París espacio (des)humanizante en «El buen salvaje»
Si admitimos que la modernidad en el contexto histórico-social y cultural es una ruptura radical con el pasado, en donde prima el cambio, la transformación y la mutabilidad; el desplazamiento, el viaje, sería una de las prácticas que más se aproxima a esta experiencia. Es sabido que numerosos escritores latinoamericanos del siglo XX en general, y en el caso particular de Eduardo Caballero Calderón, estuvieron expuestos al desplazamiento, a migraciones o exilios, y en consecuencia a desenvolverse en ámbitos cosmopolitas. Dentro de esta perspectiva surge con un perfil singular la novela de Caballero Calderón, El Buen Salvaje (ganadora del premio Nadal 1965), haciéndose partícipe de la modernidad literaria. Para confirmar esta hipótesis, hay que hacer una lectura desprevenida de esta novela en la que la experiencia de extraterritorialidad, voluntaria o no, marca un claro contraste con el referente de la sociedad tradicional de Colombia, a veces arcaica y conservadora y, patriciamente provinciana.

E.C.C. por Pilar González-Gómez
Por lo tanto, sería importante balancear el saldo que ha dejado la historiografía nacional, ante la ausencia de trabajos sobre las razones de los viajes de estos escritores, sus experiencias en el ámbito europeo, el ambiente intelectual y motivos políticos o sociales que los llevó a emprender esos viajes de búsqueda que, en muchos casos, se convirtieron en viajes definitivos o en referentes ineludibles. Así que, más estudios sobre la obra de Eduardo Caballero Calderón ameritan espacio.
A contracorriente de la interpretación selectiva y excluyente de la crítica literaria, es notable, por ejemplo, el enriquecimiento cultural que se gesta en El Buen Salvaje de una estética cosmopolita. Ésta se complementa con el prerrecorrido crítico al mundo europeo que habían trazado otros escritores latinoamericanos. Muestra de esa visión crítica de Europa se encuentra en textos como: las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, De Sobremesa de José Asunción Silva, El diario de viaje a París de Horacio Quiroga, lo cual permite puntualizar que estos antecedentes literarios constituyen el amplio marco en el que merece situarse El Buen Salvaje de Caballero Calderón. Y desde esta perspectiva es que se nos posibilita darle vuelta al lente para observar en la vivencia del desplazamiento latinoamericano: una razón, una ida, una vuelta, un final o un registro textual; a pesar de los retos que ofrece la tarea de clasificar un significativo corpus literario, como se observa en la bibliografía de Antonio Regales Serna. Sinembargo, hay que subrayar que desde el mismo título de la novela de Caballero Calderón El Buen Salvaje se nos advierte una posible (re)visita a la mirada con la que Europa miró a América. Esto es, el lugar de los sueños ajenos, donde nacía el hombre bueno (idea que encontró su mayor desarrollo con Rousseau), donde no había jerarquías y tanto hombres como mujeres andaban desnudos. Esa mirada se perpetuó como un retrato original y se enraizó en la mentalidad de Europa, pero de igual manera se ha internalizado en nuestras sociedades al endilgarle frecuentemente clasificaciones exóticas a la realidad: “mágica o maravillosa”, que son propias del arte plástico o literario. Este modo de medir, o definir, la realidad hispanoamericana ha eclipsado notablemente la discusión sobre la problemática de nuestra identidad; aunque este perfil y sentido de percepción se replantea en novelas como la de Caballero Calderón y la mirada del “buen salvaje” de Rousseau se revierte. Pues porque a través de la literatura se intenta construir una identidad nacional estableciendo referencias, y diferencias, entre el lado de allá y del lado de acá, y poniendo orden a las confusas percepciones sobre la calidad humana y pensante del ser hispanoamericano.
