Cargando sitio

NOTAS: Un testimonio admirable de vida (Óscar Escobar-Álvarez), El beatle de Aracataca (O. Vargas), Batallas (L. Master), Nos escriben…

Un testimonio admirable de vida (por: Óscar Escobar-Álvarez, I.C., exalumno UN-Manizales). Con motivo de celebrar el 25 de julio como “Día sin humo”, y como parte de una campaña contra el tabaquismo, COOMEVA EPS Cartago, realizó en su pequeño Auditorio una programación en tal fecha, de la cual hice parte como paciente invitado con EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica) causado por el cigarrillo, y preparé para el evento unas palabras y un momento musical, como estudiante de piano que soy, para dar testimonio de vida y de mi encuentro con el piano, que siempre fue un proyecto que tuve desde niño y que solo la vida me dio cuando, huyendo de la altura de Manizales y del EPOC, llegué a Cartago buscando su excepcional y medicinal clima cálido seco y menos de 1.000 metros de altura sobre el nivel del mar. El primer día de mi llegada, hace seis años, caminando sus calles, me llamó la atención un bello recinto colonial y cuando pregunté qué era ese claustro tan solemne y monacal, me matriculé de inmediato en el Conservatorio Pedro Morales Pino. La vida me llevó hasta allí, justo en su momento.

Más allá de lo que llaman “pánico escénico”, que nunca sufrí, cuando tuve uso de la palabra en el recinto, empecé a contar el milagro de la vida, un hombre de 66.6 años, ingeniero civil en el pasado, que hace cuatro meses estuvo bordeando el estrecho abismo entre la vida y la muerte por una súbita e inesperada crisis respiratoria (EPOC exacerbado por sobreinfección) que me llevó a la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) en Cartago, donde fui asistido por un ventilador mecánico al que estuve conectado durante diez días por falta de respuesta pulmonar de mi organismo para producir oxígeno. Es decir, hoy soy un caso de recién renacido o alguien a quien se le dio una renacencia. En ese momento de la narración entré en una especie de shock emocional que me dejó sin palabras. Es el nudo aquel que se forma en la garganta y que produce un estímulo tan misterioso en la región del cerebro donde el hipotálamo ordena humedecer con lágrimas un cierto furor que sucede en el que habla o respira. Solo un largo sorbo de agua logró apagar ese incendio que se produce en algún rincón del alma y que dejó en silencio el pequeño auditorio. Pero mi ánimo ya estaba descontrolado.

 

Si se quiebra la voz igual sucede con las manos. O sea que ya el tímido toque de piano tuvo esa misma afectación que las palabras, y el lenguaje melodioso de las notas tampoco tuvo la expresión natural de una tardía adolescencia musical, que es mi nivel académico real. Un aprendiz de piano tiene que aprender primero que lo primero que hay que controlar en un intérprete es el instrumento mente-sentimiento-emoción antes de controlar el instrumento piano. Si no fuera porque la vida me enseñó a pasar por encima de situaciones peores estaría derrotado por una torpe interpretación musical. Pero es que la emotividad del evento superó los errores y lapsus musicales. Y lo que se perdió en calidad se ganó en emoción y sentimiento.

El evento tuvo el aire dramático de ver a un hombre vencido por la vida que da un testimonio de lucha contra la adversidad, aferrado a un piano y a un tanque de 45.000 litros de oxígeno líquido. Como si la vida no hubiese sido, acaso, también generosa en maldad, traición e injusticia. Pero tener vida para vivir ese momento es una razón y un motivo de alabanza. Compartir ese instante con los presentes, muy pocos amigos y mucha familia, y de manera especial, con mis hijos llegados de Bogotá, ella, y de Estados Unidos, él, para acompañarme en esa breve pero intensa resurrección espiritual, es algo que no puede comprar ningún capitalista. Para vivir he venido, para vivir he vivido. Y esa vivencia queda consignada a mi favor en el saldo que es ser rico en vida. Más bien pobre en millones, pero rico en vida, que suene claro, rico en vivencias.

