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Robert Burton y la «Anatomía de la melancolía»

El inglés Robert Burton (1577-1640) nació en Lindley y murió en Oxford. Entró a estudiar teología al Christ Church de Oxford en 1599 y se graduó quince años después. Deslumbrado con la calidad y cantidad de libros de la biblioteca del colegio comenzó en1603 la elaboración de su obra Anatomía de la melancolía. La publicó en 1621 y dijo en el prefacio: «Escribo sobre la melancolía para estar ocupado en la manera de evitar la melancolía». En 1624 fue nombrado bibliotecario vitalicio del mismo Colegio en el que estudió y se editó la segunda edición. Tuvo tres ediciones más durante su vida: 1628, 1632 y 1638. Cada edición tenía más referencias y digresiones. De las casi novecientas páginas de la primera, la última que corrigió llegaba a las mil cuatrocientas. Su vida fue, en buena medida, su libro. Al cual dedicó treinta y siete años. Obra prodigiosa y monstruosa, infinita enciclopedia taxonómica de la tristeza humana. Una extraña flor barroca, en la que cita a mil seiscientos autores, desde la antigüedad hasta el Renacimiento: médicos, poetas, filósofos, teólogos, salmistas, místicos.


La posteridad del libro se fundamenta en dos pilares: su estilo literario y su conocimiento médico. El primero cautivó a escritores como Laurence Sterne, Samuel Johnson, John Keats, Charles Baudelaire, Jorge Luis Borges. El segundo es el que analizaré de manera sucinta aquí. La obra se divide en tres partes: el diagnóstico clínico y las causas de la melancolía, la curación de la enfermedad y la caracterización de la melancolía religiosa y amorosa. Burton domina el tema clínico a fondo y sabe diferenciar entre la enfermedad por exceso y transformación de la bilis negra, en una evidente explicación hipocrático-galénica, pero también distingue el humor melancólico y el temperamento, que deben ser considerados una expresión psicológica normal y natural. Además, incorpora a su libro la visión renacentista de Marsilio Ficino y el vínculo entre melancolía y genialidad, retomado del Problema XXX del Pseudo Aristóteles. 


En la primera parte describe -de manera acertada- la mayoría de los síntomas y signos de la enfermedad. La clasifica en causas naturales y sobrenaturales; en causas específicas de la cabeza, de todo el cuerpo y en la hipocondriaca; y en las causas «necesarias» a partir las seis causas preternaturales: dieta, retención y evacuación, aire, ejercicio, sueño, pasiones o concupiscencia. También la diferencia de la locura y el frenesí. Sus fuentes médicas principales son Galeno, Timothy Bright y el Tratado de la Melancolía (1586), y André Du Laurens y su libro Discurso sobre la conservación de la vista, las enfermedades melancólicas, los catarros y la vejez.

Burton enfatiza en el equilibrio vital entre el alma y el cuerpo, lo cual lo lleva a darle valor a las terapias usuales con el eléboro, la borraja, la dieta, al igual que el apoyo psicológico y espiritual, la propiedad curativa de la música y, en especial, establece a la ociosidad como el origen y perpetuación de los melancólicos:

Al igual que el helecho y todo tipo de hierbas crecen en campos sin cultivar, también lo hacen los humores espesos en un cuerpo ocioso. Un caballo que nunca viaja, que está metido en un establo, un halcón que pocas veces vuela, enjaulado, están ambos sujetos a enfermedades; éstos, si se les suelta, están muy libres de cualquiera de esos impedimentos. Un perro ocioso estará sarnoso, ¿cómo pensará escapar una persona ociosa? La ociosidad mental es mucho peor que la corporal; el ingenio sin empleo es una enfermedad, «la herrumbre del alma, una plaga, el mismo infierno», «el mayor perjuicio para el alma», lo llama Galeno. «Al igual que en un charco estancado aumentan los gusanos y reptiles sucios» (el agua se pudre, y lo mismo el aire, si no lo agita continuamente el viento), «del mismo modo lo hacen el mal y los pensamientos corruptos en las personas ociosas», el alma se contamina. En una república donde no hay un enemigo público, hay, probablemente, guerras civiles y se enfurecen contra ellos mismos. Este nuestro cuerpo, cuando está ocioso y no sabe cómo emplearse, se atormenta y mortifica con preocupaciones, penas, falsos temores, descontentos, y sospechas, se tortura y se consume en sus propios intestinos, y nunca descansa. Me atrevo a afirmar que el o la que está ocioso, sea de la condición que sea, nunca será tan rico, tan bien allegado, afortunado, feliz, aunque tenga en abundancia y felicidad todo lo que su corazón pueda querer y desear, toda la satisfacción; mientras que él o ella o ellos estén ociosos, nunca estarán complacidos, nunca estarán bien en el cuerpo o en la mente, sino siempre cansados, siempre enfermizos, siempre molestos, siempre a disgusto, lamentándose, suspirando, afligiéndose, sospechando, irritados contra el mundo, con todo objeto, deseando consumirse o morirse, o si no se dejan llevar por una u otra fantasía insensata[1].

