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Por una política de la ciudad en el siglo XXI

La reflexión sobre el devenir de la humanidad en el curso del siglo XXI no puede dejar de considerar el fenómeno generalizado de urbanización que, según las previsiones actuales, corre el riesgo de acrecentar la población en un ochenta por ciento más que en los decenios pasados. Lo que, a su vez, significa el abandono del campo y la agricultura y una elevación industrial masiva y extensiva, con lo cual pueden comprenderse desde ya sus consecuencias nocivas. Esto quiere decir que el gran problema de la urbanización, cuando la gran mayoría de la humanidad esté urbanizada, es inseparable del problema de los campos, siendo evidente que el mundo rural es el que nutre nuestras ciudades.

¿Cómo considerar que un mundo rural, extremadamente estrecho demográficamente, puede nutrir un tejido urbano enorme, cuando la tendencia a la urbanización no solamente amplía la cantidad de ciudades, sino que además crea suburbios, arrabales, poblados en las afueras, guetos, barrios de invasión? Este proceso crea también nuevos tipos de ciudad, como el caso de la megalópolis, donde las cifras de habitantes sobrepasan la decena de millones. Por un lado, existe la megalópolis en tanto que enorme aglomeración; y, por el otro, los tejidos urbanos que continúan sobre centenas de kilómetros, como ocurre entre Tokyo y Osaka. He ahí un ejemplo de la doble tendencia de la globalización actual. Si esta tendencia continúa, los problemas urbanos que conocemos se ampliarán: el transporte, por ejemplo —pero en muchos más aspectos que el del transporte—.

Muchas megalópolis carecen de una red de transporte público no contaminante y eficaz. En estas condiciones, se encuentra un sistema de transporte en microbús contaminante y obsoleto, al mismo tiempo que estas megalópolis se asfixian por el uso abusivo de automóviles privados. De donde se desprenden problemas de salud pública ligados a la polución del aire por las partículas tóxicas de carbono, el ruido y el estrés múltiple de una vida urbana deshumanizada.

 

Como hemos visto, la ciudad ha experimentado un gran número de cambios en el transcurso de los últimos cinco mil años; y no cabe duda de que le estén reservados nuevos cambios. Pero las innovaciones que se necesitan urgentemente no consisten en la extensión y el perfeccionamiento del equipo físico; menos aún en la multiplicación de las invenciones electrónicas automáticas para dispersar los órganos subsiguientes de la cultura en un polvo suburbano informe. Al contrario, solo se obtendrán avances importantes si se aplican el arte y el pensamiento a los intereses humanos centrales de la ciudad, con una nueva devoción por los procesos cósmicos y ecológicos que abarcan a todos los seres. Debemos devolver a la ciudad las funciones maternales y protectoras de la vida, las actividades autónomas y las asociaciones simbióticas que desde hace largo tiempo han quedado descuidadas o suprimidas. Pues la ciudad debe ser un órgano de amor, y la mejor economía de las ciudades consiste en el cultivo de los hombres. (Lewis Mumford, historiador, sociólogo, filósofo de la tecnociencia y urbanista estadounidense)

Aquí surge una reflexión “ecologista”, cuya necesidad se manifestará después de algunos decenios. Es necesario pensar en una ciudad ecológica cuyas fuentes de energía no sean contaminantes, privilegien el transporte público y colectivo, y contengan amplias zonas peatonales urbanas. También podría haber barrios ecológicos y, como en los proyectos de ciudad en transición, horticultura sobre los techos de las viviendas o en los jardines públicos. Yo no diría como el humorista, quien por evitar las fallas de las ciudades declaraba que se debía “meter las ciudades en el campo”; yo diría que hoy en día nos es necesario traer el campo a la ciudad. Sin embargo, todo esto es insuficiente. Si existe un cultivo de horticultura en el interior, incluso en el exterior de las megalópolis, estas no sufrirían más por la alimentación.

