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La mirada del poeta

En «La mirada del poeta» de la argentina Graciela Maturo nos topamos con breves ensayos sobre la creación poética, los particulares universos que algunas de las grandes voces de nuestra lengua han desplegado desde su verbo en movimiento. Es la primera vez que este libro ve la luz en España y lo ha hecho con Ediciones Amargord (Madrid 2008, España; ISBN: 978-84-87302-79-4) a través de su colección Los orfebres dedicada a los autores de allá. La mirada del poeta es el título del primer capítulo, englobado en este libro que se subtitula: Ensayos sobre el conocimiento y el lenguaje poético. Un total de doce estudios en los que perfila su idea y compromiso con el Arte Mayor de la escritura.

Recuerda Graciela en su prólogo que la poesía le acompaña desde la primera adolescencia. «Me enamoraba de las palabras, pero sabía que detrás del encantamiento, del lenguaje y el ritmo había algo más: una búsqueda del sentido, un camino del conocimiento y autotransformación, un mundo espiritual.»

Maturo descubre que la palabra no es el valor fundamental de la poesía, sino que está acompañada de otros elementos no controlados por la racionalidad, como lo pueden ser la sonoridad, la plasticidad, el color, la forma y hasta el movimiento. «Estimo que la conciencia del artista, como la del santo y el asceta, penetra en máximo grado en el misterio del Universo y en la intimidad del alma.» En el ensayo que abre el libro hace referencia a la misión del poeta, dotado con el don de ver lo invisible. Si el hombre puede ser definido como el ser que comprende, el poeta es aquel que contempla y crea para comprender. Su atención a la realidad pone en marcha todas sus facultades: sensibilidad, afectividad, memoria, fantasía creadora, intuición simbólica, intelectualidad y reflexión.

La tarea del poeta, para decirlo con las palabras del cubano Lezama Lima, es «zurcir el espacio de la caída». Hacer poesía no es sólo la movilización de una baraja lingüística, sino la construcción de una morada en el mundo. El descubrimiento de un destino humano.

Graciela Maturo realiza estudios globales sobre poética y singulares sobre Lezama Lima, Garcilaso de la Vega, Oliverio Girondo, Alejandra Pizarnik, Vicente Huidobro, entre otros.

A Huidobro lo identifica, con Bachelard, como «un poeta de la imaginación aérea». La poesía de Alejandra Pizarnik la descubre en un proceso arduo «hacia el ser escondido de la realidad». Y rescata, en la obra de ella, el amor como posibilidad de recuperar al desesperado, a quien padece en soledad, y como oportunidad de «curar la enfermedad de vivir».

En su estudio del soneto primero de Garcilaso, pone en juego su capacidad hermenéutica con reclamo para indagar por el sentido, la intencionalidad y la unidad del texto, en busca de la coherencia, en proceso de examinar en detalle y con integralidad la obra, reconstruyendo ese mundo.

Lezama despeja el sentido de lo metafórico como asedio, como «superación de oposiciones», como «tensión indeclinable hacia la unidad entrevista y ansiada»; la metáfora también como «prefiguración de la imagen».

La poesía, decía Dostoievsky, salvará al mundo. Esta afirmación, que no debe ser leída literalmente, guarda una verdad intrínseca. En efecto, el poetizar es la última reserva que nos ha quedado para la preservación de la cultura, en un tiempo de excesos informativos y comunicacionales que parecen propiciar la extinción de la espiritualidad. (Nota de la Editorial).

En «La mirada del poeta» de la argentina Graciela Maturo nos topamos con breves ensayos sobre la creación poética, los particulares universos que algunas de las grandes voces de nuestra lengua han desplegado desde su verbo en movimiento. Es la primera vez que este libro ve la luz en España y lo ha hecho con Ediciones Amargord (Madrid 2008, España; ISBN: 978-84-87302-79-4) a través de su colección Los orfebres dedicada a los autores de allá. La mirada del poeta es el título del primer capítulo, englobado en este libro que se subtitula: Ensayos sobre el conocimiento y el lenguaje poético. Un total de doce estudios en los que perfila su idea y compromiso con el Arte Mayor de la escritura.

Recuerda Graciela en su prólogo que la poesía le acompaña desde la primera adolescencia. «Me enamoraba de las palabras, pero sabía que detrás del encantamiento, del lenguaje y el ritmo había algo más: una búsqueda del sentido, un camino del conocimiento y autotransformación, un mundo espiritual.»

Maturo descubre que la palabra no es el valor fundamental de la poesía, sino que está acompañada de otros elementos no controlados por la racionalidad, como lo pueden ser la sonoridad, la plasticidad, el color, la forma y hasta el movimiento. «Estimo que la conciencia del artista, como la del santo y el asceta, penetra en máximo grado en el misterio del Universo y en la intimidad del alma.» En el ensayo que abre el libro hace referencia a la misión del poeta, dotado con el don de ver lo invisible. Si el hombre puede ser definido como el ser que comprende, el poeta es aquel que contempla y crea para comprender. Su atención a la realidad pone en marcha todas sus facultades: sensibilidad, afectividad, memoria, fantasía creadora, intuición simbólica, intelectualidad y reflexión.

La tarea del poeta, para decirlo con las palabras del cubano Lezama Lima, es «zurcir el espacio de la caída». Hacer poesía no es sólo la movilización de una baraja lingüística, sino la construcción de una morada en el mundo. El descubrimiento de un destino humano.

Graciela Maturo realiza estudios globales sobre poética y singulares sobre Lezama Lima, Garcilaso de la Vega, Oliverio Girondo, Alejandra Pizarnik, Vicente Huidobro, entre otros.

A Huidobro lo identifica, con Bachelard, como «un poeta de la imaginación aérea». La poesía de Alejandra Pizarnik la descubre en un proceso arduo «hacia el ser escondido de la realidad». Y rescata, en la obra de ella, el amor como posibilidad de recuperar al desesperado, a quien padece en soledad, y como oportunidad de «curar la enfermedad de vivir».

En su estudio del soneto primero de Garcilaso, pone en juego su capacidad hermenéutica con reclamo para indagar por el sentido, la intencionalidad y la unidad del texto, en busca de la coherencia, en proceso de examinar en detalle y con integralidad la obra, reconstruyendo ese mundo.

Lezama despeja el sentido de lo metafórico como asedio, como «superación de oposiciones», como «tensión indeclinable hacia la unidad entrevista y ansiada»; la metáfora también como «prefiguración de la imagen».

La poesía, decía Dostoievsky, salvará al mundo. Esta afirmación, que no debe ser leída literalmente, guarda una verdad intrínseca. En efecto, el poetizar es la última reserva que nos ha quedado para la preservación de la cultura, en un tiempo de excesos informativos y comunicacionales que parecen propiciar la extinción de la espiritualidad. (Nota de la Editorial).

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Edición No. 146