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Tipologías delicuenciales en El Quijote

En ciertos momentos la manera
de tener razón, es perdiéndola.
José Bergamín

 

 

Introducción: ¡Exigimos castigo!

 

Cuando tienen la fortuna de nacer en hogares bien avenidos, a niños y niñas de nuestro tiempo los espera, encerrado en un televisor, su primer poema humorístico a la violencia sádica, encarnado en la figura de una víctima ingeniosa y cruel, y su perseguidor estúpido e indefenso: el ratoncito y el gato de la serie Tom y Jerry. A poco andar, libros hermosos los llevan a mundos diversos, en especial y como introducción a la cultura literaria, histórica y filosófica, al universo de los dioses griegos, tan despreocupados por las bases de la moral occidental, tan liberales en sus odios y amores, tan poco ejemplares en su visión y práctica de la vida familiar, de la justicia; y de todo lo que, aún hoy, se presenta como moral cristiana. No hablemos del Antiguo Testamento con su fratricidio inaugural, ni de las aventuras de Moisés salvado de las aguas; ni hablemos de las trampas de Labán a Abraham; ni de éste y su esposa, ni de Lot y sus hijas, entre otros casos. Sin moverse de la sala de su casa, un niño de hoy tiene todos los recursos informativos para cloroformizar sus instintos de horror, temor y asco; sus inhibiciones frente a la violencia. Tal vez un residuo de respeto social, o cierto sentido de conversación comunitaria, nos hagan exclamar con dramatismo pero sin convicción: Intolerable, inaceptable, exigimos castigo. Esa exclamación nos satisface, nos colma, porque ante todo se trata de divertir, de hacer reír.

La fiesta de los locos

 

A propósito del ingrediente de la risa, recordemos algo de lo que señala Mijail Bajtin en su libro sobre La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. Dice que:

 

Los curas de rango bajo e inferior, los escolares, estudiantes, miembros de corporaciones y personas de condición flotante, marginados de la sociedad, eran los participantes más activos de las fiestas populares. Sinembargo, la cultura cómica de la Edad Media pertenecía en realidad a todo el pueblo. La concepción cómica abarcaba y arrastraba a todos irresistiblemente…

 

Y en otra parte explica:

 

La fiesta de los locos es una de las expresiones más estrepitosas y más puras de la risa festiva asociada a la Iglesia en la Edad Media. Otra de esas manifestaciones, la fiesta del asno, evoca la huída de María con el Niño Jesús a Egipto. Pero el tema central de esta fiesta no es ni María ni Jesús (aunque allí veamos una joven y un niño), sino el burro y su “¡hi ha!” Se celebraban misas del burro… Cada parte de la misa era seguida por un cómico “¡hi ha!”. Al final del oficio, el sacerdote, a modo de bendición, rebuznaba tres veces, y los feligreses, en lugar de contestar con un amén, rebuznaban a su vez tres veces… Recordemos ante todo la Risus paschalis. La tradición permitía la risa y las burlas licenciosas en el interior de la iglesia durante las Pascuas. Desde lo alto del púlpito, el cura se permitía toda clase de relatos y burlas con el objeto de suscitar la risa de los feligreses después de un largo ayuno y penitencia. Esta risa tenía la significación de un renacimiento feliz. Tales burlas y alegres relatos de tipo carnavalesco, estaban relacionados principalmente con la vida material y corporal…

La partera de la historia

 

Lo anterior no es una homilía, ni un reclamo, ni una burla. Es el reconocimiento escueto de un hecho de la existencia humana, y la ratificación de aquello que dijo el profeta marxista: La violencia es la partera de la historia. Tal concepto aproxima a la visión estructural de que las acciones y anti-virtudes de los anti-héroes del humor popular, son un simple movimiento del poder compensatorio de que se habla en nuestras sociedades: me golpeas y te golpeo. Ahí, el principio de autoridad supuestamente civilizado, no rige.