Al mismo tiempo, ya que la tendencia actual es a la segregación, el problema de la humanización de las ciudades se sitúa en el aislamiento de los individuos según sus categorías socio-económicas y culturales, y también según sus orígenes raciales; así que en las ciudades antiguas, la diversidad de población alojada en los mismos barrios mantenía una mixtura social. La polarización se incrementa, por un lado, entre los barrios ricos, vigilados por milicias privadas; y, por otro, los barrios pobres, a veces en el centro de las ciudades como en San Diego o en las periferias como en Río de Janeiro o Medellín. Allí se encuentran concentrados todos los problemas vitales y mortales de la degradación urbana —falta de agua potable y de tratamiento de las aguas usadas, desempleo, delincuencia, marginalidad.

Allí se concentran poblaciones rechazadas por la ciudad aburguesada, quienes le devuelven a esta borbotones de exclusión del sistema y de las instituciones citadinas. La marginalización y la exclusión llevan a la desintegración de los lazos sociales.

A aquello se unen todos los efectos perversos ligados a los desplazamientos alternantes “lugar de residencia/lugar de trabajo”, así como una dinámica de competitividad globalizada que rarifica el trabajo, intensifica el desempleo y, por consiguiente, se observa cada vez más dificultad en la vida cotidiana de las poblaciones más desprovistas en las grandes ciudades, en los países del Norte en general y del Sur en particular, ya que en estos hay una pobreza más numerosa.

De resto, estas poblaciones desfavorecidas son nutridas con una comida proveniente de la agricultura industrial que al esterilizar los suelos demanda cada vez más productos químicos para producir, acabando con fauna y flora por los pesticidas. Se añaden, por otro lado, las manipulaciones genéticas de organismos para volver rentable la producción, conduciendo así a riesgos graves de salud pública, como aquella de la “vaca loca”.

Hoy en día conocemos fuentes científicas verificadas que prueban que la agricultura industrializada y masiva genera productos de débil calidad nutritiva y gustativa, estandarizados y portadores de los residuos químicos dañinos, provenientes de los pesticidas y de los antibióticos utilizados para cultivar millones de hectáreas de cereales, o en la crianza de millones de aves, bovinos y porcinos. Cuando a esto se le añade que los productos de la agricultura industrial están condicionados por el transporte y la conservación necesarios para la puesta en circulación destinada a millones de personas en las megalópolis, y que por esta condición es necesario igualmente utilizar productos químicos de conservación, incluso coloración artificial, el bucle parece ahora enredado, donde los perjuicios de la agricultura-crianza industrializada provoca los daños en el consumo alimentario urbano, daño que se hacen los unos a los otros.

Todo esto quiere decir, entonces, que hoy no se puede pensar una política urbana sin pensar una política rural. La una está intrínsecamente ligada a la otra. La cuestión fundamental es saber si se puede invertir en un tiempo razonable el curso de las cosas, para evitar la desertificación demográfica y la degradación nutritiva del campo, así como la hipertrofia de las ciudades. Yo pienso que esto es posible. París indica que los flujos centrífugos se han vuelto más importantes que los flujos centrípetos. ¿Cuáles son entonces las posibilidades de ruralización? Hay cada vez más jóvenes que, convencidos de las virtudes de la agro-ecología, es decir, de los beneficios de la comida biológica, de la horticultura y de los cultivos interiores, se instalan en el campo en diversas regiones de Francia, por ejemplo. También hay un gran número de pensionados que prefieren dejar la gran ciudad e instalarse en el campo, donde pueden encontrar viviendas menos onerosas, un ritmo de vida más tranquilo y ejercer actividades de horticultura o jardinería.

Por otro lado, existe la evolución de las condiciones de trabajo en las grandes ciudades que permite, con la generalización del teletrabajo y las TIC, que un gran hombre de negocios pueda a la vez trabajar y vivir en el campo. Encontramos, entonces, contra-tendencias, algunas minoritarias y débiles todavía, pero que desde mi punto de vista deberán reforzarse, alentarse y ayudarles.

