Cargando sitio

Un caballero andante por América

Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que para un joven escritor o intelectual colombiano hoy en día la presencia o ausencia de Eduardo Caballero Calderón (1910-1993) dentro de las letras nacionales, es casi un tema sin importancia; es decir, que fuera de ser un autor que se menciona en los textos escolares, de allí no pasa a más. Pertenece Caballero Calderón a una generación de novelistas donde sólo sobresalen Bernardo Arias Trujillo (1903-1938) con su novela Risaralda (1935), y Eduardo Zalamea Borda (1907-1963), y su novela Cuatro años a bordo de mí mismo (1934). La prosa de Arias Trujillo, altamente poética y su novela de fuerte contenido violento, contrasta con la de Zalamea Borda, quien es uno de los pocos escritores colombianos que se atrevió a ir más allá de la forma tradicional de la novela, aprovechando bien los dictados de la vanguardia.

 

Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que para un joven escritor o intelectual colombiano hoy en día la presencia o ausencia de Eduardo Caballero Calderón (1910-1993) dentro de las letras nacionales, es casi un tema sin importancia; es decir, que fuera de ser un autor que se menciona en los textos escolares, de allí no pasa a más. Pertenece Caballero Calderón a una generación de novelistas donde sólo sobresalen Bernardo Arias Trujillo (1903-1938) con su novela Risaralda (1935), y Eduardo Zalamea Borda (1907-1963), y su novela Cuatro años a bordo de mí mismo (1934). La prosa de Arias Trujillo, altamente poética y su novela de fuerte contenido violento, contrasta con la de Zalamea Borda, quien es uno de los pocos escritores colombianos que se atrevió a ir más allá de la forma tradicional de la novela, aprovechando bien los dictados de la vanguardia.

Pocos años después de la publicación de estas dos novelas, Caballero Calderón publicará su novela Tipacoque (1941), la cual es una visión idealizada de la provincia andina colombiana. Este libro de estampas provincianas prefigura la atmósfera ideológica y estilística que vamos a analizar en Suramérica, tierra del hombre, libro de viajes publicado en 1944, pero escrito según el autor a finales de la década del 30.

Escritor tradicional por excelencia, Caballero Calderón afirma con su prosa y sus pensamientos, los valores que la sociedad colombiana sembró luego del proceso de independencia, y principalmente durante el siglo XIX cuando Bogotá se distinguió por nutrir una clase intelectual de gramáticos, filólogos y ensayistas, inmersos en una defensa de la corrección del idioma y un cosmopolitismo literario que alcanzaba el pensamiento francés, bien de moda. Caballero Calderón es hijo de esta tradición, y no sólo la adopta como escritor y pensador, sino porque le viene de clase social, ya que desciende de familias patricias criollas, fundadoras de la idea de nación en Colombia. Es por esto que para este entonces, su visión de la vida colombiana está idealizada, no sólo por su adhesión al fervoroso “mundonovismo” tan presente en su tiempo, sino porque no podía ver que los cimientos de esta sociedad estaban corroídos por siglos de desigualdad social.

Es por esto que si abrimos este libro, no por las páginas iniciales, sino por las que nos llevan a su “realidad” colombiana, la ingenuidad de su pensamiento se hace patente. Veamos:

Bogotá es una ciudad profunda y honradamente democrática. La libertad de juicio y el amor por las cosas intelectuales que ha venido cultivando desde hace cuatrocientos años, la resistencia a constituir núcleos y castas y la constante fecundación de la provincia, todo hace que Bogotá –como lo demuestra su historia- capaz de endiosar a un poeta, un orador o un gramático… (…). Todo en Bogotá se refiere a la libertad y hasta el orgullo social en las clases superiores siempre nace de motivos que se relacionan con ella.

