Semblanza de un hombre preocupado y que vivió para los demás
(Escribe: Adán López-López, en: sección “Correo abierto”, diario “La Patria”, Manizales, Col., 17 de septiembre del 2005, p. 4-a). Señor Director: Cuando las personas se van dejan sus huellas en la memoria de sus familiares cercanos, amigos y conocidos. No ocurre lo mismo con quienes no tuvieron la oportunidad de estar próximos. A pesar de que yo traté pocas veces a Francisco Ruiz Restrepo, llamado por sus amigos cariñosamente «Pachito», sí guardo un agradable y vivo recuerdo de él. Lo conocí cuando el tiempo ya le había surcado su frente pensativa. No quiero detenerme en la descripción física de este amigo, prefiero referirme a su alma soñadora, acicateada por las tragedias humanas. Para Francisco las alegrías y las tristezas del prójimo no fueron motivos ajenos. Se me ocurre pensar que en su mochila llevaba más pesares que libros y revistas. Además se ocupó en extender la cultura con reverencia y con gozo. Transmitía su simpatía por aquellos que estaban de acuerdo con sus ideales no sectarios y comprometidos con la democracia.
Como en una leyenda veo avanzar su estampa por la calle, lenta y con su mirada perdida en lejanías. Su cachucha y su mochila lo singularizaron. No tenía prisa. Para qué la habría de tener si estaba ilustrado y sabía lo que otros ignoran o no quieren aceptar: La muerte, abandonar la vida. Caminaba en silencio frente al puente, con el último rayo de sol puesto a su espalda. Vale recordar a Daniel Chirom que en uno de sus poemas dice: «Puentes, / encendidos y ocultos puentes / que median por sorpresa / entre nuestras intenciones e incertidumbres./ De ellos / nada dicen los libros,/ a tientas los buscamos/ guiados por nuestras sospechas./ Cuando los encontramos / ya los hemos cruzado».
Pasar el puente y sin volver la mirada, sin despedirse; sin siquiera decir que el tiempo pesa. Eso es buscar con prudencia el asilo que persigue el caminante, y que lo encuentra en el momento en que las puertas que dan al exterior ya están cerradas.
Vaya en estas sencillas frases un elogio para quien se fue y dejó sus huellas imperecederas en el pavimento de las calles y sobre todo en las mentes de todos quienes lo conocimos y compartimos más de un tinto con él, en La Cigarra o en La Casona. Su charla amena, sus ironías eran interesantes. Esgrimía frases llenas de humor con fina gracia. Para Francisco los valores fueron su carta de presentación; la imparcialidad y su espíritu abnegado lo distinguieron entre sus contertulios escritores, que ahora lo evocan con aprecio, como a un señor y caballero.
(Escribe: Adán López-López, en: sección “Correo abierto”, diario “La Patria”, Manizales, Col., 17 de septiembre del 2005, p. 4-a). Señor Director: Cuando las personas se van dejan sus huellas en la memoria de sus familiares cercanos, amigos y conocidos. No ocurre lo mismo con quienes no tuvieron la oportunidad de estar próximos. A pesar de que yo traté pocas veces a Francisco Ruiz Restrepo, llamado por sus amigos cariñosamente «Pachito», sí guardo un agradable y vivo recuerdo de él. Lo conocí cuando el tiempo ya le había surcado su frente pensativa. No quiero detenerme en la descripción física de este amigo, prefiero referirme a su alma soñadora, acicateada por las tragedias humanas. Para Francisco las alegrías y las tristezas del prójimo no fueron motivos ajenos. Se me ocurre pensar que en su mochila llevaba más pesares que libros y revistas. Además se ocupó en extender la cultura con reverencia y con gozo. Transmitía su simpatía por aquellos que estaban de acuerdo con sus ideales no sectarios y comprometidos con la democracia.
Como en una leyenda veo avanzar su estampa por la calle, lenta y con su mirada perdida en lejanías. Su cachucha y su mochila lo singularizaron. No tenía prisa. Para qué la habría de tener si estaba ilustrado y sabía lo que otros ignoran o no quieren aceptar: La muerte, abandonar la vida. Caminaba en silencio frente al puente, con el último rayo de sol puesto a su espalda. Vale recordar a Daniel Chirom que en uno de sus poemas dice: «Puentes, / encendidos y ocultos puentes / que median por sorpresa / entre nuestras intenciones e incertidumbres./ De ellos / nada dicen los libros,/ a tientas los buscamos/ guiados por nuestras sospechas./ Cuando los encontramos / ya los hemos cruzado».
Pasar el puente y sin volver la mirada, sin despedirse; sin siquiera decir que el tiempo pesa. Eso es buscar con prudencia el asilo que persigue el caminante, y que lo encuentra en el momento en que las puertas que dan al exterior ya están cerradas.
Vaya en estas sencillas frases un elogio para quien se fue y dejó sus huellas imperecederas en el pavimento de las calles y sobre todo en las mentes de todos quienes lo conocimos y compartimos más de un tinto con él, en La Cigarra o en La Casona. Su charla amena, sus ironías eran interesantes. Esgrimía frases llenas de humor con fina gracia. Para Francisco los valores fueron su carta de presentación; la imparcialidad y su espíritu abnegado lo distinguieron entre sus contertulios escritores, que ahora lo evocan con aprecio, como a un señor y caballero.