Sinembargo, hay intereses industriales considerables que se oponen al retorno de la agricultura-crianza. Tomaré el ejemplo de Francia, el cual me parece particularmente interesante. Lo que bloquea un regreso a la agricultura y a la crianza al estilo de la granja —también llamado “agricultura razonable” —, lo que impide el desarrollo de la agro-ecología como la reforestación que permite el retorno al desarrollo de árboles muy nutritivos —castaños, árboles de nueces, es decir, árboles de regiones templadas— es el sindicato, el cual reúne a los grandes explotadores agrícolas y al que el Estado beneficia con grandes subvenciones provenientes de la Unión Europea. Estas subvenciones permiten las producciones industrializadas masivas, las cuales desbordan en dirección a los países del Sur, provocando un efecto perverso, ya que la mayoría de trigo europeo exportado hacia África a precios bajos, cuando hay subvenciones del Estado, es más barato que la producción local. La concurrencia local se ve entonces frustrada; entre tanto, el trigo de las multinacionales asfixia el desarrollo de una agricultura alimenticia propia.

A esto se debe añadir un fenómeno de una extrema perversidad y maldad. Los grandes capitales, provenientes de China, Estados Unidos o Europa, se especializan ahora en la adquisición de grandes extensiones de tierras en los países del Sur, sobre todo en África —generalmente los territorios más fértiles— y con la complicidad de las administraciones más o menos corruptas de los Estados en estas regiones. Estas tierras se utilizan para la agricultura o la crianza industrializada, destinadas a la explotación. Este fenómeno aumenta la dificultad de que los Estados tengan una política agrícola y, por ende, rural y urbana, razonable y complementaria, que privilegie el desarrollo local y diversificado de los productos, y tenga en cuenta las culturas y las tradiciones de todos los países. Aquello incrementa la migración rural a los barrios de invasión, el gigantismo urbano, la miseria. No nos olvidemos de que el mundo urbano del Norte, vía la explotación económica, acrecienta la deserción rural del Sur, el gigantismo urbano del Sur, la dependencia alimentaria del Sur.

En consecuencia, concerniente al problema urbano tenemos una relación de dependencia recíproca entre la vida urbana y la rural. Esta dependencia se complica hasta un punto crítico, incluso nocivo, y apela a la necesidad de una doble regeneración: una de la vida rural, otra de la vida urbana.

De la especulación

En lo que concierne al mundo en general y, específicamente, a la ciudad, el capital financiero junto con la especulación financiera agravan todos los problemas. ¿Qué lugar deben ocupar las finanzas en un capitalismo globalizado? ¿Cómo hacer que la especulación no provoque una alteración y una degradación en las viviendas urbana y rural? Nosotros vemos ese problema en el fenómeno de especulación de compras y ventas de cereales. Asistimos a situaciones aberrantes, en las que se retienen los productos en detrimento de la seguridad alimenticia de las poblaciones —evidentemente, las de los países más despojados o de las regiones que hayan sufrido catástrofes naturales—, a fin de aumentar la especulación en el juego de la oferta y la demanda de los beneficios suplementarios. Las finanzas se unen a la especulación para aprovechar, de manera innoble, y amenazar constantemente la gobernaza y la regulación de la vida urbana y rural.

Por tanto, hay dos problemas que es necesario abordar con las articulaciones de un pensamiento complejo: la gobernanza urbana y la gobernanza rural, intrínsecamente ligadas, que necesitan una política de ensamble para la humanidad. Esto es lo que debemos pensar desde hoy para realizarlo lo más pronto posible.

