Sexismo y misoginia
Traducción de Leonardo García-Jaramillo y Olga Velásquez,
con la previa autorización de la autora.
Antes de avanzar, debe analizarse una distinción. Se habla mucho acerca del sexismo y la misoginia utilizando a menudo ambos términos de manera indistinta, pero, en realidad, no son sinónimos. En cualquier caso, hay dos fenómenos muy diferentes que debemos distinguir, aunque puede ser que ambos términos no encajen a la perfección en tales fenómenos. En este punto he aprendido del libro de la filósofa Kate Manne, titulado Down Girl: The Logic of Misogyny, de 2016, aunque no concuerdo con todos los aspectos de su perspectiva[i].
El sexismo, desde la valiosa explicación de Manne, es un conjunto de creencias. El sexista considera que las mujeres son inferiores a los hombres, menos aptas para desempeñar una gran variedad de importantes funciones. El sexista podría considerar también que la “naturaleza” determina que los hombres resultan idóneos para los roles laborales y políticos, y las mujeres para los roles domésticos.
El sexismo es evidente a lo largo de la historia de los Estados Unidos (como en la de todos los países). Un ejemplo típico y famoso del relato de las “dos naturalezas” es la opinión del magistrado Joseph Bradley de la Corte Suprema de los Estados Unidos en la decisión Bradwell vs Illinois, de 1873, que ratificó la constitucionalidad de una ley de Illinois que prohibía a las mujeres ejercer la abogacía en dicho Estado:
La timidez y la delicadeza naturales y propias del sexo femenino lo descalifican evidentemente para muchas ocupaciones de la vida civil. La constitución de la organización familiar, fundada en la ley divina y en la naturaleza de las cosas, indica que el ámbito doméstico es el que pertenece propiamente al dominio y a las funciones de la feminidad. A la armonía, por no decir la identidad, de intereses y perspectivas que pertenecen, o deberían pertenecer, a la institución de la familia les repugna la idea de una mujer que adopta una carrera distinta e independiente de la de su esposo.
Esta afirmación sobre la incompetencia femenina se encontró con un obstáculo inmediato: Myra Bradwell había estado ejerciendo la abogacía con éxito durante varios años. Como editora de Chicago Legal News, emprendió una cruzada incansable por elevar los estándares de la profesión y por actualizar la educación jurídica. En 1873 se convirtió en una de las fundadoras del Colegio de Abogados de Chicago (Chicago Bar Association) al cual, por supuesto, no pudo afiliarse. Además, Iowa ya había admitido a una mujer a su Colegio de Abogados en 1869 y en 1873 lo hizo Ohio. En 1870 una mujer se graduó de una facultad de derecho en Illinois (en la Universidad Northwestern).
[i] Mi desacuerdo fundamental con Manne radica en su enfoque casi exclusivo en el escenario del “mal ayudante” (“bad helpmeet”), mientras que menciona el disgusto de forma muy breve y a la envidia no la menciona en absoluto.
Pero el magistrado Bradley estaba listo:
Si bien es cierto que muchas mujeres están solteras y no las afectan ninguno de los deberes, complicaciones e incapacidades que se derivan del estado marital, estas son excepciones a la regla general. El destino y la misión primordiales de la mujer son cumplir con los nobles y benéficos oficios de esposa y madre. Esta es la ley del Creador. Y las reglas de la sociedad civil deben adaptarse a la constitución general de las cosas en vez de basarse en casos excepcionales.
Hay un flagrante problema en este “argumento”: Myra Bradwell estaba casada.
En cualquier caso, el sexismo suele tener muy poco interés en fundamentar sus posiciones en datos empíricos. De hecho, se orienta por una falta de lógica muy peculiar, ya observada por el gran John Stuart Mill en su obra The Subjection of Women, publicada en 1869. Mill, quien como miembro del parlamento presentó en 1872 el primer proyecto de ley en Inglaterra a favor del sufragio femenino[i], señalaba que los sexistas debían tener muy poca confianza en sus propios juicios sobre la incapacidad femenina, toda vez que se esforzaban tanto por impedir que las mujeres hicieran cosas que, según sus propias concepciones sexistas, serían incapaces de hacer:
«La ansiedad de la humanidad por intervenir en nombre de la naturaleza por miedo de que no vaya a ser que no logre cumplir sus propósitos, es un empeño completamente innecesario. Es completamente superfluo prohibir a las mujeres hacer aquello que no pueden hacer por naturaleza.»
De hecho, continúa Mill, si examinamos todas las prohibiciones y requisitos que la sociedad ha establecido, racionalmente concluiríamos que los hombres no creen que “la vocación natural de una mujer es ser esposa y madre”. Al contrario, parece que deben creer que esta vocación “no resulta atractiva para las mujeres”: “que si fueran libres de hacer cualquier otra cosa –si estuviera disponible cualquier otro medio de vida, o de ocupación de su tiempo y sus facultades (…)– entonces no habría suficientes mujeres dispuestas a aceptar la condición que, se dice, es natural”[ii].
El sexismo es entonces un conjunto ilógico de creencias, lleno de incertidumbres ocultas. Las mismas creencias, sumadas con el mismo trasfondo de incertidumbre, persistió en los Estados Unidos hasta hace muy poco tiempo. El extraordinario estudio de Nancy Weiss Malkiel sobre las luchas por la educación mixta en las universidades Ivy League, “Keep the Damned Women Out”, proporciona un gran número de ejemplos[iii]. Su enfoque se concentra en las instituciones de élite y en la cultura “Blanca, anglosajona y protestante” (WASP, por su sigla en inglés) pero las actitudes que encuentra son ampliamente estadounidenses, aunque los miembros de las universidades Ivy League las exhiban de una forma exagerada (¡No vayamos a cometer el error de creer que la misoginia es principalmente un fenómeno de la clase trabajadora!).
