Cargando sitio

Un rey de mármol – Cap. XXIII de la novela «El aroma de la acacia»

Jacques de Molay comprendía que la situación política era confusa; buscó en París a su viejo amigo de juventud, Raymundo Lulio, el franciscano que tenía una visión ecuánime del reino exenta de menudos intereses. Su misión, fortalecer la fe cristiana. Anonadado por la cruenta caída de Acre, había escrito —en diciembre de 1292— Quomodo Terra Sancta recuperari potest, en el cual proponía la unificación de las órdenes monásticas y militares: los templarios, los hospitalarios, los teutónicos y los caballeros de las órdenes peninsulares. Así mismo, la creación de una escuela de misioneros versados en lenguas orientales. Un triple abrazo fue el reconfortante saludo entre los viejos amigos, cuyas mentes oscilaban hacia el mismo norte.

Lulio, iluminado por la sonrisa de la miel de sus ojos, le dijo:

—El león rugiente, que cuando naciste anunció tu ineludible destino como Gran Maestre; la férrea disciplina y el estudio denodado, labraron el espíritu de un hombre sabio, digno de dirigir la Orden del Temple.

—Por fortuna, en mi azarosa vida, la diosa Gratia me dio hermanos como vos —dijo De Molay, apretando con cariño el hombro derecho de Lulio—, me urgía hablar contigo sobre el manuscrito donde propones la unificación de las órdenes monástico militares.

—Con la pérdida de Tierra Santa se demostró que la guerra no es el camino, casi doscientos años de lucha se perdieron en tan solo seis semanas. Las victorias militares son pírricas: nunca podrán celebrarse como auténticos triunfos —rezongó Lulio con amargura—. Es hora de cambiar la estrategia para difundir la palabra de Cristo. Con las órdenes unificadas y una dinámica escuela de misioneros, llegaremos al corazón de la gente. No podemos seguir matándonos inútilmente.

—Defendimos esa noble idea. En el cónclave del Temple aprobamos darle mayor énfasis al trabajo espiritual. En estos años se han realizado muy pocas incursiones militares —aclaró De Molay, condescendiente—. Sostener la base militar en Chipre nos compromete como muro de contención del islam. Las pocas expediciones emprendidas nos permiten hacer presencia y disuadir el avance de los sarracenos por el Mediterráneo.

—En la corte celebraron vuestra entrada a Jerusalén —advirtió Lulio, punzante.

—Esa victoria sobre el sultán egipcio Malej Nacer fue una escaramuza que los tomó por sorpresa —se defendió Jacques—. Aprovechamos su desconcierto, las disputas intestinas por el trono y atacamos Alejandría. Igual hicimos con la ciudad costera de Tartús.

—¿El Temple entonces continúa su febril actividad militar? —lo interpeló el franciscano.

—Después de Acre, las demás órdenes se replegaron. Quedamos íngrimos, no podíamos dejar el Mediterráneo en poder de los mamelucos, el Temple es responsable del mundo cristiano. Nos tocó redoblar esfuerzos, pero las cortes de Europa siguen indiferentes —se lamentó De Molay.

—Conocí las atinadas conclusiones del cónclave y ustedes están ahora en el camino correcto —Lulio lo reconfortó con la miel de su mirada.

—El crecimiento de la Orden nos ha fortalecido para ser mejores soldados de Cristo con la espada y más contundentes con la fuerza espiritual, con la sabiduría y la luz del mundo infinito —Enfatizó De Molay—. La nueva orientación del Temple es una labor silenciosa, perseverante y ecuánime, pero los nobles no lo entienden. El papa está desconcertado con el rumbo de la Orden y al rey le interesa es llenar sus arcas.

—En buena hora nos hemos encontrado —la mano en el corazón de Lulio denotó su lealtad—. Felipe perdió la ruta en el manejo del reino. Su prepotencia lo convirtió en una monarquía absolutista, y sus astutos áulicos incrementan cada día los impuestos, dizque para fortalecer las instituciones del Estado. La mayoría del tiempo lo dedica a la cacería y los conflictos con los otros reinos los resuelve con dinero, con acuerdos matrimoniales. Comprometió a Margarita de Francia, su hermana, con el rey Eduardo i de Inglaterra.