La ociosidad se acompaña de la soledad, la misantropía, la bellaquería. Por eso, aunque el exceso de estudios puede generar melancolía en ocasiones[2], en realidad es una de las terapias más efectivas para combatirla. Burton ya nos contó en su prólogo satírico -bajo el seudónimo de «Demócrito el joven»- que él escribió su enciclopedia de la melancolía para vencer la ociosidad y superar la tendencia a la tristeza. De ahí qué, a pesar de que reconozca que los estudiantes de teología y filosofía, como los eruditos, no son valorados en la sociedad y están condenados a la pobreza, al desprecio, al escarnio público de los poderosos y ricos, deben persistir en su oficio y arte: 

Y lo que concluye Marsilio Ficino en una epístola a Bernard Canisianus y a algunos otros de sus amigos, se lo deseo en este libro a todos los buenos estudiantes: «vivid alegremente, oh mis amigos, libres de preocupaciones, perplejidad, angustia, sufrimiento mental, vivid alegremente, el cielo os ha creado para el gozo. Una y otra vez os pido que seáis felices; si cualquier cosa altera vuestros corazones o angustia vuestras almas, ignoradla y condenadla, dejadla pasar. Y esto os lo prescribo yo, no sólo como sacerdote, sino como médico, porque sin esta alegría que es la vida y quintaesencia de la medicina, las medicinas y cualquier cosa que se utilice y aplique para prolongar la vida del hombre son algo torpe, muerto y sin fuerza».

Burton rechazó las etiologías mágicas y demoniacas de la enfermedad, combatió a los charlatanes, alquimistas, hechiceros, exorcistas y dio esperanza a los enfermos a través de las acciones de los médicos auténticos, que estudiaban a los maestros y deseaban con fervor la curación de los pacientes. En este sentido, su texto fue contemporáneo a la racionalización de la medicina y ratificó que los aquejados con alteraciones emocionales y mentales debían ser tratados con humanidad y con la óptica médica. La teoría humoral galénica predominó en su comprensión de la entidad, pero este paradigma siguió siendo dominante durante el resto del siglo XVII y parte del siglo XVIII, aunque iatroquímicos como Thomas Willis intentaron construir otras explicaciones fisiopatológicas.


Sin ser médico, se le reconoce a Burton la introducción en la medicina occidental del subtipo de la «melancolía religiosa», caracterizado por exceso (miedo a la condenación eterna, a la perdición del alma, al infierno, al silencio de Dios) o por defecto (la desesperación e incredulidad de los ateos y la terrible expectativa de una muerte definitiva del cuerpo, sin la posibilidad de la inmortalidad espiritual). En este subtipo melancólico sí acepta que su principal causa es el maligno: « El instrumento que emplea habitualmente para producir tal efecto es el humor melancólico, que es el «baño del demonio». Y, como en el caso de Saúl, «los malos espíritus se introducen en nosotros».


