Una retreta en las tinieblas
Antonio Bayona rugía enjaulado en su propio taller. Su atlético cuerpo necesitaba espacio, libertad. La angustia por la tardanza en recibir noticias de Argemiro crecía a cada instante. Se preparó un café cargado, que se tomó lentamente, pensando, aterrado, en todo lo que estaba aconteciendo en el pueblo, así como en la charla que había sostenido la noche anterior con Argemiro, sobre cómo organizar a la gente y prepararla para lo que se iba a venir cuando se supiera toda la verdad, cuando se conocieran todos los siniestros planes que se habían estado forjando en contra de la gente de Marsalia. El tiempo transcurría, y Antonio empezaba a desesperar.
—¡Carajo! ¿Por qué no llega alguien? María Isleña, Argemiro, o el que sea, para que me cuente qué es lo que sucede en este pueblo del demonio, en esta corraleja humana que se volvió insoportable. Ha sido imposible vivir tranquilos desde la llegada del alcalde, que trajo a los camanduleros; y con ellos, al bendito, o mejor, al maldito Visitador oloroso a naftalina. Llegaron a sembrar el terror en nombre de Dios y del Gobierno, con cara de santos varones, para engañar a los ingenuos, a la gente inocente de Marsalia. ¡No soporto más esta espera! Definitivamente voy a salir, para ver qué es lo que pasa allá afuera.

Parado en la puerta de su tipografía, Antonio observaba la niebla silenciosa que cubría las calles de Marsalia. Quería salir a enfrentar la vida, pero recordó los sucesos que tuvieron lugar desde la muerte del Guatín y cómo la apacible población se fue convirtiendo en un pequeño infierno. Hacía menos de una semana, el sábado por la noche, después de las Fiestas del Retorno, se venían sucediendo algunos cortes de la energía eléctrica en el pueblo. Los habitantes los habían tomado como algo ocasionado por los racionamientos, debido a la escasez anunciada por el Gobierno.
El doctor Álvaro López era entonces director del hospital San Antonio. Médico cirujano oriundo de Marsalia, cursó estudios superiores en la capital, en la Universidad Nacional y, una vez que se especializó en Cirugía y Salud Pública, en la ciudad de Buenos Aires, regresó a Marsalia, con el ánimo de organizar el Hospital. Este era el único hospital de la región, donde la gente acudía con el único fin de morirse, por el precario servicio que se podía prestar allí. La hermana sor Juana hacía de enfermera jefe y auxiliar. Se encargaba de cuidar y asear a los pacientes que ingresaban por el servicio de caridad, pero no había recursos para los medicamentos básicos. Escaseaban el algodón, las vendas, el alcohol, el Merthiolate, el agua oxigenada, las curitas, las aspirinas, las agujas de inyectar y hasta el jabón para lavar las sábanas, las manos y los cuerpos.
Era una situación deplorable, el Gobierno no hacía nada para aliviar la situación, pero sí recortaba el presupuesto cada vez más. El doctor Álvaro López, de espigada figura, usaba a diario gruesas gafas de carey que le enmarcaban el alargado y sonriente rostro. Su suave mirada lo delataba como un hombre desprevenido, de metálica y firme voz, que modulaba las palabras con una correcta y agradable pronunciación. Era exquisito en el uso del lenguaje, afable y servicial con sus pacientes y condescendiente especialmente con las abuelas y los niños resabiados.
El doctor López nunca había cobrado su sueldo. Además, no había con qué pagárselo. Aun así, él no admitía la desidia del alcalde frente a la mala situación del servicio de salud, y, en una reunión en la Alcaldía, expuso unos cuadros estadísticos hechos por él en cartulina, que dejaban ver la diferencia abismal entre el gasto militar y el nulo gasto para la salud pública que había en Marsalia. Explicó cómo con el valor de cada bala de pistola o de fusil se podían comprar docenas de medicamentos: penicilina, alcohol, gasa, vitaminas, entre otros. Explicó también cómo con el costo de un fusil se podían salvar muchas vidas, y con el valor en metálico de una granada de fragmentación podían comer varios niños, tomar leche e ir a la escuela sin hambre.
El alcalde le respondió que hablar así y cuestionar al Gobierno era una traición a la patria, porque en primer lugar estaba siempre la seguridad y la lucha contra los enemigos de ella.
—Solo los cobardes temen combatirlos sin cuartel, como es el deber de todo patriota. Y quien no esté de acuerdo debe ser vigilado como un sospechoso, como un colaborador de aquellos que atentan contra la seguridad de la nación.