COOMEVA EPS estuvo tan realizado como nosotros, según expresión de sus organizadores. Tener la oportunidad, única y feliz, de presentar a un hombre que cumple la condición de mutilado por un EPOC como consecuencia del cigarrillo y que ha sobrevivido a una situación límite, gracias a la asistencia médica y clínica de ellos, al amoroso acompañamiento de la familia y a una piano-terapia que funciona como fármaco, que le ha ayudado a no morir de desesperación o desesperanza, y que lo convierte en discípulo de ese gran maestro, esa gran lección de vida que es Stephen Hawking, el célebre astrofísico británico que ha padecido una enfermedad degenerativa desde joven y sin embargo hace alabanza porque lo único que necesita es el cerebro para sus investigaciones y es lo único que le funciona.

Al finalizar el evento, algunas señoras se despidieron estrechándome la mano y entre sollozos me dijeron “gracias”.

 

El beatle de Aracataca (por: Omar Vargas). La fila de rostros solitarios que con paciencia y fervor circuló alrededor del Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México para mostrar sus respetos y admiración por Gabriel García Márquez, en los días posteriores al 17 de abril de 2014, fue, al tiempo, interminable, espontánea y conmovedora. Sin embargo, representó solo una más de las manifestaciones que fluyeron por esos días en muchos otros lugares físicos y virtuales de un mundo que se paralizó por completo, como bien lo escribiría el propio escritor en diciembre de 1980 a propósito de la partida de otro trascendental ciudadano universal: John Lennon. Ni el oráculo prodigioso del tren amarillo de su imaginación, que años antes había convocado al mismísimo Papa a los funerales de la mamá grande, hubiese podido pronosticar las dimensiones de este acontecimiento.

Fueron también incontables e incluso atropelladas las publicaciones de medios de comunicación que dedicaron sus páginas para repasar su vida y su obra. Y provenían de todas partes del orbe. No faltaron, así mismo, en similar desfile al del Palacio de Bellas Artes, vanos ejercicios de egolatría y de pésima literatura que hicieron su agosto con el pretexto de la evocación de su presencia. Se apresuraron muchos, sobre todo en los lugares que, con argumentos sólidos y conmovedores, se postulaban con derecho a asumirlo como suyo –Colombia, México, Cuba, España, Francia, Argentina, por citar solo algunos— a mostrar sus aparentes credenciales de amistad y sus forzados recuerdos para compartir con aparente generosidad y desapego su “Gabo personal”. Pero en su mayoría no eran más que desapacibles escritos que en lugar de reminiscencia respetuosa o emotiva del escritor y del hombre, parecían más bien persistentes ejercicios de vanidad y mezquindad.

El caso es que de todas partes y en todos los idiomas se escribieron obituarios para García Márquez[1]. Los periódicos del mundo mostraron su imagen rodeada de flores y mariposas amarillas. Y eso es significativo pues tal vez hubo un tiempo en que podría haberse considerado ideal que para García Márquez, sobre todo cuando era solo un desconocido colombiano de provincia, fuese un triunfo consagratorio salir en la portada de los diarios más importantes y leídos del mundo. Pero en su caso y con el paso de los años, el honor y el privilegio corresponde todavía a cualquiera de esas publicaciones cuando se refieren a él: uno de los mayores actos de justicia poética de los que se tenga noticia.

Tal suerte de turbulencia hiperbólica de la realidad tiene, por supuesto, otros antecedentes comparables. Uno de ellos, como ya se insinuó, está relacionado con la desolación universal que produjo el asesinato de John Lennon en diciembre de 1980. El propio García Márquez, quien por entonces escribía una columna de opinión semanal que salía en periódicos como El Espectador de Colombia o El País de España, no pudo escapar a la tristeza y el martes 16 de diciembre de ese año publicó una nota titulada “Sí: la nostalgia sigue siendo igual que antes”. Con ese olfato que tenía para ubicar costados maravillosos de la realidad, García Márquez encontró alentadora la conmoción que suscitó el asesinato del beatle —“durante 48 horas no se habló de otra cosa”— pues, según él, todo cuanto rodeó esas espontáneas y sentidas manifestaciones por un hombre que “no había hecho nada más que cantarle al amor”, se constituyeron en  la “victoria mundial de la poesía” y  “en la apoteosis de los que nunca  ganan”.