La rápida ojeada anterior a manera de telón de fondo, permite hablar en tono de reflexión sobre el curso de la risa, -utilizado de manera magistral por Cervantes-, para narrar y proponer las situaciones y las tesis más absurdas, con peligro de dar con los huesos en la cárcel, o, peor aún, de alimentar hogueras medievales y modernas.

El tema de la risa, referido a la literatura, desde el siglo de oro, empezó a desplazar a esta última en importancia. En efecto, recuerda Bajtin que Montaigne prefería libros divertidos, en el sentido en que él mismo tomaba sus ensayos: algo importante pero agradable de leer. Con todo, en ese mismo siglo ya Gargantúa y Pantagruel, como el propio Don Quijote, también se consideraban por algunos como agradables, pero de segunda categoría. La risa siguió siendo un recurso festivo y literario de primera mano, en todas sus versiones.

La literatura de cordel

 

Aunque bordeamos un tema geográficamente generalizado en la Europa de aquellos tiempos, y que se remontaba a siglos medievales y renacentistas con El Caballero Cifar, El libro del Buen Amor y El Corbacho, me he limitado a España. Para ello empiezo guiándome por las Vidas poco ejemplares, de Temprano, sin detenerme en su fundado alegato en torno a la trama de El esperpento, cuya invención niega de plano a Valle Inclán, y regaña al Diccionario de la Real Academia por atribuírselo. Al invocar aquella literatura de cordel, nos transportamos al gran escenario de la picaresca, así:

 

… El ambiente meridional –el andaluz, en cabeza, seguido del madrileño- predomina en estos romances de valentías, guapezas y desafueros, cuyos protagonistas principales solían ser tipos populares marginados: rufianes, bravos, guapos, jaques, valentones, marchosos, rameras, mujeres bravías, contrabandistas y bandoleros. La mayoría de estas figuras aparecen frecuentemente convertidas en personajes admirados y respetados, a pesar de cometer a veces los mayores atropellos, violaciones o robos. Descubrimos, así, cómo en estos pliegos se ofrece una imagen estilizada de la delincuencia, donde los tipos de la vida airada quedan casi siempre magnificados: son los héroes, mientras que la autoridad es realmente impresentable, por su estulticia e ineptitud. Estas singulares interpretaciones encantaban al pueblo, y sus autores así lo reflejaban en las composiciones.

 

En otro capítulo señala, refiriéndose a la que llamaban Babilonia castellana, Nínive, o Cairo español:

 

… Con el descubrimiento de América y el establecimiento de la Casa de Contratación de Sevilla, en 1503, esta ciudad portuaria se convirtió en una importante metrópoli internacional…

 

El licenciado Porras de Cámara escribía al Arzobispo de Sevilla, así:

 

… Lo que más hay en Sevilla son farzantes amancebados, testigos falsos, jugadores. Rufianes, asesinos, logreros, regatones, vagabundos que viven del milagro de Mahorma, sí de lo que juegan y roban en las casas de bilhán y en tablas de dados…

Antecedentes ilustres

 

Varias obras se han escrito entorno a delitos y delincuentes en la literatura. Consideremos solamente la muy recordada de Tomas de Quincey: El asesino considerado como una de las bellas artes; la del Maestro Ferri: Los delincuentes en e arte; La criminología en la literatura universal, de Antonio Quintano Ripolles, y tantas otras que sumergidas en los relatos de la novela o en los parlamentos del teatro, rescatan la manera de ser de los personajes, su comportamiento, sus actos, para hacer con ellos paradigma de criminales y delincuentes, que sirven para escudriñar el modo de ser de los que lo son en carne y hueso.

Y es que no hay novela famosa, ni epopeya famosa, ni teatro famoso que no cuente con la historia de miles de personajes autores de los más variados crímenes o delitos, si se considera la gradación que de los actos más censurables hacen los criminólogos. Recordemos, por ejemplo, la obra de Dostoievski (Crimen y castigo, Los hermanos Karamasov); la obra de Shakespeare (Hamlet, Otelo, El Rey Lear); la obra de Balzac (La comedia humana); y La Divina Comedia, de Dante, con su trágico desfile de los condenados al infierno por toda clase de pecados y crímenes.