Hasta las décadas de 1960 y 1970, muchos de los principales directivos, profesores, miembros de las juntas administradoras (trustees) e incluso estudiantes de instituciones, en ese entonces exclusivamente masculinas (el análisis se concentra en Yale y Princeton, y en el caso del Radcliffe College de Harvard), afirmaban sin miramiento alguno que las mujeres no podían aprender igual de bien a los hombres, que no pertenecen a las instituciones que forman a los “líderes” del país y que su función principal es la de esposa y madre.
“Oh, sálvanos de las multitudes y de sus risitas, de las clases sobre las tareas y la economía doméstica, que acontecerían luego de una infiltración femenina”, apareció en el Yale Daily News en 1956 (p. 56). Un importante directivo de Princeton opinaba que esta Universidad era “demasiado intelectual” para las mujeres, quienes debían entrenarse para convertirse en “buenas esposas, madres y personas familiares [en vez de] niñas prodigio” (p. 112).
Las mujeres no eran el único grupo excluido en estas instituciones: en Yale y Princeton las minorías raciales y los judíos eran también prácticamente inexistentes. Un nuevo decano de admisiones en Yale emprendió la tarea de defender la educación mixta y de ampliar el grupo de hombres admitidos, respondiendo el usual argumento del “liderazgo” al sostener que los tiempos están cambiando y que los líderes estaban empezando a provenir de grupos muy diferentes, incluyendo judíos, minorías, mujeres y graduados de escuelas públicas.
En 1966 se enfrentó con este asombroso contraargumento de uno de los miembros del consejo de administración de la Universidad (Trustee):
Su interlocutor le replicó: “Usted está refiriéndose a los judíos y a los egresados de escuelas públicas como líderes. Mire a su alrededor aquí en esta mesa (…). Estos son los líderes estadounidenses. Aquí no hay judíos ni egresados de escuelas públicas.
¿Quien hablaba tenía tan poco conocimiento de sí mismo y de su contexto que realmente pensaba que unos méritos y una capacidad para el liderazgo “naturales” habían sido la razón de que solo varones, blancos, protestantes y gomelos (preppy) llegaran a conformar el consejo administrador de la Universidad? ¿O más bien estaba anunciando de manera desafiante su determinación de mantener el “club” tal y como siempre se había conformado, excluyendo a los “extraños?”
Esta pregunta nos ayuda a pasar del sexismo a la “misoginia”. Esta última palabra significa etimológicamente “odio hacia las mujeres” pero sus usos actuales son más amplios. Como Manne la define, por ejemplo, se trata de un mecanismo de implantación (enforcement mechanism), un conjunto de comportamientos diseñados para mantener a las mujeres en su sitio. Tal miembro del consejo administrador hubiera estado predicando el sexismo si argumentara que las mujeres (y los judíos y las minorías) carecían todas por igual de la capacidad de competir en Yale. Es más sencillo, sin embargo, interpretar sus comentarios como expresión de una determinación para mantener un privilegio: estamos reunidos en esta mesa y no vamos a ceder ninguno de “nuestros” lugares a ningún grupo nuevo.
Pensemos entonces en la misoginia como una decidida imposición de privilegios de género, el cual puede estar motivado algunas veces por odio, pero se combina más a menudo con sentimientos paternalistas benevolentes. Su raíz principal es el interés propio, combinado con la angustia por las eventuales pérdidas (no es simétrico al odio femenino hacia los hombres, en los casos que exista, el cual sería más bien una ira motivada por reclamos y deseo de venganza).
Desde el sexismo se “justifica” a menudo la misoginia: la razón para negarles a las mujeres el acceso a la universidad, a cargos públicos, etc., es que su “naturaleza” las condiciona al rol de esposa y madre. Pero es difícil defender el sexismo con evidencia real. Como señaló Mill, la falta de otras opciones para las mujeres hace imposible saber qué son realmente capaces de hacer y si en realidad desean desempeñar el rol de esposa y madre. Y el hecho de que solo fuera posible restringirlas as tales roles mediante estrictas prohibiciones sugiere que en realidad están ansiosas por tener un rango más amplio de opciones por las cuales optar. La misoginia entonces ondea a menudo un estandarte sexista, pero todo consiste básicamente en resguardar privilegios arraigados: así nos gustan las cosas y no vamos a dejar que cambien.
¿Qué actitud indican los comentarios de Trump? En general, su sexismo es difícil de ilustrar ya que sus comentarios sobre la incompetencia femenina se centran en el caso específico de Hillary Clinton. Más a menudo, parece estar dando lo que podríamos llamar una “bofetada” a las mujeres que tienen éxito en trabajos antes reservados solo para hombres (así como a quienes tienen la audacia de desafiarlo en algún asunto), mediante burlas, insultos, manifestaciones de repulsión. No afirma que una mujer lactante o menstruante no puede ser una buena abogada o periodista, sólo intenta hacer más difícil la vida en esas profesiones para tales mujeres mediante la humillación pública. Por lo tanto, la etiqueta de misógino se le ajusta, y también a sus seguidores, mejor que la etiqueta de sexista.
Este puede ser el lugar para señalar que, aunque este texto se centra en la crítica a los partidarios de Trump, la misoginia también tiene una larga historia dentro de la izquierda estadounidense. Los movimientos radicales de las décadas de 1960 y 1970, entre los que se destacan: Estudiantes por una Sociedad Democrática y el Comité Coordinador Estudiantil por la No Violencia, excluyeron a las mujeres de los puestos directivos y no escucharon sus demandas para replantear las responsabilidades domésticas. Como insiste Malkiel, en ese sentido fueron tan cerrados como la vieja guardia de Yale-Princeton (pp. 18-19). Las mujeres tuvimos que formar nuestro propio movimiento, aunque hoy en día recibe un gran apoyo por parte de los hombres.
