Un águila abatida en la Engadina
I.
La figura de un hombre, envuelto en un halo de soledad, elegante y atlético, se interna por una senda de los Alpes, que durante un trecho incursiona por la región de la Alta Engadina. Observa, paso a paso, la vegetación, y respira a conciencia, mientras se impregna de aquella atmósfera. Y, acorde con las vibraciones del sendero, siente una elevación en el tono vital con el frío del aire seco que estimula con su roce su piel, y que se halla en armonía con su condición de ánimo. Ve condensado el aliento del aire en el verde oscuro de los árboles, que lo custodian, refugiados en su silencio, con gran tenacidad. Absorto en el contraste entre la flema del verde y la solemnidad de la blancura de la alfombra que lo rodea, dobla por un recodo más cerrado que los anteriores. De súbito, se encuentra ante el revuelo de una bandada que se atavía de unas pintas, que poco a poco asumen mayor diversidad, al aguzarse el brillo de su mirada. Y las aves se despliegan en abanico ante él, brindándole una fiesta, en la que advierte cierto sobresalto. Al contemplarlas, y mientras sigue su camino entre el follaje, ve como si bogara a través de una trasparencia que le hace discurrir en la evocación del momento en que, un poco antes, en el lago de Sils, se sumiera en el vértigo de un pensamiento que le hizo creer que se estaba volviendo loco: «Todas las cosas retornan eterna e inexorablemente». Flota en un ambiente atemporal, y, de cuando en cuando, mira por entre los árboles, que flanquean, dentro de su inmovilidad y perseverancia, el sendero, que se abre hacia unos parajes situados sobre un fondo de tinta azul. Éste, rizado por unas manchas blancas, le provoca, como un déjà vu, una impresión similar a la que, en medio de ese hechizo, pudiera causarle el océano sobre su figura de caminante, y le proporciona de modo vertiginoso un transporte a aquella extrañeza de su visión. Ensimismado continúa su avance; y da una vuelta, y prosigue sobre las ondulaciones de un suelo que bajo él parece desparramarse en olas de aceite, que al disipar de modo brutal y ominoso aquel embrujo de que se había revestido su camino, lo abate al fin; semejante a un águila desplomada después de volar con gran presteza. Los rayos del sol comienzan en ese momento a hendir con fuerza sus retinas. Extiende sobre su cabeza el rojo de una sombrilla que sorprende el paisaje con la provocación de una nota de alegría.
Bajo el esplendor de una claridad de plata, sigue en dirección a Sils-María. Y divisa de lejos su vivienda. Una mole enclavada en apariencia en la tierra. Sigue a paso lento, para internarse en su habitación, enmarcada por un mobiliario de una austeridad esencial. Allí escribe unas cuantas líneas, que rodean de luminosidad la experiencia que acaba de atravesar, y la convierten en algo digno de ser asumido y ser amado como parte imprescindible de su vida. Recobrada la ligereza, se levanta para dirigirse a la aldea. Allí se acoge a la sombra de un recinto en el que entrevé a unas cuantas personas que se hallan acomodadas en un grupo de mesas distribuidas al capricho de sus ocupantes. Camina hacia el fondo, y saluda cortésmente a los comensales. Y, escudado en sus gruesos lentes y sus grandes bigotes, se sitúa en una mesa solitaria, donde hace honor a un plato muy frugal.
II.
Y a su lado pasa una joven. Su finura, revestida de un traje oscuro, y sus cabellos castaños recogidos hacia atrás, lo conmocionan, al evocarle a aquella Lou Salomé cuyo resplandor se había esfumado de su vida. Y empieza a sentirse minado por la nostalgia. La observa, y la estupefacción lo estremece. Tiene su talle esbelto, y tiene su levedad, su aire de lejanía y de dominio de sí misma. Brama el huracán de la remembranza. La vieja herida vuelve a abrirse. Y Lou retorna a su memoria. Como el sol. Como la felicidad de un día. Como esa plenitud que la cerrazón de la atmósfera del tiempo ahogara en un espíritu libre. Entre el deseo de abandonar el salón y el sentido de las conveniencias, se levanta con rapidez y resuelve encaminarse a su alcoba, donde le aguarda su pluma, y donde le espera su obra; de la que está cierto que hará posible que los hombres se eleven, libres y ligeros, a la manera de un ave de presa. Emblema, también esta vez, del peligro y la guerra. Y se sienta frente a su mesa de trabajo. Decidido a sobreponerse a aquella tortura, trae un frasco de hidrato de cloral, y va bebiéndoselo en un vaso muy pequeño. Mientras lo consume, tararea con un acento de melancolía: «Con mis ojos mojados en lágrimas / Te busco», y en un tono más alto, sigue su canto al compás de «La joven pescadora», una canción que había compuesto hacia sus veinte años. Y rememora otro desgarramiento que viviera en condiciones semejantes, en el que viéndose al borde de derrumbarse bebió una alta dosis de hidrato de cloral y escribió «El canto de los sepulcros», que luego viera el puñado de sus lectores en «Así hablaba Zaratustra». Toma otra copa y advierte la portada de un libro, que en grandes caracteres dice «Memorias del subterráneo». Debajo, en tipos más pequeños, «Fyodor Dostoievski», otro ruso que ve como su alma gemela, igual que Lou.
Con una mirada interrogativa opta por acercarlo, y al ritmo de unas copas se embebe en él entre gestos de asombro. Apura otra copa y deja el libro y se dirige a una ventana, donde da la sensación de absorber el sol y el paisaje extendiéndose ante sus ojos. Hasta que acaba por inclinarse delante de un recuadro blanco, que desde una superficie más oscura, le dice: ¡Ven! Se sienta, y, a intervalos se lleva otro vaso a los labios y se figura que en esa hoja puede flotar sobre el cerco de aislamiento e incomprensión de aquél ámbito de pesadez que le toca atravesar dentro de un medio tan árido.
Pero no en vano viaja sin parar. Es que piensa, tal vez, en lo profundo, que así se aventurará dentro de un horizonte más azul, y de una diafanidad donde respirará el aire propio de los dioses. Y se solaza en los azares y en la versatilidad de esa suerte de mutaciones que emergen de la experimentación que ejerce consigo mismo. Y en la sublimidad de tantos sucesos que la expansión de su destino, cultivado con pasión y con denuedo, le va deparando. En el trato excepcional de unos pocos amigos, y en la exquisitez de ciertas mujeres con las que ha entrado en relación. En la hondura de sus emociones. Y en lo que ve como su sombra: los pensamientos. Algo así como unas avanzadillas que lo asaltan sobre la marcha de su nomadismo. Ya se condensa la atmósfera del atardecer. Y en el trasfondo de su alma de solitario parece escuchar el rasgar de su pluma, y se le revela que al remontar aquellas estaciones de su trayectoria, y al sumergirse en una corriente de ideas que ve desembocar en el porvenir, se halla en un instante de tal intensidad que merecería ser eterno.
