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Rafael Pombo, la vida de un Poeta

(Ref.: Ediciones B: Bogotá, 2005)

  

Capítulo I

La coronación de un Poeta

Domingo veinte de agosto de 1905. Bogotá amaneció de fiesta. Desde tempranas horas hubo movimiento en las escuelas. Los niños habían sido citados para ensayar durante la mañana. La guardia presidencial se ponía uniforme de gala, las damas de la sociedad bogotana alistaban sus mejores trajes de muselina y encajes, las mujeres del pueblo se apuraban con la preparación de los acostumbrados tamales domingueros pues querían alcanzar a estar presentes en el desfile; los vendedores de chicha habían preparado doble cantidad para la insólita celebración que se venía anunciando desde hacía varias semanas. Es más, se había aplazado dos veces por motivos desconocidos. Pero esta vez sí era en serio.

No era una fiesta religiosa; no era el día de la virgen del Carmen ni de la virgen de Guadalupe. No era tampoco una fiesta patria, no de aquellas que empezaban a conmemorar los pocos años de independencia que aun no llegaban al siglo. Esas fiestas no generaban tanto revuelo, pues al triunfo de la independencia había seguido una larga y cruenta lucha por el poder entre los dos partidos políticos, el Liberal y el  Conservador, y entre sus diferentes facciones, lo que había literalmente desangrado al país. La patria estaba cansada de tantas guerras, nueve de ellas civiles en apenas cincuenta años; la última, la Guerra de los Mil Días, había sido devastadora, costosa, injusta, sangrienta; se había llevado a más de 100.000 hombres, el país había quedado  en la miseria. Para completar, la frustración de la pérdida de Panamá estaba aún reciente. Quizás por el dolor acumulado, esta fiesta había generado semejante acogida; parecía devolver un poco de sosiego o al menos de esperanza a tanto corazón enlutado.

A las dos de la tarde de ese domingo veinte de agosto se coronaría como poeta nacional, a  José Rafael de Pombo Rebolledo. Ese día, el poeta de setenta y dos años de edad, recibiría sobre su cabeza una corona de oro donada por el Presidente de la República, general Rafael Reyes, quien se había unido a la celebración, ofreciendo su contingente militar para darle mayor solemnidad a la coronación. Además, durante la convocatoria había dado franquicia para enviar los telegramas a todos los periódicos de la patria.

La ciudad entera  estaba ansiosa por asistir a una ceremonia que no dejaba de sorprender, pues no tenía antecedentes en el país. Nunca antes en la historia de Colombia se había coronado a alguien, y menos a un poeta. Algunos, muy pocos, sabían de esta tradición de coronas de laurel –símbolo de la poesía-, que se remontaba a los tiempos del Dante y de Petrarca; otros habían escuchado de la coronación de Zorrilla, ya viejo, en el Carmen de los Mártires de Granada, en 1889, por el duque de Rivas, en presencia de la reina regente Isabel II.

Pero aquí, en esta convulsionada república en donde las balas sonaban más duro que los versos, parecía un cuento de hadas. Era en los relatos donde los reyes, los príncipes y las princesas recibían una corona o en los países donde había monarcas. Mas en esta tierra empobrecida que ni siquiera había podido consolidarse como nación, esto sonaba a puro cuento maravilloso. Ese domingo de agosto la realidad se vestía de fantasía y se preparó para homenajear al gran poeta nacional, a quienes todos conocían y de quien la gran mayoría se sabía al menos un soneto, un cuento en verso o un poema de amor.

Quizás el único ser que esa mañana no se sentía tan alegre era el mismo poeta. Se despertó muy temprano en su casa ubicada en el barrio Las Nieves, en donde compartía la vejez con su hermana Beatriz, la otra solterona de la familia. Había llegado una fecha que había tratado de evitar por todos los medios y con miles de argumentos posibles. Desde  años atrás, cuando algunos amigos le habían propuesto el homenaje, se había negado. Sobre todo cuando supo que se trataba de una coronación. Laurear a un poeta que no había editado ni un solo tomo de versos le parecía ridículo. Sí, había escrito mucho, pero sus poemas estaban regados, literalmente, en periódicos publicados en el transcurso de varias décadas: en El Filotémico habían salido a la luz sus primeros versos, y luego en La América, en El Nuevo Tiempo, en La Escuela Normal, en El Obrero. Hubiera sido un arduo trabajo reunir sus escritos dispersos, lo que no estaba dispuesto a hacer a esas alturas, a pesar de la presión de varios de sus amigos. Además,  no le gustaba servir de espectáculo y menos a los setenta y dos años, cuando su cuerpo estaba cansado de lidiar con una larga enfermedad estomacal. No podía dejar de pensar en la imagen caricaturesca: la coronación de un esqueleto declarado el poeta nacional. No, él no podía sentirse ni entusiasmado ni feliz. 