Y cada personaje se convierte en singular carácter, teperamento, imagen, símbolo y retrato. Decir Otelo es decir delirio celoso; decir Bovary es decir mujer adúltera bajo ciertas razones; decir Hamlet es hacer memoria del más grande drama sobre la culpabilidad; recordar a Orestes y a Electra es hacer memoria del parricidio por razones filiales. Y así, de manera inacabable, a lo largo de toda la historia del arte y fundamentalmente de la literatura. Así piensa el cervantista español Carlos París.

Pero si hay obra grandiosa sobre la materia, es El Quijote. Pasan de setecientos los personajes, que siendo reales o imaginarios, aparecen en la obra de Cervantes. El enorme número de figuras reúne a gentes sencillas y buenas, con atildados y orgullosos habitantes de castillos y haciendas; a ignorantes y sabios; a prudentes y osados; a honrados caballeros con malandrines y rufianes; a ingenuos y avispados; en fin, gentes de todos los pelambres, temperamentos, costumbres, en un mosaico que ha hecho del Quijote la más grande obra de la literatura castellana y de las más grandes de la literatura universal.

Algunos delincuentes en El Quijote

 

¿Cómo Cervantes logró retratar a tantos delincuentes de modo tan cabal y tan perfecto que son paradigma de sus iguales en la vida real?

Ríos de escritura existen sobre Cervantes y su genio. Pero era obvio que Don Quijote tendría que habérselas con todo género de malas gentes, si no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, entuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer.

Pues qué, si Don Quijote lo primero que hace es rescatar a Andrés de los azotes que le daba Juan Haldudo, rico vecino de Quintanar, para que luego, ido, el tal Haldudo volviese a dar azotes al muchacho hasta dejarlo como muerto. En el Capítulo XV Cervantes cuenta la aventura de Don Quijote y Sancho con los desalmados Yangueses que por haber Rocinante pretendido sus yeguas le dieron de palos derribándolo en el suelo, lo que determinó que Don Quijote “sin hacer más discursos, echó mano a su espada y arremetió a los yangueses, y lo mesmo hizo Sancho” con la consecuencia de que la paliza que los yangueses le dieron sirvió para dejarlos heridos “de mala traza y peor talante”.

Y luego los acontecimientos en la venta de Juan Palomeque el zurdo, donde tiene lugar la pendencia de Don Quijote con el arriero; donde el cuadrilátero de la Santa Hermandad descalabra a Don Quijote con su candil; donde ocurre el manteamiento de Sancho; la batalla de Don Quijote con los cueros de vino tinto.

Personaje este Juan Palomeque que es delincuente complejo y equívoco, si la Venta es centro de la más variada forma de picaresca cofradía. Allí está la Maritornes la “moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, de un ojo tuerta y del otro no muy sana”, la de la burla cruel a Don Quijote al cabo de la cual lo ató y con el alma se fueron dejándolo en imposibilidad de soltarse y la de tantas otras acciones de sus instintos proclives. El delicioso capítulo XXII de la primera parte que trata “De la libertad que dio Don Quijote a muchos desdichados, que mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir”, es un buen resumen de los distintos delitos que los condenados cometieron, las razones de Don Quijote para liberarlos y la criminal respuesta de los galeotes que dejaron a Don Quijote “mohinísimo de verse tan mal parado por los mismos a quien tanto bien había hecho”. Y en los capítulos XXXIX y XL la crueldad bestial de los feroces personajes el hijo de Barbarroja y Aza Agá, que en tales capítulos se cuenta, en la famosa venta cervantina, la historia del cautivo.

Cómo no hacer memoria del bandolerismo genialmente llevado a la obra por Cervantes en la segunda parte de El Quijote, con el personaje bien famoso Roque Guinart; este solo episodio daría para hablar de todos los delitos que en El Quijote se cometen y mencionan.

