Secuelas de las emociones tristes
Reseña del libro El país de las emociones tristes – Una explicación de los pesares de Colombia desde las emociones, las furias y los odios. Por: Mauricio García-Villegas; Ed. Ariel/Planeta, Bogotá 2020
En la Ética de Spinoza encontré un apaciguamiento a mis pasiones; parecióme que se abría ante mis ojos una visión amplia y libre sobre el mundo físico y moral. La imagen de este mundo es transitoria; sólo quisiera ocuparme de las cosas duraderas y procurar a mi espíritu la eternidad, de acuerdo con la doctrina de Spinoza.
Johann Wolfgang von Goethe
En la llegada de un nuevo año suelen hacerse pronósticos de todo orden, y las personas proponerse objetivos y metas deseablemente alcanzables. Se vaticinan cosas absurdas y otras convincentes que arrastran a creyentes. Los horóscopos dicen cosas del lugar común, con apego a una tradición en los periódicos que cautiva lectores en busca de saber en lo posible lo bien que les podrá ir. No faltan los desaguisados ni la inclemencia en ciertas expresiones. Pero lo más importante sería conocer un poco de la ventura que socorrerá a las gentes de nuestro país, en medio de las desigualdades reinantes, que se ahondan.
La tradición violenta de Colombia, con clima de odios, pugnacidades, venganzas, sigue teniendo realidades dolorosas. En un clima de polarización, la búsqueda de una paz concertada entre facciones en guerra sigue siendo un anhelo. La Constitución del 91 fue un ejercicio histórico de conciliación que produjo una Carta para orientar a la sociedad y fijar límites en el ejercicio de la civilidad. Luego tuvimos el proceso que condujo a suscribir el Acuerdo, primero en La Habana y luego en el Teatro Colón, que permitiera la desmovilización de la insurrección armada más antigua del continente, y quizá del mundo. Pero a su vez el camino ha sido tortuoso, por la polaridad reinante, que ha llevado a la generación y fortalecimiento de grupos ilegales. El sacrificio de dirigentes sociales y las masacres son noticia de cada día. ¿De dónde viene todo esto?

Para intentar responder a la pregunta se ha producido un nuevo libro de Mauricio García-Villegas, personalidad de los más altos niveles académicos e intelectuales, con el título: “El país de las emociones tristes – Una explicación de los pesares de Colombia desde las emociones, las furias y los odios” (Ed. Ariel/Planeta, Bogotá 2020) . Es una investigación reflexiva que se adentra en los pormenores históricos desde la Independencia, los comienzos turbulentos de la República, la conformación de partidos políticos, enemistados de continuo, el tormento de las guerras civiles del siglo XIX y el recorrido por el siglo XX con intentos de modernización, y oposiciones beligerantes que daban al traste con aquellos procesos bien intencionados. Es decir, nuestra tradición ha sido de confrontaciones pasionales que además de desatar arengas provocadoras, en retóricas incendiarias, han ocasionado confrontaciones armadas, especie de guerras civiles, en general no declaradas, con agrupaciones insurrectas, ilegales, multiplicadas y diseminadas en el complejo territorio nacional, al amparo de una geografía sin control de Estado y con el elemento más provocador, el narcotráfico que inyecta descomunales recursos económicos al conflicto.
García-Villegas se propuso examinar la complejidad de los procesos en la vida colombiana, con análisis sereno y analítico de las emociones que se despiertan en muchas ocasiones motivadoras de violencia, en apego al modelo de ensayo, al amparo en especial de Michel de Montaigne (1533-1592) y de David Hume (1711-1776). La actitud pasional de la dirigencia ha tenido consecuencias en el derrame de tanta sangre inocente, o entre combatientes. Con frecuencia en el libro el autor refiere historias familiares para indicar sus influencias en la formación y apuntalar creencias de libre examen. Es una obra sistemática, desarrollada con aplomo de espíritu y por tratarse de ensayo no se deja seducir por consideraciones categóricas. Campea en ella el “tal vez”, el “quizá”, como formas de cierta provisionalidad. Está conformada por tres partes: 1. La ética de la vida (con catorce apartados), 2. Las emociones tristes (con dieciséis apartados) y 3. La representación del mal (con doce apartados, todos ellos secuenciales). Cada una de ellas con profundo sentido de libre y serena meditación, y en algunos momentos con vuelta atrás para revisar planteamientos.