Por su parte, esa mirada en El Buen Salvaje registra un intento de dar otra interpretación cohesionada con obras de distintas épocas, y en este caso, hace ineludible su proximidad con la novela De Sobremesa en la que el desplazamiento y la imagen de una Europa poco difundida fueron parte fundamental del imaginario. En la novela de José Asunción Silva el desplazamiento real, o ficcional, de sus personajes es piedra angular de su contemporaneidad, que lo llevó a definir el papel del artista latinoamericano en general, y colombiano en particular, para erigirse sin complejos como ciudadano del mundo. En El Buen Salvaje el protagonista central (estudiante-escritor sin nombre) se repliega como el José Fernández de Silva en el mundo de la imaginación a fin de encontrar posibles respuestas a sus pretensiones de estirpe distinguida hispanoamericana, a sus divagaciones como creador-escritor, y el sentido de su existencia ante el entorno deshumanizado. Tanto Silva como Caballero Calderón tienen en común la manera de imprimir nuevas significaciones a lo que se pudiera denominar “el grand tour” que suponía alcanzar la madurez, tener la capacidad de enfrentarse a la cultura “paterna europea” críticamente y poner a prueba el aprendizaje alcanzado practicado por los letrados europeos desde el siglo XVIII. Si, como señala Edward Said “la fuerza cultural” ha permitido a Occidente desplegar una geografía imaginaria sobre el mundo, los latinoamericanos han diseñado un mapa propio que revela un lugar de enunciación diferenciado. Y como hemos anotado, líneas arriba, Caballero Calderón en El Buen Salvaje al (re)tomar el legado de Silva se inscribe en este mapa que le da continuidad a la visión crítica de Europa. Y el punto de encuentro de estas dos visiones críticas se da justamente en el espacio parisino. La ciudad de las luces ocupa un lugar central en los dos textos, y como tal sobresale el aspecto novedoso porque en ese espacio urbano es en el que se han registrado significativas transformaciones histórico-culturales y dialécticas entre la tradición y la modernidad.
Los excesos parisinos, los sueños de artista y la interiorización de los detalles del viaje (sentimental) del José Fernández de Silva están reunidos en forma de diario, o de epístola, siguiendo los modelos de Maria Bashkirtseff, e incluso desde otro estilo Las Cartas literarias a una mujer de Gustavo Adolfo Bécquer. En el caso de El Buen Salvaje la novela está dividida en una serie de catorce cuadernos de notas como los intitula Caballero Calderón, y el protagonista (estudiante universitario-escritor-sin nombre) va esbozando en primera persona sus ideas para la construcción de su novela; intercala reflexiones en la que mezcla su desazón ante la escasez monetaria y su sensación de vacuidad. Diario, o cuaderno de notas, fue la estructura escogida por Caballero y Silva como punto de partida para la realización de su objetivo estético: la escritura.
Ahora, al leer la novela de Caballero Calderón no con lentes de exégeta literario sino de geógrafo urbano es ineludible no reconocer que ésta es una experiencia de lectura maravillosa. Caballero Calderón con singular manejo de una prosa tersa nos recuerda a La Comedia Humana de Balzac, en el que París se nos revela en un conjunto de objetos, en una traza cartográfica social e histórica inconfundible que de otra manera pudiera haber quedado relegada a breves resúmenes en las guías turísticas. En esta descripción espacial, Caballero Calderón nos va delineando pasajes que reflejan los avatares de la vida urbana y a su vez nos (re)presenta las fuerzas sociales omnipresentes dentro de una burbuja en la que se inserta la sociedad burguesa. Todo en su conjunto nos pinta unas clases sociales aparentemente felices e inescrupulosas en su búsqueda del placer –reducida a los vicios y a la fornicación. La felicidad se percibe y se construye en contraste con todo lo que no es, y de esta manera se organiza una serie de oposiciones entre el individuo y la sociedad. De tal forma la felicidad aparece artificial, inauténtica, en un ambiente colectivo donde prima el egoísmo, característica singular de las sociedades individualistas. Y es así como el protagonista (sin nombre) en El Buen Salvaje exterioriza su sentir: “-Otro error tuyo consiste en creer que el hombre puede concebir la felicidad en términos colectivos: como un catorce de julio con fuegos artificiales, organillos que cantan a la orilla del Sena y banderas de colores. Y tú sabes que no hay paraísos colectivos; hasta los paraísos artificiales son individuales…” Y en una de sus tantas miradas, el protagonista no desaprovecha ocasión para describir cómo la ciudad de las luces va deshumanizando a cuanto ser humano la habite: “París me había despojado de afectos innecesarios, de ideas paralizantes, de juicios prematuros, pero también de humanidad y caridad” Además, concibe la ciudad como un espacio de tensiones insalubres donde se sufre y se enferma porque los espacios urbanos son la causa de estos malestares: “para muchas personas París es una enfermedad, y tú has estado muy enfermo”. Es indiscutible, según nuestra lectura, que estas descripciones del espacio parisino están dotadas de una fuerza incontrolable que somete al sujeto.