La historia de la mayoría de las ciudades modernas está ligada a una dinámica de creación anárquica muy interesante —excepto las ciudades fortificadas—; de resto, esta anarquía tendría un valor estético en su dimensión poética o creativa. Hoy, la anarquía estética está relevada por la especulación inmobiliaria que busca el mayor beneficio, sin tener en cuenta las verdaderas necesidades de los habitantes.

Yo subrayo que la especulación inmobiliaria ha provocado la destrucción de los lazos sociales y de los tejidos naturales de convivencia y solidaridad urbanas en los barrios antiguos, donde el intercambio social y diverso hacía un crisol creativo de relaciones humanas. La calidad de viviendas suburbanas igualmente se degradó por la especulación inmobiliaria, la cual condujo a una arquitectura uniforme e industrializada de grandes conjuntos en la periferia de las ciudades.

Se puede constatar el error de uno de los más grandes arquitectos de la historia urbana. En Francia, Le Corbusier fue el promotor de lo que se llamaba una “ciudad radiante”, es decir, un gran edificio que contenía todos los servicios de la ciudad en sí mismo; una “calle interior”, entre pisos con boutiques y restaurantes, y con una escuela y parques para niños sobre el techo del edificio. ¿Pero acaso Le Corbusier no comprendió —tampoco su genial discípulo Niemeyer en la construcción de Brasilia— que una ciudad necesita calles, y que las calles necesitan cafés, comercios, especialmente pequeños comercios, que generen convivencia? Cuando vamos a un supermercado, escogemos de un estante entre cantidades de productos y precios, luego pagamos en una caja automática: es el reino del anonimato. Uno puede hacer sus compras sin dirigirle una sola vez la palabra a nadie, salvo para quejarse de que tal o cual producto no está en el estante, es muy costoso o está averiado. En Brasilia encontramos enormes piezas arquitectónicas, grandes espacios verdes, inmensas avenidas, pero nada de vida peatonal ni convivencia. La vida urbana se ha refugiado en la periferia de Brasilia. De todos modos, hace varios años que estuve allí. Puede que desde entonces un nuevo tipo de vida urbana haya emergido en algunos sectores de Brasilia. El único éxito arquitectónico de Niemeyer ha sido los edificios públicos, pero un tipo de frío lunar los envuelve en pleno país del sur ecuatorial.

Es necesario, entonces, pensar en calle cuando se piense en ciudad. No puede haber únicamente espacios verdes en una ciudad, es necesaria la agitación de la calle, su dimensión peatonal, curiosa, comercial, claves básicas para un tejido vital urbano. Donde se ha logrado una política urbana basada en la revitalización de los centros urbanos con base en calles diseñadas para al servicio de la diversidad de culturas de los peatones, la vida social urbana ha renacido y las relaciones humanas se han reconstituido. Es necesario restablecer la convivencia urbana. El ejemplo de París, que ha recuperado el estado de las calles al borde del Sena para hacer playas, parques para niños y lugares para picnic, es interesante.

La cortesía y la convivencia no son epifenómenos psicosociales en la vida de los individuos; ellas contienen el reconocimiento de la alteridad y de la personalidad de otros. “Buenos días, buenas noches, señor, señora”, esto quiere decir que el otro existe. La necesidad de reconocimiento y de respeto es una de los requerimientos psicológicos y sociales fundamentales del ser humano, y piedra angular de la convivencia urbana.

Nosotros estamos en presencia de la necesidad de una humanización de las ciudades que pasa por diferentes vías. La primordial es la de la gobernanza urbana. En el presente, los planes de urbanización están condicionados por las relaciones de fuerza y de interés de la especulación inmobiliaria de la economía liberal, que tiene únicamente necesidad de algunas autorizaciones, generalmente obtenidas según el grado de corrupción de las administraciones, mediante comisiones ocultas, en nombre de autoridades municipales con cualidades tan diversas en la gestión como en la imaginación.

