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Proemio a «La redondez del Alba» (C.E. Ruiz, 2011)

En nuestra lengua castellana difieren las palabras “alba” y “alma” solamente en una letra. Esto es conveniente si decidimos creer a Parménides de Elea, quien sostuvo que tanto el alma como el alba están hechas de la misma sustancia: fuego. Acaso el alba sea el alma temblorosa del universo, eternamente vibrante al borde de las transformaciones, pariendo el nuevo día desde el espléndido vientre de la noche; y acaso el alma sea el alba ígnea de nuestro universo interior, que teje historias imposibles durante los sueños nocturnos y se enciende, majestuosa y sencilla al mismo tiempo, en el proceso del retorno a la vigilia, en las horas precursoras del amanecer. En algún lugar de nuestro irresponsable inconsciente sabemos que es cierto lo que dijo Whitman:

Tremenda y deslumbrante me mataría la aurora
si yo no tuviera, ahora y siempre,
otra aurora dentro de mí.

Ni la ciencia ni la filosofía pueden expresar esta realidad sin ayuda de la poesía. Dijeron los antiguos que Parménides era mal poeta porque subordinaba el arte a la filosofía y dijeron, al mismo tiempo, que era mal filósofo porque perdía el rigor de la razón en los laberintos de la metáfora poética. Hoy sabemos que en cada verdad científica hay mil poemas y que en cada poema yace, en espera de sus descubridores, una formulación filosófica y una concepción del mundo. La filosofía y la poesía son hermanas siamesas, unidas por la cabeza, el cerebro y el ombligo, y todo intento de separarlas conduce a la muerte de la una, de la otra, o de ambas.

El lector tiene derecho a pensar que esto que digo, más que disquisiciones, son desquicios. Con gusto le concedo este derecho, probablemente el único que le queda en este mundo sin derechos. Lea, pues, estas deshilachadas reflexiones mías y diviértase a mi costa, pero no olvide que mi intención, ingenua y sincera, es la de compartir mi asombro y mi placer ante la lectura ˗reiterada y reincidente˗ de este poemario titulado “La redondez del albaˮ.

Carlos-Enrique Ruiz es ya veterano en estas cosas de la invención poética. Lo que he leído de él (“El clamor de la clepsidraˮ, escrito en 2009, publicado en 2010) es mucho menos de lo que ha escrito y de lo que incansablemente escribe en su revista “Alephˮ. Recorrí los poemas de ese libro con una cierta inquietud, porque la palabra “clamorˮ en el título parecía anunciar algo de esa retórica grandilocuente que hace tan odiosa y ridícula a buena parte de la poesía colombiana. Pero estaba equivocado: tuve la bella sorpresa de encontrar un flujo sereno de metáforas que invitaban a la reflexión y estimulaban la inteligencia “como el rumor de un silencio sagradoˮ, al decir de Gabriel Restrepo. En ese libro está expresado el asombro ante el misterio del tiempo, la inquietud de lo perecedero, lo que calladamente clama la clepsidra, grano a grano o gota a gota, en el minúsculo frasco de la minúscula existencia humana. Nada hay más grandioso que la sincera sencillez.

Por eso he leído con redoblado interés y renovado asombro “La redondez del albaˮ. Que el alba es completamente redonda es para mí un asunto de dogma porque ˗otra vez Parménides˗ he leído que la aurora es “fulgor de la noche en torno de la tierra, errante luz ajenaˮ y que el alba, como la madre diosa del universo es “perfecta como un esfera de bella redondezˮ. Pero lo que aprendo en este poemario de Carlos-Enrique Ruiz es que en la aurora se encierran los misterios de la luz, las sombras, la soledad, el olvido y el recuerdo, los sueños, el ensueño y el silencio.

Escojo estas categorías, entre muchas otras, porque ellas están reiteradamente presentes. Iba a decir “entretejidas en el textoˮ pero ello sería redundante porque texto significa, literalmente, “tejidoˮ. Diré que son parte orgánica de un texto polisémico, multidimensional y multifacético, poblado de insinuaciones y de sugerencias, lo que incita a sucesivas lecturas y exploraciones.

Si vamos a jugar a las estadísticas (juego poético como ninguno, como ya fue demostrado por el poeta-estadígrafo Luis Vidales), descubriremos que el silencio es evocado sesenta veces en este poemario y que forma parte del título de siete poemas. El silencio reconstruye, enmienda, alumbra, comparece en la memoria, acoge las nieblas, persiste y lo hace a pesar de que “las cosas no tienen silencioˮ. Es tema recurrente, central y persistente en este tejido de metáforas.

Ocho poemas se ocupan del sueño y los ensueños y hay treinta y tres menciones metafóricas sobre sueño(s) y tres sobre el ensueño. Más allá de las cifras escuetas (y algo suenantimbrescas) la fuerza, la energía onírica del poemario es indudable.

La luz es evocada treinta veces, las tinieblas cinco y la sombra diecinueve, pero ha de tenerse presente que los contrarios se afirman y se generan recíprocamente. La luz nace de las sombras, las sombras emergen de la luz, del mismo modo que el olvido (diecinueve veces) se esculpe de reminiscencias, es un modo de existir de la memoria, es una forma del recuerdo y, a veces en relación viva con él, a veces en compañía de otros fenómenos, la soledad emerge en dieciocho imágenes.

Ninguno de los conceptos mencionados puede registrarse “como una islaˮ. Todos ellos, como bichos sociales que son, viven en la sociedad del texto, del tejido, interactúan y producen una dinámica estructura poética. Como decía Luis Vidales: “las estadísticas son muy útiles, siempre que las interprete un poetaˮ.

Dice Carlos-Enrique Ruiz: “la luz recoge el sonido de la vida”. Y, como al pasar, relata que “piedras del camino indagan por la vida”. Acaso no han pensado que

La vida está en lo que existe
por el mismo hecho de ser
en la naturaleza

Vida en los caminos asediada de cuestiones
con respuesta sin darse

pero el poeta sabe que “la naturaleza de las cosas trasciende sabores y deseos”; sabe que los mares se deleitan, que el tiempo juega, que el sol oculta fuegos y encandila paisajes, que no hay mundo inanimado y que cada objeto y cada fenómeno del universo tiene su propio pulso y su propia identidad viva y vibrante en el eterno juego de las transformaciones.

Pero las transformaciones son la realización del devenir y la materialización de lo transitorio. Cuando el poeta relata que “vidas se aglomeran para celebrar con cantos el advenimiento de la nueva era”, nos dice que una nueva era está naciendo. Aquí y allá, a lo largo del texto, nos propone una filosofía del estar, del devenir, de lo cambiante, no una filosofía del ser.

Todo esto parecerá un poco complicado a quien lea mis disquisiciones. Nada de eso. El único misterio en todo este hermoso asunto consiste en que Carlos-Enrique Ruiz ha logrado, con pulso admirable, dibujar conceptos complejos con trazos sencillos, de una sencillez que nos cautiva y aprisiona en la fascinación de la lectura.

Estocolmo, 25 de agosto de  2011

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