Su conocimiento jurídico, de la historia, la filosofía, la literatura, con elementos de la sociología y la antropología, lo llevan a barruntar hipótesis con apoyo en los sentimientos y pesares que ha soportado nuestra sociedad, sin tregua. Pasiones que se desbordan, con deseo de contención en una educación de calidad para todos, con despliegue de la cultura en especie de antídoto.
De entrada plantea la hipótesis de balance, en especial de la cultura política en Colombia, inclinada de manera preponderante hacia los sentimientos tristes, lo cual ha tenido como consecuencias abundantes conflictos con opciones de ser resueltos pero que condujeron a guerras; asimismo, abundantes proyectos indispensables con posibilidad de ejecutarse pero echados al traste por disputas entre facciones. También muchos consensos rotos por bobadas o por actitudes ruines; muchas leyes con artimañas en la ejecución; muchos líderes sensatos que se enredaron en mezquindades. Por otro lado, propósitos nobles sin poderse desarrollar por la enemistad entre partes involucradas. En últimas, el autor plantea que en nuestro país ha habido demasiadas ideas buenas malogradas por las emociones tristes.
Esa hipótesis la concreta en comprender y dilucidar que en Colombia los sentimientos propios de las agrupaciones políticas están saturados de emociones tristes, en especial los miedos, los odios, las venganzas, los no reconocimientos, las envidias, etc. Las consecuencias de todo esto, expresa, se manifiestan en la injusticia social, el despotismo, la oligarquía, la incapacidad administrativa del Estado y la extendida corrupción.
Ese balance emocional que identifica a la cultura nuestra lo lleva a explorar el sentido de las emociones y los sentimientos, con amparo en la “revolución cognitiva” desarrollada por la ciencia desde los descubrimientos de Charles Darwin. Estima, con fundamento, que las emociones tienen papel preponderante en los comportamientos humanos, con la clara consecuencia de no tener asidero principal las ideas en los debates políticos, sino las emociones. Y por asumir a conciencia el efecto de estimular las emociones, los políticos pasionales, y aún venales, conquistan adeptos y votantes tocando las fibras sensibles, primarias de las gentes, incluso con el tono desmedido en la vociferación pública, en la plaza, en recintos y en los medios de comunicación. Nos falta mucho para que la sindéresis sea la actitud sustantiva en el debate público.
Hace historia de los odios entre liberales y conservadores, desde los comienzos de la República, fruto de la enemistad que padecieron Bolívar y Santander, con secuelas de guerras civiles y regionales que todavía no cesan, con acento cruel en la llamada “Violencia” de los años cincuenta del siglo pasado, pero luego transformada en una guerra de organizaciones guerrilleras, paramilitares y agrupaciones ilegales de diversa identificación, con el sustrato económico y de mayor violencia desde los años ochenta, o un poco antes, del narcotráfico.
Recuerda como su padre, zootecnista, admirador de Charles Darwin (1809-1882) y de Konrad Lorenz (1903-1989), le inculcó el conocimiento de sus obras. El conocimiento de la teoría de la evolución lo llevó a comprender que con ella nos alejamos de los dioses y nos ponemos en el lugar de los animales.