Para Caballero Calderón Colombia es un país realmente modelo en su proceso de mestizaje, que para él, fiel discípulo del pensamiento liberal de Vasconcelos, es la culminación de la identidad de América Latina:

En Colombia se viene verificando sin sobresaltos la mezcla de las razas, al punto de que hoy no existen ni negros, ni indios, ni blancos, sino ciudadanos que tienen unos mismos derechos y en quienes está casi abolido el prejuicio racial.

He calificado de ingenua, por excesivamente falsa, esta dirección del pensamiento de Caballero Calderón. Sinembargo, cuando revisamos otros apartes de su libro podemos ver que no es tan ingenua, y más, que este “locus amenus” colombiano es el resultado de una visión pastoril, utópica, de la realidad latinoamericana, la cual esconde un profundo prejuicio racial. En el prólogo a la segunda edición nos dice que “zonas humanas como la negra pura y la india pura representan un evidente lastre” para el desarrollo de estos países.

Suramérica, tierra del hombre es una crónica del recorrido por diversos países y regiones que hizo Caballero Calderón durante la década del 30, donde se combina con elegancia y cierta maestría el paisaje americano con la presencia de las ciudades. Estas enmarcan sus pensamientos con respecto al hombre americano, yendo de lo mulato en ciudades como Cartagena o Bahía, a lo indio en las cumbres andinas del Perú, a lo mestizo en las altiplanicies colombianas de Boyacá o Bogotá, al componente blanco en el cono sur, Buenos Aires, Santiago, y por cierto la presencia negra en Brasil. El paisaje es abrumador, de la selva al mar, a los desiertos, a las montañas andinas, a las pampas, a los inmensos ríos… Visto desde un ángulo que no tuviera en cuenta las circunstancias sociales que lo encierran, es decir, fuera del contexto de la realidad latinoamericana, es un bello libro dentro de la tradición “ficcionalizadora de la realidad” que inauguran Bernardo de Balbuena en “La grandeza mexicana”, el Inca Garcilaso en sus “Comentarios reales”, o Ercilla en su “Araucana”. Caballero Calderón quiere contribuir a la edificación del mito de lo latinoamericano, abrir una puerta a los ojos europeos (este libro esta publicado en España) para que vean con ojos positivos una América en constante y feliz crecimiento. Lástima grande que esta “novela” de lo suramericano quiera ser una muestra de la realidad y no una obra de ficción.

He citado a tres autores fundacionales del mito del ser latinoamericano. Veamos entonces en detalle estas analogías con Caballero Calderón. Es bien conocida la calificación de Balbuena del indio como ser “feo”. Así, nuestro autor nos dice también, al hablar de los “selvícolas” como denomina a los indios de la selva americana:

“Desnudos, feos, curtidos por el sol, se les ve pasar raudos en sus canoas, esquivos como bestias de monte”. Trescientos años de diferencia entre estos dos autores y el patrón de belleza sigue siendo el mismo.

Al referirnos su visita al Cuzco, donde realza la majestuosidad de la antigua cultura incaica, siguiendo los pasos del Inca Garcilaso, no deja de añadir su nota hispana dominante:

Uno de los mayores encantos de la ciudad del Cuzco nace de este símbolo de la casa española empotrada sobre el cimiento incaico.

Más adelante, en su visión de Santiago de Chile, nos afirma que “el héroe de Chile es la nación chilena”, lo que nos remite al valor que Ercilla daba a los araucanos, forjadores de una nación de valientes.

Vuelvo a repetir que un libro como éste, tan cargado de estereotipos y de prejuicios sociales y raciales, no deja de ser un texto literario elegante y muy bien escrito, y a pesar de que estemos en profundo desacuerdo con muchas de sus asertos, no por eso dejamos de leerlo con cierto placer. Tal vez es esa satisfacción que suscita lo que nos desafía sin herirnos, lo que nos permite una respuesta digna frente a un pensamiento que se nos opone.

Revisando algunos de estos estereotipos encontramos esta alusión al negro que llega de África:

Y entonces las iglesias y templos, las calles y las plazas, se llenaron de negros que traían del África su música, su sensualidad, su pereza y su alegría.

