginas finales del trabajo son claves para interpretar las nuevas prácticas del comercio ilegal, así como los giros del gobieno en temas tan complejos como la extradición y las penas para los implicados.
Los he sometido a la tortura de leer estas reseñas para anunciarles dos cosas que se me antojan claras: las transformaciones en la economía del narcotráfico, en particular la reconfiguración de los carteles, ayudan a explicar el impulso político de sectores vinculados a los movimientos sociales y a programas políticos enfocados hacia el desarrollo alternativo en las grandes ciudades; se puede pensar que la desnarcotización de la política, en algunas ciudades, abre espacios para la llegada de nuevos actores sociales En segundo lugar, de acuerdo con el ensayo de Nómadas, «la atomización del narcotráfico y de coexisistencia con otros actores ilegales resultó favorable para el desarrollo de la actividad comercial ilícita (en los últimos tres años)». Eso sirve para pensar, mientras camino esta calle de Envigado, que quizá tanto muerto ha servido pa’ nada.
My dear Enrique (Escribe: Mario-Hernán López B.). Se murió Enrique Buenaventura, me dijo hace tres semanas Mambrú Entrañable y de inmediato pensamos en la flor y el sauce. Una especie de convocatoria urgente a las cosas bellas nos sometió durante casi toda la noche a un duelo verbal sin rumbo aparente:
¿Donde está la margarita? glen, glen, glen – cantaba Mambrú
¿Os obeden las estrellas? – le respondí, recordando el Principito.
– (…) luego es de esencia que todo caballero andante ha de ser enamorado- Ripostó, con voz engolada y Quijote en mano.
– El gran viajero no sabe adónde va; el que de verdad contempla, ignora lo que ve – Le dije leyendo de reojo a Chuang-Tzu.
Cuatro horas más tarde, con la cabeza escurrida y los libros esparcidos por el suelo, Mambrú se dio a la tarea de describir con detalle las cosas de Enrique: el color de las chanclas, el olor a tabaco, la sonrisa pulmonar, sus dibujos explicados, el teatro dialéctico y las frases en portugués.
Enrique Buenaventura nos enseñó la fuerza poderosa de la imagen teatral y el sentido político de la cultura en la sociedad – Sentencié, arqueando una ceja para darle un tono inteligente a la frase.
A mi me enseñó a amar… my dear. – Susurró Mambrú.
El teatro es poesía (Escribe: Julio Olaciregui). En Colombia hacer teatro es una búsqueda permanente del sentido del acto escénico, preguntándonos casi a diario para qué vivimos, sin olvidar que se trata de un juego, dijo a la AFP en París el dramaturgo y director colombiano Enrique Buenaventura.
Buenaventura -autor de obras como «Los papeles del Infierno», «Opera bufa», «El guinnaru», «Crónica», «Vida y obra del Fantoche lusitano», «La maestra»- fue invitado a Francia por la embajada colombiana, en compañía de Jacqueline Vidal, directora francesa vinculada desde hace más de 30 años al Teatro Experimental de Cali (TEC), a impartir un taller sobre la metodología de la creación colectiva en Le Plessis Teatro-Cano López.
«La creación colectiva es exigir al actor ser un creador. En primer lugar está el texto, que dividimos en acciones, situaciones y secuencias, sacando a flote el conflicto, las fuerzas en pugna en cada trozo. El conflicto es el corazón del teatro y de su movimiento», declaró Buenaventura.
«El conflicto es representado por las fuerzas en presencia, casi por demonios que toman posesión, como en la santería, del actor. En el trabajo diario, en la repetición, en la búsqueda de las improvisaciones, el cuerpo de actor estará habitado por esas fuerzas», explicó de su lado Jacqueline Vidal.
«La improvisación puede crear personajes que no están en el texto. El teatro no es un género literario. La improvisación es un juego, como el teatro, que es un juego, pero complejo», añadió Buenaventura.
En el proceso de montaje de una obra se llega a dejar de lado el texto. «Se parte del texto, pero buscamos la manera de escapar a la tiranía del texto. Conservamos las imágenes que hay implícitas y trabajamos con ellas en las improvisaciones», añadió
Buenaventura citó ejemplos como la Casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, donde hasta los ruidos pueden ser portadores de imágenes.
«El teatro es una forma de la poesía. En la época de Lope de Vega al dramaturgo lo llamaban el poeta. Hay una gran concentración de imágenes tanto en el poema como en el teatro», dijo.