—Ahora entiendo los cotilleos, los extraños gestos de las damas y los cortesanos y las manifestaciones desobligantes del rey —De Molay, perplejo, enarcó sus cejas—, es palpable la tirantez del rey con el papa Bonifacio VIII. La soberbia y la pugnacidad personal deterioraron las relaciones entre los dos Estados.

—Lo más aberrante es que están trenzados por el vil metal —escupió Lulio, moviendo su cabeza de un lado a otro—, embebidos en disputas económicas, de mezquino poder por los territorios, sin que medie una concepción sobre el Estado y el buen gobierno, exentos de ideología y preceptos espirituales, sobre los dogmas de la fe, y la evangelización pendiente en medio mundo.

—Cuando leí la bula papal Clericis laicos, que prohíbe el cobro de impuestos al clero sin el consentimiento papal bajo pena de excomunión, percibí el tufillo de reprimenda para el rey, pero desconocía el origen real de la disputa.

—Esa bula enfureció a Felipe. No permite ser cuestionado, ni siquiera por el papa —musitó Lulio, con ironía—; el Hermoso amenazó y desplegó toda su soberbia, bloqueó y prohibió el comercio con Roma y doblegó a Bonifacio en unas difíciles negociaciones. El papa aceptó que, en caso de necesidad extrema, el rey puede imponer tributos a los prelados de la Iglesia, y como desagravio canonizó al rey Luis IX, abuelo del Hermoso.

—Ese resarcimiento por parte del papa, ¿fue suficiente para sellar la paz? —preguntó De Molay, escéptico.

—No, Felipe es insaciable. Gasta y derrocha a manos llenas, sus arcas no tienen fondo y, cuando pone a alguien en la mira, lo acosa, lo hostiga hasta exprimirlo. Hace un par de semanas ordenó la detención del obispo de Pamiers, Bernard Saisset, acusado de alta traición, deslegitimando la jurisdicción del papa sobre sus prelados, y revistiéndose él de autoridad suprema en el reino de Francia.

—De algo muy grave debieron acusar al obispo Saisset, para ordenar su detención —suspiró De Molay.

—Lo acusaron de difundir la profecía de san Luis, rey de Francia, que afirmaba que la dinastía de los Capetos perdería el trono bajo el reinado de su nieto Felipe IV. La acusación la atosigó el legista de la corte Guillermo de Nogaret en un oficio enviado a Bonifacio, donde además de traidor, acusaban al obispo de hereje, por afirmar que la fornicación no era pecado y que el sacramento de la penitencia era inútil.

—Es inadmisible que el rey de Francia esté envuelto en disputas de dimes y diretes, mientras el Estado se hace aguas y el islam avanza incontenible sobre el continente —rumió De Molay perplejo—. ¡Es imposible pensar ahora en la unificación de las órdenes militares bajo el mando único de un rey que gobierna para sus apetencias!

—Comprendo vuestra decepción y tu negativa a unificar las órdenes —balbuceó Lulio, con la hiel de la vergüenza—. Es probable que Felipe no se detenga, puede arrasar con todo, su voracidad es insaciable, va a ir por el dinero de los lombardos, los judíos y de las órdenes que pueda alcanzar.

Felipe IV, admirado por su extraña belleza, de fija mirada, hipnotizaba a sus súbditos, que alelados veían en él la imagen de la realeza, el heredero indiscutible de la dinastía de los Capetos y del trono de Francia. No se inmutaba, ni lo perturbaba ninguna emoción. Cual estatua de mármol, por su pétreo corazón, impávido y frío frente al dolor, lo apodaron el Rey de Mármol. Él lo sabía y explotaba esa fortaleza sometiendo a sus contradictores y disfrutando de su aniquilación definitiva, demostrándole al mundo su infinito poder. Pero en las noches de insomnio, en medio de su soledad, reconocía que el gran rey del poderoso imperio no era un valiente guerrero. Las arcas del reino estaban arruinadas y su habilidad política estribaba en negociar componendas familiares y matrimoniales. Impotente, se mostraba implacable y cruel con sus súbditos, con los campesinos, los artesanos humildes, los co­merciantes y los soldados, con el clero y con los nobles venidos a menos. Nunca emprendió conquista alguna, ni ganó una gran batalla. En su afán por el poder, le solicitó al Gran Maestre su ingreso irrefutable a la Orden del Temple, con la certeza de su admisión y ser el futuro príncipe con todo el poder sobre el mundo cristiano, gracias a la unificación de las órdenes. De Molay, advertido, pospuso la embarazosa respuesta, el aroma de la acacia que impregnaba el Temple lo sosegó como el primer día de su iniciación, meditó apaciblemente y decidió salir de París al día siguiente.