El doctor Álvaro López se paró valientemente y le dijo al alcalde que con todo el respeto que le merecía por su cargo, pero que estaba hablando sandeces. El alcalde no entendió el término, pero se sintió ofendido. El sargento Lobo Blanco, que estaba presente, se puso en guardia, pero el doctor López continúo, impertérrito:
—Digo esto, alcalde, porque usted habla de la seguridad. Pero ¿cuál seguridad? ¿La seguridad de quién? ¿La seguridad de los pacientes que se mueren por falta de una penicilina? La gente se muere de hambre; los niños, al nacer, y ¡usted nos viene a hablar de seguridad! Será de la seguridad de que se van a morir de hambre. Y nos habla de la patria como si la patria no fueran las gentes que la componen. Usted, alcalde, habla de la patria como algo bajado del cielo, algo por lo que la gente se debe hacer matar, aunque no exista, pues lo único cierto que tenemos los hombres es la vida y la dignidad, y eso es lo que ustedes nos quieren quitar a cada momento. Lo demás son creaciones de los que quieren manipular y engatusar a los idiotas, a la gente que buenamente cree en ustedes. ¿Dónde está? ¿Para qué sirve esa patria sino es para comerse a sus hijos y para engordar a las bestias que los oprimen? La inseguridad creada por ustedes es el terror y la violencia contra los inocentes de Marsalia. Me da pena y asco tener que oír esa perversa letanía: que la gente se debe morir de hambre para poder sostener una guerra de la que ellos serán las únicas víctimas.
Así concluyó el doctor López, antes de recoger su sombrero y retirarse del lugar. Todos quedaron boquiabiertos. Todo se esperaba menos que fuese el médico del pueblo, el más culto de los habitantes de Marsalia, quien les cantara las verdades en su propia cara; y tenía además toda la autoridad para hacerlo, pues no dependía económicamente de nadie y mucho menos del erario. Podía irse del pueblo cuando le viniera en gana. Tenía amigos en la capital y en el extranjero y, por su erudición y conocimiento médico, le llegaban frecuentemente invitaciones como conferencista en simposios y seminarios de medicina tropical.
La osadía del doctor Álvaro López no se la perdonarían nunca. El alcalde, el Visitador y los gallinazos consideraban que esa era una traición a su clase, y eso era imperdonable. A partir de ese día le hicieron la vida insoportable. Le mandaban esquelas amenazadoras y sufragios a su casa y a su consultorio; no lo volvieron a invitar a las reuniones en la Alcaldía, y algunos de sus conocidos lo esquivaban, para no saludarlo. Sus amigos cercanos, Antonio Bayona, Pedro Abelardo Salazar, Argemiro Aguilar y sus pacientes más queridos, como Nacianceno Castro, ña Paulina, Josefita Cuadros y otros que lo estimaban, le aconsejaron y le dijeron que, por su seguridad, abandonara el pueblo, que Marsalia no se lo merecía, que su vida era más valiosa, que esa era una causa perdida, que la medicina y otras gentes necesitaban sus servicios. Pero el amor a sus pacientes y el deber para con los más débiles y desprotegidos siempre le recordaban su juramento hipocrático, y entonces decía:
—¿Quién va a atender a mis enfermos? ¿Quién se preocupará y los defenderá de los gallinazos de muladar hediondo que merodean por el pueblo? Mi lugar está aquí, y no me retracto de todo lo dicho; por el contrario, creo que fui muy corto en lo que señalé. Nos están chupando la sangre, y quieren que la gente se arrodille para agradecerles por los atropellos que vienen cometiendo.
La hermana sor Juana tal vez fue la última que habló con el doctor Álvaro López, el sábado, después de las 7 de la noche, cuando terminaron la ronda con los pacientes más graves. Él le comentó, preocupado, que no sabía cómo harían para las cirugías que estaban programadas para el día siguiente, pues no contaban con anestesia, y que los cortes permanentes de luz ponían en peligro cada operación, ya que la planta eléctrica del hospital estaba averiada desde el año pasado. Sor Juana, de mirada cálida y finos labios rosados que adornaban su angelical rostro, le pidió, casi llorando, que abandonara esa noche el pueblo, que ella sabía que su vida corría peligro, que le estaban tendiendo una trampa para cazarlo, como habían hecho con el Guatín.