«No se pueden escribir piezas de teatro si no se está dentro del teatro, trabajando ligado a un grupo», aseguró.
«El escritor es el que contribuye a la escritura dentro del proceso de creación colectiva. Pero no se trata de que aproveche lo que dicen los actores cuando están improvisando. El escritor toma distancia. Lo colectivo es la búsqueda del sentido del trabajo que se hace, saber para qué estamos haciendo teatro», dijo.
Buenaventura, nacido en 1925, descartó que hubiese «magia» en el proceso creativo, en las búsquedas, en las improvisaciones y en la elaboración del texto teatral final.
«Hay sobre todo mucho trabajo, asistir cada día a los ensayos. No es una cuestión de magia, aunque yo me hice hijo de Changó (deidad yoruba) en Brasil», aclaró.
«Hace tiempo pensé que el teatro podía cambiar la sociedad. Pero esa no es la función del teatro. Lo único que podemos tratar de cambiar es la manera de pensar del espectador que está en la sala», dijo.
En Colombia ahora hay un público joven, ansioso por ver teatro, precisó, y citó como ejemplo de la importancia del teatro en la vida colombiana «el hecho de que una guerrillera de las FARC (fuerzas revolucionarias de Colombia) puso en escena una de mis obras, La maestra».
Buenaventura se refirió a la situación política en Colombia diciendo que «es un país calumniado en el exterior, un país en manos de señores feudales, como sucedía en la Edad Media europea. Un país que ya no soporta a esa oligarquía, a esos terratenientes verdaderamente temibles que tenemos y que se han apoderado de todas las tierras. Un país donde jamás se ha podido llevar a cabo una reforma agraria».
«Yo sigo expresando cada vez que puedo mi cólera contra los opresores», afirmó.
Jacqueline Vidal, de su lado, dijo que «cuando se escoge un texto para montarlo, es porque uno lo ama, uno quiere esa forma. Pero un texto no es sólo lo que se dice, sino que habla también de lo que está ausente. Tratamos de trabajar con el amor que el actor siente por el teatro, buscando ser conscientes de porqué hacemos teatro».
«El peligro es la propiedad privada del acto creador. El teatro es interacción, sobre todo entre los actores y los espectadores», añadió Vidal.
«En el teatro lo importante es la discusión, la polémica. La jeraraquía de oficios en el teatro fue eliminada por la creación colectiva», agregó la directora francesa.
«En el TEC trabajamos en estos momentos con jóvenes del barrio popular de Siloé, que está en el centro de Cali pero ya pegado a la cordillera. Estos jóvenes están muy motivados y contentos con su trabajo en el teatro porque sienten que están haciendo algo que es más grande que ellos mismos», dijo.
(Ref.: Cronopios, Diario virtual, dirigido y realizado por Ignacio Ramírez)
Pablo Neruda, para todos (Escribe: Alvaro Castillo-Granada). Cuando faltan ya pocos días para conmemorar el centenario del nacimiento del “más grande poeta de la lengua: Pablo Neruda” (como lo definió el poeta Jorge Rojas) nos encontramos los lectores, por fin, con la posibilidad de acceder a sus “Obras completas” en una edición rústica al alcance de todos.
Después del esfuerzo monumental del crítico chileno Hernán Loyola y la editorial Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores de revisar, ordenar y corregir las erratas que durante años acompañaron los poemas y la prosa de Pablo Neruda, y ante la importancia que éste centenario tiene para todos los lectores y amantes de la poesía, la editorial Debolsillo ha decidido reeditar 25 libros del poeta (desde Crepusculario hasta Confieso que he vivido) acompañados de un prólogo escrito por poetas y escritores, lectores de Neruda, que nos dan razones para la necesidad de esa relectura. Abandonada y olvidada durante años, censurada y mutilada por antagonismos políticos, reducida a uno o dos libros, su poesía hace parte de la tradición poética del siglo XX.