Hábilmente, Felipe caldeó el ambiente y fue quemada la bula Ausculta fili en las calles de París a finales del invierno de 1302, y en su lugar, circuló una bula espuria. El papa, injuriado, cita a un sínodo para finales del otoño en Roma. Era inaplazable definir la relación entre el poder terrenal y el religioso y juzgar al Hermoso por los abusos y ultrajes contra la Iglesia. El rey, experto en maquinaciones, contratacó. Acusó a Bonifacio de herejía, congregó al clero y la nobleza y constituyó los Estados Generales de Francia. Prohibió la asistencia al sínodo del papa y convocó a un Concilio general para juzgar a Bonifacio. Guillermo de Nogaret, jurista e ideólogo de la corte, ululaba en la conciencia de Felipe, levantó las manos y los ojos entornados al cielo, exclamó: «El rey es el ángel de Dios».

Al sínodo de Roma no asisten los prelados franceses. Se promulgó la bula Unam Sanctam, donde se reconoce la diferencia entre la esfera política y la espiritual, advirtiendo que ambas pertenecen a la Iglesia y los reyes únicamente pueden actuar y hacer uso de su poder con el permiso y la autorización del papa. Los legistas del rey Pedro de Flote, Enguerrando de Marigny y Guillermo de Nogaret, especialistas en derecho romano, señalan que ello es una clara intromisión de corte feudal por parte de Bonifacio VIII. El reino de Francia no puede admitir injerencias en el manejo del Estado y sus relaciones con Roma son de tipo mercantil y diplomático.

Felipe tenía claro hacia dónde dirigía sus dardos, no dudó en convocar para la primavera una asamblea en el Louvre. Allí avivó el repudio al papa, acusado de herejía, blasfemia, simonía, hechicería y de la muerte de su antecesor, Celestino V. Se pidió la convocatoria a un Concilio ecuménico, donde sería procesado y destituido, se encargó a Guillermo de Nogaret para que lo capturara y lo trasladara a París. Al conocer la noticia, Bonifacio se dirige rápidamente a Anagni, prepara una nueva bula, la Supra Petri solio, donde excomulgaba a Felipe, pero ya Nogaret había llegado a Italia; se confabula con Sciarra Colonna, acérrimo enemigo del papa, con algunos nobles y miembros del Colegio Cardenalicio, para asaltar el palacio papal en Anagni. Bonifacio VIII, ataviado con las vestiduras, ornamentos de su rango y atributos de poder, esperó a sus agresores en el trono papal, y en medio de la fría soledad del gran salón, acusó: «He aquí mi cabeza, he aquí mi tiara: moriré, es cier­to, pero moriré siendo papa». Nogaret se contuvo impresionado, pero Sciarra, enardecido por el odio hacia el pontífice lo agredió mortalmente: golpeándolo en la cabeza, con una manopla de hierro lo lanzó al piso. El pueblo de Anagni se rebeló y liberó al papa de los agresores, pero el daño ya estaba hecho: Bonifacio VIII era un hombre mayor, al cabo de un mes falleció, demente y afligido por la humillación.

El Rey de Mármol había dado el primer paso en su macabro plan. El cónclave eligió al cardenal Nicolás Bocassini, quien adoptó el nombre de Benedicto XI. Él estuvo en el palacio de Anagni fiel a Bonifacio VIII. Optó por una política conciliadora con el rey de Francia, abolió la excomunión de la bula papal proferida contra el Hermoso, pero se mantuvo firme frente a Nogaret y Sciarra, autores materiales del ultraje que le ocasionó la muerte a su antecesor: los excomulgó, aunque un mes más tarde, absolvió a los cardenales de la familia Colonna, pero la no devolución de sus bienes los enardeció. Se refugió en Perugia, donde sufrió un acoso vehemente aguijoneado perversamente por el rey y tras ocho meses de su pontificado, el hombre de confianza de Felipe IV, Guillermo de Nogaret, infiltró un espía al palacio de Benedicto que envenenó los higos de la cena del pontífice, causándole la muerte fulminante.

