Vivir, pensar y escribir
A mi amigo, hermano y colega Carlos-Alberto Ospina
Más de 40 años de mi vida los he transitado muy cerca de mi amigo Carlos Alberto. Y un buen amigo es, simplemente, un regalo de la vida. Agobiados como vivimos por la prisa que nos demanda hoy el mundo, se nos olvida meditar en el valor de la amistad; ocupados como estamos pensando sobre los grandes problemas, se nos olvida considerar las bondades de la vida, las que están más cerca; inclinados por la tendencia a cuestionar desmedidamente la cara negativa del mundo y del ser humano, somos ciegos ante los valores positivos con que logramos impregnar la realidad. Y la amistad es uno de los grandes valores positivos creados por el hombre para sobrellevar la vida. En medio de las hostilidades de diversas circunstancias sociales, familiares y laborales, en ocasiones muy complejas, los amigos son nuestra compañía más valiosa. Tal vez por ser relaciones incondicionales y desinteresadas, independientes de los lazos de sangre, liberadas de exigencias y animadas, más bien, por afinidades espontáneas que se promueven con cariño y respeto, llegan a consolidarse como lazos duraderos, que nos alimentan durante amplios espacios de la vida.
Pero, además de agradecer a mi amigo el regalo de la amistad hoy quisiera subrayar un legado suyo que ha marcado una huella en el mundo de la academia, y en quienes hemos querido seguir esas enseñanzas: la coherencia entre un vivir, un pensar y un escribir filosóficos. En Carlos Alberto, la filosofía es una posición ante la vida, una actitud y una forma de vivir. Y siempre he pensado que el mayor aporte que puede hacer la filosofía a nuestra existencia es la coherencia, esto es, la capacidad de articular la forma de pensar con la forma de vivir en un camino dinámico de ida y vuelta. En Carlos, la serenidad y la moderación en el pensamiento y la escritura son semejantes a las de la vida.
El oficio de escritor
Puede decirse que el pensamiento filosófico se desarrolla de la mano de la escritura. Quienes nos ocupamos de estas labores sabemos que al pensamiento se le organiza y da orden a través del ejercicio manual de escribir, como si las cuerdas que ligaran el cerebro con las manos y con el artefacto que concreta la labor, estimularán la imaginación, el sentimiento y el pensamiento. El orden sintáctico, espacial y temporal de la lengua materializa y permite dar forma a la configuración y la organización de las ideas. La escritura rodea al trabajo filosófico del valor de lo que dura, de lo que queremos que quede, que se conserve y que sea leído por otros; por ello requiere las pausas de la meditación y la reflexión, rasgos tan afines al trabajo filosófico. Y parece haber también una especial afinidad entre el temperamento de Carlos Alberto y el discurso filosófico escrito.
Desde muy joven entendió que la filosofía necesita de la escritura y se queda corta si no se elabora mediante la pausa que le dispensan los periodos de soledad meditativa en el esfuerzo de la organización escrita. En momentos en que otros colegas, movidos por una personalidad demasiado perfeccionista y un ideal excesivamente elevado de la filosofía, desconfiaban de nuestra capacidad para producir, nos estimuló a dar el salto de la expresión oral a la aventura de la escritura. De nuevo, la personalidad ponderada de mi amigo vislumbró tanto el peligro de los rígidos ideales de perfección, como el potencial de la sensibilidad, la pasión y la disciplina filosófica de quienes nos dedicábamos a esta tarea. En una época en que la labor de la enseñanza de la filosofía se realizaba solamente en el escenario de la clase y se enfocaba en la exposición del pensamiento de un filósofo grande -que podía ser griego, latino, alemán o inclusive inglés o francés, pero nunca latinoamericano y menos colombiano, nos animó a escribir.
En la década de los 80, asistimos en Colombia a una revolución en la forma de hacer filosofía, cuando la educación se extendió a diversos sectores sociales, se amplió la enseñanza de la filosofía y cogió fuerza la renovación del pensamiento filosófico hacia nuevas corrientes como la fenomenología, la hermenéutica, la filosofía de la ciencia y la analítica. Todo ello significó una superación de la mentalidad escolástica oficial que había predominado durante más de 100 años en Colombia. Y se fue transformando la función del profesor universitario de filosofía, quien ahora debía y debe ser investigador y escritor, para cumplir bien con su tarea. En el Departamento de filosofía de la Universidad de Caldas esta transformación generalizada del quehacer filosófico significó una inflexión en su desarrollo; y el profesor Carlos Alberto Ospina fue un pionero en el perfilamiento de ese nuevo camino.