Neruda “era el poeta que se asesinaba y renacía con la misma naturalidad cíclica con que hombres y animales duermen, sueñan, se despiertan y vuelven a dormirse y despertar”. De la melancolía amorosa de los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, el ahondamiento en lo más profundo de lo humano de “Residencia en la tierra”, la indignación y el grito ante la destrucción y el fascismo de “España en el corazón”, la reconstrucción épica de América del “Canto general”, la alabanza y conocimiento de los objetos y seres de las “Odas elementales”, la gracia y el espíritu juguetón y travieso de “Estravagario”, el esplendor de la pasión y el amor de “La espada encendida” hasta la despedida final de “El mar y las campanas”, la obra de Pablo Neruda ha cumplido una de las misiones más hermosas y necesarias de la poesía: acompañar a los hombres. Noé Jitrik, Homero Aridjis, Julio Ortega, Juan José Saer, Sergio Ramírez, Mario Benedetti, Elena Poniatowska, Roberto Fernández Retamar, Ida Vitale, Antonio Cisneros, José Emilio Pacheco, Manuel Vázquez Montalbán, Carlos Monsivaís, Oscar Hahn, Volodia Teitelboim y Jorge Edwards (entre otros) nos invitan a compartir su experiencia y realizar una de las actividades que más ennoblece y engrandece a los seres humanos: ser lectores. Biblioteca Pablo Neruda, Editorial Debolsillo, Barcelona, España, 2003.
Ediciones Sanlibrario (Escribe: Piedad Bonnett). Si fuera por el número de poetas, por la calidad de algunos de ellos, y por la entusiasta asistencia a los recitales de los amigos de la poesía, podríamos afirmar que esta goza en Colombia de cabal salud. Pero, por desgracia, desde hace ya un tiempo las más reconocidas editoriales renunciaron a publicar a los poetas, con el peregrino argumento de que este género no se vende. Como quien dice, se ha tratado de matar el género por decreto. De vez en cuando, por alguna circunstancia específica, algún editor de esas importantes casas se arriesga con un nombre suficientemente conocido, pero eso es todo.
En los últimos tiempos, por fortuna, y en vista de tan crítica situación, algunas editoriales universitarias han tratado de llenar éste vacío. Así como uno que otro soñador, que con esfuerzo y entusiasmo, y casi artesanalmente, asume heroicamente la tarea de divulgar la poesía nacional. Entre estos últimos se cuentan los socios de San Librario libros, esa pequeña pero acogedora librería que ha venido a enriquecer desde hace unos pocos años las posibilidades de los lectores del norte de Bogotá, y donde, aunque les parezca mentira a algunos editores incrédulos, lo que más se vende son libros de poemas. Liderados por el entusiasmo y la tenacidad de Álvaro Castillo, librero cabal que comparte tareas con el veterano del oficio Camilo Delgado, ellos han lanzado una colección de cuadernillos de poesía en dos series, Sin Carátula y Sin Ausencia, que recupera libros de reconocidos poetas, ya agotados en el mercado, y promueve nombres menos conocidos, cuya literatura de otro modo quizá no podríamos gozar.
Libros de Mario Rivero, Álvaro Rodríguez, Nicolás Suescún, Federico Díaz Granados, Francia Elena Goenaga y ahora Roberto Fernández Retamar han sido puestos así a disposición de los lectores, a precios casi irrisorios y en dignísima edición de ejemplares numerados que invita a ser coleccionada. El estudiante, el ama de casa, el profesor, todo aquel que ame la poesía, tiene pues acceso a estos libros que nacen de la fe en la palabra y en la acción en un país que necesita cada día reforzar el espíritu para soportar el peso de sus vicisitudes. Hermosa tarea que ha venido a probar, por otra parte, que esta pequeña empresa puede sostenerse porque detrás hay trabajo, disciplina y poder de convocatoria. Y ejemplo de solidaridad y capacidad de riesgo que querríamos los colombianos que existiera en tantas otras cosas.
De “Villegas Editores”. Libro de Mauricio Obregón (1921-1998): “De cóndores y sirenas – Memorias de un aventurero ilustrado”. En su columna periodística “De cóndores y sirenas”, que a lo largo de medio siglo publicó en el diario “El Tiempo”, Mauricio Obregón consignó anécdotas y comentarios de sus fascinantes experiencias, así como autorizadas opiniones sobre temas de interés general. Paradigmas de aventureros iniciados, que se le medía sin perjuicios a la reconstrucción rigurosa de aventuras míticas y periplos fabulosos que le habían antecedido en la historia –desde los argonautas hasta los cosmonautas-, Mauricio Obregón nación viajero.
De alguna forma, que podríamos llamar premonitoria, Mauricio Obregón había preparado este libro antes de morir. Su hijo Javier encontró las columnas periodísticas organizadas cronológicamente, acompañadas incluso de fotografías alusivas a los momentos descritos. Y no pensamos que sea sencillamente coincidencial que les haya escrito un primer capítulo, a manera de prólogo, titulado “Amanecer” y un último, a manera de epílogo, “Noche”, donde imagina su propia muerte.