El Rey de Mármol permanecía impávido ante el inesperado suceso. Miraba a los cortesanos sin pestañar. Ordenó que al fallecido le rindieran los honores propios de su rango, y a los cardenales franceses que se trasladaran de inmediato a Perugia, al cónclave que elegiría al sucesor de Benedicto XI. Concilio que se prolongó por más de once largos meses. Finalmente, surgió el nombre de Bertrand de Got, un cardenal francés que no pertenecía al Colegio Cardenalicio, ausente del cónclave y ajeno al conflicto entre Bonifacio VIII, los intereses de la corona y el asesinato de Benedicto XI. La ceremonia de coronación se celebró en Lyon, con la presencia de Felipe IV: quería garantizar que el primer acto de Clemente V como pontífice fuera el nombramiento de nueve cardenales franceses de sus afectos. Con el control sobre el papa, el diabólico plan del Capeto cobró toda su intensidad: ya nadie lo podría detener. La voracidad para despojar el dinero y las riquezas a los lombardos, judíos y templarios, estaba en marcha.

El Gran Maestre De Molay no sospechaba de la retorcida celada que el Hermoso urdía con sus áulicos en los salones del palacio. La lisonja y la admiración del rey por el Temple alejaba cualquier sospecha de arremetida contra la Orden más poderosa del mundo, respetada por su rigor, fortaleza económica y renovada orientación conceptual y espiritual.

De Molay recorría las veintiuna provincias donde el Temple tenía sus reales. El Gran Consejo decidió mantener la sede militar en Chipre. No obstante, en 1302 perdieron la isla de Ruad. La Orden de los Hospitalarios, anclada en Chipre, se trasladó a la isla de Rodas y Chipre quedó bajo la hegemonía de los templarios. La bandera templaria que ondeaba en los navíos infundía respeto a sus adversarios y protección a los bajeles cristianos.

En París, el Hermoso seguía urdiendo su plan, obsesionado por las riquezas, el oro y el poder para su lucro. Consideraba inaceptable que su solicitud de ingreso al Temple, después de largos años aún no tuviera una respuesta afirmativa del Gran Maestre, padrino de su adorada hija Isabel Capeto. El agravio estaba decidido a cobrarlo a un alto precio. Con artificios convenció al papa para que citara a los grandes maestres de los templarios y los hospitalarios a una reunión en la ciudad de Poitiers, el 1º de noviembre de 1306, para tratar la propuesta de la unificación de las dos órdenes, discutida en el Concilio de Lyon en el 1274 y formulada de nuevo por el franciscano Raymundo Lulio en su manuscrito Quomodo Terra Sancta recuperari potest, después del desastre de Acre. Allí abogaba por la unificación de templarios, hospitalarios, teutónicos y caballeros de las órdenes peninsulares bajo un mando único y la creación de una escuela para misioneros en lengua árabe, hebreo y farsi. Tras la reciente caída de la isla de Ruad y la captura del último mariscal del Temple, Dalmau de Rocaberti, Lulio preparó el documento Liber de fine, dirigido al papa Clemente V. Insistía en la unificación bajo un Rex bellator, para fortalecer la presencia del mundo cristiano en el Mediterráneo y la recuperación de los terri­torios perdidos en Tierra Santa. La reunión fracasó. Foulques de Villaret, gran maestre de los hospitalarios, se excusó, lo urgían en la isla de Rodas; De Molay, despreocupado, navegó a las provincias de Italia y Grecia, quería afianzar sus huestes y abrir un nuevo frente que controlara el mar Egeo desde las islas griegas.

Los periplos en El Halcón, la nave del Temple con capacidad de mil quinientos pasajeros, propiciaban la realización de conventos y seminarios con hermanos y neófitos; estudiaban las corrientes iniciáticas, reflexionaban, meditaban y practicaban técnicas no ortodoxas, no muy bien vistas por los cristianos. Este rumor laceraba los oídos del papa, que se sobaba inquieto su cana tonsura.

Mientras tanto, el Hermoso propalaba en la corte con indiferencia el rumor que los templarios ejecutaban prácticas heréticas. Que ya no querían guerrear por la fe de Cristo; dedicados a los negocios y a la usura, como los judíos, se habían convertido en un Estado sin patria, sin Dios y sin Ley. Que el papa era el único que podía controlarlos, pero en realidad ellos tenían más poder económico y militar que Roma; autónomos en su accionar, mantenían una estrecha y luciferina relación con tradiciones y prácticas cabalísticas, sufíes, monjes budistas, egipcios y apóstatas. Abjuradores de Cristo, habían pervertido la Orden en instrumento de pecado.