Además de constatar el alcance espacial de un fenómeno cultural como el de los Beatles, que abarcaba todos los rincones del planeta, y quizás apoyado en su entonces condición de padre de hijos adolescentes, también pudo verificar su trascendencia temporal. En efecto, habla él en esa columna de cómo en ese momento tres generaciones distintas lloraron por igual la muerte de alguien tan significativo e influyente. Que un joven de quince años dijera, como si tuviera ochenta, que a Lennon lo habían matado porque el mundo se iba a acabar; y que una anciana de ochenta dijera, como si tuviera quince, que lo habían asesinado porque la felicidad es una pistola caliente, haciendo referencia a la canción “Happiness is a Warm Gun”, del álbum blanco de los Beatles publicado en 1968, era uno de sus más contundentes argumentos.

Esa conspiración de la nostalgia que se dio en todo el mundo ese diciembre de 1980 se repitió, prácticamente con los mismos ingredientes, en abril de 2014. Las muertes de Lennon y García Márquez provocaron similares perturbaciones, comparables cadenas de silencios, homenajes y reflexiones; la misma emoción, el mismo y despiadado asombro de la soledad.

Pero hay otros sugestivos puntos de contacto. Sobre todo en la época de Lennon con los Beatles, la expectativa y las reacciones por parte del público y de los críticos ante la salida de cada nuevo álbum del grupo, se parece mucho a lo que pasaba cada vez que García Márquez publicaba una de sus novelas. Así, sin entrar en los detalles puntuales de las confrontaciones que, por sus convicciones ideológicas, ambos tuvieron con el gobierno de los Estados Unidos, no es exagerado afirmar que a Lennon y a García Márquez no solo los trató de manera similar la muerte, sino también la vida.

En un aparte de la referida columna, el de Aracataca “corrige” al Che Guevara para afirmar que la nostalgia comienza con la música y no con la comida. Entonces evoca sus primeros contactos con la obra del cuarteto de Liverpool. Aunque sus revelaciones parecen meramente anecdóticas, como cuando nos cuenta que se encontró por primera vez con algo de ellos en 1963 (imprecisamente cita la canción “Help”, de 1965, como la que escuchó entonces en México); o cuando nos refiere que Carlos Fuentes escribía sus novelas en su máquina, con un solo dedo, mientras escuchaba a los Beatles, es posible inferir que entre García Márquez y John, Paul, George y Ringo, hay mucho más que simpatía y aisladas coincidencias. Los efectos sociales y culturales que acompañaron el desborde de la beatlemanía, y que según el de Aracataca lo cambió todo (cabello, barba, sexo), están enmarcados dentro de similares circunstancias históricas y produjeron comparables explosiones a las del boom de la literatura latinoamericana de la década de los años 60 del siglo XX.

Pero hay más. De la misma manera como algunos etiquetaron su obra como “realismo mágico”, García Márquez entiende que otros —o quizás los mismos— asimilaron gran parte de la etapa más psicodélica de los Beatles como surrealista porque así se suele reaccionar ante aquello que parece raro. No hacen como él, o algunos de los personajes de sus historias, que, ante lo extraordinario, se dejan invadir por la naturalidad de la poesía. Piénsese, por ejemplo, en lo que genera el cadáver del ahogado más hermoso del mundo en los niños, los hombres y (sobre todo) las mujeres de esa población olvidada. Al hermoso cuerpo le es dado el nombre de Esteban y es adoptado como uno más del pueblo. La llegada accidental de su cuerpo a las playas y su funeral terminan por darle sentido, identidad y color a sus casas y a sus existencias a partir de la muerte.