Ya dije que más de setecientos personajes hacen las delicias y los sinsabores de la lectura del Quijote. Cervantes, maestro de la narración, asombra con la hondura que pone en la descripción del carácter de cada uno y de los actos que llevan a poder ser calificados en función de los criterios jurídicos, éticos y morales de su tiempo, y de ahora. Todas las bondades y maldades ocurren en la historia cervantina. Y de las maldades todos los delitos: homicidios, lesiones, robos, daño en cosa ajena, hurto, abuso de autoridad (Los Cuadrilleros de la Santa Hermandad), violación, asalto a mano armada, injurias y calumnias.

Pero, sobre todo, si algo cabe destacar de los delincuentes en El Quijote, es la personalidad de cada uno, fuente inagotable para sicólogos, psiquiatras y criminalistas.

También el loco de Don Quijote, quien en su locura incurre en demasías y en acciones que hoy se calificarían bajo el criterio jurídico de la inimputabilidad; al fin de cuentas los cuidados de los suyos le curaron de su locura. Sancho dijo: No tiene nada de bellaco; antes tiene un alma como un cántaro; no sabe hacer mal a nadie sino bien a todos, ni tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle por más disparates que haga.

El regocijo animal y grosero

 

Con los antecedentes reseñados, creo llegada la hora de ocuparme de otras dos palabras: violencia y sadismo, todo ello como aproximación a las tipologías delincuenciales en El Quijote, tema socorrido por jueces, magistrados, tratadistas y simples abogados, que han penetrado en la vida y andanzas del andante caballero desde la lupa de su profesión de cultores del derecho penal y de la sociología criminal, como dice un analista.

La historia cuenta muchos episodios, en todo tiempo y en todas partes, sobre violencia y sadismo. De la mano de Huizinga, veamos algo de lo que tenían como escenario intelectual y físico, los grandes nombres de la picaresca española y Cervantes. Empieza diciendo el erudito holandés, que el ser humano medieval tenía un sentido de la justicia, pagano en sus tres cuartas partes. Era simple necesidad de venganza. Y lo explica así:

 

Lo que nos sorprende en la crueldad de la administración de justicia en la última Edad Media, no es una perversidad morbosa, sino el regocijo animal y grosero, el placer de espectáculo de feria que el pueblo experimenta con ella. Las gentes de Mons compran un capitán de bandidos por un precio sumamente elevado, sólo para darse el placer de descuartizarlo, con lo cual el pueblo fue más feliz que con la resurrección de un cuerpo santo. Durante la prisión de Maximiliano en Brujas, en 1488, se levanta el potro sobre un alto estrado en la plaza del mercado a la vista del rey prisionero; y el pueblo no cesa de ver el tormento que sufren los miembros del Ayuntamiento sospechosos de traición; y se retrasa la ejecución implorada por ellos, sólo para saborear una y otra vez nuevos tormentos…

 

Tal escenario de violencia y sadismo, explica la reacción del escritor ruso Vladimir Nabokov, en el capítulo Engaño y crueldad de su curso sobre El Quijote. En tan delicado tema, y entendida su vehemencia por la no total comprensión de los anti-valores occidentales, debo citarlo textualmente, al menos en su planteamiento general. Expresa el creador de Ada o el ardor:

 

… El amor parece hacerse el siguiente plan: Ven conmigo, avieso lector, que disfrutas de ver a un perro vivo inflado y zarandeado a puntapiés como una pelota de fútbol; lector que, los domingos por la mañana, yendo o viniendo de la iglesia, gustas de saludar con un puntazo del bastón o con un escupitajo al pobre golfo puesto en la picota; ven conmigo, avieso lector, y advierte en cuán ingeniosas y crueles manos voy a poner a este personaje mío que da risa de puro vulnerable, y espero que te diviertas con lo que te tengo preparado…

 

Continúa Nabokov:

 

… ¡Curiosa humanidad! ¿Qué decir de la crueldad que se repite a lo largo de toda la obra de Don Quijote, con el propósito deliberado o la aprobación del autor y que ensucia su comicidad? No metamos en esto lo nacional. Los españoles de aquel tiempo no eran más crueles en su comportamiento hacia los locos y los animales, los subordinados y los disidentes, que cualquier otra nación de aquella época brutal y brillante.