Volvamos al magistrado Bradley quien, a primera vista, parece ser un sexista, pero, luego de un examen más detenido, su principal actitud es la misoginia. Después de hablar de los destinos naturales, etc., llega al punto real del asunto: podemos reconocer que algunas mujeres solteras procuren ejercer la abogacía, pero no permitiremos que las mujeres casadas lo hagan. Tampoco sostuvo que una mujer casada sea incapaz de ejercer dicha profesión, sino que estas mujeres tienen otros “deberes” que les son exigibles, algunos de las cuales (criar a los hijos, sobre todo) las “incapacitan” en ese caso. Muy parecido al magistrado Bradley, en nuestro propio tiempo, es el pastor Ralph Drollinger, líder evangélico que ofrece sesiones de estudio bíblico para miembros del gabinete del presidente Trump. Drollinger escribió que las mujeres con hijos que trabajan en cuerpos legislativos, lejos de su hogar, son “pecadoras”. Como el magistrado Bradley, no dice que sean incompetentes, sino que están rompiendo una regla[iv].
Del mismo modo, los conservadores de Yale y Princeton que lucharon contra la educación mixta usaban argumentos sexistas, los cuales eran sin embargo ya endebles en aquella época, dado que la mayoría de las universidades del país llevaban mucho tiempo siendo mixtas y las mujeres estaban teniendo un muy buen desempeño. Su verdadera preocupación fue la que expresó el miembro de la junta administradora: mantener el “club” bajo liderazgo masculino (y blanco y cristiano). El sexismo dice: “Pobres mujeres, siempre tendrán un rendimiento inferior”. La misoginia en cambio afirma: “No dejen entrar a las malditas mujeres”.
Hay una tensión considerable entre el sexismo y la misoginia, como planteó Mill. Si las mujeres son en realidad tan débiles y no están en condiciones de desempeñarse en un área determinada, el mercado se encargaría de arreglar las cosas. Entonces, si vemos tantos y tan enérgicos esfuerzos para erigir barricadas, esto sugiere que los defensores realmente no creen que las cosas se arreglarán por sí mismas. La historia de la educación mixta en las universidades estadounidenses muestra claramente esta tensión: típicamente cuando las mujeres tienen un buen desempeño, ocupando más espacio del que “les corresponde” en las clases, es cuando el deseo de mantenerlas fuera aumenta con fuerza. Mi propia Universidad, mixta cuando se fundó en 1892, creció rápidamente hasta tener una mayoría de mujeres tras la entrada en vigor de una política de admisión basada en el mérito y, entre 1892 y 1902, las mujeres representaron más del 56% de los elegidos para Phi Beta Kappa, la sociedad académica de honor. Pero en ese momento, el rector William Rainey Harper creó una especie de vía secundaria para mujeres, con clases separadas en los cursos introductorios. Afirmó en sustento que, de no hacerlo, se reducirían las donaciones de exalumnos. En realidad, el miedo por el futuro del “club” era palpable.
Para darle crédito a la Universidad se podría afirmar que el experimento de Harper fue breve. Nunca se implementó por completo y terminó con su muerte en 1906. No tan efímera fue la renuencia de Harvard, Yale y Princeton a aplicar políticas de igualdad en el proceso de admisiones. Por mucho tiempo, la proporción de hombres y mujeres en la primera clase de Harvard se mantuvo artificialmente en proporción de cuatro a uno, utilizando la ficción de la existencia de Radcliffe como Universidad asociada a Harvard (aunque en realidad nunca llegó a ser una Universidad separada propiamente). De manera similar, Yale intentó admitir a 250 mujeres por cada 1.000 hombres en las primeras clases, para que ningún estudiante varón sintiera comprometido “su lugar” en la Universidad. Como señala Malkiel, las primeras mujeres estudiantes de Yale fueron admitidas por sus calificaciones y por el puntaje de sus exámenes de admisión, y, por lo general, su rendimiento académico superaba al de los hombres que eran admitidos bajo criterios más variados, como las conexiones con exalumnos, logros atléticos y el rasgo más nebuloso de “ser prometedor”.
La misoginia, como la estoy definiendo aquí, es la determinación de proteger intereses arraigados. Puede usar creencias sexistas como herramienta, pero la herramienta a veces se convierte en una espada de doble filo, por lo que el misógino no suele confiar demasiado en ella. (En el caso paralelo del antisemitismo, los antisemitas rara vez trataron de decir que los judíos no podían hacer el trabajo intelectual de abogados en los bufetes “blancos” o cumplir con los requisitos académicos en Yale. Sustituían ese “argumento” por otro como la acusación común de que los judíos eran vulgares y socialmente repulsivos, una afirmación prácticamente imposible de falsear[v]) De manera similar, alguien puede estar decidido a mantener a (la mayoría de) las mujeres en los roles de esposa, madre y objeto sexual sin llegar a creer, en realidad, en la inferioridad femenina.
Parece ser que nuestro amigo Rousseau, enigmático y contradictorio como siempre, era mucho más misógino que sexista. En el Libro V de Emile, su tratado sobre la educación da la impresión de, en principio, retratar a Sophie, la mujer destinada a ser la esposa de Emile, como inclinada por naturaleza a complacer y apoyar a los hombres. Pero, cuando leemos el texto con atención, observamos que en todas partes Rousseau permite que su lector perciba que se han frenado a la fuerza las fuertes inclinaciones naturales de Sophie en dirección a conseguir logros físicos e intelectuales. No se le permite leer los mismos libros que a él, se ve obligada a correr una carrera con zapatos de tacón alto (a pesar de ello, casi vence a Emile)[vi].
La verdadera fuerza impulsora del texto es la idea de que la estabilidad social y el orden requiere confinar a las mujeres a un papel doméstico. En una contundente nota a pie de página, Rousseau dice que, en algunas sociedades las mujeres pueden tener un par de hijos y tener un empleo fuera del hogar, pero en Europa, con sus ciudades plagadas de enfermedades, las personas debían tener al menos cuatro hijos para garantizar que dos sobreviviesen, y eso significa que la mujer se convertía en madre a tiempo completo[vii]. Este es un argumento a favor de la domesticidad forzada. No es realmente sexismo.