La complejidad de los problemas urbanos engloba todas las dimensiones de la vida humana, personal, económica, demográfica, social, etc. Por consiguiente, es necesario promover una nueva gobernanza urbana, incluyente y participativa, que implique la representatividad de las autoridades municipales elegidas, las del gobierno nacional, las de profesionales cualificados —historiadores, arquitectos, urbanistas, sociólogos, psicólogos y otros—, que den muestra de la diversidad de edad, género y profesión; también los desempleados deben incluirse.

Así que es necesario crear nuevos consejos de gobierno urbano donde sus diferentes representantes pensarán la Ciudad y elaborarán una “buena” gobernanza. Es remarcable que la ciudad muy pocas veces ha sido objeto de reflexión y de pensamiento interdisciplinario y transdisciplinario. En el pasado ha habido algunos esfuerzos por llamar la atención de compradores y políticos sobre la importancia de la Ciudad como objeto sobre el que necesita reflexionarse, para poder elaborar una política urbana fundamentada como lo fueron los trabajos de Henri Lefebvre. Posteriormente, hay un cierto número de trabajos y reflexiones importantes sobre la ciudad de lo cual sería necesario hacer la síntesis. La Ciudad, como categoría de pensamiento global, por fin comienza a pensarse en su complejidad —ver trabajo de Thierry Paquot y otros[1]—. Ya es necesario atravesar los objetos y las categorías de diferentes disciplinas respondiendo al estudio de factores demográficos, políticos, humanos, psicológicos, económicos, de ocio, de educación, de diversas confesiones, porque todo está mezclado en la Ciudad.

En la historia de la ciudad hubo dos nociones surgidas en el siglo XIX: la ciudad luz y la ciudad en expansión. La primera, ciudad-libertad-ocio, atraía a los habitantes de ciudades pequeñas, donde no había los lugares de ocio de las grandes ciudades —café, teatros, etc. —. Para los campesinos, vivir en una ciudad significaba la libertad y escapar de la mirada escrutadora de los vecinos. La ciudad inspiraba una especie de libertad para los jóvenes del campo, deseosos de escapar de un porvenir similar al de sus padres. Mucho más que la ciudad-anonimato, estaba la ciudad-libertad, junto a un aumento de posibilidades de lugares culturales, lo que significaba una relativa disminución del tiempo de trabajo y el aumento de encuentros diversos en pro del ocio dominical, mientras en el campo el domingo se debía alimentar a las animales. Con la llegada de los campesinos de diferentes regiones se desarrollaron los barrios; por ejemplo, en París el barrio de los bretones en Montparnasse tiene su identidad propia, y así sucesivamente. En los edificios se daba una convivencia popular, se podía intercambiar la sal, la mantequilla, el jabón, tener crédito en las pequeñas tiendas. Una especie de solidaridad provincial se transportó a la ciudad.

En oposición al concepto de ciudad-libertad-ocio, estaba el de la ciudad en expansión: esa del anonimato, la soledad, el malhumor, donde la solidaridad y el nombre familiar prácticamente desaparecen, y los ancianos son llevados a casas de reposo y considerados una carga inútil. Se multiplican las situaciones de angustia humana y de soledad. Esto explica por qué yo había propuesto hace mucho tiempo la creación de casas de solidaridad en los barrios de las ciudades medianas y grandes, pues muchas necesidades humanas no se ven satisfechas por los socorristas ni por los hospitales. Y la viabilidad está demostrada: hay poblaciones frágiles y expuestas, como los toxicómanos. Por eso me sorprendieron las iniciativas tomadas en California en los años setenta: algunos voluntarios instalaron unos “centros de crisis” que recogían jóvenes, enfermos, víctimas de una sobredosis, para que estuvieran resguardados y la policía no los detuviera. Lugares de acogida, de solidaridad y de convivencia. Pienso que las autoridades políticas deberían crear un servicio cívico de solidaridad, con el fin de restablecer la solidaridad en el seno de la vida urbana. Recuerdo que en los tiempos de mi infancia en el barrio de Ménilmontant, los vecinos no paraban de hablar, se invitaban a fiestas, se regalaban lo que hiciera falta en sus casas, sal, azúcar, aceite, pan, etc.; en fin, había una solidaridad simple. La residencia, la calle, el barrio eran lugares de intercambio constante y de convivencia urbana.

