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«El gozo intelectual …» – Reseña

Jorge Wagensberg. El gozo intelectual -teoría y práctica sobre la inteligibilidad y la belleza. Tusquets Editores, Barcelona 2007; 268 pp.

La historia nos cuenta que hace veintitrés siglos en la ciudad griega de Siracusa, un hombre, completamente desnudo, corría por sus calles, con dirección al palacio real, gritando alborozado ¡Eureka! ¡Eureka! ¡Eureka! Su paroxismo era tal que sólo el rey lo hizo consciente de su desnudez. El hombre de esta historia se llamaba Arquímedes y su desbordante alegría se debió a que acababa de descubrir la falsedad de la corona y al mismo tiempo el Principio hidrostático esencial en múltiples aplicaciones técnicas hoy día. Seguramente el notable físico barcelonés Jorge Wagensberg, en sus avezadas investigaciones, y en sus diversas ocupaciones como intelectual íntegro, ha sentido el mismo paroxismo e idéntico gozo que sintió el matemático griego. De este gozo intelectual nos habla e ilustra en este libro de 268 páginas, magistrales y deslumbrantes. La primera parte del texto es la teoría; la segunda, la práctica. En la primera, explica; en la segunda, ilustra. En la primera parte consolida todo el andamiaje teórico de su tesis; en la segunda lo echa a volar por todos los campos del saber cotidiano.

Es en este libro, de publicación reciente, donde nos habla de la indefectible capacidad de gozar intelectualmente cuando nos enfrentamos al conocimiento. La tesis del libro es sencilla y contundente: «Toda mente humana se la ha de ver con la adquisición de nuevo conocimiento, por lo que toda mente necesita estímulo, conversación, comprensión, intuición y gozo intelectual». Según su pensamiento el proceso del conocimiento tiene tres fases: estímulo (aquí se decide qué se quiere conocer), conversación (es el centro de gravedad de la adquisición del nuevo conocimiento) y la comprensión y la intuición (constituyen el clímax de todo proceso cognitivo). Los mejores estímulos proceden de los objetos y fenómenos reales. Las mejores conversaciones ocurren con otras personas que no ignoran lo mismo y que aceptan la regla elemental de escuchar antes de hablar y de hablar después de escuchar. Y las mejores comprensiones e intuiciones se descuelgan en la más radical de las soledades. Como si fuera una ecuación, el autor, va acomodando sus variables a un lado y otro de la igualdad. Atribuye al método científico tres principios: el de la objetividad (la forma de preguntar influye lo mínimo posible en sus respuestas), el de inteligibilidad (mínima expresión de la máxima representación) y el dialéctico (resolución de eventuales contradicciones entre la realidad y su representación). Y resalta su hallazgo: a cada uno de los tres principios lo hace coincidir con cada uno de los tres gozos mentales: «aplicar bien el principio dialéctico favorece la ocurrencia del gozo asociado al estímulo; aplicar bien el principio de objetividad favorece la ocurrencia del gozo asociado a la conversación; y aplicar bien el principio de inteligibilidad favorece la ocurrencia del gozo asociado a la comprensión, el gozo intelectual».

En cada una de las etapas del proceso del conocimiento, nos dice el científico, existe un gozo particular. En la etapa del estímulo, las emociones más fuertes se suceden a partir de hechos reales: «no es lo mismo verlo que te lo cuenten». En la etapa de la observación, el gozo del primero que aplicó un ojo al ocular del microscopio o el telescopio, es un ejemplo de su existencia. En la etapa de la comprensión y la intuición, hace referencia al gozo que sintió Albert Einstein al comprobarse sus predicciones con el eclipse más famoso de la historia, el del 29 de mayo de 1919. Es en esta etapa donde realmente se da el gozo intelectual, el que requiere más abstracción y más compresión, porque para el autor, la compresión implica necesariamente comprensión.

En estas líneas de la teoría Wagensberg llega inevitablemente a la educación, la que sale mal librada, desafortunadamente. Su opinión es que el sistema se encarga de generar todo tipo de estrategias para que el estímulo, la conversación y la comprensión sean difíciles. Sueña con una escuela en contacto directo con la realidad, donde los estímulos sean tomados de la naturaleza, donde la conversación sea el instrumento para que la mente comprenda, no para que confiese o simule haber comprendido. Como curiosidad, resalta el papel de la cafetería y de la biblioteca en las universidades, donde deben ser consideradas como dos templos del gozo intelectual.

Como director del museo CosmoCaixa, en Barcelona, también hace referencia a lo que estos centros de conocimiento histórico deben ser: cuna de objetos reales y fenómenos reales, «realidad concentrada», lo llama él. Es válido cualquier estrategia que sirva como divulgación de la realidad, pero nunca para sustituirla.

Un poco más adelante en esta parte teórica, el sabio barcelonés propone con audacia, que el conocimiento en la sociedad debe ser absolutamente prioritario, es más, debe estar antes que la comida. Textualmente dice: «Creo que lo hemos probado todo a la hora de organizar la convivencia humana. Excepto tal vez una cosa. Dar prioridad absoluta al conocimiento. Conocer incluso antes que comer». Desconcertante a los ojos de nuestra cultura, enseñada a relegar el conocimiento a planos secundarios.

Al final de esta sección, la teórica, dedica unas páginas a controvertir con argumentos sólidos las tesis de George Steiner, conocido filósofo y ensayista francés, que en un ensayo titulado Diez posibles razones para la tristeza, muestra diez rasgos concretos que generan tristeza en nuestros pensamientos. Uno por uno el científico los va debatiendo, tratando de dilucidar su teoría con argumentos sólidos y dialécticos, coherente con sus propuestas.

Con el debate a la tristeza termina la primera parte del libro, la teórica, la que construye como una tela de araña, la que va tejiendo con frases significativas, cada una densa, resultado de una compresión subatómica, portadora de amplias connotaciones. En la segunda parte hace una compilación de 63 textos publicados en los últimos diez años en periódicos y revistas, pero a los cuales les hace ajustes y revisiones. Los agrupa, por simpatía, en siete familias de nueve miembros cada una. Las familias son: Vivencias y sobrevivencias, sobre lo común y lo diverso, inteligibilidad y belleza, sobre misterios y prodigios, tiempo y memoria, «malentendido» es una palabra y «bien entendido» son dos, conversar y especular. Son historias reales o reflexiones basadas en un pedazo concreto de la realidad cuyo objetivo primordial es ejercitar las nociones de estímulo, conversación, comprensión y gozo intelectual. Es en esta segunda parte donde el autor muestra su sensibilidad, su creatividad, su ingenio y su coherencia con sus postulados. Es aquí donde se percibe la habilidad, tal vez la de todo gran físico, de encontrar, como lo hace un experto en el arte del origami, dobleces y aristas que a los ojos de un profano se nos escapa. Es mirar la realidad, la misma para todos, con una mente alerta a la incertidumbre, dispuesta al asombro, y siempre abierta al gozo intelectual. Un encuentro programado o casual, una visita a un museo, una conversación con sus colegas, una observación minuciosa del paisaje, una ocurrencia natural única e irrepetible o una hipótesis científica de alto vuelo, son tratados en esta segunda parte del libro con esmero, gran detalle y excelente humor.

Han pasado dos mil trescientos años del día que Arquímedes hizo famoso el ¡Eureka! Hoy son otros tiempos y los estremecimientos, entre los grandes científicos, se expresan más recatadamente. De lo que sí podemos estar seguros es que el gozo del matemático griego es de la misma naturaleza que el de Jorge Wasenberg, así queda más que demostrado en la segunda parte del libro.

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Edición No. 146