El papa Clemente V, con su actuar dubitativo, se movía al macabro vaivén del Rey de Mármol, quien con pasmosa frialdad desplegaba su premeditado plan. La crisis económica de la corona era inminente. Recién acosó a la comunidad judía, les expropió las riquezas y los expulsó del reino arguyendo justificaciones políticas y religiosas. El pueblo conocía la verdad, los franceses eran víctimas del despilfarro del tesoro. El dinero cada vez valía menos y tenía menos oro, la ruina era incontenible y la deuda acrecentada desde la séptima Cruzada. Le insistió a Clemente: «La reunión con los grandes maestres de las órdenes monástico militares, es inaplazable»; Raymundo Lulio se negó esta vez a estar presente, tenía información privilegiada de los siniestros planes del Hermoso.

En los comienzos de la radiante primavera de 1307, El Halcón surcaba las azulencas aguas del Mediterráneo, la bandera templaria trinaba, ondulada por Eolo. El bajel fue alcanzado a la altura de las costas de Chipre. Una fragata estafeta traía la correspondencia del papa, aposentado en Francia; invitaba al Gran Maestre de la Orden del Temple, por segunda vez, a una reunión con el rey Felipe IV y con el gran maestre de los hospitalarios, quería poner en marcha la unificación de las dos órdenes. París sería el sitio de reunión, en la celebración del equinoccio de otoño.

Deambulando por el norte del África, De Molay compartía con monjes, sacerdotes, chamanes y sabios de otras corrientes iniciáticas, criptográficos caminos hacia la luz. Resolvía asuntos pendientes de los cuantiosos bienes, inversiones y posesiones del Temple. Pernoctaba en Alejandría plácidamente, visitaba a entrañables amigos, y a la inescrutable Eleonora, piel azucarada, aguileña nariz, ojos de azabache y ondulante cabello como el Nilo, quien rescató en un enfrentamiento en la ciudad costera de Tartús; los beduinos la tenían esclavizada para venderla en el mercado de El Cairo.

Cuando leyó la invitación, pensativo se despojó de la armadura y del yelmo, sorbió un largo trago de agua fresca y un aciago pre­sentimiento cruzó por su mente; al vaivén de la inercia del bajel, le susurró a su hermano y preceptor de Normandía Geoffrey de Charnay.

—Han transcurrido treinta y tres años desde el Concilio Ecuménico de Lyon, ¡toda una vida! Y ahora el rey, por intermedio del papa, insiste en la unión del Temple con los hospitalarios, no veo el fundamento para establecer esa unión. Tenemos concepciones filosóficas e ideológicas diferentes sobre la existencia del Ser Supremo manifestado en cada una de las cosas y en la naturaleza en pleno, la existencia de ellas es la demostración de su presencia y su infinita sabiduría. Los hospitalarios están anclados en la creencia de un Ser Superior, a una fuerza inmanente que creó el mundo de la nada —masculló Jacques, mirando incisivamente la línea azul del horizonte.

—Gran Maestre, no olvidéis nuestro sagrado juramento: servir sin condiciones a la causa de la fe cristiana y proteger a los fieles y peregrinos que se dirijan a Tierra Santa, así lo ordena la Regla de san Bernardo de Claraval —le recordó con ánimo conciliador De Charnay—. La reunión es para garantizar la prevalencia del cristianismo en el Mediterráneo y Europa.

—Está bien, el juramento lo hemos cumplido con creces. Miles de hermanos han dejado su vida en el campo de batalla. La guerra con los sarracenos ha sido despiadada, pero nuestra fe no puede impedir que escudriñemos en la sabiduría de la naturaleza y la luz del mundo infinito.

De Molay se reunió con los hermanos del grupo de estudios esotéricos. Los estrechos lazos de fraternidad, fortalecidos durante los veintisiete años en los tres grandes viajes, lo constituían en su círculo de confianza; el aplicado estudio, análisis y meditación remozaban cada día su visión del universo, la exploración conceptual y la apertura a otras escuelas de pensamiento. Octavio el Prudente manifestó con rencor:

—No me gusta la insistencia del papa, ¿una reunión con el Gran Maestre para revisar un tema ya olvidado, del siglo pasado y después de la catástrofe en Tierra Santa? Pensar que esa puede ser la solución, suena artificioso.