La aparición después de una tormenta, en medio del fango y de los cangrejos, en otro de sus cuentos, de un hombre muy viejo con unas alas enormes, lejos de asustar a Pelayo y a Elisenda, es vista por ellos como una oportunidad para atraer espectadores ante la exhibición de un posible ángel. Luego, cuando el padre Gonzaga comprueba que el anciano no habla latín, el lenguaje de los ángeles, y cuando además les sobreviene la competencia de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres,  se da al traste con el monopolio de la atención y las adicionales ganancias, y el señor muy viejo se convierte en en un habitante más de la casa. Ese anciano alado, después de un tiempo y con fragilidad y torpeza, consigue volar y alejarse hasta solo ser un punto imaginario en el horizonte del mar. Pero su presencia casi siempre estorbosa bien podría asimilarse, en términos estéticos, al igual que la irrupción del cuerpo de Esteban, a las complejas relaciones y diálogos que se presentan entre diferentes generadores y receptores de producciones culturales. Más allá de influencias y copias, hay adopciones, encuentros, celebraciones. Como lo que sucede entre John Lennon y Gabriel García Márquez; o entre el puerto de Liverpool y la población de Aracataca.

En su columna sobre Lennon, García Márquez se deleita con el universo poético que éste describe en Lucy in the Sky with Diamonds en la cual, según su traducción, hay “un caballo de papel periódico con una corbata de espejos”[2]. Tal vez no notó también que, en ese mismo texto, hay flores de celofán amarillo y verde que se remontan por encima de las cabezas: un poco como las flores amarillas que cubrían sus fotos en los obituarios y en los homenajes. Probablemente el ascenso entre sabanas de Remedios la bella al cielo podría recrearse con la música de She´s Leaving Home, si nos atenemos al origen de la historia según la cual dicho ascenso fue la manera que encontró su madre para ocultar el verdadero destino de Remedios. O tal vez Remedios está desde entonces en el cielo con diamantes.

En Eleanor Rigby, también mencionada en la columna, se presenta una de las claves que mejor describe los encuentros conceptuales y temáticos entre estos dos mundos creativos. El coro de “¿De dónde viene la gente solitaria” —“con un bajo obstinado de chelos”, según palabras de García Márquez— y la escena, que tan bien describe el nobel colombiano, de la propia Eleanor[3], quien se quita el rostro antes de entrar en su casa y lo deja en un frasco junto a la puerta para ponérselo otra vez cuando vuelva a salir, nos remite a uno de los temas centrales de muchos de los textos más significativos del siglo XX: la soledad. De “El túnel” de Ernesto Sábato, pasando por “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz, nos encontramos de frente con los Beatles y con García Márquez.

En mayo de 1967 salió al mercado la primera edición de “Cien años de soledad”; apenas días después, el primero de junio, sucedió el lanzamiento mundial de “Sergeant Pepper´s Lonely Hearts Club Band”. Ambos trabajos han sido reconocidos por muchos como los mejor logrados y los más influyentes en sus respectivos campos. La pregunta que surge irremediablemente es ¿cuántos años de soledad serán necesarios para ser un miembro del club de corazones solitarios del sargento Pimienta?

 

Batallas (por: Lia Master). Después de mil batallas peleadas, unas perdidas y otras ganadas, el guerrero vuela sobre el lomo del hermoso caballo blanco como las nubes que no se ven en el azul brillante del cielo de las noches claras de verano. Busca con los ojos su carpa de beduino, las telas negras que se alzan en la plenitud amarilla de la arena infinita del desierto.

Mientras galopa con su túnica amplia inflada por el viento, el jinete fantasea e imagina a la mujercita que lo espera en el interior fresco de la tienda. Una doncella, poco más que una niña, tapada, escondida de los ojos y los oidos de todos los demás hombres, reservada para él, el único, el elegido, el que más la merece después de tanta lucha, de tanta sangre.

Piensa en sus ojos negros, intensos, profundos, juguetones, clavados en su mirada; en sus dedos tensos enredados en las suaves ondas de su pelo oscuro; en el agua fresca de esa boca roja entreabierta como fuente, en la magia fresca de esa piel sin estrenar, el olor a muñeca nueva, los orificios jamás abiertos, las palabras escuchadas por vez primera. Todo solo para él, para nadie más.