El desarrollo de la escritura como una parte del trabajo filosófico y como una cualificación tanto del profesor como de la labor pedagógica da cuenta del estrecho vinculo entre estas dos caras de la vocación comunicativa de la filosofía: ella se dirige al mundo para hacer interrogantes, develar mitos y prejuicios subyacentes a la cultura, debatir pensamientos obvios y proponer nuevas formas de pensar el mundo. Como dice Habermas, la filosofía es la conciencia crítica de la sociedad y la consciencia crítica de sí mismo del hombre; en ese sentido, ella se formula para ser arrojada al mundo, compartida y debatida. Tarea que logra mayores frutos si puede ser desarrollada mediante el lenguaje escrito, si tenemos en cuenta las profundas ventajas que conlleva este tipo de discurso: trasciende el aquí y el ahora de la comunicación oral, incluso del aula de clase; promueve la participación de las colectividades en los debates acerca de los problemas del mundo, desde una perspectiva filosófica, debates que se ven conducidos a la esfera pública y son utilizados como marcos teóricos de pensamiento para la deliberación de los asuntos políticos y sociales, todo lo cual conduce a la maduración política de los ciudadanos, especialmente si la filosofía se hace cargo del compromiso social.
El compromiso social de la filosofía consiste en el mismo hecho de pensar y de decir; y más aún cuando son actos subversivos que se atreven a someter a crítica las verdades aceptadas y a proponer nuevas ideas; actos subversivos, en muchas ocasiones impopulares, porque rompen con lo obvio, con el pensamiento admitido que nos sumerge en la zona de confort. En estos casos “decir es actuar”, casos en los cuales, la relación entre el quehacer de la filosofía y el oficio de escritor se ve exigida por la conciencia acerca de la responsabilidad con el receptor, aquel grupo ilimitado y nunca previsto de ciudadanos que reciben el impacto de la obra. Y hoy más que nunca el autor de escritos filosóficos debe tener conciencia de su compromiso con ese mundo que recibe la obra y con los propósitos que quiere lograr. En un mundo en el que los jóvenes se hallan seducidos por la eficacia de la imagen, la superficialidad de la información, la fluidez de los contenidos, la fragmentación y discontinuidad del pensamiento, así como la banalidad de un entretenimiento alienante, la presentación de buenos escritos, deliberantes, reflexivos, con estilo argumentativo y que conduzcan a la meditación y la elaboración de pensamientos críticos, es una alternativa apropiada. Tal como plantea Chul Han, el fomento del discurso escrito riguroso, claro, crítico y bien llevado, es ahora más que nunca un mecanismo importante para evitar el declive del juicio y el sometimiento a la inmadurez intelectual y política.
Desde sus comienzos en este itinerario y contra las tendencias del momento, el profesor Carlos Alberto defendió y aplicó el ensayo como el género discursivo más afín al trabajo filosófico. Sus primeros escritos ocupados del tema mismo del ensayo defendieron la pertinencia del género para el ejercicio del pensar, por la potencia que tiene de proponer ideas y argumentar bien. Y con la claridad de haber encontrado una forma lingüística para realizar y expresar el pensamiento, se aventuró a plantear ideas acerca de la universidad, los prejuicios ideológicos que subyacen al mundo de hoy, los problemas de la sociedad contemporánea, los prejuicios y vicios de la labor de docente, como también sobre temas irruptivos de la filosofía contemporánea. Si hacer filosofía significa pensar, Carlos Alberto es uno de los primeros filósofos de nuestra escuela.
Pues, la serenidad y la mesura no implican sumisión. En contravía del ambiente filosófico y del pensamiento oficial sobre el quehacer filosófico, defendió y aplicó una forma de ejercer la filosofía que se consideraba extraña al modelo filosófico del momento. Como lo hemos vivido otros, halló en la revista Aleph ese hogar capaz de abrir sus puertas a las formas no oficiales del pensar, de escribir filosofía y de atreverse a aventurar ideas; la mesura no significa ni ausencia de inquietudes que inciten el pensar, ni la adaptación a las ideas y prácticas ajenas para quedar bien con todos; significa más bien, la reivindicación de la lentitud y de la pausa afines a la reflexión, el ejercicio de la autorreflexión que permite el examen de las ideas y acciones propias, la disposición a la escucha de los planteamientos distintos y la flexibilidad de disponerse a cambiar de puntos de vista cuando los otros tienen la razón.