Claro que estaba agradecido con sus amigos del periódico El Escudo, Jesús del Corral y Alfredo Gómez Jaime, quienes se habían empeñado en convocar al país entero a la celebración. En ellos el gesto era auténtico y, la verdad, lo sorprendió la abrumadora respuesta de los colombianos, expresada a través de los innumerables telegramas que llegaron al periódico para unirse a la coronación: periodistas, empresarios, ex – presidentes, banqueros,  miembros de los clubes sociales, y todos aquellos que no podían estar presentes, que solicitaban públicamente ser representados en un homenaje que les parecía más que justo. Hubo hasta quien supo interpretar más a fondo sus sentimientos, el director del periódico El Foro, Vicente Olarte Camacho, quien, al no poder asistir a la ceremonia por un luto reciente, ofreció mil pesos con destino a los lazaretos de Agua de Dios, – a quienes Pombo ayudaba y visitaba –  como tributo de admiración y respeto.

Una florista había ofrecido sus servicios, lo que conmovió profundamente al poeta, pero a la vez, lo aterró, pues él era alérgico al polen y sabía que esas mismas flores,  que eran símbolo de reconocimiento, podían ser a la vez fatales para su salud. Había leído unos días antes en la prensa el siguiente aviso:

«Eva Flórez, la incansable florista que acaba de hacer el viaje a París con el objeto de acumular conocimiento para el perfeccionamiento de su arte, ofrece al público en general, y  en particular a los encargados de honrar al eminente colombiano Rafael Pombo, su taller de floristería, calle de la carrera, número 189, donde posee todos los elementos para confeccionar una corona digna del insigne vate, sus precios son módicos»  [1]

Pero a pesar de esta acogida por parte incluso de personas sencillas y honestas, él no podía olvidar las burlas de que había sido víctima dizque por usar su pluma en versos de ocasión. Un poeta tan grande, que había alcanzado a tocar  los profundos misterios de la poesía; que le había cantado al amor en todas sus formas; a la naturaleza serena y a la indómita; que había defendido a su patria con la pluma, ¿qué hacía improvisando sonetos en cuanto cumpleaños, bodas, fiestas y homenajes hubiera? Eso era lo que decían y rumoraban en tertulias y  pasillos, y hasta había quienes expresaban su desacuerdo y su crítica por la prensa.

Esa mañana de agosto su hermana lo sacó del ensimismamiento. Le llevó lista la camisa blanca que iba a usar durante la ceremonia y el vestido negro que quería que se probara, pues temía que le quedara un poco grande  porque en los últimos días había perdido el apetito. A Rafael, eso de la coronación lo tenía bastante molesto, sobre todo que estaba accediendo a algo que en el fondo rechazaba. Lo hacía presionado por las circunstancias, como quien sabe que no tiene salida. Además, no eran muchos los motivos que tenía para sentirse feliz. Sólo ocho días antes había muerto su entrañable amigo el poeta y músico Diego Fallon. ¡Cómo le dolía  su ausencia! ¡Y cómo se sentía ese vacío y ese silencio que antes era música permanente, palabras dulces y amables para todos, anécdotas y cuentos narrados por Fallon con tanta precisión que parecía estar haciendo pintura con la palabra; ¡Qué falta hacía su amigo, la bondad encarnada! El no había conocido un ser más transparente, más honesto y más humilde que Diego. Ese homenaje debía ser para su amigo: un hombre que con un solo poema alcanza la gloria, se merece no una corona, sino muchas. ¿Quién en Bogotá no se sabía de memoria La Luna? ¿Quién con sólo comenzar:

Ya del Oriente en el confín profundo”, no continúa

La luna aparta el nebuloso velo, 

  y leve siente en el dormido mundo

  su casto pie con virginal recelo…” 

Recordó, con placer y tristeza a la vez, el impacto que había generado el poema en los lectores de El Mosaico. Cuando Rafael se hallaba en Nueva York, su hermano Manuel le había contado en una carta que la misma noche que Diego leyó el poema a sus amigos, éstos lo imprimieron en hojas sueltas, y que unas horas más tarde José María Rojas Garrido lo estaba declamando parado en el mostrador de la Botella de Oro, ese bar en la Plaza de Bolívar donde se reunían poetas e intelectuales cada vez que había algo que celebrar.