—No se preocupe, sor Juana, que yo no soy tan peligroso como el Guatín ni tengo pacto con el diablo, y las únicas armas que manejo son el fonendoscopio y el bisturí. Pero está bien; déjeme que operemos mañana a estos pacienticos y ya tendré oportunidad de considerar su consejo —le respondió ajustándose sus gafas de carey y enfundándose el saco de su terno.
La casa del doctor Álvaro López estaba situada en el marco de la plaza principal, en diagonal a la iglesia y, además de ser una amplia casa de claustro construida en los primeros años de la fundación de Marsalia, brindaba el gusto de estar frente a la plaza. Ello había creado la costumbre en la familia del doctor López de sacar sillas al frente de la casa, para disfrutar desde allí de la retreta que daba la banda municipal en el parque y saludar a los transeúntes que afablemente se acercaban.
Ese sábado hubo un primer corte de energía a las 7:30 de la noche, pero el fluido regresó después de un lapso no mayor a cinco minutos, así que todo siguió su curso normal. Cuando el doctor Álvaro López, ya en mangas de camisa, salió a disfrutar de la retreta, eran cerca de las 8 de la noche. Fueron muchas las personas que se acercaron a saludarlo, agradeciéndole por los buenos y caritativos servicios como médico. Él sonreía apenas y saludaba cariñosamente a todos. Le llamó la atención que en dos oportunidades pasaron por el frente dos de los conocidos camanduleros que se habían quedado en el pueblo. No lo miraron de frente, pero él sintió que observaban de reojo al grupo que allí se congregaba.
A las 8:30 se volvió a ir la luz, pero pocos minutos más tarde se la reconectó. A pesar de que no era normal esa intermitencia, la gente se fue habituando a los inesperados cortes de energía y siguió en el parque disfrutando de la agradable noche. Ya se empezaban a retirar, cuando el doctor Álvaro observó que los camanduleros volvieron a pasar, caminando muy lentamente. Se inquietó un poco, pero el inesperado saludo zalamero de Toña Conde, que hacía unos días lo había esquivado en la esquina del parque, lo distrajo. Estaba ensimismado en sus pensamientos cuando se produjo un nuevo corte de energía, a las 9 de la noche. Se quedó esperando que la energía volviera, como había sucedido en anteriores ocasiones, cuando se oyeron tres disparos que retumbaron por todo el parque y causaron el pánico y la dispersión entre los que aún estaban por allí. El doctor Álvaro López se recostó suavemente en la mecedora que su esposa le cedía siempre. “Cómoda y mullida”, decía él. El primer impacto le había partido la mandíbula; el segundo, el pulmón derecho, y el último le atravesó el corazón.
Esa noche no volvió la energía eléctrica. Se la reconectó apenas hasta las 5 de la mañana del domingo.
Antonio, con sus guedejas alborotadas todavía, salió a la Calle de la Mantilla, donde tenía su taller. No aguantó mas la espera de las noticias de quiénes eran los que ordenaban las muertes, de quiénes estaban detrás de esa máquina infernal que asolaba a Marsalia como una maldición apocalíptica. Cuando tomó la Calle Real, sin saber adónde ir, en la mitad de la cuadra sintió un tropel de cascos que se abalanzaba sobre él. Se colgó entonces de la ventana arrodillada de la casa de Josefita Cuadros, para no ser atropellado por la comitiva del alcalde.
Timoteo Guerra, que desconfiaba hasta de su propia sombra, había ordenado ir ese día temprano al matadero, para revisar cómo iba el sacrificio de ganado. Las cuentas no le estaban saliendo muy claras, y sospechaba de cada uno de sus hombres, porque sentía que le estaban metiendo gato por liebre. Así que decidió ir él mismo; además, según él, “tenía otros asunticos que arreglar”. Antonio se protegió de ser visto y observó que los hombres de civil iban fuertemente armados, cosa inusual en una visita de rutina, pues más parecía que fuesen a una confrontación de guerra. Los vio perderse entre la espesa niebla y, cuando ya no oyó el ruido de los cascos de las bestias sobre el empedrado de la calle, salió de su escondite. Caminaba pegado a la pared de las casas, para no llamar la atención de los transeúntes y para eludir un grupo de gente que se arremolinaba en la esquina del parque. Finalmente entró a la iglesia por la puerta falsa.
