N O T A S – Encuentros con J.F. Patiño, Reseña de libro de H. Abad-Faciolince, En memoria Prof. Leonor Gallego, Francia y la crisis pandémica…
Encuentros con el Prof. Dr. José-Félix Patiño R. (por Moisés Wasserman. Ref.: UNperiódico, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 29.II.2020). Hace unos años el doctor José Félix Patiño me honró con la solicitud de escribirle un prólogo a su libro Humanismo, medicina y ciencia, una colección de artículos escritos en un periodo relativamente largo, cercano a los treinta años. El título describe tanto el contenido del libro como a su autor. Si uno tuviera que escoger tres palabras para definir al doctor Patiño, diría sin duda que fue médico, humanista y científico; añadiría educador, ejecutor y visionario, y si generosamente me permitieran dos calificativos, diría que fue un hombre sabio y un hombre bueno.
Ya se han hecho muchas presentaciones de su vida y de su personalidad, pero no sobra una más. Antes de relatar los encuentros que promete el título de este escrito, voy a facilitarme la vida transcribiendo unos párrafos de ese prólogo escrito hace algo más de nueve años.
“El doctor Patiño es reconocido ante todo como ‘el médico’. En múltiples entrevistas ha declarado que nunca en su vida, ni siquiera en la más temprana infancia, contempló la idea de ser algo diferente. Pero es seguramente uno de los médicos más universales que uno pueda imaginar; ha sido profesional en el ejercicio riguroso de la cirugía y ocupó (consciente de que debía ir más allá de ese ejercicio) cargos cruciales para la medicina colombiana entre los cuales resaltan los de ministro de Salud, presidente de la Academia Nacional de Medicina, director de la Federación Panamericana de Facultades de Medicina, presidente de la Sociedad Internacional de Cirugía y de la Federación Latinoamericana de Cirugía, profesor emérito y titular de varias Facultades, creador de la Fundación Santa Fe y de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes.
El doctor Patiño ha sido un innovador en todas las etapas de su vida. Trajo un aire nuevo a la Universidad colombiana desde la Universidad de Yale (donde estudió y trabajó durante más de diez años) y del sistema americano de finales de los años cincuenta; introdujo las nuevas filosofías docentes en los años sesenta, escribió múltiples libros y fue un abanderado de las nuevas técnicas de informática y comunicación que usó fluidamente mucho antes de que lo hicieran los médicos de generaciones posteriores a la suya.
En 1964 fue nombrado rector de la Universidad Nacional de Colombia y en escasos dos años logró una transformación profunda, posiblemente la más seria y modernizadora en el siglo XX. Redujo de 34 a 11 el número de facultades, integrándolas en grandes áreas de pensamiento y aumentando la oferta potencial a sus estudiantes, no solo con la multiplicación de carreras que la reforma generó, sino con la posibilidad de acceder a asignaturas y profesores antes aislados en pequeñas células de carácter disciplinar, casi gremial, y con una formación más amplia, humanista e integral. Transformó la planta profesoral desde una compuesta preponderantemente por catedráticos de tiempo parcial a otra de profesores profesionales de tiempo completo, abriendo así la puerta a la investigación y a la generación de conocimiento como actividad central en el proceso formativo. Generó con todo esto optimismo y fe en las potencialidades de la comunidad universitaria, lo que se vio reflejado en el emprendimiento de grandes obras de infraestructura, emblemáticas hasta hoy, como el Auditorio León de Greiff y la Biblioteca Central”.
Ahora sí, establecidos algunos parámetros de su vida y de su personalidad, paso a los encuentros.
El primero no fue estrictamente un encuentro personal, sino el hecho de que estuviéramos al mismo tiempo y en el mismo lugar, pero con roles diferentes. Él fue rector de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) cuando yo era estudiante; lideró una importante reforma que nos afectó a todos los que estudiábamos entonces.
Debo decir que muchos no la entendimos en su verdadera dimensión: yo había entrado apenas un año antes a la Facultad de Química e Ingeniería Química, y de pronto los compañeros de Ingeniería “se fueron” a una gran Facultad de Ingeniería, y nosotros, los químicos, nos unimos a matemáticos, físicos, geólogos, biólogos y químicos farmacéuticos en la Facultad de Ciencias.
