«Manuel Pacho» – Reseña
Es un privilegio de pocas personas imaginar historias y contarlas con excepcional talento como lo hace Eduardo Caballero Calderón en “Manuel Pacho”. Relato, o novela “ejemplar”, como él mismo lo llama, narra la historia de un joven de veinte años que decide llevar a cuestas el cadáver de su padre asesinado por bandoleros al pueblo, a tres días de camino. Con holgura y riqueza literarias propias de un purista en el arte de escribir, Eduardo Caballero se inventa una odisea increíble con un héroe muy pintoresco: Manuel Pacho con el cadáver de su padre a cuestas en pleno llano colombiano. La anécdota relatada –en el decir del autor- tiene un motivo central: el “heroísmo” de un “personaje grotesco que se agita en el filo de lo humano” tratando de llevar un cadáver al que es necesario darle cristiana sepultura. Es lo que decide el simiesco personaje cuando, impotente, presencia el asesinato de su mamita, de sus acompañantes en la hacienda y el de su viejo, rico hacendado de un hato llanero.
La travesía la inicia con un acto descorazonador y absolutamente cruel: le mocha a la altura de las rodillas las piernas al cadáver para poderlo llevar a cuestas, dadas la altura de uno y el enanismo del otro.
La historia es de una sencillez curiosa que demanda laboriosidad y conocimiento en el arte de escribir sin triquiñuelas argumentativas, con la naturalidad y el cuidado de un artista de la lengua escrita. Su tema es desconcertante, extraño, grotesco, y con el trascurrir de las páginas, en medio del exotismo propio del argumento y del personaje, alcanza niveles literarios de alto vuelo. A medida que transcurre el viaje, Manuel Pacho -“enano rechoncho, con jeta de caballo, feo como un mono, con orejas de murciélago, astuto como una serpiente cascabel, y tan fuerte que puede derribar un toro de un puñetazo”- recuerda en solitario sus días en la hacienda, sus tres años de internado en Tunja, su dependencia absoluta de la mamita y el viejo, su animalesco comportamiento en medio de los animales.
En el transcurso del viaje “el vistazo retrospectivo, el monólogo interior, el diálogo indirecto -soliloquio, diría Antonio Caballero- y el pasado actualizado, son los vehículos más poderosos de la expresión artística del contenido”, nos dice Germán Darío Sarmiento Carrillo en su libro “La novelística de Eduardo Caballero Calderón”.
Al decir de Antonio Caballero -en la edición del libro de la colección Cara y Cruz, de Editorial Norma-, hijo del autor y escritor como este, “Manuel Pacho es un libro hecho del puro gozo de las palabras, como un poema de Rubén Darío” y agrega: “Tanto el personaje central, un densamente simbólico hombre primitivo, como su “circunstancia”, el gran llano que representa la naturaleza en su pureza original, se presentan de modo descaradamente literario en este libro. No hay disfraz sociológico, ni histórico, ni psicológico, ni botánico, y buscarlos sería para un lector perder el tiempo que no quiso perder el autor en encontrarlos”.
Valiéndose de recursos literarios legítimos y depurados por trabajos anteriores como en “El Cristo de espaldas y “Siervo sin tierra”, Eduardo Caballero Calderón recrea la historia con un narrador que se mueve omnipotentemente en diferentes tiempos, casi que simultáneamente, dándole a la historia un dinamismo y riqueza literaria de excelente calidad. En un momento está describiendo la putrefacción del cadáver con la sanguaza chorreándole por todo el cuerpo a Manuel Pacho y enseguida narra los días terribles en la Tunja del internado. Pasa de un presente tortuoso a un pasado febril, de espantar con su machete a los hambrientos zamuros, al goce que le deparaba recordar a su novia de Sogamoso, cuando pasó lo que tenía que pasar y ella, experta en asuntos de sábanas, le decía: “eres una bestia, un salvaje, un animal, un monstruo, un cochino, un caballo…”.
Este libro es una pequeña obra maestra en el arte de narrar con sentido artístico y social a la vez. Reúne elementos literarios de gran valor estético como cuando narra en una pequeña sinfonía literaria el momento que una mapaná se dispone a engullir un sapo encaramado en el bulto hediondo del cadáver del viejo: “Los micos negros y cariblancos dejaron de chillar en las copas de los árboles. Enmudecieron las loras, los pericos y las guacharacas. Hasta las chicharras dejaron de cantar. Un silencio caliente cayó del cielo en mitad del claro de la mata de monte. Solo un despreocupado zancudo zumbaba a ras de tierra…..zzzzz…. en torno de un palito seco, proyectado hacia lo alto”. Pero también encontramos en el recorrido lento y cadencioso de sus hojas la reflexión cáustica y mordaz de la educación y la política en nuestra cultura. Aprovecha la ocasión de Manuel Pacho en Tunja para poner en blanco y negro la dualidad entre civilización y barbarie, entre el campo y la ciudad, entre lo natural y lo artificial. Como lo dice figurativamente: “Y Dios arrojó a Caín del Paraíso Terrenal, es decir del llano de Casanare, y lo metió de cabeza en el colegio de Tunja” y complementa en otro aparte: “En la ciudad, todo parece forzado, innecesario, antinatural, y hasta la risa es una moneda falsa que se puede doblar con los dientes”.
Al final del libro Eduardo Caballero Calderón escribe un “Epílogo que ha podido servir de prólogo” donde trata de explicar –inútil y equivocadamente, según su hijo Antonio Caballero- los motivos y las circunstancias que lo llevaron a escribir el libro y entre otras cosas dice que quiso “revelar que hasta el hombre más anodino puede tener cualquier día su momento de heroísmo y sublime generosidad”. Hacerlo héroe a Manuel Pacho, o hacerse héroe él mismo, es un asunto que tiene una trascendencia frívola, una sublime estupidez, que se explica desde ópticas opuestas. Por un lado su accionar es una labor que redime su cobardía, que enaltece su dignidad, que cumple un propósito cristiano: el de enterrar a sus muertos con todas las de la ley. Pero por otro lado su actuar es irrelevante, sin sentido, inútil, grotesco como su gestor. Mirar el libro con otra perspectiva, como lo recomienda Antonio Caballero, es otra opción que vale la pena intentar.
El final del libro, cuando por fin Manuel Pacho llega a Orocué, su destino último, con lo que queda del cadáver a cuestas, oliendo a mil demonios y seguido de una jauría infinita de los perros del pueblo, muestra al héroe de la historia al borde del abismo insondable, próximo a coger el camino del anonimato, y de la servidumbre. El final de la historia, de su hazaña, de su misión, ensombrece al héroe, reconocido como tal sólo por sí mismo. La muerte lo hubiera redimido del anonimato, de la esclavitud. Pero el autor no quiso dársela como premio. Se la llevó encajonada en los confines de sus secretas intenciones.