Las imágenes de calles y pasajes se describen y cambian de acuerdo con las sensaciones del protagonista: a algunas les otorga un carácter olfativo, a otras de temor o regodeo dependiendo de donde se ubique su mirada: “Yo soy una conciencia olfativa que se pasea por las calles, (…) Cuando me moría de hambre, lo que más me atraía al pasar a lo largo de las fruterías o las pastelerías, o delante de los restaurantes y los bistrots, no era la vista de ciertas cosas sino su aroma”. Sus personajes igual cambian de actitud si se encuentran en la zona de Saint Germain, o a la vuelta del Palacio Real, donde se alude a la prostitución no necesariamente a la practicada por mujeres sino a la manera como se vende la clase política o diplomática. Del mismo modo se puede apreciar que el recorrido por la ciudad influye los pensamientos y estados emotivos del protagonista. Es una especie de psicogeografía que se presenta de manera multiforme, heterogénea, y llama la atención cómo describe a los transeúntes que desfilan a la par de sus andanzas:
¿Con qué objeto este absurdo derroche de fealdades originales que hace la naturaleza en esta época gregaria? (…) Rostros escandalosos y repugnantes, pletóricos de comida y de vino. Rostros arrugados, enjalbegados, pintarrajeados, proyectados hacia delante por una nariz en forma de proa de góndola o castillo de carabela. El amorfo y horrible amontonamiento de personas se integra y desintegra, se coagula y se liquida, (…) se arrastra por los túneles convertido en un molusco monstruoso (…) y dentro de esa masa viscosa de modelos individual y originalmente feos, ni un solo rostro amable, ni una sola sonrisa, ni un solo amigo, ni un solo ser humano.
Todo esto trasmite al lector la mirada crítica de Caballero Calderón de esa sociedad amorfa y deshumanizada. Mirada que se equipara con el deambular solitario del flâneur de Baudelaire, de ese observador anónimo que mantiene su distancia, retirado en su propio mundo, de donde surgen descripciones críticas que parecen pinceladas borrosas: “Es uno de los barrios más tristes de París: un comercio de pacotilla, unos bistrots sin carácter, unas feas estaciones de gasolina y unos edificios pretenciosos que no logran alegrar y ennoblecer las calles”. Esta parte de la ciudad está, por cierto, marcada por una sensación de desazón y poblada de construcciones mezcladas con rasgos locales y universalistas.
Por otra parte, es llamativo observar la manera cómo Caballero Calderón nos transporta a la tradición picaresca en el seno de la moderna París, puesto que en una de las búsquedas temáticas del personaje-sin nombre, para escribir su novela, escoge el perfil del pícaro y el caballero: figuras emblemáticas de nuestra tradición literaria. Y en efecto, ese parentesco con la novela picaresca es notable por la voz que narra en primera persona, con un sentido autobiográfico, de modo que no siempre sabemos cuándo el protagonista de El Buen Salvaje habla por experiencia personal, o si retrata individuos o acontecimientos que conoció en las peripecias de su existencia. La vida de la Europa medieval no se había eclipsado totalmente en el siglo XX, pues todavía era visible el contraste de grandeza monárquica y miseria social. Y la supervivencia en un medio lleno de limitaciones económicas y de sueños de gloria, aún seguía conllevando un duro forcejeo por el diario vivir. De ahí que cabe recordar, entonces, que cuando el conquistador y el colonizador vienen a América, quieren continuar en lo posible el estilo de vida de la metrópoli; traen los delirios de grandeza y los sueños de gloria, desean reproducir lo que consideraban bello y noble en el Viejo continente. El hombre que luchaba por encontrar sitio en aquella sociedad abigarrada necesitaba vencer dificultades y obstáculos. Así que la mirada del protagonista, ya en el ámbito literario de El Buen Salvaje, retrata la sociedad parisina de la década de 1960 y señala sus males con gracia y soltura.