A Pombo le hubiera gustado encontrarse  en otro estado de ánimo para hacer burla del homenaje y divertir al auditorio con versos graciosos y humorísticos. El, que cuando estaba bien era juguetón, burlesco y socarrón, no tenía esa mañana ningún deseo de hacer chistes ni bromas. Una profunda tristeza le había atrapado el alma.

Mientras con resignación se ponía su camisa blanca, la ciudad entera se volcaba a las calles. Afuera se escuchaba ya la algarabía del pueblo tomando los mejores lugares para esperar la salida de Pombo de su hogar. A las doce del día empezó el desfile de coches llenos de coronas, flores y laureles. Partieron de la Plaza de Bolívar, en donde estaban formados correctamente los niños de las escuelas, el Ejército Nacional y los artesanos de Bogotá que también se unieron al homenaje. El desfile dio la vuelta por el Parque del Centenario y llegó a la casa del poeta, desde donde la respectiva comisión lo llevó al Teatro Colón.

Con el corazón embargado por sentimientos encontrados, al salir de su casa Pombo encontró una multitud que lo aclamaba con un fervor entre religioso y patriótico. Parecía increíble que ese ser pequeñito, flaco, ligeramente encorvado por los años, con los ojos saltones cubiertos por unos anteojos redondos que ocultaban su nerviosismo de niño asustado, era nada más ni nada menos que el gran poeta nacional, el mismo que había escrito la profunda y terrible Hora de Tinieblas; el creador de Edda, la poetisa que hacía vibrar las emociones de las mujeres americanas; el poeta de los niños, autor de La pobre viejecita y Rin rin renacuajo; el traductor de Byron y de Horacio, el que había luchado contra el imperialismo norteamericano con su trabajo de diplomático y con su pluma, el autor del poema antiyanqui Los filibusteros. ¡Que viva el poeta!  ¡Tres hurras por el Maestro!

Los diarios lo dijeron al día siguiente: «Las calles que debía recorrer la entusiasta comitiva estaban repletas de gente; los balcones y las ventanas llenos de señoras y señoritas»;(…) jamás tanta multitud se había visto en todo ese largo trayecto»…[2]

 

La ceremonia en el Teatro Colón

A las dos de la tarde, Rafael Pombo hizo su entrada al teatro seguido por su hermana Beatriz y precedido por una comitiva que trataba de abrirse paso entre la multitud. En el interior, las tres hileras de palcos, la platea y la galería,  habían sido ocupados por aquellos privilegiados que asistían ya por invitación directa, ya porque habían podido obtener boleto de entrada. El pueblo permaneció afuera imaginando la pompa y esperando la salida para escuchar los comentarios acerca de cómo habían sucedió las cosas allí adentro. Otros leerían con voracidad los periódicos del día siguiente.

En el escenario, hacia la izquierda del vate bogotano, que se hallaba sentado en todo el centro, bajo una gran lira de laurel y dos banderas de Colombia entrelazadas, estaban los miembros de su numerosa familia: hermanos, sobrinos, primos; a la derecha los periodistas y los miembros de la junta organizadora y en la mitad, en doble fila, vestidas de blanco varias jovencitas que representaban a los departamentos y al distrito capital. Al momento de su ingreso, el teatro entero se volcó en un fuerte y sentido aplauso. Cuando el presidente Reyes arribó a su palco rompieron las notas del himno nacional y todos se pusieron de pie dando inicio al acto cargado de solemnidad. 