—Recordad que Lulio la volvió a proponer recientemente en su Rex bellator —interpeló Mantiglia, pensativo.

—Claro, hermano, pero ese escrito tiene más de quince años, ¡ha corrido mucha agua bajo los puentes! —Capocaccia se sobó sus riñones—. El Hermoso es un gobernante sin escrúpulos, es un traficante. Con la argucia de la modernización del Estado ha sumido en la pobreza hasta a sus propios amigos.

—El Gran Maestre no puede negarse a asistir, el pontífice es quien lo convoca —Ubaldo Amical invocó la Norma.

—Acaso no es cierto que Clemente V está doblegado a la voluntad de Felipe. Lo acolitó sin condiciones en la persecución a los judíos y en la encerrona que le tendieron a los lombardos —escupió Cheville, enterado de los chismes de la corte—, los banqueros lombardos se salvaron por la torpeza y la voracidad del arzobispo Monseñor Marigny. Se apropió de las riquezas de los judíos y lo amenazaron con denunciarlo ante el rey.

—Es cierto lo que dice el hermano Benjamín —apuntó Capocaccia, con ironía—, al caco lo salvó su hermano, Enguerrando Marigny, tesorero de la corte. Tuvo que negociar con los banque­ros para evitar la furia letal de Felipe contra su hermano, el cardenal, y que este oscilara de una cuerda al frente de Notre Dame.

—La anómala situación que sufre el mundo cristiano nos obliga a estar presentes en los eventos que pueden modificar el rumbo de la historia —reflexionó Amical, escrutando los ojos de Jacques—. Es vuestro deber, nuestra vida se la debemos al Creador y por Él estamos dispuestos a entregarla sin condiciones.

Jacques, reflexivo, exclamó:

—Cuando en el zodíaco Leo esté en el cenit, marcharé hacia París con los hermanos que deseen. Nunca le hemos temido al Ángel de la Muerte.

Una perturbadora neblina gris envolvió las desoladas calles de París. En el silencio se percibía la caída interminable de las hojas del otoño. Las ráfagas frías flagelaban los rostros. Poco a poco, aparecía el sonido lento y hueco de los cascos de la comitiva del Gran Maestre, que marchaba a la sede del Temple. El seductor aroma de la mimosa aromatizaba el recinto, sosegando los corazones. En tres días celebrarían el equinoccio. Nadie sospechó que sería el postrer otoño de la Orden, cuando el planeta en su órbita celeste, viaja equidistante del sol. De Molay advirtió sobre la incertidumbre que azotaba su trajinado corazón. Recién, el 24 de julio celebró en Chipre sus sesenta y dos años y quince como Gran Maestre. Se sentía un anciano frente a los jóvenes y ágiles caballeros. «Aunque mi cuerpo ha resistido todos los soles del universo, mi espíritu sigue en la búsqueda de la luz. Es hora de pensar en la renovación».

Al despertar en la madrugada del día acordado, Jacques en el silencio de su lecho se desperezó lentamente: escuchó el crujir de sus huesos, le sobrevinieron fuertes náuseas que le menguaron el ánimo, la pesadez se apoderó de su cuerpo. Geoffrey de Charnay retardó su viaje a Normandía. Quería acompañar a su inseparable hermano, le siseó:

—El ambiente está oscuro, insufrible, cargado de energía negativa. Necesitamos luz para despejarlo.

Ese día, el rey no se presentó, el papa tampoco anunció la novedad de que el maestre de los hospitalarios Villaret nunca arribó a París. Permanecía en su fuerte en la isla de Rodas. De Molay, revisó con el tesorero de la Orden, Eudocio Metre, el estado de las deudas de la corona con el Temple. Calculó que esta se había incrementado doce veces desde el primer empréstito, hacía más de medio siglo.

—Felipe sabe que no tiene cómo responder, pero es muy probable que quiera un nuevo empréstito —dijo Eudocio, rascándose su lustrosa cabeza.

—Eso me preocupa. La Orden no está para sostener el tren de gastos y el derroche del rey —murmuró De Molay, mesándose la barba.