Hace algunos años me sorprendió un documental filmado en las calles de Bogotá. Una cámara gravaba a un hombre extendido en la acera. No se sabía si estaba dormido o muerto. Ningún peatón se acercaba. Yo me decía: “¡Mira! ¡Esto no pasa en París!” Ahora bien, esto es lo que hoy vemos en París sin que nadie se conmueva. La gente piensa que es la policía quien debe ocuparse de ello. Hay una crisis de solidaridad hoy que se generaliza por todo el mundo.

Asimismo, hay una cuestión ética. También es necesario volver a las dos fuentes fundamentales de la ética, la Solidaridad y la Responsabilidad. ¿Por qué estas fuentes se han degradado en la civilización urbana de nuestros días, un poco menos en el campo lugareño? Se han degradado porque el individualismo, que tiene virtudes incontestables, especialmente en la autonomía relacionada con las propias decisiones, tiene también sus vicios, como el egoísmo y el egocentrismo. Los vicios del individualismo se agravan por las fragmentaciones en la mayor parte de los trabajos industrializados, donde cada uno es responsable únicamente de su parte y pierde responsabilidad con el conjunto del que hace parte su fragmento. Esto lo vemos en las oficinas de administración, donde todos se sienten responsables únicamente de su sector. Es necesario pensar en la recuperación de la responsabilidad general, la cual necesita un poco de conciencia y que, evidentemente, se aprende con la educación. No bastará con introducir en la política urbana la enseñanza de una moral cívica abstracta, menos si esta surge de la cultura general.

No es suficiente una moral para el buen vivir juntos, para ser un buen ciudadano y para hacer el bien. Es necesario analizar los problemas concretos de degradación urbana y humana, usando eso que yo llamé “política de civilización”. Es decir, una política que conoce los aspectos negativos del progreso, de la técnica, de la civilización contemporánea; y que desarrolla dispositivos para conservar los aspectos positivos de esta civilización. Es necesaria una “política de civilización urbana”. Yo agrego que “política de civilización” y “gobernanza de la complejidad urbana” deben estar unidas a una política general que englobe igualmente la cuestión rural. La política del pensamiento global por la humanidad es capaz de unir todo eso que acabo de decir, e indicar la vía nueva para que sea abierta.

 ¿Cuál es esta nueva vía?

Renunciar a los dogmas reinantes del neoliberalismo, de la competitividad ciega y exacerbada, del mito del desarrollo por el crecimiento exponencial. Nos hace falta un nuevo pensamiento capaz de concebir el crecimiento y el decrecimiento al mismo tiempo. Es decir, reconocer lo que debe crecer y lo que debe disminuir. Es necesario, entonces, poder conjugar las ideas de desarrollo y de protección, ya que no se trata únicamente de un desarrollo cuantitativo y tecnológico, también se necesita la protección de las relaciones humanas cualitativas, familiares, comunitarias, que reencuentren los lazos de solidaridad.

Todavía existe la noción de “gran familia” en algunas sociedades urbanas de los países del Sur, quienes se resisten a la miseria con la solidaridad y la dignidad. Aunque allí donde se quiebran esas redes y tejidos sociales por las guerras o las grandes catástrofes, sobrevienen la degradación, la miseria, la delincuencia.