La selección de sus artículos de tono autobiográfico, que el libro recoge, nos acerca al hombre detrás del viajero. Su lectura confirma la imagen que Colombia tiene de él: un extraordinario ser humano, un individuo fuera de lo común, que se desplazaba con la mente y con el cuerpo, provisto de un radar interior y de la antena de su sensibilidad que lo sintonizaba con el mundo y cuanto en él acontecía. Con su vitalidad incorregible y su pasión indomable por el conocimiento y los viajes, Mauricio Obregón pertenecía a esa rara estirpe de individuos que logran apropiarse del mundo a cada paso. Este libro aspira a ser un homenaje del editor a este historiador y maestro, diplomático e ingeniero, piloto y marino, que asumió la vida como una respuesta frontal y creativa a su imparable devenir. Benjamín Villegas
“Tesoros del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario – 350 años”. Al conmemorarse este año lo que se reconoce como una impecable y ejemplar trayectoria de amor por el conocimiento y defensa de la libertad: los 350 años de su fundación, el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario –reconocido semillero de próceres y escuela viva de pensadores- comparte mediante este libro el acervo de sus tesoros. Una soberbia colección de pintura colonial que va desde retratos coloniales de los Figueroa hasta obras de Andrés de Santamaría y otros artistas modernos, incunables anteriores a 1500, manuscritos coloniales iluminados, orfebrería litúrgica y la arquitectura misma que los contiene, son los tesoros que el Colegio del Rosario divulga en este bello libro, producido por Villegas Editores.
El histórico acervo no es una simple sumatoria de objetos aislados, sino un universo de piezas rigurosamente contextualizadas y eslabonadas a la historia de la institución y del país, cuya lectura bien puede representar otra interpretación de la historia colombiana. Porque, desde hace 350 años, el compromiso de estos claustros ha tenido que ver con el hombre, con la ciencia y con el conocimiento, en función de su momento histórico y de los retos que plantea el porvenir. A no dudar, un bello documento ricamente ilustrado para deleite de los que aman el arte y la historia. H.P. Knudsen Q., Rector
“El galeón perdido – ¿Dónde está el San José?”, de Jorge Bendeck-Olivella. La flota de galeones de España era el cuerpo encargado de proteger los navíos mercantes de los ataques de piratas y enemigos del imperio en el trayecto entre la metrópoli y los puertos americanos. Este libro narra la fascinante historia del galeón San José –un poderoso buque de guerra que desplazaba más de 1000 toneladas y portaba más de 60 cañones- que, habiendo zarpado de Panamá rumbo a España, se hundió envuelto en llamas “en menos de lo que se reza un credo”, cerca de las Islas del Rosario el 8 de junio de 1708, combatiendo con naves inglesas de la flota de las Indias Occidentales, basada en Jamaica, que intentaron apropiarse de su cargamento.
Cargado con tesoros del monarca español y de particulares, el San José se dirigía a Cartagena de Indias, donde debía acondicionarse para afrontar los vendavales, antes de su regreso a la península. La búsqueda del San José se inicia en 1982. A partir de entonces, el evento se ha convertido en una apasionante saga que ha tocado muchas instancias –entre otras el Congreso de la República- e involucrado a muchos actores: denunciantes, historiadores, buzos, cazadores de tesoros, apasionados del mar, museólogos.
En un trabajo prolijamente documentado y con sobrada autoridad, Jorge Bendeck-Olivella, quien como presidente (a.i.) de ECOPETROL, ministro de Estado y asesor de la Comisión de Especies Náufragas, entre otros cargos, conoce a fondo el tema, relata sus antecedentes, incidentes y consecuencias, así como los obstáculos, ambiciones, intrigas y pleitos que se han interpuesto a las tentativas de rescate de esta antigüedad náufraga. El autor incluso propone un área en la que muy probablemente ocurrió la batalla y un sector donde el famoso navío aún podría yacer. Según él, el galeón espera: “su casco y sus tesoros están allá en el mar, rodeados por la aureola de misterios que dibujan las almas de más de seiscientos marineros y pasajeros que se hundieron con él…”
Una informada aproximación a un episodio de nuestra historia colonial, tan rodeado de misterio como de drama. Un delicioso libro de nuestra serie dorada de interés general, para todos los relacionados o interesados en apasionante caso. Benjamín Villegas