Miedo-culpa
Empecemos ahora a aclarar las distintas vertientes de la misoginia, preguntándonos en qué consiste el deseo de mantener a las mujeres en “su lugar”. Uno de los elementos de la misoginia (que articulo con el que se enfoca el libro de Manne) es un deseo masculino de tener a las mujeres disponibles para apoyar sus necesidades y dedicarles sus vidas. Parte de esto puede estar relacionado con el servicio sexual y otra parte con el cuidado infantil. Pero comencemos con la idea subyacente de que las mujeres están “para” entregarse a los hombres.
Consideremos el poema de Shel Silverstein “El árbol generoso”, que solía leerse a los niños pequeños como una bonita historia conmovedora sobre la relación entre madre e hijo[viii]. Este poema trata sobre una árbol (en femenino en el original en inglés) que ama a un niño. El niño depende de la árbol para jugar, comer y dormir. Ambos son felices. A medida que el niño crece, le pide dinero a la árbol y luego una casa para su esposa e hijos: y la árbol le da sus ramas para que edifique una casa. El joven permanece alejado mucho tiempo y luego regresa, esta vez pidiendo una pequeña embarcación. El árbol le da su tronco y él lo corta, lo construye y navega lejos. Finalmente, el hombre regresa y la árbol se disculpa: no le queda más nada para darle. Su tronco, sus ramas y sus manzanas se las regaló. Ahora es solo un tocón. El hombre dice que quiere sentarse y descansar, entonces la árbol dice que un tocón viejo es bueno para sentarse y descansar. Él se sienta. “Y la árbol fue feliz”.
Esta inquietante historia parece totalmente fuera de lugar como recurso pedagógico y, sin embargo, alguna vez tuvo éxito precisamente en el ámbito educativo. La “árbol” (la madre) da, da y da, hasta que es sólo un tocón. Y al chico nunca le interesa darle cualquier cosa, retribuirle, simplemente usa el árbol de diferentes formas. Pero, de alguna manera, así es como se supone que deben ser las cosas, y que la árbol está feliz porque el muchacho todavía quiere para usarla. (Hay otros temas en el poema, sobre el envejecimiento y la pérdida, pero las dinámicas de género son tan evidentes que imposibilitan centrarse en estos otros aspectos más interesantes desde el punto de vista humano). Así se ha romantizado la familia nuclear tradicional (y su condicionamiento por el género) en muchas épocas, ciertamente, en la década de 1950 justo antes del estallido de la era de las protestas. La carga asumida por las mujeres como una vida de servicio era vagamente reconocida, pero, de alguna manera, se pensó que les proporcionaba felicidad. Los hombres sentían que no podían salir al mundo, a la aventura, y a triunfar, a menos que pudieran confiar en que en casa siempre estaría aquellaárbol donde volver.
Romantizar a las mujeres como seres generosos tiene varios aspectos diferentes. Algunas versiones de la historia se centran en las tareas del hogar y la vida doméstica, y otras en la maternidad y en la crianza de los hijos. Algunos (aunque no es el caso del poema de Silverstein) se centran en la disponibilidad de la mujer para tener relaciones sexuales y su deber de mantenerse atractiva para que el hombre tenga una bella pareja sexual al volver a casa.
A ese argumento bastante burgués sobre el sexo, nuestro amigo Rousseau añade otros tres: (1) los hombres no querrán criar hijos a menos que la conexión de las mujeres al hogar les asegure que los hijos son realmente suyos; (2) la pasión masculina puede menguar si no se enciende constantemente con la “coquetería” femenina, que las mujeres despliegan astutamente en el noviazgo y, luego, como esposas; (3) por otro lado, la pasión del hombre puede distraer y abrumar, a menos que las mujeres la mantengan bajo control insistiendo en que los hombres ciñan su sexualidad al matrimonio, lo que predeciblemente hará que el deseo disminuya. Como se puede ver, Rousseau está en muchos lados de este tema, pero siempre con perspicacia. Los tres argumentos pueden ser ciertos respecto de algunas personas, aunque es difícil imaginar que lo sean para una sola persona (tal vez a excepción del propio Rousseau) al mismo tiempo[ix].
Thomas Jefferson coincidía con Rousseau, repitiendo sus argumentos primero y tercero: “Si nuestro Estado fuera una democracia pura (…) seguirían estando excluidas de [nuestras] deliberaciones (…) las mujeres, quienes, para evitar la depravación de la moral y la ambigüedad de la descendencia, no podrían mezclarse promiscuamente en las reuniones públicas de los hombres”[x].
La historia de “la mujer como un árbol generoso” a menudo está cargada de ansiedad, no menos en nuestra época. Pensemos en el niño/hombre del poema. Ahora ha crecido y quiere criar a sus hijos, pero las mujeres ya no siguen las reglas de antes. No se quedan en casa, consiguen trabajo, obtienen ingresos y piden al hombre adulto compartir las tareas del hogar y el cuidado de los hijos. “Esto no es para lo que me preparó la vida”, piensa el hombre. “Es injusto, quiero que las cosas sigan siendo como eran.” Quizás en su trabajo también tiene una jefa. Ve que las mujeres se postulan para cargos políticos. Y, de nuevo, piensa, “simplemente no es justo, deberían apoyarme, pero en cambio son demandantes y dan órdenes. Sin haber sido criado para el amor recíproco, espera que le sirvan, y no hay nadie que lo vaya a hacer.
Este chico bien podría caer en el sexismo, diciendo que el lugar natural de las mujeres está en el hogar. Pero el verdadero problema es la misoginia: “vuelve a donde perteneces”. Una ansiedad profunda se mezcla con rabia: “son ellas las que han hecho que mi vida sea tan insegura”.