¿Qué sentiría el poeta en esos momentos? Las notas del himno nacional le debieron doler profundamente, pues si había alguien que quería la patria era él. Quizás recordó las palabras escritas en su diario cuando apenas tenía veinte años:

«Mi vida se ha consumido en nobles deseos, en generosas esperanzas, y apenas cuento veinte años y he visto tres revoluciones, y mi Patria cada vez más desgraciada. ¿Qué crimen espía? ¿Qué maldición pesa sobre ella? ¿Sus hijos siempre han de ser sus enemigos mortales?. ¿Un rencor, un suelo, una causa, han de ser siempre motivos suficientes para envolverla en el hambre y la desolación? ¿Siempre por un individuo se dejarán arrear como ganado mis compatriotas al motín y á la matanza? ¿Será siempre nuestro pueblo una firma en blanco? ¿Siempre ha de pagar en mal lo que se le dé en bien? » [3]

¡Qué poco habían cambiado las cosas desde entonces! No sólo habían empeorado, sino que estaba lejos aún la esperanza de reconciliarse con un país del que, en los peores momentos, se preguntó si merecía llamarse de algún modo, si merecía algún sacrificio o merecía ser amado. Y como lo había sentido hacía más de cincuenta años, lo seguía sintiendo entonces: «¡Oh Patria! ¡Quién te pudiera arrancar del corazón!»

Al escuchar la obertura de Esther, ópera de su entrañable amigo Ponce de León, muerto veintitrés años antes, no pudo evitar una lágrima. Allí estaba la hija del compositor, María Schelesingen, quien más adelante interpretó con su propia voz la cavatina de Florinda, la otra ópera que daría fama perdurable a su amigo, y cuya letra era creación de Pombo:

Florinda:        

Se fueron ya… Rendido de la caza

mi pobre padre duerme … Ay! Cuán hermosa

la tarde estuvo; y qué divina noche,

noche de paraíso, brinda el cielo!…

¿No vendrá él?… Me dejará aguardando?…

Sobre la almena del castillo puse

la señal convenida…Si él me ama

la vio y vendrá…

                       Sin él, qué triste fuera

mi encierro solitario! Quién podría,

el milagroso Amor me lo ha traído,

y una noche como ésta al lado suyo

es el cielo en la tierra… ¡Amado mío!

¡Ven! ¡Y envidien los ángeles mi suerte![4]

 

Cuando María terminó de cantar, con una voz que recordaba el talento artístico de su padre, el público se puso de pie en una enloquecida ovación, mientras el poeta se acercaba a darle un estrecho abrazo.

La ceremonia alternó música y poesía. Para el público, el homenaje estaba centrado en la obra de Pombo; para éste era como repasar su vida en una sola noche.  Juan C. Ramírez, célebre poeta de la época, recitó La Eva del Aire, poema que Pombo dedicó a Teresa Carreño Ramírez, la pianista venezolana, a quien admiraba desde sus días de juventud. La señora Gutiérrez de Ancízar interpretó la canción Pensée d´automine con música de Massenet y letra de Armaud Silvestre, y luego fue seguida por Jesús del Corral quien recitó el poema El seis de octubre de Pombo que comienza:

Cuando el fiel terranova enfermo siente   

que su pecho la atmósfera sofoca,

que le abraza la luz y es una fuente

de veneno mortífero su boca… 

Le siguió La Tarantella de Gotschalk, gran amigo de Rafael, con quien compartió muchas de sus horas solitarias en Nueva York y con quien perfeccionó los estudios de piano en sus años de juventud. ¡Qué lejana parecía la vida entera en ese escenario!  Todo pertenecía al pasado: cada poema, cada canción, cada acto, lo que hacían era recrear un pedazo de la vida del poeta, pero de una vida que ya no le pertenecía. ¿Dónde estaban sus amigos, dónde estaba Ponce de León, dónde Francisco A. Gutiérrez, a quien no volvería a ver debido a su viaje a los Estados Unidos y luego a Europa; dónde Diego Fallon, muerto ocho días antes? ¿En qué lugar del recuerdo quedaba Gotschalk, ahora que escuchaba con arrobo su Tarantella?

Después salió al escenario el niño Mariano Herrera Tanco a recitar El Gato bandido, lo que le recordó al poeta su trabajo en la editorial Appleton, cuando traducía y glosaba los cuentos pintados para los niños de América. Nuevamente se presentó la señora Gutiérrez de Ancízar, entonces cantando una poesía de Pérez Triana, el hijo de su otro entrañable amigo Santiago Pérez Manosalbas, desterrado del país por el gobierno de Miguel Antonio Caro, durante el período de la Regeneración. ¡Cómo no recordar ahora que había sido precisamente Santiago Pérez Manosalbas quien en la infancia de Rafael había sido el tomador de las lecciones en la escuela,  cuando éste último luchaba por aprender de memoria lo que sólo podía glosar con su ingenio!