Los libros y la vida
Un ensayo suyo, publicado en la Revista Aleph y que da cuenta de esa doble perspectiva de serenidad meditativa y audacia crítica, reflexiona, precisamente, sobre el vínculo entre la obra escrita y la vida: El quijote y los modernos (Aleph, 129/130, 2004) discurre sobre la relación entre la novela de caballería y la vida de don Quijote, quien ha decidido cambiar el rumbo de su existencia, con el fin de ajustarla a los ideales y valores de la vida de un caballero andante. La novela devela la relación recíproca que muchas veces ocurre entre el libro y la vida; pone en evidencia en su máximo esplendor la potencia de las obras de orientar el rumbo de la vida, así como de la vida, de dejarse encauzar por los horizontes que las obras le trazan. Sin embargo, el ensayo de Carlos Alberto pasa por alto que esta potencia, si bien es más fuerte en las obras narrativas y poéticas, no está ausente en las obras filosóficas y científicas.
En El quijote y los modernos, el autor hace una reflexión acerca del carácter epocal de la novela, obra llamada a vislumbrar las ambigüedades y los quiebres de una época de rupturas y transformaciones, de un período que marca el derrumbamiento de un sistema de pensamiento y el nacimiento de uno nuevo; un momento en el que la difusión de los libros por el invento de la imprenta, hace de estas entidades entre materiales y espirituales, mecanismos imprescindibles para la constitución de la vida y la cultura. Desde este momento, los libros entran a hacer parte de la vida y de los objetos que nos rodean. Por ello, el ensayo trata un tema que ha de ser crucial en el desarrollo posterior de la cultura y que sigue teniendo impacto hoy: el artículo muestra la relación de la clase de las obras narrativas y poéticas con la existencia humana, en este caso del relato de caballería, pues, El Quijote conduce la vida a través de las ideas que las obras le sugieren: “Alonso Quijano salta de los libros a la realidad, a través de uno de los personajes centrales de sus lecturas. Los libros de caballería le dispensaron el pleno sentido de la vida, los que le entregaron los códigos y valores morales con los que se regía en la vida. Defensa de las virtudes caballerescas inspiradas por una ética de corte aristotélico”. (p. 69).
Dado el avance en la democratización del libro a través de la imprenta, así como la posibilidad de generalización de la lectura, Don Quijote es la expresión de ese vínculo que ha alcanzado el libro con la vida. Hasta comienzos del renacimiento, las obras escritas eran un lujo personal al que solamente tenían acceso los doctos, algunos hombres de letras ligados a órdenes religiosas, mientras los ejemplares de cada obra eran escasos y estaban recluidos en bibliotecas a las que era difícil acceder. Eran “letra muerta” y, además, existía la censura de la lectura. Por el contrario, la labor del Quijote fue descubrir a través de la ficción narrativa, que las obras escritas no son letra muerta: “Don Quijote, salido de la más cercana realidad cotidiana, encontró que los libros no son letra muerta, ni son el resultado caprichoso de la más cercana realidad cotidiana, sino que ellos, por fantásticos que sean, también revelan verdad; en ellos las cosas y el mundo se asoman en la dimensión que el impulso moderno, matemático y preciso, oculta o no quiere ver” (p. 66).
Sin embargo, el artículo presenta el valor práctico y vital de los libros en el marco de una lógica binaria excluyente que había sido reforzada en la modernidad. El contexto del ensayo se mantiene en la dicotomía desarrollada en la época moderna entre libros de conocimiento científico verdadero y libros de fantasía o de ficción, sin atreverse a discutirla y tomando partido por un lado de la balanza, mientras manifiesta cierto desprecio por el otro. “Don Quijote nos lleva a la dimensión mágica y poética de la vida, la cual debe ajustarse a los ideales que los libros expresan. Pero los libros que sirven de guía no son religiosos, ni filosóficos ni históricos sino los de caballería” (p. 69). Los libros están destinados a ser leídos y vividos. Pero, para el autor, sólo pueden serlo los libros literarios, mientras que carecen de tal poder las obras científicas, matemáticas y filosóficas, que proponen teorías y formas de pensamiento que apuntan a la verdad.
Por el contrario, conviene hoy llamar la atención sobre el potencial que tiene la obra escrita a través de la lectura. Las obras constituyen un ejercicio de comunicación, pues se escriben para ser leídas; existen muchos libros de filosofía, incluso de la modernidad tan cuestionada, que han llegado a cumplir un rol fundamental en la existencia humana: propongo tres, por dar algunos ejemplos: los Ensayos de Montaigne, el Discurso del método de Descartes y las obras de filosofía política de Locke. El primero, sometió a la crítica la concepción sobre el hombre, sobre la sociedad, la ciencia, la educación, la vida política y muchos otros temas, mientras que planteó formas nuevas de concebir y realizar estas esferas de la vida. La obra cumplió un papel transformador en la sociedad. Y, Piénsese en la primera frase del Discurso del método: “El sentido común es la cosa mejor repartida del mundo”. Nos enseñó que la razón es una facultad propia de todos los seres humanos y no un privilegio de unos cuantos doctos poseedores de la verdad. Enseñó la posibilidad de la rebeldía en el pensamiento. Nos llevó a pensar en el valor del “yo”, del sujeto que piensa. A partir del Discurso del método el ser humano se concibe y habita el mundo de otra manera, y su influencia nos llega hasta hoy. Es cierto que debemos deconstruir la idea Cartesiana del yo y hacer nuevas formulaciones, pero ello mismo prueba el vínculo de los libros con la vida. Las obras de Locke transformaron la concepción de la política, condujeron a una toma de conciencia del rol político de los ciudadanos y cambiaron hasta la forma de ejercer la política, poniendo en evidencia la influencia práctica de los libros. A todas estas obras seguimos llegando y aún nos dan qué pensar y hacer.