Ahora, la sucesión caleidoscópica de escenas y pasajes descriptivos, agudos, vividos con variedad de personajes, que vamos encontrando en el transcurso de la novela hasta llegar a la configuración de una semblanza de la sociedad, corroboran su correspondencia con la novela picaresca en el que hay un intento general de proveernos información sobre el carácter social del estudiante, del foráneo moralista, o del escritor agudo y brillante. Ciertamente las descripciones que plasma el personaje-sin nombre abarcan una parte representativa de la acción de la novela de Caballero Calderón, pero al aceptarlas como totalidad reduciría otros elementos y rasgos que subyacen en el texto. De todos modos, el vínculo con la Edad Media, coloca al personaje-sin nombre en sintonía con un compendio de tipos medievales: el peregrino, el aventurero y bohemio y esto le da un rasgo peculiar del estilo medieval: o con más exactitud de la alegoría dentro de la alegoría. Al crear esta doble perspectiva, Caballero Calderón ha dibujado desde el intelectual, y la construcción artística de la Edad Media, hasta los comentarios sobre el mundo contemporáneo combinándolos y reforzando la estructura del pensamiento medieval a los contextos de la realidad moderna. Y en consecuencia, el personaje-sin nombre se nos perfila con una imagen grotesca del antihéroe, quien nos habla como pícaro, aventurero, mendigo, peregrino que irónicamente sigue secretamente la vida de otros personajes con la idea de rescatarlos y salvarlos, cuando su diaria existencia es imprescindible y siempre está en peligro. Su versión es una especie de consolación para la edad moderna.
El humor en El Buen Salvaje, y existe en abundancia, deriva del panorama de incongruencias entre la acción y las expectativas a través del cual Caballero Calderón permea la novela. Caballero Calderón pone en escena la naturaleza idiosincrática del personaje-sin nombre y su perspectiva del entorno y la balancea equitativamente con la perspectiva cronométrica de un lector moderno: “Mi arbitrio horario de comidas contribuye a esta desintegración de mis percepciones cronológicas”. Elementos éstos que claramente se ajustan a la definición clásica de ironía, y de ahí se suscitan incongruencias que inevitablemente resultan en desencuentro de dos puntos de vista del mundo mutuamente exclusivas, y que coexisten simultáneamente en la novela. De esta manera, el enfoque del personaje central basado en esta perspectiva dual pareciera generar simpatía y empatía en los lectores por sus acciones; y éstas dependería en gran medida si se lee con ojos de crítico medievalista o literalmente como lector contemporáneo. A efectos normales, al menos como lector moderno, el personaje-sin nombre no es fácil de expresarle afecto o empatía. Es un tanto arribista, egoísta, inseguro, soñador desesperado que actúa según sus sueños y quien busca protectores a cada día y con quien se tropiece en el camino. Para un medievalista, al menos guiándose por la tradición alegórica, él es aventurero/pícaro, y quizás mentiroso y presuntuoso:
Recordaba esos datos sobre mi filiación: Mi padre, un cafetero millonario que viajaba frecuentemente a los Estados Unidos como gobernador del Banco Mundial. Murió hace seis meses y yo tengo urgente necesidad de regresar para arreglar asuntos relacionados con la herencia. Mi abuela es una gran señora, caprichosa y desde niña acostumbrada a que la mime el mundo entero. Sólo tiene una preocupación en la vida: que yo sea un personaje importante en la vida.
En la práctica literaria, estos personajes han sobrevivido tradicionalmente por sus dotes de pícaros/mentirosos. Por lo tanto, el protagonista sirve a dos tradiciones en la novela: ficcional como representación real de la persona y metafóricamente como héroe alegórico. En este nivel, metafóricamente hablando, el personaje pudiera convertirse más que en una parodia, más que un pícaro, en una figura grotesca; él se convierte en la encarnación del conflicto entre la realidad pragmática del mundo contemporáneo y el místico medieval. En este sentido, es que podemos percibir el nivel interno de la alegoría, del protagonista, dentro de la mítica París, quien en calidad de pícaro aspira valer en territorio ajeno. Esto puede generar asombro por la ambigüedad de la picaresca. Sinembargo, la respuesta del contexto nos aclara que esta aspiración de valer del protagonista de El Buen Salvaje es motivado por dos fuerzas: mientras el europeo, o el parisino más concretamente, se enorgullece de su trasfondo histórico el buen salvaje hispanoamericano se enorgullece de saberse crítico y humano.