Dentro de la idealización del mundo americano, no se le ocurrió nunca a Caballero Calderón pensar que el concepto de “pereza” podía deberse a la enfermedades, al maltrato, a lo infernal del clima del trópico, al exilio forzoso, a la profunda depresión que deberían cargar estos pobres seres desamparados de sus dioses. No, los negros son perezosos diría el amo español, criollo, y la expresión “trabajar como un negro” no tenía nada que ver, desde este punto de vista, con la “pereza” innata del negro.

Lo interesante de este libro es que en su busca de un pensamiento globalizante se torna contradictorio en sí mismo; las partes, en su afán de verismo y fidelidad a un pensamiento preconcebido, anulan el todo.

Veamos este ejemplo en la comparación del mestizo y el mulato, esas dos formas de hibridación que tanto llamaban la atención a un descendiente puro de castellanos como era Caballero Calderón:

El mestizo es un hombre ensimismado, que ha trocado la sumisión del indio en dulzura hipócrita, y la inteligencia desprevenida del blanco en marrullería calculadora. El mulato es pendenciero, y el mestizo, torvo; el uno es ágil y vivaz, y el otro, calculador y lento; el primero es ardiente como un valle del trópico, y el segundo es frío como un páramo de la cordillera. Los dos son inteligentes, pero ninguno es capaz del esfuerzo continuado y ambos perdieron en la mezcla la tesonera voluntad del blanco.

Como se puede ver, los fragmentos que citamos no necesitan glosas, ellos mismos son su propia crítica, y cargan en sí su explicación. Es por esto que al encontrarnos con la visión de Buenos Aires y de Río de Janeiro, ciudades majestuosas, con su ardiente población autóctona, pero plagadas de inmigrantes europeos, ellas se “abren sobre la tierra como flores tempranas de lo que será la América del porvenir”. Es admirable la confusa claridad del pensamiento de Caballero Calderón.

Y sinembargo, no todo está dicho. Hay un momento, cuando nos describe el mundo de la selva, en que la agudeza y la profundidad del pensamiento de Caballero Calderón nos sorprenden al máximo, casi de no creer lo que estamos leyendo. Veamos algunos ejemplos de esto:

Pero en ella [la selva] hay algo más que la soledad angustiosa poblada de enemigos invisibles que acechan en la sombra y dan al hombre la medida exacta de su espantosa miseria; algo más que el sopor del mediodía que riega un veneno letal por todo el cuerpo, paralizando en el hombre el deseo de la acción; más que la melancólica desesperación de la tarde, cuando a la muerte del sol que se incendia y naufraga en un remanso del río se apodera del corazón una tristeza infinita y el sentimiento de la soledad se hace más presente y punzante, y es la predisposición al milagro y la tendencia mental a aceptar incondicionalmente lo maravilloso.

Ustedes comprenderán que mi sorpresa fue inmensa porque recordé de inmediato este poema de Álvaro Mutis, titulado Soledad, y del cual cito:

En mitad de la selva, en la más oscura noche de los grandes árboles, rodeado del húmedo silencio de las vastas hojas del banano silvestre, conoció el Gaviero el miedo de sus miserias más secretas, el pavor de un gran vacío que le acechaba tras sus años llenos de historias y paisajes. Toda la noche permaneció el Gaviero en dolorosa vigilia, esperando, temiendo el derrumbe de su ser, su naufragio en las girantes aguas de la demencia… (…). Ni el amor, ni la desdicha, ni la esperanza, ni la ira volvieron a ser los mismos para él después de su aterradora vigilia en la mojada y nocturna soledad de la selva.

Es obvio que Mutis debió conocer este libro en sus años de juventud en Bogotá, y especialmente si recordamos que fue el mismo Caballero Calderón quien lo llevó a trabajar en una publicación bogotana, en la década del 40.