A veces, la reacción de miedo-culpabilización se dirige hacia todas las mujeres. Más a menudo, sin embargo, exime a las mujeres dóciles y tradicionales que juegan bastante bien al juego antiguo. (Y, por supuesto, hay mujeres que quieren jugar a ese juego: para algunas es atractivo el hecho de ser protegidas por un hombre que sea el sostén de la familia). El miedo y la culpa (incluida la culpa que proviene de esas mujeres más convencionales) se dirigen a las “engreídas” que quieren cambiar el juego. De ahí el título de Kate Manne, Down Girl (“Abajo, chica”). Al perrito que se porta bien no es necesario decirle “abajo”. Eso se le dice a un perro revoltoso que no ha aprendido a comportarse.
Aquí vemos una razón por la que tantas mujeres votaron por Donald Trump. Existen, por supuesto, muchas razones. Muchas mujeres simplemente estuvieron de acuerdo con las posiciones de Trump sobre otros temas y decidieron hacer caso omiso de sus comentarios sobre las mujeres. Pero algunas lo hicieron porque condenan por motivos morales o religiosos a las mujeres que persiguen la independencia personal y el éxito profesional, en lugar de hacer del cuidado del hogar y la familia su principal preocupación. Culpan a las “infractores de las reglas” por su presunto egoísmo y, a veces, esa culpa se alimenta aún más por la sensación de que ellas mismas, al anteponer los deberes tradicionales, se hayan perdido de algo.
Tales quejas plantean una cuestión verdaderamente difícil. Muchos niños en nuestra sociedad reciben muy poco tiempo y cuidado parental. Este problema, sin embargo, tiene como causa más frecuente la pobreza, que requiere largas horas de trabajo de los padres y torna inaccesible el acceso a jardines y una atención de calidad. Lo agrava también la alta proporción de encarcelamiento en el caso de Estados Unidos, lo que roba el padre varón a muchas familias pobres. Entonces, nuestros problemas de negligencia hacia los niños no están muy relacionados con el supuesto problema de la “arrogancia” de la mujer. Pero incluso en aquellos casos donde el egoísmo fuese parte del problema, seguro la culpa de la irresponsabilidad no debe recaer de manera exclusiva sobre las mujeres: ¿qué pasa con los hombres, que todavía no comparten equitativamente el cuidado y el trabajo doméstico? ¿Y qué hay con los sitios de trabajo, que todavía no se adaptan lo suficiente a la vida de las familias con doble fuente de ingresos? Si bien debemos honrar a cualquier cónyuge, hombre o mujer, que elija quedarse en casa para cuidar a los niños (y a veces a los padres ancianos), el modelo tradicional, que dio a los hombres libertad de elección y les dijo a las mujeres que no tenían otra opción, es sin duda injusto en una sociedad de iguales.
La respuesta “Abajo, chica”, en resumen, desvía la atención de los problemas sociales urgentes que deben resolverse: la pobreza, el encarcelamiento masivo, las rigideces en el lugar de trabajo y los problemas de libertad de elección e igualdad.
Miedo-envidia
El sexismo reconfortaba al misógino angustiado: “ellas, de cualquier forma, no pueden hacerlo tan bien como nosotros”. Pero tan pronto el grupo así señalado manifiesta un rendimiento superior, ese consuelo desaparece y el miedo se intensifica. El antisemitismo nunca tuvo un consuelo así para justificarse ya que los logros superiores de los judíos eran bien conocidos, por lo que se inventaron justificaciones falsas en la forma de insultos sobre el comportamiento y la cultura judías. ¿Y en el caso las mujeres? Ya en el período comprendido por el libro de Malkiel, la gente podía ver que las mujeres estaban superando a los hombres en muchas universidades y que reclamarían “demasiados” puestos si eran admitidas en condiciones de igualdad.
Hoy en día, el contexto de la educación superior resulta cada vez más alarmante para los hombres que sienten que ciertos espacios son “suyos” por derecho. Las mujeres superan a los hombres como solicitantes prácticamente en todas las universidades De hecho, una historia recurrente que escucho de las universidades con fuertes programas deportivos masculinos, es que mantienen artificialmente bajo el número de nuevas estudiantes mujeres para que no sean requeridas a recortar gastos en deportes masculinos, en virtud del Título IX (una norma federal que exige que la proporción del gasto en deportes masculinos y femeninos se corresponda con la proporción de hombres y mujeres en el alumnado). En una universidad con un importante equipo de fútbol me contaron que la proporción de mujeres y hombres dictada por las calificaciones y los puntajes de ingreso serían de, al menos, 60/40 a favor de las mujeres, tal vez más, pero que lo mantienen en 55 (mujeres) / 45 (hombres) para garantizar la supervivencia del programa de fútbol tal como estaba. Otras universidades sesgan la proporción de forma artificial para producir una atmósfera social “equilibrada”, razonando que tanto hombres como mujeres rechazarían una universidad cuya proporción de sexos sea demasiado sesgada hacia alguno de ellos (En la Universidad Sarah Lawrence, donde no se aplican sesgos artificiales de ninguna clase, el 71% del alumnado es femenino)[xi].
La historia de los logros de las mujeres es internacional. En países que confieren más importancia a los resultados de las pruebas de admisión, y menos a las conexiones con los exalumnos, el deporte o los pasatiempos de los solicitantes, las mujeres están eclipsando a los hombres prácticamente en todas partes. Por ejemplo, aunque los estadounidenses tienen un estereotipo del mundo árabe como hostil a los logros de las mujeres, en 2012 las estudiantes superaban en número a los hombres en las universidades, en: Argelia, Bahréin, Kuwait, Líbano, Marruecos, Túnez, Qatar, Omán, Siria, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos[xii]. En Jordania las mujeres no solo constituyen el 52% del alumnado universitario a nivel nacional, sino que realmente arrasan en la institución más importante: la Universidad de Jordania, en Amman, donde, durante una visita que hice en 2007 me dijeron que constituyen el 75% del total de los estudiantes matriculados. Las mujeres todavía se enfrentan a barreras de empleo severas en todos estos países, pero ¿por cuánto tiempo pueden mantenerse excluidas del “club” de líderes cuando sus logros en la educación superior son tan impresionantes?