La locura cómica

 

Otras épocas posteriores fueron más brutales: en ellas el hecho de la crueldad persiste y sigue enseñando las uñas. Del cuatrero que va en la cuerda de galeotes que Don Quijote encuentra en el camino, se dice que ha pasado por potro, sin detenerse en describirlo, porque en la España o la Italia antiguas se aplicaba la tortura con la misma amplitud con que hoy se aplica en muchos países. En la época de El Quijote la locura era una situación cómica para los españoles, pero también lo ha sido para los ingleses de épocas más recientes, que iban al asilo de locos de Bedlam a pasar el rato…

 

… Las dos partes de El Quijote –concluye Nabokov-, componen una auténtica enciclopedia de la crueldad. Desde ese punto de vista, es uno de los libros más amargos y bárbaros de todos los tiempos. Y su crueldad es artística. Esos curiosísimos comentaristas que hablan desde sus académicos birretas de la atmósfera humorística y humana, blandamente cristiana, de la obra, de un mundo feliz en el que todo aparece endulzado por las humanidades del amor y de la buena camaradería, y sobre todo los que hablan de una “amable duquesa” que “agasaja al caballero” en la segunda parte, esos expertos sentimentales deben haberse leído otro libro, o haberse puesto una venda de color de rosa para contemplar a su través el mundo de la novela de Cervantes…

Versado en desdichas

 

Nabokov se equivoca al transferir a Cervantes y aún a Don Quijote, la crueldad de la sociedad de entonces. Una era aquella descomposición que relatan los libros de la época, y otra la actitud poco menos que piadosa de Cervantes. Y desde luego, la actitud y las reacciones de Don Quijote, justas y ponderadas, en ocasiones; en otras, desmesuradas e injustas. Pero siempre, transgresores de lo preestablecido, de los espacios ajenos, arquetipo de arquetipos como ha descrito Lisandro Otero, entre otros: un carácter que sintetiza la condición humana en todas sus contradicciones. Y aunque a veces quiere ganarse a los poderosos, siempre está del lado de los perseguidos, de los pobres; y siempre mirándolos con tolerancia y confusión, incluso cuando percibe en ellos malos comportamientos. Y, en todo caso, creando dimensiones éticas como una constante de su propia vida.

En efecto, los centenares de personajes, reales e imaginarios, que se mueven en los amplios términos de las andanzas del sin par caballero, sirven para que un cervantista* recuerde tan notable número de gentes de las más diversas religiones y procedencias, genio, carácter, edad y condición, al lado de caballeros y damas de pro, de poetas y pastores, de navegantes y mercaderes, de barberos y yangüeses, de golfines y fariseos, prostitutas y ladrones, asesinos y embaucadores, bandoleros y homicidas pasionales, inquilinos son de los códigos penales dondequiera; o, al menos, de los códigos de policía, con toda la vasta ralea de vagabundos y hampones de que habla la literatura picaresca de la época áurea del idioma castellano: pues bien, toda aquella gente fue llevada a las páginas de El Quijote, con la gran variedad de caracteres de toda calaña que se agitan en el tenebroso mundo de la delincuencia…

Todo lo cual está narrado con tanta minucia que a través de ellos es posible estudiar en nuestros días multitud de circunstancias del mayor interés, particularmente para la sociología criminal. ¿Cómo es posible que Cervantes –se preguntaba Ernesto Sábato en mensaje al X Coloquio Cervantino de Guanajuato-, habiéndose propuesto escribir una regocijante parodia, haya finalmente escrito la gran parábola de la condición humana? ¿Y por qué la tragedia del Quijote, alguien que difícilmente podemos imaginar en otro tiempo y espacio, nos conmueve hasta nuestros días, provocándonos en medio de la risa, el llanto solidario con aquel desventurado andariego? Sábato mismo se responde: porque como decía Kierkegaard, cuanto más se ahonda en el propio corazón, más ahondamos en el corazón de todos los humanos.

