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Centro Nicanor Restrepo-Santamaría para la reconstrucción civil

El acuerdo suscrito el 23 de junio de 2016 en La Habana para poner fin al conflicto interno de Colombia despierta grandes esperanzas sobre la posibilidad, por primera vez en muchas décadas, de una nueva época para el país. Es una histórica oportunidad para dar comienzo a la construcción colectiva de una cultura de la paz con amplia participación ciudadana. Se requiere un consenso para enfrentar los enormes problemas que aquejan el país y, sobre todo, para lograr la convivencia después de tantos años de violencia e incapacidad de resolver las controversias en forma civilizada y democrática.

El silencio de los fusiles y cese de agresiones a la población civil implica en primer lugar que no se olvidaron las muchas víctimas que ocurrirían ante una eventual prolongación del conflicto por largos años, y que se ha evitado grandes sufrimientos futuros a la sociedad.

El mencionado acuerdo se refiere al cese bilateral y definitivo del fuego y las hostilidades, así como a la dejación de las armas por parte de la guerrilla FARC-EP. (Ver texto completo en http://tinyurl.com/TextoAcuerdo).

Otros acuerdos antes alcanzados entre el Gobierno nacional y la guerrilla contemplan unos cambios en la vida colombiana, como los relacionados con una nueva ruralidad y las condiciones para la participación política, tan necesarios y aplazados que deberían hacerse incluso si no hubiera existido la negociación en Cuba. (Ver resumen en http://tinyurl.com/ResumenAcuerdos).

Pero resulta paradójico que se haya superado la situación de guerra con los enemigos del Estado y que al mismo tiempo la sociedad colombiana se encuentre profundamente dividida al respecto. Es por lo tanto imperativo iniciar un diálogo entre los sectores enfrentados mediante una discusión racional y argumentada que se aleje de las descalificaciones y los epítetos. Fundamental será un análisis desapasionado y objetivo de los mencionados acuerdos. Todo ello exige una disposición sosegada de los actores principales y de los orientadores de la opinión.

Pero no se trata de un diálogo cualquiera sino uno que parta del reconocimiento y respeto por la argumentación del interlocutor, de una exigencia autocrítica sobre la propia posición y de la aceptación de unas reglas superiores a las partes que permiten los razonamientos y las demostraciones. Alberto Valencia Gutiérrez señala en un texto que es necesario construir una ética de la discusión que tome como referencia las mencionadas tres condiciones para el diálogo, de modo que sea posible superar los debates retóricos y sofísticos, así como aspirar a una verdad que no es un hecho absoluto sino algo relativo y provisional que se construye y perfecciona mediante el diálogo. (Ver http://tinyurl.com/EticaDiscusion).

En este momento crucial para Colombia cobra mucha vigencia la memoria del empresario Nicanor Restrepo. Luchó siempre por una sociedad democrática que impulsara un proceso de desarrollo incluyente, sin la creciente desigualdad y con oportunidades para todos sus ciudadanos. Pero ante todo, fue un heraldo de la paz, varias veces comprometido en los diálogos con los alzados en armas y partidario de la solución negociada del conflicto.

Su convencimiento sobre la necesidad de urgentes cambios en el país y de arreglo pacífico de los conflictos lo llevó a ser Alto Comisionado de Paz durante el gobierno de Belisario Betancur (1982-1986) e integrante de la mesa de conversaciones con la guerrilla; Asesor del Gobierno de César Gaviria (1990-1994), junto con otros empresarios, tras la firma de acuerdos definitivos de paz con el EPL, el PRT y el Quintín Lame; Consejero de Paz durante el gobierno de Andrés Pastrana Arango (1998-2002); y uno de los negociadores designados por el Gobierno nacional para las conversaciones con las FARC en El Caguán (1999-2002).

Será recordado por su tolerancia, capacidad de argumentar y respeto por la crítica ajena. Cuánta falta hace la opinión y orientación proveniente de su noble y sencilla figura, al observar la polarización y radicalización entre el Gobierno y sus contradictores, entre dirigentes políticos, entre columnistas, entre los ciudadanos todos.

Pero se ha sabido que su memoria será preservada en forma muy apropiada, y para bien del país, con la decisión de la Universidad Nacional de Colombia de crear el Centro Nicanor Restrepo Santamaría para la Reconstrucción Civil, establecido como institución de pensamiento para enfrentar fenómenos como la polarización, la radicalización y la legitimación de la violencia.

Así se expresa el artífice de ese proyecto, el profesor Carlo Tognato, en un artículo publicado en la revista digital La Silla Vacía el pasado 21 de marzo: “Ahora bien, vale la pena preguntar si Colombia está alistando unas capacidades institucionales adecuadas para lidiar con la explosión de la conflictividad social y de un populismo rampante en un contexto que seguirá estando plagado por la polarización, los radicalismos, y por ideologías que legitiman el uso de la violencia para lograr fines políticos. Para solucionar estos problemas, hay quienes insisten en la necesidad de atacar sus causas estructurales, como la pobreza, la desigualdad y la exclusión social. Así es, pero no es suficiente. Se necesita también intervenir sobre la cultura para atacar los elementos que desde ahí sostienen la polarización y los radicalismos armados. También se necesita desarrollar capacidades institucionales adecuadas para tal fin. Lograrlo, sin embargo, no es trivial.” (Ver  http://tinyurl.com/CarloTognato).