Ahora bien, si leemos con cuidado la parte final del texto de Caballero Calderón que hemos citado, encontramos que lo “maravilloso” se manifiesta directamente como resultado de ese encuentro con lo “real”. Fue en 1949, cuando Alejo Carpentier en El reino de este mundo desarrolló la idea de lo “real maravilloso” que tanta fama le daría.

No podemos dudar que Carpentier conocía desde su publicación este libro, que circuló con mucho éxito por América y España.

Todo este capítulo del libro, titulado “El alma de la selva” es excelente. En uno de los pasajes, Caballero Calderón nos habla de las islas en los grandes ríos de la selva:

 

 

La vida de las islas es maravillosa. Nacen, crecen remontan las corrientes de los ríos –es decir, navegan- y lo mismo pueden morir de una súbita inundación que transformadas en el fondo de una laguna. La forma un brazo que se desprende del río para reunírsele más lejos. La fuerza de la corriente va depositando limo, tierra, arena y detritus vegetales, en la parte de la isla que le opone un obstáculo y por la parte opuesta, el río le va lamiendo la cola, la va socavando, mordiéndola, o mejor, chupándola, de manera que la isla, comida por debajo y alimentada por arriba, remonta las aguas lentamente, y su movimiento de traslación puede ser apreciado en el curso de unos cuantos años.

 

Más allá del tono sensual que encontramos evidente en este texto, la prosa de Caballero Calderón va a lo altamente poético, dándole vida a esas islas que van por los ríos de la selva. Un paso más y estamos en lo “real fantástico”, o por que no, lo “real maravilloso”. Veamos esta cita:

 

[El viajero] Acaba por confundir lo verdadero, lo que ha sido objeto de investigación por los sabios, con lo imaginario; lo objetivo con lo subjetivo y lo recordado con lo que es apenas un sueño. Si es verdad que existen plantas carnívoras devoradoras de pájaros e insectos, pues el viajero las puede ver adentrándose unos cuantos pasos en el bosque, ¿no será verdad también que el espíritu del río es una serpiente gigantesca que en los inviernos se sale de madre, devora cuanto topa a su encuentro, se alimenta de islas, brama como un huracán en los esteros, y al cabo, hastiada y harta, se acuesta a dormir a la orilla del río?

 

Se podría argüir que estas visiones de lo fantástico ya estaban en la mente de los conquistadores y sus cronistas, que lo fantástico venía entreverado en la mentalidad medieval de los españoles y que lo mágico rondaba silvestre en la profusión de ritos y creencias religiosas de los indios y luego de los africanos. Y esto es cierto. Sinembargo, lo que torna interesante este texto de Caballero Calderón es que todavía no había sido incorporado a la literatura como fuente nutricia y fundacional. Necesitamos de la presencia de narradores como Asturias, Carpentier, García Márquez, Rulfo, y hasta cierto punto, Fuentes, para ver que estas ideas iban a fecundar en lo que se denominaría el boom de la novela latinoamericana. Y ya hemos citado a Mutis, quien prescindiendo de lo fantástico, nos lleva a lo real como parte de lo maravilloso, y Maqroll el Gaviero es portador de esa fiebre que bordea la demencia, es decir, lo que nos lleva al límite del sueño y la realidad. Debemos añadir como comentario a este fragmento que la idea de una serpiente inmensa, fantástica, está al fondo de los sueños alucinados de los bebedores de ayahuasca en el Amazonas.

Podemos concluir este breve análisis señalando el carácter de “caballero andante” de nuestro autor. A una realidad “ficcionalizada” por sus necesidades sociales y políticas, a su ser de la clase alta, se opone una realidad convertida hacia lo maravilloso. Podemos ver que en Caballero Calderón hay una obligación moral, más que una misión o un encargo particular, para emprender este camino por Suramérica, y su objetivo, fuera de ganar fama y honores, como es corriente en los escritores convertidos a caballeros andantes, es el de encontrar en la inalcanzable unidad de lo americano una respuesta a las contradicciones de su espíritu.

Compartir:
 
Edición No. 155