Nadin Cheval, infiltrado en la reunión, afirmó con la voz engolada:

—No tenemos de que preocuparnos, el reino de Francia es el más poderoso sobre la tierra.

Jacques miró a Cheval y detrás del provecto decrépito, vio al joven petulante de hacía cuarenta años. Ya no había retorno, le dijo:

—Hermano Nadin, es muy tarde, la vida se nos escapa y la parca toca nuestros corazones. Fraternamente abro mi corazón y mis brazos.

Nadin sorprendido, no pudo contener un par de lágrimas y abrazó tres veces a su hermano, el Gran Maestre De Molay.

Tres días después, de manera inesperada, irrumpió en la sede del Temple Felipe IV, acompañado de Guillermo de Nogaret, del confesor de la corte, el dominico Guillaume de Imbert, del mariscal de los ejércitos de Francia y otros oficiales y sargentos que engrosaban la comitiva. Antes que De Molay le rindiera sus respetos al rey, este se adelantó diciendo:

—He venido con mi séquito a saludar al Gran Maestre, para reconocer la valiosa y valerosa labor de la Orden del Temple, en defensa de la fe cristiana, de su entrega abnegada y su irrestricto apoyo a la corona de Francia.

Esa mañana, los mensajeros del rey habían salido con las cartas selladas y lacradas que únicamente se podrían abrir el jueves 12 de octubre en las horas de la noche. Se ordenaba en ellas la detención de todos los miembros del Temple. Ante la lisonja del Hermoso, De Molay se apaciguó, creyó estar equivocado de los malos comentarios propalados en la corte. No obstante, para su desengaño, el 1º de octubre recibió un mensaje anónimo escrito con esmerada caligrafía: «El Gran Maestre Foulques del Hospital, había anunciado desde el inicio del verano, que no asistiría a la cita del papa, y el día acordado el rey se reunió con Guillermo Nogaret, Guillaume de Imbert y el papa Celestino V. La conseja fue a puerta cerrada hasta altas horas de la noche». De Molay y su círculo más cercano olfateaban el peligro, sentían pisadas de gigante y en los recovecos del Temple las sombras transitaban en medio de la oscuridad.

El día 5 de octubre se dirigió a palacio y solicitó una entrevista con Felipe IV y para su desconcierto, le fue denegada. Él, amigo personal del rey, padrino de su amada hija Isabel, que apenas diez días atrás le rindió honores públicamente, vio perplejo la barrera de hielo interpuesta. El gris crepúsculo que envolvió el Temple ese día se disipó con el mensaje del Hermoso; se disculpaba del desaire, fruto de la ofuscación que sufría la familia real por la grave enfermedad de la emperatriz Catalina de Courtenay. De Molay aceptó el desagravio y respondió con una esquela de solidaridad, deseándole mejoría y bienestar a la emperatriz del Reino Latino, esposa de Carlos de Valois, hermano menor de Felipe. El día 12 de octubre, el Gran Maestre asistió al funeral de la emperatriz. El rey lo saludó imperturbable con un leve movimiento de cabeza. Mientras ambos levantaban el féretro de Catalina, Jacques leyó en su mirada el signo de la traición. La puñalada de la incertidumbre le atravesó el corazón. Ya las órdenes de arresto habían llegado a su destino y nadie sabía qué contenían; ¿por qué ese absoluto misterio? Hacía siete días, cuando fue a visitarlo, Felipe no lo recibió. Su rostro de mármol podía fisurarse, sabía que la perfidia a sangre fría es un latigazo en el corazón. Al traicionado, el dolor y la rabia lo asolará, pero al traidor, su conciencia le martillará. Nunca le dejará conciliar el sueño y los fantasmas lo perseguirán aún en el purgatorio con la letanía: «Yo, Felipe IV rey de Francia, ordeno a las tropas leales a Dios y la corona, que al amanecer del viernes 13 del Año del Señor, sean arrestados y despojados de sus armas los miembros de la Orden del Temple, se les someta con grilletes y cadenas y sean doblegados por la fuerza de la espada aquellos que osen levantarse contra la voluntad del rey, sin importar el lugar que se encontraren y todos sus bienes, armas y riquezas les sean confiscadas. Felipe IV. El ángel del Señor»

Compartir:
 
Edición No. 213