También las obras científicas tienen una relación con la vida. Los Principia Mathematica de Newton, La teoría de la relatividad de Einstein han cambiado la forma de vivir. Las obras en salud, los libros de investigación sobre el cáncer, las obras sobre el covid, y gran parte de las obras científicas e, incluso técnicas, tienen consecuencias en la existencia humana. Y muchas de ellas positivas, pues gracias a ellas podemos viajar en avión, disfrutar un carro, hacer puentes y carreteras, aprovechar el portátil, hacer uso del celular, manejar las enfermedades, buscar soluciones a la pobreza, etc. Son innumerables las cosas que hacemos en la existencia diaria gracias a las obras de ciencia y de tecnología. Es verdad que ellas son fuente de muchas dificultades, pero también es cierto que se pueden poner al servicio del florecimiento de la vida, y que todo ello se vincula a la acción humana, a la perspectiva que tengamos de la vida, a la voluntad, el interés y el deseo de los hombres. El problema obedece más bien al punto de vista individualista y egoísta que hemos asumido y naturalizado, el mismo que nos rige y nos hace olvidar la interdependencia y necesidad de solidaridad que nos constituye.
Así las cosas, para valorar los libros de ciencia, de filosofía y literatura, requerimos hoy de una “justicia epistémica”, una posición moderada que revise con respeto y objetividad sus aportes, haciendo uso de una actitud crítica. Mientras que para la tarea de escribir obras debemos partir del respeto por el lector activo y comprometido, aquél que es capaz de comprender las obras, someterlas a la crítica y aplicarlas a su mundo; en filosofía y en ciencia está bien asumir con responsabilidad el ejercicio que acometemos, tener clara la intencionalidad de las obras, reconocer el rol activo de lectores y comunidades, y promover la conciencia crítica, capaz de actuar en el mundo, porque, definitivamente, el libro no es letra muerta.
Ahora bien, aunque el ambiente académico de las universidades de hoy nos exige el oficio de escribir, ese ambiente se ha vuelto enemigo de su verdadera práctica. La mercantilización de la producción académica, las exigencias cuantitativas de resultados, el menosprecio de la calidad, el rigor y la profundidad, y el estímulo a la productividad a cambio de puntos y pesos, todo ello ha trivializado y menoscabado la tarea del escritor. Quien gusta de escribir está movido por intereses más humanos: cree que tiene algo interesante qué decir y que es digno de poner en consideración del público, Además, como ha insistido siempre Carlos, quien escribe porque se siente llevado a hacerlo, entiende la necesidad de adquirir un estilo propio, de ejercitarlo de manera consciente y apropiarlo; porque, como nos suele recordar, “el estilo es el hombre”.
Si bien no puede negarse que la exigencia de la escritura en la academia ha tenido impactos importantes al propiciar un ambiente de debate académico y de compromiso con la investigación y la producción académica, también es cierto que la estructura de ese ambiente y la forma como se promulga ha promovido prácticas mezquinas y el deterioro del ejercicio filosófico meditativo, reflexivo y argumentativo, donde, además, prevalece el descuido en el manejo de la lengua, en el uso de la sintaxis y el reconocimiento del valor del sonido y el sentido de las palabras, entre otras falencias. La velocidad de la escritura y la necesidad de cumplir con resultados se hace a costa de la calidad, el rigor y la profundidad.
Por ello, tal vez hoy aún les queda algo que aprender de nuestro colega a los jóvenes que eligen esta profesión: que debemos persistir en el respeto y el amor por el trabajo filosófico pausado y cuidadoso, así sea más lento, y que no debemos perder de vista que la escritura debe tomarse con responsabilidad y conciencia como un compromiso con la vida y con el quehacer de la filosofía. Es decir, que debemos tomarnos en serio el oficio de escritores.
Gracias amigo, por su compañía y sus enseñanzas.