Cuando las mujeres triunfan, ¿qué les pasa a los hombres? La historia de Harvard, Princeton y Yale ofrece un microcosmos para comprender la una cuestión que se cierne sobre los Estados Unidos en su conjunto (en especial, dados los requisitos cambiantes de la economía, que hacen que un título universitario sea imprescindible para el acceso a la mayoría de los trabajos). Durante un tiempo, los líderes de estas instituciones de la Ivy League intentaron fingir que no había ninguna competencia de suma cero por sus plazas de ingreso: creyeron que bastaba simplemente con agregar nuevas plazas para mujeres, pero que el número de hombres permanecería constante. Esa estrategia no funcionó a largo plazo, por supuesto. Ninguna de estas instituciones contempló con seriedad la posibilidad de duplicar el número de plazas ofrecidas, una idea económica y logísticamente inviable, ya que requería duplicar las residencias, aumentar considerablemente el tamaño del profesorado, etc. A medida que aumenta la presión para admitir un número igualitario de mujeres y que las decisiones de admisiones gradualmente obedecen a las calificaciones de los candidatos, en lugar de mantener una cuota artificialmente rígida para mujeres, el número de hombres, tarde o temprano, tenía que disminuir. Las tres universidades mencionadas se resistieron a las políticas de igualdad de acceso durante mucho tiempo. En Harvard, la ficción de la autonomía de Radcliffe sirvió para mantener la cuota de admisiones de cuatro a uno (favoreciendo a los hombres) durante la década de 1970, y Harvard y Radcliffe se fusionaron completamente hasta 1999.
De forma sorprendente, el hecho de que en Harvard, Yale y Princeton seguramente haya menos lugares que antes para nuevos estudiantes hombres, no ha generado reacciones adversas en estos días. Los exalumnos ricos tienen tanto hijas como hijos, las alumnas han empezado a hacer parte desde hace algún tiempo de las filas de donantes de las universidades y alguna ampliación del tamaño de las clases disminuyó el impacto en términos absolutos de la disminución del acceso de nuevos estudiantes varones. Pero, sobre todo, la gente se convenció de que la educación mixta es fundamental para atraer a los mejores estudiantes y la preocupación por cómo funcionaría en la práctica ha disminuido gradualmente.
En la sociedad estadounidense en su conjunto, no existe tal final feliz. Aunque la gente cree que todos los talentos de las personas deben desarrollarse y que todos tienen derecho a competir en la arena de la educación, el empleo y la política, el hecho ineludible es que duplicar el grupo de solicitantes, en todas estas áreas, significa muchas decepciones para muchos hombres. También significa otros cambios para los que los hombres estadounidenses de mi generación no estaban preparados en absoluto: sobre todo, más hombres haciendo más tareas domésticas, cuidado niños y ancianos. Como he mencionado, los movimientos de izquierda de mi generación estaban muy dominados por hombres que no tenían interés alguno en la división igualitaria del trabajo doméstico. Esta cuestión fue planteada principalmente por las mujeres y todavía es extremadamente difícil en las familias de todo el país, sobre todo teniendo en cuenta que, a diferencia de otros países, en Estados Unidos no hay subsidios para el cuidado infantil para niños en edad preescolar o incluso educación preescolar universal, y el programa de licencias familiares y médicas es comparativamente débil.
Como mencioné, la envidia se amplifica cuando un grupo se siente apartado de cosas buenas claves que tienen otras personas (dinero, estatus, cargos, oportunidades de empleo). No hay duda de que los hombres blancos, particularmente en las clases medias bajas, salen perdiendo con esta situación. Los trabajos disponibles en su mayoría requieren un título universitario. Incluso los hombres que tienen empleo enfrentan un estancamiento de los ingresos y una disminución del poder adquisitivo. Los problemas de salud evidentes en este grupo, sobre todo la adicción a los opiáceos, son signos de miseria y desesperanza. El economista ganador del Premio Nobel, Angus Deaton y su esposa y habitual coautora Anne Case, ven un “mar de desesperación” entre los hombres blancos no hispanos de clase trabajadora[xiii]. La mortalidad se ha disparado en ambos sexos para aquellos sin educación universitaria, pero es mayor entre los hombres. Deaton y Case atribuyen este aumento a las malas perspectivas laborales y a la desventaja acumulada de la obesidad, el consumo de drogas y el estrés, ya que son los comportamientos inicialmente buscados para afrontar la decepción, pero que solo empeoran las perspectivas personales.
Lo que me interesa es la interacción entre el estrés y la ansiedad producidos por malas perspectivas y una especie de envidia desesperanzada que algunos sienten y que arremete contra quienes, según su punto de vista, los están desplazando. Esta dinámica particular de envidia requiere que la propia persona crea en su derecho a gozar de ciertos privilegios: “ellos” (o “ellas”) nos han despojado de “nuestro” lugar. Los inmigrantes soportan la peor parte de esta envidia, pero las mujeres reciben una parte muy grande y es fácil entender por qué, dado su repentino ascenso en todos los aspectos de la vida en Estados Unidos y en otros lugares. Su éxito educativo es particularmente relevante ya que muchas mujeres evitan, hasta cierto punto, los problemas de empleo que están padeciendo los hombres de origen social similar. En cualquier caso, viendo la prominencia de las mujeres en la educación y en los trabajos que requieren un buen nivel educativo, es fácil culparlas por los problemas de los hombres.
