Cargando sitio

De la quietud – La muerte de Eugenio Montejo (1938-2008)

     I.

     Dos grúas amarillas maniobran sobre la avenida Bolívar de Valencia. Los brazos mecánicos giran lentos, con pereza, como si no se supiera bien qué cargan o a qué responden. Los operadores apenas se ven, ocultos tras unas cabinas transparentes que parecen flotar en todo lo alto. Ya es mediodía y el sol enceguece las miradas de tanto resplandor. Más allá de un seto de cayenas o palmas reales, la avenida se muestra con las entrañas al aire: huecos, lagunas, cemento recién fraguado y mucho polvo amarillo, que el viento levanta en ráfagas para esparcir por todos los alrededores. Estamos en la avenida Bolívar de Valencia, Venezuela, arteria principal que cruza la ciudad de norte a sur, y que ahora sufre los embates del metro, lenta y laberínticamente construido para el pesar de los valencianos. A este lugar desvencijado, otrora centro vivo y ahora imagen congelada, ha venido a parar, antes de su eterno adiós, el cuerpo de Eugenio Montejo.
     Las diligencias de última hora han querido identificar una funeraria cuyo nombre mismo es una antinomia: “Abadía imperial”. Se trata de una casona ilustre, de amplios jardines, quizás construida en los años ’50 o antes, y ahora reconvertida en salones de velatorio, pequeño altar y habitaciones infranqueables. En sus pasillos y paredes se huele un esplendor venido a menos, acaso subterráneo, que pocos reconocen. Por estos espacios han debido correr niños, han debido probarse inolvidables manjares, han debido escucharse unos primeros besos: vidas anteriores que el alma del poeta hubiera recogido como propia. Pero es en los jardines, en esos árboles añejos cuyas copas recubren la misma casona, donde el poeta se hubiera sentido a gusto. Hubiera apreciado el samán centenario, una ceiba que crece en una esquina, un mango cuyo tronco difícilmente rodean tres cuerpos con las manos extendidas. Si a ellos hubiéramos sumado los nombres originarios que tanto gustaba enumerar en su poesía –apamates, bucares, caobos–, esta funeraria hubiera podido concentrar sus apetitos terrenales.

II.

     Durante el viernes 7 de junio, día del velorio, acudieron familiares y pocos amigos. La sorpresiva noticia de su muerte, más la decisión de cumplir con la ceremonia final en Valencia –la ciudad de sus antepasados, de sus estudios y de sus primeras letras–, impidió que muchos conocidos pudieran llegar a tiempo desde Caracas. La escena era de una sobriedad a toda prueba, casi humildad extrema, y el poeta venezolano más reconocido de estos últimos tiempos yacía quieto, rodeado por pocos visitantes, que se sentaban en sillas de cuero morado dispuestas como una U alrededor de la urna. Las horas pasaban lentas, pesadas, y el escritor que recibía invitaciones internacionales cada mes moraba sin reconocimiento alguno, humilde hasta los tuétanos, con susurros que remitían a llanto contenido o a conversaciones alrededor de un sorbo de café. Escasearon en esos días aciagos cualquier pronunciamiento oficial, cualquier obituario de las instituciones en las que trabajó y a las que legó aportes inolvidables. Así le correspondía el país de ahora, al que se entregó en vida para edificar una de las obras poéticas más perdurables. Frente a la escena discreta, que recordaba el origen labriego de sus antepasados, recordé una conversación de años atrás en un café de Los Palos Grandes: “Lo que diferencia, por ejemplo, a un escritor mexicano de uno venezolano es que cada vez que el mexicano camina el país viene detrás”. Pues el país no ha venido detrás de Montejo y quién sabe si esa ausencia se agradece.

     De las muchas pérdidas que Montejo nos deja, de las muchas orfandades que heredamos, extrañaremos sobre todo, en estos tiempos confusos, un ejemplo de integridad moral para todos los que se precien de ejercer una condición intelectual, pues éstas son, quiérase ver o no, épocas en las que el ejercicio creador o reflexivo, sometido a los cantos de sirena del poder, sucumbe fácilmente a prebendas, parcialidades o, gesto peor, silencio crítico. La deshonra que acompaña a muchos intelectuales de hoy, su mudez inalterable ante las afrentas del poder, no podrá ser advertida de inmediato. Necesitaremos un mínimo de distanciamiento, de recentramiento moral, para recuperar lo que desde Albert Camus hasta Octavio Paz constituye la premisa básica del oficio: la pasión crítica, el ejercicio vigilante que toda sociedad debe darse (y la proa de esta embarcación son los intelectuales) frente a toda forma de poder. Perder a Montejo es perder un modelo, un ancla, un ejemplo cívico. Su ojo vigilante advirtió a muy temprana hora sobre la corrupción del lenguaje (palabras que son escupitajos, mentiras que pasan por verdades, alaridos que suplantan las conversas). Corrupción que en la concepción del poeta nos remite a un universo a la deriva, fuera de órbita, alimentado por impulsos, caprichos o dictámenes. Es la visión universal lo que está en peligro (o sencillamente extraviada), es la condición milenaria de la lengua lo que muere en manos de hablantes sin escrúpulos.

 

     III.

     La tarde va instalándose con un poco más de frescor. En la avenida abierta las máquinas han dejado de trabajar. Un cierto bullicio, lejano, desaparece, pero alrededor de los árboles centenarios los pájaros regresan para picotear frutas maduras o sencillamente cantar. Es un canto cónsono con el poeta, es el único canto que Montejo hubiera reconocido como despedida. A la mañana siguiente, sábado 8 de junio, será el entierro por la mañana. La hora que no termina de llegar para deudos y amigos será la más dura: la hora del cuerpo lejano, que descenderá a tierra para amarrarse de los ausentes que Montejo tanto extrañó en su poesía. No deja de haber una concordancia entre la avenida principal que ahora languidece y esta funeraria desvencijada que ahora lo acoge: ambas instancias hablan de otro tiempo, no del que corre, y con esa circunstancia también se hubiera congraciado el maestro. Para colmo, la avenida lleva el nombre del máximo prócer, y que por ese destino no transiten hoy ciudadanos, sino apenas polvo que el viento mueve con desgano, se constituye en metáfora esencial. También de este lado, salvo familiares y amigos escritores, la sensación es de abandono. El poeta muere solo, muy solo, y con ello recobra la soledad de sus orígenes, o acaso la soledad de todo hábito literario, en su caso noctámbulo, donde velas y sombras se constituyen como el imperio más elevado de la página en blanco.

     A manera de despedida, si es que la despedida cabe, he hecho un esfuerzo para acercarme a la urna, y tras un vidrio sellado, he visto el rostro del maestro. Es y no es Montejo, están y no están sus gestos afables, flotan y no flotan sus legendarios ademanes de cortesía. El rostro quieto, imperturbable, sirve de base para imaginar las fotos o las reproducciones que lo suceden. En éstas está más vivo, pero en la realidad sepulcral no hay sonrisa alguna sino una rectitud insoslayable. ¿Qué mundo habita ahora? ¿Qué trinar lo despierta después de una nueva noche de escritura? Reconozco en el zarpazo un elemento de crueldad, de injusticia, que le quita la vida a un poeta en pleno esplendor de obra, pero por otro lado siento que ese rostro vacío, aceituno, ha descansado de un desvelo: el país y sus refiguraciones. Montejo se va solo, sin país que lo siga, pero ahora, sin su voz y presencia, los más solos somos nosotros.

 

Compartir:
 
Edición No. 182