Cuenta García-Villegas que su padre, de unos 25 años, leyó “El origen de las especies”, obra que contribuyó a convertirlo en un “agnóstico sereno”; persona interesada en la ciencia, con aplicaciones al conocimiento y colección de insectos y en el avistamiento y clasificación de aves, en los ratos libres. Era admirador tanto de aquella obra como del autor y su familia. Refiere que le leyó fragmento de la “Autobiografía” relacionado con el impedimento que el padre de Darwin (de 22 años) le puso para el viaje en el bergantín “Beagle”, de la marina británica, programado para recorrer el mundo en dos años. Finalmente Darwin cumple el requisito que le puso el padre de encontrar persona de sentido común que viera bien ese viaje, la cual resultó ser el marido de una tía. Y Darwin, para regocijo de la ciencia, se embarca y cumple admirable misión que le lleva a formular la teoría de la evolución, con especial investigación en las islas Galápagos. Apreció que las especies que sobreviven pasado el tiempo son las que más se adaptan al medio y las que dejan su herencia genética en sucesión, mientras las otras se extinguen. En palabras de Darwin, citadas por García-Villegas: “Las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni las más inteligentes, sino aquellas que se adaptan mejor al cambio.” (“El origen de las especies”, 1859). Y se llega a la comprensión de los sentimientos tener origen biológico.
Más adelante, el autor también se hace al conocimiento de la obra del evolucionista Richard Dawkins, de quien asume la existencia de un alma en la mente de los religiosos, asociada con los dioses y la trascendencia, y la existencia del espíritu, asociado con la belleza y la elevación sentimental. Considera que el alma mística muere con los avances de la ciencia, mientras que el espíritu se fortalece.
Estudia la predisposición genética que traemos en los rasgos innatos, no de emociones, que condicionan el comportamiento humano: la imaginación, la reciprocidad, el yoísmo, el altruismo, el moralismo, el tribalismo, sin que sea una lista definitiva. Rasgos que no se cambian por decreto ni por educación de rigor, o por amenazas. Estamos integrados por el mismo barro, con resplandores y tinieblas. Acepta que la Cultura, especie de segunda naturaleza, incide en modificar esos rasgos, auncuando no siempre lo consigue.
Exalta a Alexander von Humboldt como el precursor de la relación entre ciencia e imaginación, entre naturaleza y poesía. Para el desarrollo de sus planteamientos o reflexiones, García-Villegas apela con frecuencia a escritores como La Rochefoucauld, Pascal, Calderón de la Barca, Borges, Kavafis, Stefan Zweig, Amos Oz, Antonio y Manuel Machado, León Felipe, José Zorrilla, Miguel de Unamuno, Gabriel García-Márquez, Octavio Paz, Fernando Savater, Mariano Picón-Salas, José-Emilio Pacheco, Javier Cercas, Arturo Pérez-Reverte, Evelio Rosero,…
Estudia las raíces de nuestras emociones, en parangón con España y la manera como esta introdujo aspectos culturales desde la Conquista. Se aclimataron en Iberoamérica muchas pasiones tristes: el miedo, el dogmatismo, la intolerancia, el fatalismo, la arrogancia, la desconfianza. En especial la desconfianza propicia el odio y la envidia. Y solemos regirnos, advierte, por una moral de las intenciones no de los actos, además se dispone de abundante regulación jurídica, en especie de superávit, con déficit en la regulación social y de cultura. Insiste en la necesidad de conocer a fondo la historia de España para explicar las herencias que tuvimos, para valorar a su vez el legado de la lengua, el arte y la cultura. Anota, por ejemplo, que la sensibilidad artística tuvo mayor significación en España que en Francia e Inglaterra. Indica que esa herencia ha permitido un desarrollo notable de las artes y la literatura en Latinoamérica, a pesar de subestimar aquella tradición.
La violencia ha contado con un caldo de cultivo en una población numerosa y marginal sin educación para la vida y las decisiones autónomas, con amparo en el fanatismo religioso, resultando ser presa de la politiquería clientelista y corrupta. Además sin alcanzar soluciones al conflicto por la propiedad y uso de la tierra.