La interpretación de su poema inédito Jamás, hecha por la señora Sofía Reyes de Valenzuela, hija del presidente Rafael Reyes,  lo envolvió en un sentimiento de tristeza, no tanto por los amores imposibles y truncos de su juventud, pues ya a esa edad el amor no lo conmovía, sino porque sabía que el público sólo se dignaría recordar las travesuras de Edda y algunas estrofas de La Hora de Tinieblas.  Esa escena impresionó tanto al auditorio que, al día siguiente uno de los diarios capitalinos la reseñó así:

«Uno de los atractivos del festival era la recitación anunciada en el programa de una poesía inédita de Pombo, por la señora Sofía Reyes de Valenzuela. Hace dos años la oímos evocar en un concierto con voz de inefable dulzura, con acento profundo que brotaba de su corazón enamorado del arte y de lo ideal, aquella doliente sombra del Nocturno de Silva, que vagaba a la luz de la luna, por un campo solitario, en una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas y el domingo nos fascinó con la magistral declamación de Jamás, poesía de índole diversa a la del Nocturno. En Jamás vibra la nota desolada y profunda de la mujer que amó y mira caer en pedazos el alcazar de sus sueños y sus esperanzas, el grito de angustia lanzado por la fatalidad inmisericorde sobre las ruinas de un corazón; la queja desconsolada de un alma que desde la noche de su desventura – desventura inmerecida- mira lejos, muy lejos, un cielo radiante sobre un pasado que ya nunca será suyo, y al recitar esa poesía, la señora Reyes de Valenzuela – ¡poder del arte! – tradujo la desesperanza de Edda con el talento con que saber interpretar las creaciones del genio aquellos cuya frente circuye el resplandor de la inteligencia.» [i]

Y cuando el público no había aún terminado de aplaudir, la señora Reyes comenzó a recitar el bellísimo soneto De Noche:

No ya mi corazón desasosiegan  

las mágicas visiones de otros días.  

¡Oh patria! ¡Oh casa! ¡Oh sacras musas mías!

¡Silencio! Unas no son, otras me niegan.

La última estrofa dejó al poeta sumido en una profunda tristeza y lo convenció aún más de que este acto solemne, más que un homenaje a su vida y a su obra, era literalmente un duelo y de que las coronas de laurel eran coronas mortuorias. Con De Noche, se dio fin a la primera parte del programa:

Es la vejez viajera de la noche;  

y al paso que la tierra se le oculta,

ábrese amigo a su mirada el cielo

En la segunda parte de la ceremonia, el poeta Alfredo Gómez Jaime dio lectura detallada al informe de los jueces nombrados para examinar los cincuenta sonetos que habían llegado al concurso abierto meses antes en honor al poeta. El jurado calificador escogió tres ganadores cuyos autores fueron los jóvenes: Federico Martín Rivas, Luis M. Rovira y Julio O. Arce.

El discurso de la coronación lo hizo su amigo, el escritor y crítico, Antonio Gómez Restrepo, quien no sólo hizo un detallado recorrido por la vida y la obra de Pombo, sino que intentó reparar las palabras de quiénes durante esos últimos años hablaron de su decadencia en tanto reconocía la fuerza que aún a los setenta y dos años tenía su lira:

«La generación que hoy surge a la vida intelectual, mira a Pombo como al abuelo venerable, que sentado en su viejo sitial, preside a las fiestas del hogar, distribuyendo frases de aliento, sonrisas benévolas, consejos de sazonada experiencia. Pombo, hoy día, está enfrente de la posteridad, pero no parece mostrando los estigmas del agotamiento senil en su inteligencia. A veces a las arremetidas del dolor, flaquea su envoltura corpórea, con la cual ha vivido en discordia perpetua el alado espíritu del poeta. Pero su alma está joven, y la inmensa lira de oro no ha caído para siempre de sus manos. En ocasiones, cuando algo hace vibrar fibras muy íntimas de su corazón; cuando el presente se despoja por unos instantes de sus tristes nieblas, permitiéndole ver la radiante perspectiva de los años idos el poeta deja escapar notas de infinita dulzura, de armonía penetrante, que nos envuelve y domina; versos en cuya factura parece no haber intervenido el arte -¡tan sencillos son y tan transparentes! pero que ostentan la cálida coloración de los rubíes orientales, porque los anima pasión juvenil inextinguible.»…[ii]

Después de las palabras de reconocimiento de su entrañable amigo, llegó el momento tan esperado por todo el auditorio y quizás el más temido por el humilde anciano: la hora de recibir sobre su cabeza la corona de oro. El Presidente de la República y todos los concurrentes, al escuchar las notas del himno nacional, se pusieron por enésima vez de pie, en tanto el poeta, tembloroso y emocionado, avanzó al centro del escenario. Allí la señora Sofía Reyes de Valenzuela tomó en sus manos la corona de oro y ciñó con ella las sienes del poeta «en nombre de la República».  