Los viajeros delincuenciales

 

Abundan los testimonios en el sentido de que los personajes denunciados, sabía y sentía Cervantes que se volverían contra él a modo de enemigos reales que se agazapaban dondequiera para hacerle mal. Ese era el manantial de sus infortunios. Como en cierta forma para Don Quijote ese manantial fluía de su conciencia pura, de su capacidad para juzgar, con intuiciones no tanto de las leyes penales que desconocía, cuanto de la justicia inmanente que lo iluminaba. Y que tampoco era de la Santa Inquisición, a la cual autor y personaje temían.

Por aquella acumulación de pesadumbres, en la mente de Cervantes y en la mente de Don Quijote comenzaron a bullir ideas de viajes, actividades de escapismo, que amigos que regresaban del Nuevo Mundo estimulaban con sus descripciones pintadas con caracteres fantasmagóricos. Ambos, narrador y protagonista, tenían curiosidad. Pero también tenían miedo, y con razón: recuérdese que a don Iñigo Ibáñez, secretario del duque de Lerma, se le puso en prisión por haber denunciado los excesos de la Corte, aunque tales excesos llenaban las propias arcas del duque.

Sí, ciertamente versado era en desdichas, dice de si mismo Don Quijote. También Cervantes era docto en tribulaciones. Ambos quisieron viajar a Las Indias, no solo para huir de las desdichas propias, sino también por la curiosidad despertada en ellos en razón de lecturas y relatos de amigos. Y, -reconozcámoslo- por miedo a las retaliaciones y a la Inquisición.

Hay testimonios de que autor y protagonista lograron viajar finalmente.

Viajó Don Quijote de polizón en la carabela del Virrey Blasco Núñez Vela, (quien iba hacia el Perú, a tomar cuentas al conquistador Don Francisco de Pizarro), en nave que zarpó de Palos de Moguer hacia la tórrida y alegre Cartagena de Indias, -un párpado de piedra bien cerrado, dijo entonces de ella el gongorista granadino Hernando Domínguez Camargo-; siguió a la gélida y burocrática Santa Fe de Bogotá, la cual no le gustó, lo que le hizo proseguir a Popayán de piedra pensativa, (según la llamara el poeta moderno Eduardo Carranza), en donde sentó sus reales y murió: hay pruebas irrecusables de que Don Quijote se encuentra enterrado entre palmeras en la plaza principal de aquella hermosa ciudad universitaria, frente a la catedral. Así lo narré hace algunos años en las X Jornadas Cervantinas de Guanajuato, con aportaciones probatorias apodícticas.

También Cervantes viajó a Las Indias, según relata el relata el escritor colombiano Pedro Gómez Valderrama en: “En un lugar de las Indias”, cuento irresistible en el cual pinta con pinceladas persuasivas los años de don Miguel en Cartagena, en el cargo de contador de las galeras, que le adjudicara el Consejo de Indias el 6 de junio de 1590, en contrario de lo que afirma un documento de la época firmado por el Consejero Ponente, un tal Núñez Marquedo. A la curiosidad y al miedo, Cervantes, entonces de cincuenta y cinco años, también enloquecido de amor por una mulata que se paseaba semidesnuda por las playas de la aldea de pescadores “La Boquilla”, agregaba el recuerdo desolador de los años pasados en prisión, primero de los moros en Argel, después en Sevilla y en Valladolid, en Castro del Río y en Argamasilla de Alba, en mitad de la Mancha, por azarosos episodios y dudosas situaciones como recaudador de impuestos. No quería purgar de nuevo cárceles adonde podrían llevarlo los denuncios contra toda índole de delincuentes. Y, por qué no reconocerlo, el miedo a los denunciados de todas las procedencias, los cuales querían tomar venganza contra quien tuvo la osadía de presentarlos en sus tropelías y desmanes en un libro que circulaba desde 1605, Don Quijote de la Mancha. Acusado de libertino, de corruptor de mulatas, de lascivo, y de mal funcionario, Inquisición y Consejo de Indias lo hicieron regresar a la península.