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Hay un apartado, el I.15 del libro, que el autor dedica a presentar los guiones fundamentales en la filosofía de Baruch Spinoza. García-Villegas lamenta haber llegado un poco tarde al conocimiento de su obra, pero quedó atrapado por ese pensamiento que lo asume como soporte en sus dilucidaciones, y en especial en la conquista de la alegría. El desarrollo conceptual de Spinoza no tuvo sujeciones a creencias establecidas, lo cual le llevó a que fuese declarado hereje y separado de la comunidad judía, al conocerse de sus diferencias con los rabinos. Los términos de esa sanción causan escalofrío: “Excomulgamos, maldecimos y separamos a Baruch Spinoza… […] que sea maldito de día y de noche… […] que Dios lo borre del cielo y lo separe de todas las tribus de Israel…” (27 de julio de 1656, cuando contaba 23 años de edad). El Consistorio calvinista condena, en 1678, la publicación de sus obras y el gobierno holandés prohíbe su circulación, auncuando tuvieron circulación clandestina. En 1690 todos sus escritos se sancionan prohibiéndolos al incluirlos en el “Index librorum prohibitorum – Índice de libros prohibidos” de la Iglesia católica, en la Inquisición española. Pero, por fortuna, tan importantes obras son reivindicadas por filósofos alemanes (Schelling, Hegel, entre otros) a principios del siglo XIX, con el antecedente de ser considerado su pensamiento como atractivo por pensadores europeos en el siglo anterior. De recordar que Gilles Deleuze lo llamó “el príncipe de los filósofos”.
La condición de Spinoza fue siempre la de intentar entender a sus detractores, ajeno a burlarse o a detestar a otros; siempre en la actitud racional de comprender las diferencias. La vida para él está impulsada por una fuerza interior que llama “conatus” (esfuerzo, empeño, impulso, voluntad instintiva de vivir), no solo presente en los humanos, pero en estos es su esencia.

Spinoza tuvo el sentido de valorar las razones y los sentimientos, lo cognitivo y lo emocional, debidamente intrincados. Supo separarse de las religiones al no aceptar el alejamiento que ellas promovían de los deseos y de los placeres. Estimó que el dualismo real se da entre los que se someten a la tristeza alejándose del goce y quienes tienen la capacidad de vivir con alegría en concordancia con las emociones y conducidos por la razón. Pero ese dualismo no es entre cuerpo y alma. Esta consideración lo lleva a plantearse la noción de libertad como esa actitud favorable a decantar los deseos para que propicien la más abundante alegría, con plena satisfacción. Esa libertad también la expresa en la actitud de los humanos en generar múltiples pensamientos, en todo, y en menor cantidad sobre la muerte, subrayando que estamos hechos solo para la vida, sin otra existencia. Inculca la conveniencia de los encuentros que generan mutuos desarrollos. Así, los encuentros felices nos vitalizan, fortalecen las emociones positivas (alegría, confianza, amor y la potencia de la vida).
En esos términos, Spinoza plantea que la sabiduría radica en conseguir los mejores encuentros, para alejar la tristeza y fortalecer la potencia vital (“conatus”). En particular, García-Villegas refiere la “Ética” de Spinoza en ese andamiaje de organizar y estimular la vida en los deseos, con el fin de restarle actuación a la tristeza, con aumento de la alegría. El autor la condensa al decir, se trata de “una ética del goce contra la ética de la congoja”. En esa obra Spinoza denuncia tres tipos de personajes que han afectado la condición humana: el esclavo, triste por su condición; el tirano, que vive de la tristeza de los otros, y el sacerdote, apologista de la vida triste. El filósofo persevera en evitar a toda costa las emociones tristes (rabia, envidia, venganza, miedo, desesperanza, indignación, vergüenza, remordimiento, cólera,…), que consiguen generar aflicción en la vida.