Se planteaba entonces que la química había perdido mucha fuerza por estar lejos de la ingeniería química, cuyos objetivos eran mejor comprendidos por la sociedad y podían recibir más apoyo y respeto.
La verdad es que esos planteamientos estaban tremendamente equivocados. Como buenos jóvenes, éramos muy conservadores y pensábamos que la única forma de hacer las cosas era como las estábamos haciendo hasta el momento. La Facultad de Ciencias le otorgó ese carácter de ciencia autónoma a las disciplinas que la conformaron y, contrario al temor expresado, las proyectó como nunca antes a la sociedad colombiana y a la comunidad internacional.
Cuando regresé de mis estudios de posgrado encontré una comunidad fuerte, bien establecida, con un campo muy bien definido para su desarrollo y con un inmenso potencial para contribuir al desarrollo del país y al bienestar de su gente.
El segundo encuentro –esta vez sí en persona– fue durante los años ochenta y noventa. Yo me había vinculado al Instituto Nacional de Salud (INS) y luchaba con compañeros de mi generación por una modernización del tipo de investigación que se hacía, incluyendo por primera vez una muy básica, y por los instrumentos que se desarrollaban y se usaban. Él, desde su posición en la Academia Nacional de Medicina, fue un permanente apoyo en este esfuerzo modernizador, no solo para que se introdujeran las nuevas herramientas de la bioquímica, la biología molecular, la genética y la inmunología, sino también las de informática.
En una institucionalidad estatal aún reacia (o al menos poco comprensiva) a las emergentes tecnologías de la información y las comunicaciones, él era un pionero y nos acompañó a algunos en los primeros pasos en bitnet e internet, y en el uso cotidiano del computador personal (yo sé que suena increíble). Después, cuando yo ya ejercía el cargo de director del Instituto, me acompañó en muchas reuniones, seminarios, consejos y comités, siempre apoyando proyectos modernizadores.
Ya en la década de 2000 nos encontramos alrededor de la preocupación por la UNAL: compartimos en mucho nuestras visiones, y en el momento crítico en el que pensé si debía lanzarme como candidato a la Rectoría, él me impulsó a hacerlo. Después de eso no cesaron nuestras charlas sobre los problemas de la universidad, no solo la nuestra y acá, sino con un alcance más general y global.
Durante buen tiempo me acompañó en la Rectoría como representante de los exrectores en el Consejo Superior, pero antes de eso, y después de eso, hasta hace muy poco tiempo nos seguimos encontrando para pensar y discutir el presente y el futuro de la educación. Los encuentros generalmente eran con un desayuno en algún apartado de su club, el Gun Club, y duraban dos o tres horas en las que seguía sorprendiendo con la actualidad de sus conocimientos y la modernidad de sus visiones. Lo vi debilitarse físicamente, pero nunca lo vi volverse viejo.
Un hombre al desnudo (Reseña del libro “Lo que fue presente – Diarios 1985-2006” de Héctor Abad-Faciolince; por Consuelo Gaitán). Confieso que me embargaba el espíritu de la frivolidad (si acaso esta lo tiene) cuando comencé a leer estos Diarios, pero se me fue apagando a punta de frases como estas: “mi fantasía es la vida. La vida pura y dura”, “soy un padre niño”, “la gente no va sola al baño, lleva siempre libros o revistas u hojas de periódico para no estar sola consigo misma”, “he perdido la candidez necesaria del que cree en el crear”, “ahora siento esa opresión que me obliga a escribir. Es una especie de tristeza excitada, una oscura nostalgia de algo que nadie ha escrito nunca”; “la fantasía como la herramienta perfecta para entender los secretos de la realidad”. Y aquí llevaba escasamente 40 de las 600 páginas que tiene el libro. Continué leyendo, ya no para conocer los detalles de la vida de un amigo, sino para tener el placer de gozar del cautivante estilo de un escritor, con la pasión que produce adentrarse en las profundidades de un autor que logra hacer de sí mismo un personaje capaz de rescatar del olvido instantes únicos, irrepetibles y nimios, pero tan comunes y relevantes como lo es para cada individuo su propia biografía.