¿Qué hubiera sentido su madre en esos momentos?  ¿Emoción o tristeza? Imposible saberlo, pues se identificaba tanto con ella que, al igual que él, hubiese sufrido de una ambigüedad de sentimientos. A pesar de lo excesivo y ostentoso del homenaje, no dejaba de sorprender la respuesta, sobre todo de aquellos que habían llenado los balcones y las calles para verlo pasar. No sabía que el pueblo lo quería tanto y tanto estimaba su poesía, y si así era, estaba bien que pudieran disfrutar al poeta que los representaba como nación;  pero estaba seguro que su madre, Ana María, hubiera preferido un homenaje más sencillo y por qué no, más práctico, como por ejemplo, la publicación de su obra. 

Mientras se quitaba rápidamente la corona de su cabeza y la sostenía con manos temblorosas, no pudo evitar darle la razón a su padre, Lino. En los años de juventud, poco después de haberse graduado en el Colegio Militar, cuando decidió dedicarse de lleno a la literatura, viendo que no se decidía por otra actividad, Lino le dijo:

«- Vamos, Rafael, veo que eres ingeniero sin obras y sin vocación para el oficio. Te gustan todas las artes: la pintura, la música y la poesía. Semejante dispersión de actividades del ingenio me parece sencillamente detestable. Tú no serás nada en ningún campo, ni ideal ni práctico. Decídete por ser algo en cosa de provecho.»

Contestó Rafael: 

– Si he de ser franco debo confesarle que la cosa porque siento más definida inclinación es la poesía.

– Pues poeta serás aunque después te pese. » [iii]

Quizás las palabras de su padre, dichas hacía muchos años, le pesaban ese domingo de agosto tanto como esa corona. Las dieciséis jovencitas que estaban en el escenario vestidas de blanco lo volvieron al presente entregándole,  de dos en dos, las coronas que enviaban los departamentos del país y el distrito capital.  Acto seguido, le fue ofrecida una medalla de oro de parte de su familia, y su talentoso sobrino Jorge Pombo, librero de profesión, dueño de la Librería Bogotana en el número 324 de la carrera 6, le entregó una elegante edición del poema Edda con una chispeante y graciosa dedicatoria en verso que el poeta pidió que el sobrino leyera para el público.

Vinieron más y más coronas de laureles y flores blancas: las que ofrecían la prensa, las gobernaciones, los intelectuales del país. Fueron tantas que Pombo quedó literalmente sepultado entre ellas.

Haciendo un gran esfuerzo el poeta logró abrirse paso y leyó su discurso de agradecimiento. Lo hizo en voz tan baja y en medio de los gritos eufóricos del auditorio que sus palabras no quedaron registradas para la memoria de la posteridad.  Pero la verdad, eso poco importa, pues ¿qué más podía decir si para esos momentos él con su vida y con su obra lo había dicho todo? 

El final de la ceremonia fue una interpretación musical de la poesía Edda con arreglos de Jorge Pombo, cantada por la señora Gutiérrez de Ancízar con acompañamiento de la orquesta:

Era mi vida el lóbrego vacío; 

era mi corazón la estéril nada;

pero me viste tú, dulce amor mío

y creóme un universo tu mirada. …

Dos días después, El Nuevo Tiempo reseñaba el cierre del evento así:

«Y cuando los aplausos se apagaban salió del teatro rodeado de jóvenes entusiastas de su gloria con su corona de oro y  el pecho lleno de medallas. Y nuevamente empezó el desfile de coches para la casa del poeta, bajo balcones cubiertos de belleza, entre doble hilera de multitud entusiasmada que vitoreaba a un vencedor del olvido y de la muerte, no con espada de guerrero sino con lira de cantos inmortales». [iv]

Al llegar a su casa no se dio cuenta del verdadero estado en que habían quedado su cuerpo y su alma después de este gran esfuerzo, pues los familiares y amigos más cercanos lo rodearon entre chistes, chanzas, felicidades y comentarios. El poeta trató de ser lo más amable que pudo con las personas que lo acompañaban, pero cuando vio entrar por la puerta de su casa las numerosas coronas de flores y laureles que casi lo sepultan en el teatro, quiso morirse. Había suplicado que no las llevaran allí, ya que su aroma era fatal tanto para él como para Beatriz. Pero no le hicieron caso. Quizás pensaban que eran simplemente los caprichos de un viejo, y no sabían que unos años antes un remedio de yerbas para las pulgas lo había enfermado gravemente. 