En síntesis, Spinoza nos enseña a alcanzar una vida ética al “pasar de la tristeza al goce, de la servidumbre a la libertad y de la impotencia a la libertad”, señala García-Villegas. Y resalta el haber sido Spinoza un crítico del poder político, en lo que goza igualmente de actualidad, al igual cuando estima su “Ética” como “una crítica despiadada contra el sentido de la vida impuesto por sacerdotes atrabiliarios y príncipes despóticos.” Asimismo, pone de presente que Spinoza utiliza la expresión emociones tristes en vez de emociones furiosas, con el fin de evitar fustigarlas o caer en lo indeseado de la desaprobación; lo que hace es enjuiciarlas. No ataca el mal, pero sí señala que este no conduce a nada de provecho. También interpreta el pensamiento de Spinoza en términos de “si la felicidad es el bien supremo, la tristeza es un sentimiento que linda con el mal supremo.”

El autor termina su recuento del pensamiento de Spinoza al aludir en extrapolación a las emociones tristes vs. las emociones plácidas, pensando más en los efectos, lo que le conduce a utilizar la expresión “plácida felicidad” en vez de la “bienhechora felicidad”.
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En el capítulo III, el autor se dedica a examinar “El proyecto Colombia”, con recuento histórico de lo ocurrido desde los inicios de la República, con la formalización de los antagonismos y el desenlace de sucesivas guerras civiles en el siglo XIX, de luchas pasionales sustentadas en los apetitos burocráticos, que a su vez producen heridas que perduran, con repetición de ciclos de confrontación y venganza. Señala que fueron guerras sin posguerra que permitiera generar condiciones de alivio para la gente. Y en el siglo XX la violencia política adquiere formas crueles de degradación, con dos períodos significativos: la llamada “Violencia” de 1948 a 1958, y el que se acentúa a partir de 1975. Indica que cuando las creencias políticas se desarraigan de lo social, las prácticas políticas asumen las pasiones, con la consecuencia de volver el debate público más encendido y sectario.
Entendió que en el siglo XIX hubo intelectuales moderados, liberales y conservadores, que invocaban por una concertación pacífica entre los partidos. En el siglo XX también señala la importancia de dirigentes moderados e identifica en estos a Eduardo Santos y Mariano Ospina-Pérez, pero que no consiguieron salidas pragmáticas en medio de las peloteras o de las algarabías. Señala que la Constitución de 1991 fue una notable experiencia de la democracia pluralista, moderna e incluyente, sin antecedentes en el país. Experiencia de conciliación que luego fue opacada por la acentuación exasperada del conflicto armado. Dice que “la Constitución es como el mástil del barco al que se amarra Ulises para impedir que las emociones desatadas por el canto de las sirenas le lleven a cometer errores irremediables.”
Llega a formular que para comprender la violencia en Colombia hay que escudriñar más en el debate político que en las estructuras sociales. Incluso en el proceso que ha vivido el país menciona los esfuerzos modernizadores de los presidentes Alberto Lleras y Carlos Lleras-Restrepo, con incorporación al Estado de técnicos de diversas disciplinas, integrando especie de burocracia autónoma de los partidos políticos, por caso en Planeación Nacional y en el Banco de la República. García-Villegas tiene la impresión que en las más recientes décadas los políticos han colonizado muchas dependencias técnicas del Estado, en especial en las regiones.
En este punto, el autor observa que los sentimientos de los políticos están plagados de emociones tristes, con expresión en miedos, odios, venganzas, envidias, nada de reconocimientos, etc. En particular anota que la política colombiana más reciente está rotulada, profundamente afectada, por el “rencor visceral” del expresidente Álvaro Uribe contra el expresidente Juan-Manuel Santos.