La urgencia del cuerpo acelera el galope y ya se ve a lo lejos la mancha negra del toldo en el centro de todo, en la mitad de nada. Adentro está ella, esperando bajo el manto negro que la tapa de pies a cabeza como una carpa personal. El velo que le cubre el pelo y el rostro todo solo respeta sus ojos a través de una rejilla para que vea, para que no caiga. Ahí abajo de ese montón de tela negra, la de la carpa, la de la bata, la del velo, ella come, duerme, respira, sueña, espera hasta que oye al hombre apearse ansioso, ligero.

Entró rápido rápido y la encontró en el mismo sitio en el que la había dejado cuando cedió a la  otra urgencia del cuerpo y se fue a batallar, a inaugurar mundos, a sembrar creencias. La levantó con brazo fuerte sin ningún esfuerzo y empezó a desabotonar con paciencia calculada uno por uno los mil y un botones, uno por cada noche de ausencia, que les cerraban el paso a sus manos ávidas. Cada botón abierto lo acercaba a la virgen que se escondía adentro, cada ojal liberado le iba robando el aliento. En la oscuridad de su tienda abrió por fin el último obstáculo, quitó el último velo y descubrió con los ojos abiertos, como la Luna llena del desierto, que debajo de tanto trapo la mujer había desaparecido.

 

Nos escriben…  Desde París escribe Andrés-Felipe Sierra S.: “…¿has leído la nueva novela La infancia de Jesús de Coetzee? Es una maravilla, equivalente -pero muy diferente- a su Desgracia (1999). Obra enigmática sin duda, que nos obligará a una re-lectura al finalizar agosto. Allí, Coetzee sigue la tendencia de sus obras más recientes: intenta abandonar la temática del apartheid que había dominado La edad de hierro, Desgracia y Esperando a los bárbaros, para dedicarse a construir personajes en contextos casi inverosímiles, tal vez para ahondar en las angustias y reacciones humanas ante lo extraño. 

Simón y David, sus personajes principales, uno es un viejo y el otro un niño. Ambos llegan a un mundo de aparente bondad, pero también enorme resistencia al cambio: una curiosa comunidad sin historia, con aversión por pensar el pasado o el futuro. Este espacio le permite a Coetzee construir unos personajes preocupados por la incertidumbre de sus planes de vida, angustiados por la sensación de no tener cabida en esa sociedad y por la ausencia de puntos de referencia ante la carencia de memorias. 

David, el niño, no parece lograr compatibilizar su mundo de fantasía (que él relaciona constantemente con El Quijote), con el las lógicas del mundo real. Simón, por su parte, no termina por comprender cómo funciona su entorno, lo que lo lleva constantemente a deambular sin rumbo en sus relaciones sociales, incluyendo la de él con el niño -que no es su hijo, pero del que se siente responsable y a quien ama. 

Como te decía, es una novela más bien extraña y enigmática. No se resuelve nada, pero tal vez por eso la encuentro tan interesante. De hecho, su nombre es La infancia de Jesús, pero ni hay un Jesús en la historia, ni David parece ser una representación de un Jesús acorde con los evangelios. Muy por el contrario, es caprichoso y hasta cierto punto ególatra, con constantes choques con quienes intentan controlarlo o dirigirlo. 

Mejor dejo ahí, para seguir hablando de él en próximas ocasiones.”



[1] Nunca entendí la costumbre que hace carrera en la academia norteamericana de referirse a García Márquez simplemente como “Márquez”. La comodidad y la simplificación pueden llegar a planos de distorsión inaceptables.

[2] En realidad Lennon describe taxis y no caballos de papel periódico: Newspaper taxis appear on the shore.

[3] García Márquez no habla de Eleanor Rigby sino de “una muchacha”. Sin embargo, la letra de la canción dice: Eleanor Rigby, picks up the rice/In the church where a wedding has been/Lives in a dream/Waits at the window, wearing the face/That she keeps in a jar by the door.

 

Compartir:
 
Edición No. 170