La penumbra silenciosa del amanecer llenaba el ámbito misterioso de las imágenes que querían descender del altar mayor. Sentía el rumor de alguien lejano que elevaba un rosario a la Virgen del Perpetuo Socorro. Caminó sigilosamente por la nave izquierda y, cerca del púlpito, reconoció la figura ventruda del padre Cándido Sánchez, con su sotana raída por el tiempo. De pie, conversaba con una mujer. Se aproximó sigilosamente y pudo reconocer a Toña Conde, quien, con su misal y la camándula en las manos, como implorándole a Dios, hacía ademanes y, cuando hablaba, era como si picoteara una fruta madura. El confesionario que estaba detrás de la columna del púlpito le sirvió de escondite, y desde allí pudo oír la conversación.
—Padre —decía Toña Conde —, el baño de sangre nos está alcanzando ya los tobillos. Estoy muy temerosa de que todo se llegue a saber. Esto comenzó como un juego para asustar a la gente, y mire dónde vamos. Yo sinceramente no me esperaba esa muerte tan fea del doctor Álvaro López. Después de todo, él era un buen médico y solo sabía manejar el bisturí.
—Son los destinos que Dios nos tiene reservados, hija; y nosotros no somos nadie para oponernos a ellos.
—Pero, padre, el alcalde y el Visitador deberían tener más cuidado y hacer las cosas con más disimulo. La gente se está dando cuenta de todo, y no se sabe qué pueda pasar. Andan diciendo que las muertes de Ramón Giraldo, su mujer, los cuatro hijos y sus hermanos no se debieron a simples ajustes de cuentas. Ocurrió que lo acribillaron porque se había negado a venderle la parcela al alcalde, la que colinda con la finca El Santísimo, de propiedad de don Timo.
—La gente es muy mal pensada, hija. ¿Cómo van a decir eso del señor alcalde? Él es un hombre valiente, que se enfrenta a todos los peligros por nosotros, amparado siempre por la Virgen de Fátima. Su devoción es más grande que la de sus enemigos, y ellos tienen que recurrir a la calumnia para buscar su desprestigio. Él, que no hace más que trabajar por la región, es natural que también tenga sus negocitos; pues la verdad es que con ese sueldo miserable de funcionario público jamás le alcanzaría para comprarse ni una mula vieja.
—Sí, padre, eso lo entendemos nosotros; pero la gente pobre no le va a perdonar el que soterradamente ordene el aniquilamiento de inocentes.
—¡No digas eso, hija!, y menos en este santo lugar; la blasfemia y la mentira son las armas del demonio, y nos tientan a cada instante.
—Yo solo le estoy contando lo que he oído, lo que la gente anda diciendo. Vea, padre, están tan desesperados, que ruegan para que mi Dios les haga el milagro de resucitar al Guatín.
—¿Cómo van a pensar eso? Si el Guatín era el mismísimo demonio. ¡Que Dios nos ampare! Mira que ahora todo está más tranquilo. La tropa puede patrullar sin peligro, y los muertos que han aparecido son por cosas de pleitos y borracheras.
—Créame, padre —insistía Toña—; si seguimos así, no va a resucitar un Guatín, sino muchos. Y eso es muy peligroso, porque de pronto aparece más de uno dándoselas de guapo, y aquí lo que se va a prender es una guerra, ¡Ave María Purísima!
—En todo caso, no te preocupes; veré qué puedo hacer ante Dios, que todo lo puede y todo lo dispone como mejor le parece, en su sabiduría infinita. Mientras estemos encomendados a la santísima Virgen, ella nos protegerá de todo mal y peligro. Ve con Dios y salúdame a tu hermana, que no olvide este mes rezar la novena de los Santos Inocentes, que nuestro Señor le tiene guardado un lugar muy grande en el cielo.
Antonio, en la oscuridad del confesionario, apenas respiraba; no podía creer que el padre Cándido Sánchez y Toña Conde estuvieran enterados de todos los acontecimientos y compartían la información de lo que estaba sucediendo. “¡No, por Dios!, esto es más grave de lo que yo creía; es una verdadera conspiración contra este pobre pueblo, y los que pueden frenarlos los alcahuetean”, pensó. Cerró los ojos, y el olor a parafina quemada que inundaba la iglesia le nubló los sentidos. Quiso poner sus pensamientos en orden. Sus largos dedos penetraron lentamente sus guedejas alborotadas. Ahora hacía todo tipo de hipótesis sobre quién más podía estar en el bando de los gallinazos. Tenía que ir con mucho cuidado, pues la delación y la cacería de brujas, por lo visto, se habían desatado contra cualquiera que disintiera de las medidas que estaba tomando Timoteo Guerra contra la gente del pueblo.