El personaje que va saliendo a la luz, un hombre al desnudo, plagado de contradicciones, de temores y obsesiones, va adquiriendo una dimensión tan real y carnal que de inmediato confronta al lector y lo invita a una especie de conversación: a recordar los propios pecados, la pereza, las infidelidades, los amigos perdidos, la sexualidad precaria, la (irracional) fe ciega en el arte, la obsesión por la muerte…Y junto a esto, una serie de opiniones durísimas sobre sí mismo, críticas severas por su carácter y por las decisiones que hieren a otras personas, son verdaderos latigazos en el ego. Este poder de confrontación y de hacer de espejo lo sugiere precisamente una frase del propio libro: “Una película, un libro, son buenos cuando nos obligan a pensar sobre nuestras propias vidas, sobre nuestra condición en este mundo”. Y el mundo al que se refieren estos Diarios es a la Colombia de la transición del siglo XX al XXI, donde la muerte y la degradación moral definen a un país que está en manos de personajes ignominiosos que no han querido reconocer el derecho de millones compatriotas a la paz y a la vida digna.
Aquí está el combate que todos hemos dado por la construcción de nuestra propia identidad, en este caso rescatado por el proceso de escritura, de alguien que nos representa, que habla nuestro propio lenguaje, que fincó su destino en este ejercicio y, así como se salva a sí mismo de caer en el abismo, sentimos que de alguna manera también nos ha salvado a nosotros. Es una escritura sin amaneramientos, que usa el lenguaje del habla común, que busca la palabra exacta, no la más decorativa. Está escrito con el ritmo con el que sentimos y hablamos los colombianos de hoy, por supuesto con la ironía y el humor que nos caracteriza (el relato de cuando conoció a Fidel Castro es una pieza del más refinado humor). Pese a la extensión del libro, el lector no se agota, sigue el curso de la narración sin dificultad porque, como él mismo lo dice: “Quizá la claridad en lo difícil sea la prueba suprema de la profundidad”.
Ya nos estremecimos ante el relato de su tragedia particular en El Olvido que seremos, ahora asistimos al proceso de formación de un hombre marcado por la violencia y al recorrido de un camino lleno de tropezones y aciertos hasta convertirse en el escritor que ha decidido ser. El conflicto ético de un hombre que no pudo desconectarse del padecimiento de su país. En la dicotomía Italia (civilización, cultura, belleza, seguridad, confort académico), Colombia (atraso, fealdad, miseria, inseguridad), Héctor Abad decide convertirse en un escritor colombiano, que escoge hablar y escribir en su lenguaje, que padece su dolor, que vive con el miedo del día a día y que no es capaz darle la espalda a su tierra y a su pasado. Durante años, Abad ha trabajado en la búsqueda de su voz narrativa, de un estilo literario propio, único, y estos Diarios corroboran lo que intuíamos: que su lenguaje más logrado es en primera persona, cuando habla de sí mismo, cuando el protagonista es su propio mundo. El mejor material lo lleva puesto.
“Sufro dos idealizaciones de la cultura en la que me levanté: idealizo el arte (la literatura en mi caso) y el amor”. Y esto cuentan los Diarios: sus historias de amor descarnadas, cada una con sus particularidades de celos, culpas, impotencia, renuncias (¡casi deja de escribir estos Diarios por complacer a su mujer!); sus grandes mitos sentimentales convertidos en novelas. Confiesa cómo cada novela que escribe corresponde a cada uno de sus amores (¡y vaya si son diferentes entre ellas!). El erotismo, más allá de los hechos puntuales relatados, aparece como un eje fundamental (Freud presente) de la existencia del diarista. El autor aborda este tema con la complicidad y el desenfado de quien escribe en solitario. Sinembargo, como búsqueda emocional suscita en el lector reflexiones sobre cómo se pueden ir delineando lenguajes para descifrar su misterio y entender su lugar preponderante en la vida humana. Buena lectura para comprender algunos enigmas de la masculinidad.
Al ir terminando el libro, por supuesto, se perciben cambios del joven-niño melancólico, inseguro, a un hombre -el escritor en ejercicio de su religión- más confiado y benévolo consigo mismo: “Esta semana feliz no hizo infeliz a nadie en su momento y aumentó para siempre mi confianza en la vida y el desprestigio de la amargura y la muerte”.
Un escritor que ha tenido una intensa cercanía con la muerte, que ha evitado asfixiarse por el sufrimiento a través de su oficio (“o escribo o al matadero”), que ha leído como pocos, por supuesto ha terminado por despreciar las preocupaciones menores, entre otras cosas las envidias y maledicencias. ¡Qué bueno!