Un pequeño pero revelador ejemplo de misoginia impulsado por la envidia fue la crisis de un sitio web llamado AutoAdmit que pretendía ofrecer consejos sobre el ingreso a las Escuelas de Derecho. El sitio degeneró rápidamente hasta convertirse principalmente en un sitio pornográfico en el que estudiantes de derecho varones relataban historias obscenas ficticias de manera anónima sobre estudiantes de derecho mujeres dando sus nombres y otros detalles personales. Aunque los futuros empleadores no creyeran esas historias pornográficas fantasiosas, tenían un efecto contaminante y las mujeres sentían que era real el daño ocasionado en sus búsquedas de trabajo. Además, generaban estrés en las aulas, ya que los difamadores conocían a las mujeres personalmente, pero las mujeres no podían rastrear la identidad de sus difamadores. Cuando dos mujeres estudiantes, de alto rendimiento académico de la Facultad de Derecho de Yale demandaron por difamación, solo pudieron identificar algunos de los autores de las publicaciones. Finalmente llegaron a un acuerdo con algunos de los involucrados; los términos de la demanda, sin embargo, siguen siendo confidenciales. La comunidad de la Facultad de Derecho tomó esto muy en serio y fue un tema central en una conferencia de 2008 sobre derecho de Internet que luego se convirtió en una publicación colectiva[xiv].
En mi propia contribución a aquel libro discutí las conexiones entre los sentimientos expresado en el sitio web AutoAdmit y la idea de resentimiento del filósofo Friedrich Nietzsche. El resentimiento, para Nietzsche, es una emoción de envidia que sienten los impotentes hacia los poderosos, pero que luego genera creatividad: incita a los impotentes a inventar un universo alternativo en el que son poderosos y sus competidores son patéticos. Eso, sostuve, es lo que la pornografía en Internet hace posible: un universo alternativo en el que la mujer no es una triunfadora sino simplemente una puta (slut); y este universo tiene efectos en el mundo real. Afortunadamente, este tipo de intimidación, todavía común en otros lugares de Internet, no es típico de las facultades de derecho actuales donde las mujeres están logrando una paridad cada vez mayor.
Esto es lo que ahora veo que sucede de manera más general con la misoginia estadounidense. En realidad, las mujeres están logrando cada vez más éxitos. En el universo alternativo del misógino (la gente que aplaudió los comentarios de Trump) las mujeres son patéticas, repugnantes, desaliñadas, débiles, feas. En el mundo real cada vez más las mujeres se niegan a desempeñar el papel de encantadoras ayudantes. Insisten en otros criterios de éxito. En el universo paralelo de la misoginia, quienes no quieren desempeñar ese rol reciben burlas en el sentido de representar fracasos abismales. Desafortunadamente, la misoginia en Estados Unidos en general es mucho más influyente que en las facultades de derecho.
El relato articulador de miedo-envidia-misoginia encaja bien con el relato del miedo y la culpabilización: los hombres se sienten superados por las mujeres en una competencia de suma cero y al mismo tiempo tampoco encuentran el apoyo inequívoco y el consuelo poco exigente que las mujeres una vez ofrecieron como “amas de casa”. O si lo encuentran en sus propios hogares, saben bien que la institución del “árbol generoso” se está extinguiendo con rapidez.
Miedo-asco
Sin embargo, los comentarios de Trump apelan sobre todo al asco. A veces, apuntan contra las mujeres que no se ajustan al estándar masculino de lo atractivo: son mujeres con sobrepeso o de edad. Pero muchos de sus comentarios muestran un asco más general por fluidos corporales de las mujeres: la leche materna, la sangre menstrual, la sangre de un estiramiento facial (donde seguro no habría visto sangre sino hematomas y posiblemente puntos), la orina o las heces imaginarias de la ida al baño de Hillary Clinton. Su público está de acuerdo con todas estas referencias y acepta encantado que las mujeres (incluidas algunas atractivas conforme a criterios convencionales) se caractericen casi como meros depósitos de líquidos repugnantes. ¿Por qué?
El asco misógino tiene una larga historia y ha sido muy estudiado. Por alguna extraña razón (dado que todos los seres humanos excretan y sangran) las mujeres a menudo han sido consideradas por los hombres como, de alguna manera, más corporales, más animales, más ligadas al hedor y la descomposición que los hombres. ¿Esto es porque las mujeres dan a luz y por lo tanto son asociadas indeleblemente con la vulnerable encarnación corporal del acto de nacer? O, como sugiere el teórico jurídico William Ian Miller, ¿es por el hecho de que los hombres dejan sus propios fluidos en el cuerpo de la mujer y, por lo tanto, piensan en ella como un receptáculo de la sustancia pegajosa que secretan?[xv] (Esto encajaría con el hecho de que el asco hacia los hombres gais se centra obsesivamente en el coito anal). Quién sabe. Estas cosas apenas si son lógicas. Lo que está claro es que muchas culturas han concebido a las mujeres, de alguna manera, de forma más ligada a lo corpóreo, más animales que los hombres y han visto a los hombres como capaces de trascender su condición de humanos sólo con la condición de que mantengan a las mujeres confinadas y sometan sus funciones corporales a estricto control. Son omnipresentes los tabúes que rodean la menstruación, el nacimiento y el sexo. Y ese es un tipo de misoginia, si entendemos lo que quiero decir con esa palabra, o sea, la imposición por la fuerza de un estado de inferioridad para las mujeres.
Evidentemente, ese tipo de misoginia es compatible con el deseo sexual. A menudo el asco sigue al deseo satisfecho. Como comentaba Adam Smith sobre el deseo masculino, “Cuando hemos cenado, ordenamos que se quiten los manteles”[xvi]. (Smith, un hipocondríaco que vivió con su madre hasta que ella murió poco antes de cumplir noventa años, no se sabe que haya tenido alguna experiencia sexual, por lo que probablemente estuviera hablando de su cultura en lugar en general en vez de plantear un comentario personal). Pero también a menudo las dos sensaciones están más profundamente vinculadas: la mujer es seductora por la misma razón por la que es repugnante: representa la encarnación de la corporeidad, que es temida pero también codiciada. Sigmund Freud creía que por esta razón todo deseo sexual esta inevitablemente mezclado con el asco. Estoy convencida de que está equivocado, pero el hecho de que haya dicho esto muestra qué tan extendido estaba, o está, el vínculo.