Al respecto, en los trabajos con Sabah Abouessalam también me refiero a la pobreza urbana en los países del Sur. En estos, más allá de las similitudes que les son propias —pobreza, presencia del sector de la economía informal, crecimiento rápido, corrupción, clientelismo, etc.—, la pobreza urbana y suburbana se organiza de forma diferente según si uno se encuentra en Lima, México, Dakar o Casablanca. Sus especificaciones se explican por los determinantes culturales, sociológicos y políticos propios de cada sociedad. A menudo, las solidaridades representan verdaderas redes sociales en la ausencia del Estado; y esto diferencia bastante la realidad de vivir en la pobreza en las sociedades donde estas formas de solidaridad no existen y el pobre está echado a su suerte. La ausencia de solidaridad agrava las violencias urbanas.

La crisis urbana planetaria nos conduce a la necesidad de pensar la nueva vía por la salvación de la humanidad. He aquí la cuestión: la vía para la humanidad es la de un pensamiento global. He intentado indicarlo en mi reciente libro que lleva justamente por título La vía (2011)[2]. Se trata de unir todas las iniciativas creativas diversas, dispersas por el planeta, para generar así un verdadero conjunto a partir del cual se piense una política de civilización al servicio de la cuestión urbana mundial. Hay iniciativas por todo el mundo, como el caso de Porto Allegre, en Brasil, donde la población participa, en parte, en la elaboración del presupuesto de la ciudad; o en Medellín, Colombia, donde la ciudadanía decide cómo ejecutar parte del presupuesto de la ciudad.

Es necesario facilitar la experimentación de formas de democracia participativa ciudadana. Digo “experimentar”, ya que no es una fórmula mágica. Se sabe que la consulta ciudadana conduce a constatar que los más preocupados por una ciudad no están representados —los hombres y mujeres marginados, los pobres, los viejos, los niños—. Uno puede pensar que en esas reuniones que se suponen de democracia participativa, se encuentra la infiltración de militantes de tal o cual partido, o el cabildeo que quiere dirigir las discusiones hacia su conveniencia. De ahí que sea necesario insistir en las nuevas fórmulas de democracia participativa, en la experimentación con ensayo y error. Ellas son las portadoras del futuro.

En el fondo, el gran problema por una política urbana es la dimensión de la participación y del compromiso ciudadano. Esto necesita el desarrollo de una conciencia individual y colectiva.

Podemos decir que estamos en una época en la que los poderes públicos, sin excepción, se encuentran pensando políticas públicas “en las nubes”, fuera de la ciudad, fuera del campo, en un mundo abstracto, condicionado por las ideas paradigmáticas como “crecimiento”, “competitividad”, etc. En realidad, las iniciativas creadoras nacen en el corazón de la sociedad civil. Ellas se encuentran dispersas. Ellas no están atadas. No existe aún un sistema de pensamiento que les permita unirse.

Podemos mirar el caso de Francia, donde se encuentran numerosas iniciativas para una gobernanza urbana y una política nueva. Hay un movimiento de economía social y solidaria que tiene una vieja historia en el mutualismo y las cooperativas. Uno ve brotar la llamada economía circular que consiste en construir circuitos positivos de consumo y desechos, los cuales reintegran los desechos para la producción de nuevos productos. Es, entonces, una economía positiva que hace economías. Encontramos circuitos de economía ecológica, que busca no solamente utilizar fuentes adecuadas de energía y, por lo tanto, renovarlas, sino también una transformación del campo, rechazando la agricultura y la crianza industrializadas, buscando de esta forma humanizar las ciudades. Tenemos el movimiento llamado Convivencialista que insiste en una idea importante, fundado desde los años sesenta por Iván Illich, y que consiste en luchar contra una civilización de las máquinas y de la urbanización que ha perdido la convivencia, las relaciones humanas y el reconocimiento del otro. El movimiento llamado Roosevelt, que se propone luchar contra la crisis económica en Francia, haciendo una recuperación análoga a la época de Roosevelt en los Estados Unidos en los años treinta, pero diferente porque hoy hay perspectivas de una economía ecologista que antes no existía.