En memoria de la Prof. Leonor Gallego A., de la Escuela de Filosofía, Universidad de Caldas (por: Alba-Nelfy Bernal O.; “La Patria”, 15.III.2020). Cuando un profesor lo deja todo en el aula tiene derecho a ser exigente. Así fue, sin lugar a dudas, Leonor Gallego Arias: Conocedora de los temas, estudiosa, insuperable impartiendo conocimientos.
Pocas veces tenía que repetir, así era su talento para dar a comprender los temas más espinosos de la filosofía y sus autores. Por lo mismo era, como decíamos los estudiantes, una ‘cuchilla’, con mano dura para calificar, pero ostentaba los méritos para ello. A ella había que estudiarle sí o sí.
Muchos alumnos suyos la califican como «maestra de maestros», formadora de generaciones. Sin duda, de las mejores profesoras que ha tenido el programa de Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas en su historia. Su carisma y versatilidad para manejar los textos, la tiza y el tablero y el auditorio, no tuvieron par en su época.
Con motivo de la edición del libro 70 años – Los protagonistas cuentan su historia – Universidad de Caldas, en el 2013, quedaron plasmadas en una entrevista apartes de su vida y sus vivencias.
Su niñez la vivió en Salento (Quindío), posteriormente se radicó en Manizales, cursó estudios en el colegio Santa Inés y se graduó como maestra en la Normal de Señoritas de esta misma ciudad.
Entre sus cátedras estaba la de Protoseminario -introducción a los seminarios que se verían a lo largo de toda la carrera de Filosofía-, el tema central era Platón; además de dirigir las clases, debía asesorar a los estudiantes. También dictaba Filosofía del Lenguaje, Lingüística y Ética. Fue docente en los programas de Medicina, Educación y Derecho. Recibió Mención de honor como profesora meritoria de la Universidad de Caldas en el 2011.Con motivo de su deceso el pasado 27 de febrero/2020, va entonces, este homenaje póstumo a la gran maestra de maestros por su dedicación, entereza y entrega a la cátedra universitaria. Lea algunas de sus opiniones:
“Mi abuela Ernestina Carvajal me estimuló a leer y a enseñar. Yo era demasiado tímida, entregada a los libros. Un día, Norma Velásquez Garcés, María Amelia Jaramillo Trujillo e Inés López de Mesa me llamaron a decirme que habían encontrado la profesión perfecta para mí: Filosofía y Letras. Venciendo mi timidez, fui donde el decano, Rodrigo Ramírez Cardona (Gaspar), y me dijo: ‘No, usted es una persona de fiestas, de rumba, la Filosofía no es para usted’. Este comentario, me hirió el amor propio, pero insistí. Finalmente me dejó presentar los exámenes y saqué 5.0 en todo menos en latín, cuya calificación fue 4,6. El decano entonces, algo apenado, se disculpó y alabó mi rendimiento. Pude matricularme y me gradué como Licenciada en Filosofía y Letras en 1968″.
“Pasé la mayor parte de mi vida en la Universidad (1974 – 2004), porque estaba entregada a mis alumnos, al claustro universitario, a la enseñanza y me palpitaba”.
“Hoy no se enseña lo que tiene que ver con el hombre integral, la cátedra va dirigida mas al punto de vista antropológico; extraño de mi tiempo la camaradería, el compañerismo, la ayuda mutua y la amistad. Ahora, a la gente la veo dispersa, existe una competitividad mal entendida, se creen con mucha sabiduría y pordebajean a los otros. No creo en esto de hacer ostentación, hay que ofrecerle ayuda al que la necesita».
«Mi madre decía: ‘La persona se presenta o se conoce por su lenguaje no sólo verbal sino escrito’, hoy a los niños, cuando escriben en sus computadores, les aparece subrayado cuando hay un error. La técnica está cogiendo mucha ventaja ante la formación. El problema ahora es de los profesores -cuando se pasa del ábaco al computador-, entonces, somos nosotros los que tenemos que prepararnos para enseñarles, aprovechando la técnica para formarlos».