Entre los objetivos del Centro podrían mencionarse los siguientes: propiciar y consolidad un horizonte de civilidad que impida la repetición de terribles hechos del pasado; deslegitimizar el uso de la violencia como medio para lograr fines políticos; enfrentar la radicalización, el sectarismo y los dogmatismos que impiden los acuerdos para la solución de acuciantes problemas; facilitar revisiones y aprendizajes colectivos; y desarrollar capacidades institucionales para construir sobre lo construido.

Se trata de un emprendimiento tripartito entre la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad EAFIT de Medellín y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO)-México. FLACSO fue creada en 1957 por iniciativa de la UNESCO y está constituida por 18 Estados Miembros que actualmente desarrollan actividades académicas en 13 países de América Latina y el Caribe.

El presidente del consejo directivo del nuevo centro es el prestigioso profesor Jeffrey Alexander, codirector del Centro para la Sociología Cultural de la Universidad de Yale. Y los otros miembros del Consejo son Ignacio Mantilla, rector de la Universidad Nacional de Colombia; Juan Luis Mejía, rector de la Universidad EAFIT; y Francisco Valdés-Ugalde, director general de FLACSO-México.

También existirá un comité ejecutivo integrado por Carlo Tognato, de la Universidad Nacional de Colombia; Jorge Giraldo, de la Universidad EAFIT; y Nelson Arteaga, de FLACSO-México.

Una de las primeras tareas del Centro será promover la estrecha vinculación al Centro de las sedes de la Universidad Nacional de Colombia, en especial la de Medellín, dados los estrechos vínculos que siempre tuvo Nicanor Restrepo con Antioquia.

Con respecto a las áreas temáticas que se abordarán, se ha previsto dos ejes fundamentales. Uno primero establecerá interlocución con partidos políticos, medios de comunicación, organizaciones civiles, empresas, gremios, sindicatos… pero con la aspiración de ofrecer un espacio no partidista, comprometido con los ideales de una sociedad abierta e inclusiva.

Y el segundo eje incluirá en su fase inicial las siguientes áreas: universidades, territorios de paz; cumplimiento de las normas y culturas de excepción; tránsitos hacia unas izquierdas autorreflexivas: democracia y tecnocracia de la izquierda; desde apologías de la violencia a ideologías de la civilidad; pluralización de las ciencias sociales latinoamericanas; y seguridad en tiempos de paz: tránsitos culturales para las fuerzas armadas.

Una tarea importante del Centro en los nuevos tiempos que se avizoran se relaciona con la universidad colombiana. Bien se sabe que en los claustros, sobre todo en aquellos de instituciones de origen estatal, el conflicto armado ha dado origen a escenarios de violencia e intimidación. Su tradición intelectual y su constante búsqueda del conocimiento exigen que la Universidad sea la primera en convertir su campus en territorio de paz. Solo así tendrá la autoridad para hacer la crítica social y propiciar la discusión e intento de solución de los grandes problemas nacionales. Solo con su ejemplo tendrá la posibilidad de hacer una contribución sustancial a la construcción de la paz y la reconciliación de los colombianos, sobre todo si se piensa en el conocimiento acumulado de la institución, proveniente de múltiples estudios e investigaciones al respecto.

La Universidad Nacional de Colombia, por medio de su Centro de Pensamiento y Seguimiento al Diálogo de Paz, se propuso desde 2012 crear un espacio de convergencia de docentes y estudiantes interesados en reflexionar acerca del conflicto interno, sus causas, actores y consecuencias, y los procesos de búsqueda de su terminación. Con estos fines, se han elaborado artículos y efectuado foros de participación ciudadana y conversatorios.

Con el liderazgo de la universidad mencionada, se creó recientemente una Alianza Universitaria por la Paz que permitirá contar además con las Universidades de los Andes, Javeriana y Externado de Colombia. Un artículo del académico Jorge Hernán Cárdenas, publicado en el periódico El Espectador, señala lo que pueden hacer en el posconflicto las instituciones de educación superior de origen privado, con particular referencia a la dramática situación del campo colombiano, epicentro del conflicto. (Ver http://tinyurl.com/jhCardenas).

Es una fortuna que en este momento histórico se constituya en el país el descrito Centro Nicanor Restrepo Santamaría para la Reconstrucción Civil. Está llamado a contribuir a la aparición de una masa crítica de ciudadanos que con su ejemplo haga posible un diálogo civilizado entre sectores de la vida nacional, por más extremas que sean las posiciones enfrentadas.

 

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Edición No. 178