García-Villegas pasa revista al acontecer nacional en momentos históricos cuando la religión era bandera batiente por una educación confesional y contra los ideales liberales, incluso contra los militantes de esta vertiente de pensamiento. Y cita la participación incendiaria de jerarquías católicas en los procesos de violencia, en alianza con dirigentes conservadores, vociferantes enardecidos, como en el caso de Laureano Gómez. De igual modo señala la aguda polarización, en la cual los contrincantes desean la extinción del contrario. “El incendio de las palabras avivó la hoguera”, dice. Igual expresa: “Me inclino a pensar que la derecha religiosa, con su intransigencia y su cerramiento mental, tuvo una responsabilidad mayor en la violencia de mediados de siglo [XX], que los liberales.”
Recoge en conversación con el historiador Jorge-Orlando Melo las causas que este considera de la persistente violencia: “el cierre del Congreso por parte de Mariano Ospina-Pérez, la convocatoria de la Constituyente hecha por Laureano Gómez, el apoyo liberal a Rojas, la adopción de la teoría de la combinación de las formas de lucha por el PC, la oposición a la reforma agraria por parte Alfonso López y Álvaro Gómez, el Estatuto de Seguridad de Turbay, y la coyuntura independiente central es el auge del narcotráfico entre 1970 y 1978.”
Trata el tema del proceso de paz cumplido en el gobierno del presidente Juan-Manuel Santos que consiguió suscribir acuerdo con las Farc para su desmovilización, entrega de armas y reincorporación a la vida civil. Este Acuerdo condujo a una refrendación en convocatoria al voto ciudadano, pero ganó el NO, por escasos sufragios, lo cual desencadenó el recrudecimiento de la polarización, con afloramiento de los viejos odios contra la izquierda y el liberalismo. Este proceso tenso ha desatado continuo asesinato de desmovilizados de la insurgencia y de líderes sociales, con creciente número de masacres. El autor en deseo de optimismo exclama: “Mi esperanza es que las emociones plácidas que alentaron a los defensores del acuerdo de paz hayan ganado el futuro a pesar de haber perdido el pasado en el plebiscito.”
En el apartado III.30 se dedica a considerar la existencia de los moderados, los del medio, que aparecen entre los extremos de la polarización política, quizá con una mayoría de la población “sin voz, inerme, dispersa, confundida que termina arrastrada por los gritos y las balas.” Cita a Stefan Zweig, quien dice: “La historia no gusta de los individuos mesurados, los mediadores, los conciliadores, los hombres de sentimientos humanitarios. Sus favoritos son los apasionados, los exaltados, los aventureros feroces y los espíritus de acción.”
En Colombia, menciona, las emociones entre opositores conduce a muchos a desear la eliminación del contrincante, como se dijo antes, quizá como única salida. Situación que refiere más acentuada en Colombia que en la mayoría de los países.
Para fortalecer la validez y necesidad de la persona moderada confronta con la actitud del radical que es dogmático y fanático, poseedor de verdad en especie de dogma de fe. El moderado acude más al diálogo, sabe dudar, dispone de matices, investiga para allegar más información que le permita dilucidar sobre bases ciertas, y en consecuencia no se aventura en acciones heroicas para salvar el mundo, como suele ocurrir con los radicales. Incluso el moderado es capaz de deponer sus ambiciones en virtud del derecho que tienen los demás a emular por el poder, no por cuestión de altruismo sino para protegerse de las malas decisiones en el sistema democrático, aunque imperfecto pero mejorable en gradualidad con el aporte cooperado de las fuerzas vivas de la sociedad.
En estas consideraciones, García-Villegas aborda el tema de los intelectuales, reconociendo en ellos la capacidad de indagar y de abordar con información y análisis la complejidad del mundo. Además de asumir lo que pueda llevarse a cabo y no solo lo ideal, sin quedarse en el vocabulario de impacto, con la misión de comprender en vez de dictaminar juicios, eludiendo el embeleso de la crítica abstracta. Un buen intelectual, dice, está obligado a ser honesto con sus creencias, sin manipularlas ni acomodarlas.