“Pienso que un profesor además de todo lo que sepa y haya estudiado, debe tener vocación y compromiso; que el estudiante note el interés y sienta la satisfacción del profesor ante un grupo; el compromiso va desde los pies hasta la cabeza, por dentro y por fuera, hay que suscitar en ellos la curiosidad, que se cuestione; cuando el profesor muestra el compromiso, el estudiante se siente comprometido».
«Se dice que materias como el Latín y el Griego están obsoletas, no es cierto. Estas disciplinas revisten la mayor importancia porque son las raíces de nuestro idioma. Por ejemplo, para la filosofía griega, por lo menos, es fundamental saber leer el diccionario griego, a fin de conocer los signos, para no distorsionar la palabra y su sentido».
“Me gusta mucho leer sobre educación, y me parece que hoy hay mucha confusión; hay falta de formación humanista, no importa la profesión que se tenga; como hijos, como hermanos, como papás, como mamás, como parejas, como médicos, como ingenieros, todos nos tenemos que ver socialmente con un grupo.”
Francia y la crisis pandémica mundial (por Nelson Vallejo-Gómez; París, 16.III.2020). Querido amigo-maestro, Carlos-Enrique, vigía espiritual de Colombia, desde Manizales, en clave ALEPH, te escribo desde una ciudad «en guerra». No tengo palabras de estupor para decirte lo que sentí al escuchar el mensaje solemne y marcial, que el Presidente de la República de Francia, Emmanuel MACRON, pronunció hoy por televisión, a las 8pm. Ése discurso quedará desde ya, grabado en la Historia. Anunció la entrada de la nación francesa en algo así, como la «1era Guerra Mundial del siglo XXI»: una guerra viral contra la humana condición. Dijo en varías ocaciones que el país está «en guerra»; una guerra a muerte contra un enemigo invisible, que se asemeja a la misteriosa figura de un ser cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.
Previno que muchos perderán a un ser querido en la batalla. No soy capaz de escribir: perderemos. No tengo la imaginación suficiente para poder pensar el infinito sufrimiento que sería perder lo único en cada uno de mis seres queridos. Con respecto a mi propia vida, digo como decía Montaigne: le temo al morir, mas no a la muerte. El Presidente francés ha pedido a cada uno de los compatriotas que se convierta en un guerrero en sí mismo y para consigo mismo, es decir, en un resistente y futuro resiliante de guerra, para y con su propia individualidad, pero éticamente religado a lo íntimo, lo privado y lo público, anunado al lazo cívico, vital y fundamental de todo ente social y colectivo, responsable y solidario, con el fin de protección propia y la de sus propios seres queridos.
Aparecía evidente, en el discurso a la Pericles del Presidente Macron, que «el combate espiritual es tan brutal como la batalla de los hombres», para decirlo en visiones de Arthur Rimbaud, es decir, que el combate es ante todo el de cada persona contra el pánico, el desorden, la incertidumbre, los rumores, las fake-news y la falta de civismo, en suma, contra la desidia, el desgano y el ocio. Confinados a la fuerza en sus casas, los ciudadanos entenderán mejor «lo angustiante que es el ocio», según Pascal, pensé: «ser incapaz de estar a solas, con uno mismo». O, en otras palabras, aprender a manejar el ritmo de su propia vida, vistiéndose despacio, cuando se está de afán.
La batalla consiste en quedarse encerrado en su propia casa, «confinado», en cuidar de su familia, en leer y en reflexionar en un mundo diferente, tal vez mejor, que integre la desaceleración planetaria de la economía y del consumo; reflexionar en el sentido de lo importante en la vida, aquello que «reconecta con lo esencial». En suma, reaprender a cuidar, a querer y a respetar al prójimo. El presidente Macron ha tomado medidas propias a un país en guerra. Ha decretado un estado de urgencia y de sitio total y ha cerrado las fronteras. Ha suspendido los proyectos de ley en el parlamento, en particular el proyecto sobre la reforma de pensiones, que durante los meses de diciembre y enero pasado, provocó una serie de paros nacionales, que paralizaron todo el país y provocaron la quiebra de cientos de empresarios. Ha obtenido del mismo Parlamento que durante esta «guerra», se legisle por decreto y se le entregue al Presidente de la República Plenos Poderes.