El sugestivo nombre de la Anatomía de la melancolía surgió de su homenaje a Demócrito de Abdera, quien es dibujado en la epístola apócrifa de Hipócrates a Damageto, como un hombre acusado de locura por sus conciudadanos, pero que el famoso médico de Cos luego de hablar con él, se da cuenta que no está loco, sino que es un sabio, que diseca cabras y otros animales para encontrar la causa de la melancolía y poder escribir un libro que revele su curación. Demócrito no escribió la obra, pero Burton (Demócrito el joven) lo hará en su lugar. Además, Demócrito representa -en la cultura occidental- con su risa sarcástica ante la locura universal, la figura del sabio escéptico que descubre «el mundo al revés» de los melancólicos y los locos, que es también el mundo de la estulticia generalizada del Elogio de la locura de Erasmo y esta Anatomía de Burton en la que:

Así, tú te ríes de mí, y yo de ti, los dos de un tercero, y él vuelve lo del poeta contra nosotros de nuevo; «acusamos a los otros de locura, de necedad, y nosotros mismos somos los más tontos». Pues es un gran signo y propiedad del necio (apuntado por el Eclesiastés 10, 3) insultar con orgullo y presunción, difamar, condenar, censurar, y llamar a los otros necios («no vemos lo que contiene la mochila que llevamos a la espalda»), tachar en otros aquello en lo que nosotros somos muy defectuosos; enseñar lo que no seguimos nosotros mismos: que un hombre inconstante escriba de constancia, que un vividor profano prescriba reglas de santidad y piedad, que un tonto incluso haga un tratado sobre sabiduría, o quien con Salustio injurie a los ladrones de países, y sin embargo él mismo sea por oficio uno de los más lastimosos saqueadores. Esto demuestra su debilidad, y es un signo evidente de indiscreción de tales individuos. «¿Quién de nosotros merece más ser crucificado?». «¿Quién es el loco ahora?». O quizá en algunos sitios «estamos todos locos en compañía y así no se ve la locura»; «la conjunción del error y de la locura llevan igualmente a lo absurdo y lo extraño».

Burton creía en los horóscopos astrológicos y al hacer el suyo anunció con años de anticipación la fecha de su probable muerte: el 25 de enero de 1640. Ese día murió, con sesenta y dos años de edad. Se ha sospechado que se suicidó para conservar el prestigio de su profecía. Su obra se reeditó en 1651, 1671 y 1678. Luego entró al purgatorio del olvido hasta que fue publicada de nuevo en 1800 y redescubierta por los románticos. En el siglo XX y este siglo XXI ha tenido un auge ascendente de lectores. Por un lado, desde William Osler los médicos han escudriñado en ella la sabiduría atemporal de la palabra consoladora y terapéutica de la relación médico-paciente. De otra parte, los críticos literarios —como Manguel y Shirilan— han vislumbrado su género de «centón»: una obra literaria construida de fragmentos y citas de otros, en un juego intertextual inmerso en la ironía, que también fue el proyecto del filósofo Walter Benjamin al escribir El libro de los pasajes. La Anatomía de la melancolía es una enciclopedia de saberes abismales, la cual perdurará en la memoria de la humanidad lectora y su mayor homenaje contemporáneo lo hizo Borges al poner como epígrafe de su cuento La biblioteca de Babel esta frase tomadas de la obra: «By this art you may contemplate the variation of the 23 letters».


[1] Cito de la única versión de la obra completa traducida al español y publicada en tres tomos: Burton, R. Anatomía de la Melancolía I. Ana Sáez Hidalgo (trad). Madrid, Asociación Española de Neuropsiquiatría. 1997.

Burton, R. Anatomía de la Melancolía II. Raquel Álvarez Peláez (trad). Madrid, Asociación Española de Neuropsiquiatría. 1998. Burton, R. Anatomía de la Melancolía III. Cristina Corredor (trad). Madrid, Asociación Española de Neuropsiquiatría. 2002.

[2] Burton, sorprendente lector temprano de Cervantes, dice: «o que no haga como esos enamorados que no leen más que dramas, ociosos poemas, chanzas, Amadís de Gaula, el Caballero del Sol, Los siete adalides, Palmerín de Oliva, Huon de Burdeos, etc., lo que muchas veces hace que terminen tan locos como Don Quijote». Thomas Shelton hizo la traducción de la primera parte del Quijote al inglés en 1612 y en 1620 publicó la segunda parte. Tengo la versión digital de la anatomía de la melancolía de 1624 y ya aparece la alusión a Don Quijote.

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Edición No. 212