Iniciativas para coordinar y unir la ciudad y el campo

Para concluir, es necesario partir de la concepción de un mundo urbano en plena expansión con el fin de regularla; incluso, tal vez, con el fin de hacerla retroceder. Es necesario partir de un mundo rural, liberado de las fuerzas industriales, económicas, desencadenadas; y hacer reversar esa industrialización para beneficiar el desarrollo de la agricultura de la granja agro-ecológica, agro-forestal. La política urbana no puede pensarse de manera aislada o disociada de la política rural.

También es necesaria la reforma del consumo y del comportamiento de los individuos. Tenemos muy pocos organismos para luchar contra las formas de intoxicación, de los comportamientos adictivos de los consumidores; somos manipulados por los procedimientos psicológicos y el bombardeo publicitario. Lo vemos en la presentación idílica hecha de sodas de todo tipo que provocan adicción en los niños, principalmente; y son causa de obesidad y de enfermedades. Nos falta una política de civilización para reformar la cadena del consumo que va de la producción industrial a la dependencia de los individuos, pasando por la economía financiera, la especulación y la publicidad abusiva, incluso engañosa. La educación y el comportamiento ciudadanos son aquí interpelados. En el siglo pasado, en la época industrial, estaba el obrero que, luchando contra la explotación industrial, era el actor principal de la toma de conciencia de un problema social que consideraba la producción. El actor-obrero, en su lucha contra esta explotación, sonaba la alarma contra el sistema basado en el provecho exagerado. Hoy tenemos las obligaciones ligadas a cuestiones de competitividad y de escasez de trabajo. Pero la acción obrera debilitada no mira más el nuevo y gigantesco problema del consumo.

En definitiva, somos nosotros, ciudadanos-consumidores, quienes podemos regular el sistema, rechazando los productos nocivos y eligiendo los productos de calidad. Cuando evoco la pregunta de la reforma del consumo, no hablo solamente del comportamiento de los consumidores, que incentivan los hipermercados con la fascinación de estar frente a grandes estanterías con una elección interminable de productos. Es también necesaria la reforma del comportamiento individual, igualmente en la utilización abusiva del vehículo individual. Aunque yo considero el automóvil como una herramienta y un juguete muy útil para el ser humano y para su florecimiento, también pienso que su uso en zona urbana y en situaciones de polución conduce a un uso perverso. Existe toda una serie de intoxicaciones de una cierta civilización y modo de vida actuales que conciernen al consumo urbano y la producción rural, contra las cuales es necesario luchar.

En fin, es necesario comprender que no podrá haber reformas urbanas y rurales, sociales y económicas, políticas y educativas sin una reforma ética. Pero insisto: la reforma ética es difícil, ya que no se logra con unas simples lecciones de moral. Según todo esto, es indispensable tomar conciencia de que la reforma del pensamiento y de la conciencia son capitales, porque en todo esto que acabo de decir hay problemas a la vez fundamentales y globales.

Ahora bien, el sistema de educación occidental desde hace muchos siglos y en adelante universal, no nos vuelve aptos para tratar a la vez los problemas fundamentales y globales. ¿Por qué? Porque tenemos una enseñanza parcelada, compartimentada, donde los saberes se enseñan bajo una lógica disciplinaria que separa los conocimientos en lugar de unirlos en sincronía y en confluencia, con lo que se crea la nueva vía. Si esta nueva vía se desarrolla y la antigua decae, la humanidad entrará en un nuevo estadio, es decir, una sociedad de naturaleza planetaria que, sin negar las naciones, sin negar las diferencias, sin negar las originalidades, sin negar las patrias, las englobará en una concepción de la tierra patria, de un destino humano común.



[1] Cfr. http://www.editionsladecouverte.fr/catalogue/index-Espace_et_lieu_dans_la_pensee_occidentale-9782707173195.html

[2] Paris: Éditions Fayard. Hay edición en español: Barcelona: Paidós.

 

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Edición No. 169