En la intención del autor por estimular la mayor generación de emociones plácidas, con el fin de disminuir u opacar las tan tristes emociones tribales de patria, partido, clase y religión, invoca las emociones humanistas, más plácidas. Asume responder a la pregunta sobre qué haría para fomentar estas emociones, con las siguientes sugerencias: promover lo que mejor hacemos como la música y la literatura, fortalecer el sistema público de educación e investigación científica; recuperar en lo posible el amor por la naturaleza; detener la destrucción de fauna y flora; leer y releer los escritos de Alexander von Humboldt, Bolívar, el sabio Caldas, Mutis y otros sobre las maravillas de nuestros ecosistemas, y por último favorecer por todos los medios al alcance la mejor educación sentimental de los niños y jóvenes.
Al asumir las debilidades en la educación que tuvo, García-Villegas plantea una serie de aspectos que le hubiera gustado saber por la exposición de sus profesores, que pueden ser de formulación general para el mejoramiento de la educación: conocer acerca de la vida y la obra de Charles Darwin; apreciar el calendario cósmico de Carl Sagan; descubrir verdades por sus propios medios; disponer de más información sobre las historias de España y de Colombia; percibir las mentiras más comunes en la argumentación y la manera de evitarlas; practicar la escritura; conocer las matemáticas con seducción por su gracia y misterio; Informar sobre la historia de la ciencia con referencias al Renacimiento, al siglo XVII -el de Galileo y Bacon-, y al siglo de la Ilustración. Escuchar a los profesores sobre la predisposición genética de los humanos con mezcla de impulsos nobles y mezquinos, pero sin su marca absoluta, puesto que podemos mejorar con la educación y la cultura. Conocer que disponemos más de emociones que de razones. Disponer del sentido de la colaboración. Haber leído, por la motivación de los profesores, a Epicuro, Montaigne, Erasmo y Hume, con disfrute del silencio, de la música y de la conversación inteligente. Apreciar de cómo los animales disponen de un sistema nervioso complejo y sufren como nosotros, con la necesidad de compadecerlos. Conocer más de las virtudes que de los mandamientos, más de la mitología griega. Aprender a juzgar a los demás con prudencia, sin moralismo ni cinismo. Disponer del gusto por las tareas manuales y vivir en paz con la naturaleza y con el destino propio.
Estos enunciados del deseo pueden ser materia prima para una reforma sustantiva de la educación básica y secundaria, con la ambición que los niños de hoy puedan aprender todo eso, sin esperar a ser mayores.
En medio del panorama crítico que expone en el libro en los apartados que se relacionan con Colombia, advierte no poder olvidar los desarrollos positivos que se han tenido en los últimos cincuenta años: el país se volvió menos parroquial, aunque no del todo; se amplió la cobertura en educación, con dolencias en calidad; mejoraron la salud y los servicios públicos; se debilitó la justificación política de la violencia; la Iglesia perdió capacidad de incidencia política en la vida pública; cambios en la libertad sexual; mayor acceso de la mujer al trabajo e independencia de la tutela marital; uso masivo de los elementos tecnológicos; acceso de jóvenes de clase media a estudios de maestrías y doctorados, y se logró firmar el Acuerdo con las Farc, hacia una paz estable y duradera, en un camino lleno de tropiezos, con más reconocimiento internacional que interno, puesto que la oposición ha arreciado con la consigna de “hacer trizas” lo concertado.
Este nuevo libro de Mauricio García-Villegas debería asumirse como texto en asignaturas universitarias, de todas los programas académicos, en razón de su consistente exposición de pensamiento e histórica, que ayuda a fortalecer la voluntad y la esperanza en un país mejor, con sumatoria creciente de esfuerzos y de compromisos, con validez de terceras opciones, es decir de la moderación, sin dar pie para que los extremos cobren más fuerza y, por el contrario, resten influencia en la sociedad. Además, con fortaleza en los sentimientos y las emociones alegres, también en recuerdo y honor de Baruch Spinoza, quien desarrolló una ética soportada en el goce y la alegría.
[En Aleph, enero del 2021]