Sumido en esas cavilaciones estaba, cuando sintió que tocaron la ventanilla del confesionario. Salió de su letargo. Quería salir corriendo, pero pudo más la prudencia. Se serenó. El puño de su mano lo llevó a la boca, tosió largamente, para ganar tiempo, y salmodió un Ave María en voz alta, para que quien estuviera allí oyera que estaba rezando. Decidió abrir la ventanilla, y entonces penetró un fétido olor, mezcla de sudor, cuero húmedo y ropa sucia. No podía contener las náuseas. Se llevó las dos manos a la boca para contener, ahora sí de verdad, la tos que estruendosamente inundó la iglesia. Un frío le recorrió su cuerpo cuando vio que quien estaba de rodillas esperando confesarse era Secundino Solano Parada, el hijo mayor de Segundo María Solano y María Polonia Parada. Segundino era también hermano de Amanda Solano, novia de Argemiro, y quien se le había perdido a Antonio desde noche anterior. Por su culpa, por su tardanza, Antonio estaba metido ahora en tremendo berenjenal, esperando que aquel apareciera con más noticias de las que él ya conocía.
A Secundino Solano lo conocían en el pueblo como el Gallinazo Menor. El hedor que desprendía su boca lo confirmaba. Ayudaba a Segundo Solano en la venta de carne en la plaza de mercado. Era más alto y corpulento que su padre, y de anchos hombros y cabeza achatada en la parte posterior, cabello corto cortado siempre a rape y ojos saltones e inquietos, atentos a todo lo que sucediera a su alrededor. Arrestado y pendenciero por naturaleza con aquel que no le cayera en gracia, de grandes y toscas manos, con las que podía dominar a un toro, era considerado como el mejor rejoneador de la región. Había aprendido el arte del rejoneo, cuando estuvo prestando el servicio militar en los Llanos. Allí conoció personalmente a Guadalupe Salcedo, con el cual tuvo varios enfrentamientos en los que ninguno pudo vencer al otro, hasta que acordaron firmar un armisticio y reunirse en un lugar neutral. En ese día hicieron varias pruebas de destreza y de fuerza, y siempre quedaron en igualdad de condiciones.
Entrada la noche, Guadalupe le propuso que desempataran con una partida de ajedrez; pero Secundino confesó no saber el juego de los reyes y le replicó que apostaran con los dados o las cartas. Guadalupe le manifestó que el azar tenía que ser doblegado por la voluntad de los hombres; que él no creía que el mundo se pudiera manejar por el capricho de algunos señoritos; que por eso ellos estaban en rebelión; que iban a bajar a tiros a los encopetados oligarcas de la capital que los hucheaban a la guerra y después los dejaban colgados de la brocha, porque no eran sino unos cobardes, ¡sacaculos de mierda!, y que él lo invitaba para que se sumara a la rebelión, que los soldados no eran sino campesinos, hijos de los campesinos más pobres que los oligarcas reclutaban a la fuerza y ponían de carne de cañón, dizque para defender la patria, pero no les explicaban si la patria era la riqueza que ellos se robaban, con la complicidad del Gobierno, o si era la miseria en la que se moría el pueblo
Secundino no pudo con la retórica de Guadalupe Salcedo, y solo atinó a decir que él tenía que ser leal a Dios y al Gobierno, que no quería ser juzgado como desertor ni mucho menos quemarse vivo en el purgatorio, como se lo había advertido el padre Cándido Sánchez, antes de partir; pero que tal vez se volverían a encontrar en otro recodo del camino. Una vez regresó a Marsalia, se alió con su padre en las andanzas para hostigar a los campesinos que se negaban a salir de sus parcelas. Los bautizaron como la Banda de los gallinazos, integrada por todo el séquito que los seguía, muy de acuerdo con ellos y con los mandamientos del alcalde, ahora atizados con los consejos del Visitador.
“Padre, me quiero confesar”, fueron las palabras que pronunció Secundino, a través del visillo del confesionario, y que hicieron volver en sí a Antonio, quien buscaba un pañuelo con el cual taparse la nariz, a fin de neutralizar el nauseabundo hedor. La situación le infundía terror. Allí, en ese apartado lugar del mundo, oscuro y silencioso, donde la gente acudía para estar más cerca de Dios, él era ahora una víctima.