Ha decidido postergar a una fecha indefinida por el momento, la segunda vuelta de las elecciones municipales, que estaban previstas para el domingo 22 de marzo, por razones de seguridad sanitaria. Ha dado por evidente que el Estado hará todo por la protección y cuidado de los ciudadanos, hasta implicar, de ser necesario, la requisición y nacionalización de bienes privados. Así lo entendí. El mensaje iba en filigrana. Lo que significaría suspender el sacrosanto principio capitalista y liberal de la propiedad privada, por razones de interés general y trascendental, en beneficio del colectivo cívico: clínicas privadas y hoteles, cerca a hospitales en crisis, podrán ser requisicionados por las autoridades del Estado. Desde ya, los taxis lo serán, para ayudar a transportar enfermos. Ya Alemania, que también está en guerra contra COVID-19, anunció la posibilidad de recurrir a esa figura socialista.
El Presidente Macron a dado la orden al Ministerio de Hacienda para cubrir los gastos de todas las empresas en quiebra. Ha dicho que el Estado dará comida, medicamentos y cuidados intensivos a todo compatriota que lo necesite. Ha decidido desplegar al ejército y construir hospitales de campaña en las regiones de Francia más afectadas, como lo es actualmente la región de Alsace. Ha decretado que todo el esfuerzo de la nación estará concentrado en acompañar y en dar todo el apoyo material y humano necesario al cuerpo médico y a los investigadores en busca de una vacuna para combatir al enemigo.
El Presidente Macron pidió un esfuerzo individual y colectivo sin ningún miramiento, una unión sagrada del cuerpo nacional. Dice confiar en cada uno de los compatriotas y en la grandeza histórica del pueblo francés. Dijo que esas decisiones inéditas en la historia de Francia (ni siquiera durante la 1ra y la 2da Guerra Mundial se encerró a toda la población en sus casas), las toma después de haber consultado al comité científico sobre el corona virus, a los Presidente del Parlamento y a los Principales Jefes de los Partidos.
Previene que, al salir airosos del combate contra la pandemia, la sociedad francesa tendrá que vivir y pensar de otra manera. Un mundo está muriendo; otro está pariendo algo nuevo e indefinido. El Presidente Macron asegura que Francia estará presente en la mesa de los vencedores y que con sus aliados europeos se construirá un nuevo mundo. Ad Augusta per Angusta.
Nos escriben… Mensaje de María Dolores-Jaramillo (Bogotá, 16.II.2020)
“CER: Me gustó tu importante trabajo [Revista Aleph No. 192; pp. 29-49]. Un homenaje y recordatorio afectuoso de Charry Lara. / Tendría varios comentarios:
- En Rubén Darío hay mucho preciosismo. Tendríamos que pensar que era propio de modernistas y parnasianos. Era el patrón y la moda. Y tendríamos que poder resolver si nos gusta o no nos gusta.
- Mencionas los nexos poéticos de Silva y Darío. Y las relaciones que viste señaladas en Charry Lara. En mi trabajo de lectura e investigación en la U.N., busqué lo contrario: deslindar a Silva de Darío. Me pareció que Gotas amargas contiene un poema antirubendaríaco que basta para comprender que los modelos estéticos y escritores admirados por Silva fueron otros. Que esa relación repetida, y convencional, no fue cierta.
- Me gustó la respuesta de Charry-Lara, en la entrevista, sobre la poesía de Vallejo. Es muy comprensiva.
- Coincido con tu lista de críticos destacados, salvo en dos casos. William Ospina y Rafael Gutiérrez-Girardot. En ambos veo un deseo de demostración exagerada de erudición y cultura que me parece que colinda con la impostura. Tienen muchos aspectos cuestionables.
- Me gustó mucho escuchar/recordar las breves palabras de Charry a través de tu evocación: poesía es capacidad de «revelación y comunicación». Revelación y pensamiento. Y ampliación de múltiples sentidos.
- Me gusta mucho Cernuda. Coincido con Charry-Lara en esa apreciación. Me gusta en su poesía la lucha del deseo. La intensidad de los poemas del amor homosexual…Lo relacioné alguna vez con la poesía de Amílcar Osorio. Comparten la profundidad y apertura en las miradas del deseo, que fue un tema tan prohibido.
- Me gustó tu análisis de la poesía de Charry-Lara, pág. 43.
Muchas gracias. Agradezco mucho tu energía y trabajo con la revista. Buena noche.