La sucesión asco-misoginia está claramente impulsada por el miedo, como todo asco proyectivo: lo que se teme es la muerte y la corporeidad mortal. Pero si las mujeres representan eso tan temido (pero a menudo deseado) entonces representan suciedad y muerte, y son temidas, por lo tanto, disciplinadas y controladas, precisamente por esa razón.
La sucesión asco-misoginia es una narración explicativa de la “médula del asunto” muy diferente de la historia de El árbol generoso o de la explicación basada en la sucesión envidia-competencia. Posee un fuerte atractivo porque llega a algo profundo en las personas que no se reduce a la creación de un momento político específico. Pero no hay por qué elegir entre ambas historias, pues no son incompatibles sino complementarias e incluso se refuerzan mutuamente. Me inclino a afirmar que la historia del asco no podría explicar el brote de misoginia que vemos hoy en Estados Unidos sin las otras dos historias. El miedo y la inseguridad nunca desaparecen por completo y los miedos humanos se enfocan insistentemente en el cuerpo y mortalidad. Pero el miedo puede exacerbarse dramáticamente cuando acontecen cambios sociales rápidos que parecen eliminar una fuente de consuelo y amor fácil. Y puede intensificarse aún más cuando las condiciones económicas disparan la envidia competitiva, especialmente, cuando esa envidia tiene un objetivo evidente: un competidor que solía “ayudarnos” y que ahora toma “nuestro” puesto de trabajo.
El sexismo es un problema, pero las creencias sexistas pueden refutarse con evidencia empírica. Y, en general, han sido refutadas. El verdadero problema es la determinación de muchos hombres de mantener el antiguo orden por todos los medios posibles: burlas, expresiones de asco, negativas a contratar, a elegir, a respetar y a considerar a las mujeres como iguales. La misoginia no es una estrategia muy inteligente, ya que es puramente negativa: “Hay que mantener fuera a las malditas mujeres”. Es como la pataleta de un niño: ¡no, no y no! Rechazar el cambio no resuelve los problemas de salud de los hombres de la clase trabajadora ni los ayuda a extender la educación universitaria, y sus oportunidades, para más de “nuestra gente”. Estos son los problemas que los propios misóginos quieren resolver. Tampoco resuelve un problema que apenas han comenzado a afrontar: cómo reinventar el amor, el cuidado de las personas y el núcleo familiar en una época de crecimiento del trabajo y éxito laboral respecto de las mujeres. La misoginia es reconfortante por un momento, pero no logra nada.
Una vez más, lo que necesitamos no es más de este brebaje tóxico, sino estrategias que nos muevan más allá de lo que podríamos llamar la Familia Miedo hacia un trabajo cooperativo que disponga las condiciones para un futuro más prometedor de convivencia.
[i] El proyecto fracasó, por supuesto. Apenas en 1928 Gran Bretaña aprobó el sufragio femenino (Estados Unidos, en 1920). A finales de la década de 1790, Aaron Burr presentó un proyecto de ley a favor del sufragio femenino en el parlamento del Estado de Nueva York. Burr, un feminista serio, conservaba un retrato de Mary Wollstonecraft en la pared de su estudio. Su hija, Theodosia, fue una de las mujeres mejor educadas de su época.
[ii] J. S. Mill, The Subjection of Women, ed. Susan Moller Okin, Indianapolis: Hackett Publishing, 1988, ch. 1.
[iii] Princeton University Press, 2016. Los números entre paréntesis corresponden a la paginación de este libro.
[iv] https://www.latimes.com/politics/la-na-la-pol-trump-cabinet-pastor-20170803-story.html
[v] Véase mi artículo: “Jewish Men, Jewish Lawyers: Roth’s ‘Eli, the Fanatic’ and the Question of Jewish Masculinity in American Law,” en Saul Levmore – Martha C. Nussbaum (eds.), American Guy: Masculinity in American Law and Literature, New York: Oxford University Press, 2014, pp. 165-201.
[vi] Susan Moller Okin plantea esta comprensión del texto de manera convincente en su libro Women in Western Political Thought, Princeton University Press, 1979, Debra Satz, 2013, parte III.
[viii] Shel Silverstein, The Giving Tree, New York: Harper and Row, 1964. Manne hace un buen análisis del poema.
[ix] El primer argumento y el tercero aparecen formulados en Emile; el tercero es más bien implícito allí, pero se encuentra de forma explícita en su Letter to d’Alembert.
[x] Jefferson, carta a Samuel Kercheval, 5 de septiembre de 1816. Jefferson también excluye a los «infantes» y a los esclavos. Esta oración a menudo se cita de manera incorrecta en inglés, diciendo ambigüedad de issues (problemas o asuntos) en lugar de issue (descendencia).
[xi] https://www.sarahlawrence.edu/about/.
[xii] http://edition.cnn.com/2012/06/01/world/meast/middle-east-women-education/index.html. Los datos fueron recopilados por la ONU. See also http://monitor.icef.com/2014/07/increasing-participation-by-womenin-middle-east-education/andthemorecomprehensivedatainhttp://monitor.icef.com/2014/10/womenincreasingly-
outpacing-mens-higher-education-participation-many-world-markets/.
[xiii] Para un buen resumen de su trabajo ver https://www.washingtonpost.com/national/health-science/newresearch-identifies-a-sea-of-despair-among-white-working-class-americans/2017/03/22/c777ab6e-0da6-11e7-9b0d-d27c98455440_story.html?utm_term=.8e053e1e6b88.
[xiv] Saul Levmore y Martha C. Nussbaum (eds.), The Offensive Internet: Speech, Privacy, and Reputation, Cambridge, Harvard University Press, 2010.
[xv] William Ian Miller, The Anatomy of Disgust, Cambridge, Harvard University Press, 1997.
[xvi] Smith, The Theory of Moral Sentiments, D. D. Raphael – A. L. Macfie (eds.), Indianapolis: Liberty Classics, 1982, I.ii.1.2, 28.