Un mes más tarde, encerrado en su cuarto y enfermo por el polen de los laureles, le escribía a su amiga Maria J. Christie de Serrano,  poetisa de origen irlandés, en cuya casa de Nueva York había vivido largo tiempo, con quien había compartido muchos de sus mejores momentos en aquel país, sobre todo durante los veranos en Hyde Park a orillas del Hudson.

«Mi sublime comadre: Aparte remito hoy a usted dos periódicos que le contarán la estupenda función en que yo fui héroe el 20 del pasado agosto: la coronación de mi esqueleto declarado el poeta de Colombia! Así como el pueblo inventó héroes (dígalo la Mitología) también inventa poetas…”

Después de describirle varias de las escenas vividas en el teatro Colón, las que más lo conmovieron, le dice:

«Estoy purgando la gloria, literalmente, pues mi casa se llenó de coronas con liras y hojas doradas …por lo demás mi decadencia física es alarmante, y así me querían obligar a arreglar el caos de mis manuscritos y a ordenar por fin una colección, empezando por un tomo de «Amor» pues pueden ser quince o más de diferentes temas.  Perdone que le haya hablado tanto de mi, juzgando que mis lauros le sean gratos. Imagine usted a este viejo en un trono y veinte o más bellezas acercándose a él con reverencia a presentarle una corona. «… [v]

La correspondencia con la señora Serrano era frecuente. En julio de ese mismo año le escribió para contarle acerca de un concurso que se había abierto en Bogotá con motivo del tricentenario del Quijote, y en el cual él había participado y había sido merecedor del primer premio, lo que le había parecido una patraña:

«…tal vez antes de abrir el sobre de la firma conocieron mi letra y juzgaron piadoso hacerme creer que todavía hago versos legibles. Después me ha caído una calamidad: han inventado hacer mi coronación de poeta, lo que ya había rechazado años atrás por la imprenta, y esta vez de palabra lo rechazo igualmente, pero tal vez lo harán contra mi voluntad y sin mi presencia ni cabeza propia…» [vi]

El último visitante se fue más allá de la media noche. Después de que pasara todo, el poeta se sintió agotado. Caminó despacio hacia su habitación llena de libros y de papeles regados. Escuchó el murmullo de los rezos de Beatriz. Se sintió vacío como si le hubieran chupado la vida en ese acto. Entre el morro de libros y cuadernos alcanzó a divisar tirado en un rincón un pequeño cuaderno viejo y ajado como él: su álbum de la infancia. Leyó en voz alta el título escrito con su puño y letra cuando apenas tenía nueve años: El Panteón literario: gustos lectores, poemas y traducciones.  Se sentó en el borde de la cama a hojearlo y comenzó a recordar…

 

Notas

[1] En El Escudo. Bogotá, agosto 9 de 1905.

[2] En Sur América. Serie IV. No. 89. 23 de agosto de 1905.

[3] “Diario íntimo de Pombo”. En El Nuevo Tiempo Literario. Tomo XIII- Nó. 14- 3884. Octubre 12 de 1913.

[4] En Florinda o la Eva del Reino Godo Español. Opera Mayor Española. Rafael Pombo.  Música de José María Ponce de León.  Imprenta de Medardo Rivas. Bogotá, 1880.

[i] En  El Nuevo Tiempo. Bogotá, agosto 22 de 1905.

[ii] En Lecturas Populares. Suplemento Literario de El Tiempo. Bogotá, Tomo I, primera serie, 1914.

[iii] En Biografía y Bibliografía de Rafael Pombo. Hector H. Orjuela. Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1965.

[iv] En El Nuevo Tiempo. Bogotá, agosto 22 de 1905.

[v] “Recuerdos de Rafael Pombo en Nueva York”.  Nicolás García Samudio. En Cromos, 889, Bogotá, 1933.

[vi] En Recuerdos de Rafael Pombo en Nueva York. __________________ Idem

 

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Edición No. 195