Tratados y segumientos

 

Fueron muchos los lectores de El Quijote, que se sintieron atraídos por la fascinación a veces tierna, a veces cruel, de aquellos caracteres, tal como penetró en ellos la capacidad de indagación y descripción de Cervantes. El tiempo era el mismo, el de Cervantes y el de El Quijote. Pero aún extrapolando sus vidas, es fácil establecer que vivieron en la misma época al evocar oficios, costumbres, aún personajes de tiempos del protagonista que son los mismos reseñados por cronistas y documentos del reino. De los personajes de Don Quijote –589 hombres y 119 mujeres- se pregonan los caracteres de sus similares en obras de otros autores.

¿Cuál era el propósito moral de Cervantes en sus descarnados denuncios de las costumbres corruptas de su tiempo? Cervantes era un moralista y era un filósofo –a pesar de las renuencias a aceptarlo, de Julián Marías-, que acusaba descubriendo las flaquezas humanas y despojando sus personajes de todo revestimiento de disimulo. Quería moralizar no solo los de comportamientos de la sociedad sino también los de la corte. Su regla de oro eran la exaltación de la justicia y la exaltación de la libertad. Y pagaba todos los precios por ello, con miedo, es cierto, pero sin vacilación, como cuando denuncia a Ricalta que quería un tesoro o trueque del delito de defraudación.

Por eso durante los cinco meses y medio que duraron las aventuras y desventuras de Don Quijote, Cervantes describió las situaciones delincuenciales de sus personajes siempre con ánimo condenatorio pero también enmendatorio. Más que un inquisidor o que un juez implacable, era el confesor que contempla, oye, entiende, discierne y que condena pero también que perdona.

Miremos de relance y perfuntoriamente unas pocas de aquellas tipologías delincuenciales, no sin aplicarles la lupa correctiva que la legislación penal dispone frente a casos como los de la Molinera y La Tolosa, la Coqueta Maritornes; el ventero andaluz, Juan Haldudo, Los Cuadrilleros de la Santa Hermandad, Juan Palomeque, (el Zurdo), Los Galeotes, Ginés de Pasamonte, (el apuesto vividor), y Guinart, entre muchos otros. Pero también recordemos las reflexiones y perdones; y, además, las lecciones de buen gobierno que a Sancho da Don Quijote, y que son al tiempo actitudes éticas del buen gobernante, del político moral, de la gobernabilidad que se establece como requisito en la política contemporánea, lecciones intemporales y aespaciales, es decir, aplicables a los tiempos que corren, puesto que Cervantes y Don Quijote trascienden a su tiempo, son intemporales y contemporáneos nuestros. También lo son Odiseo y Fausto, como lo señala con rigor y profundidad Carlos París, pero destinos inversos; búsqueda de la aventura, Don Quijote, sin familia; búsqueda de la familia, de Penélope, Odiseo; búsqueda del dominio, Fausto. Sí, intemporales como lo exalta el título de un bello libro del escritor colombiano Alberto Velásquez Martínez.

Pues bien, por los mismos polvorientos caminos de la Mancha y de todas las Manchas de la tierra –escribió el poeta Carlos López Narváez-, han seguido andantes, errantes y campantes, los mismos vicios con los mismos venteros. Pero la adarga educadora del Gran Adelantado de la visión justiciera e imponente de tirios y troyanos, como en una melancólica pintura del español Antonio Rodríguez Luna en el Museo Iconográfico del Quijote en Guanajuato, sigue en alto en defensa de los exiliados de la tierra, de los exiliados de la justicia y de los exiliados de la libertad.

 

¡Loor a Don Quijote, honra y gloria inextinguibles de la humanidad!

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Edición No. 129/130