Alejandra Pizarnik: la inocencia del tedio
Una mañana la encontraron muerta. Cuentan que abrazaba un cofrecito y una muñeca soñaba a su lado.
Alejandra Pizarnik es una caperucita roja atroz. Es la niña, la hechicera nocturna y también los colmillos del lobo.
La inocencia del tedio cantando. Ella es su voz y la del vacío inapresable. En «Extracción de la Piedra de Locura», dice: «Hablo como en mí se habla. No mi voz obstinada en parecer una voz humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque».
La pequeña dormida vive, pero muere rápidamente «ebria de mil muertes», y en ese «dolor incesante de huesos», habla del vértigo, la transpiración, la desolación y la traición de lo divino; porque es perseguida por el engaño ilusorio de la felicidad.
Jamás será íntegramente feliz, ella lo sabe y ese tormento lo vuelca estéticamente en la poesía. A pesar de la fragilidad que se le escurre entre los dedos del corazón, de Alejandra brota un lenguaje animado de fortaleza y precisión.
«Mi oficio -dice- (también en el sueño lo ejerzo) es conjurar y exorcizar». Atrae las fuerzas ocultas y las purifica. Esa es su fe y alta cuota de sacrificio. Su salvación es la poesía y también su perdición. La vida es una ruleta interminable que ella gira con apasionada melancolía. Sólo pide un silencio como el de «la pequeña choza que encuentran en el bosque los niños perdidos».
Su descanso primordial lo halla en el poema. Es un acto pasional que le permite caminar unos metros más antes de llegar a la caída definitiva. Sedienta de silencio vaga en los pasillos del abandono. Fue la sombra de su sombra: impenetrable, inalcanzable, siempre muerta. «La pequeña viajera /moría explicado su muerte», escribe en un poema dedicado a Aurora y Julio Cortázar.
Viene a nosotros como yéndose y se va quedándose. «Explicar con palabras de este mundo /que partió de mí un barco llevándome», exclama con una inocencia casi infantil.
Su espíritu está en constante revolución, pero una revolución interna, única e individual, que cree que la rebelión consiste en «mirar una rosa /hasta pulverizarse los ojos»; la revelación destruye lo físico y penetramos en un extraño mundo de sensaciones. La caída original se refleja en la soledad y la incomunicación: «Has terminado sola /lo que nadie comenzó».
Alejandra Pizarnik busca el silencio, fantasma resbaladizo, quiere apoderarse de él, abrazarlo con sus brazos delirantes y «crece en la oscuridad como una ahogada», porque termina vistiéndolo, desnudándolo con las palabras. El lenguaje es un azote, un pañuelo de seda, o una lágrima gris corriendo, pero también es lo indefinible, jamás alcanzado, que la poesía esconde y revela en un instante sagrado e irrepetible. La poeta se mira al espejo y apretando los dientes afirma: «Por eso cada palabra dice lo que dice y además más otra cosa».
El poeta Enrique Molina ve sus cabellos revueltos de algas o grandes pájaros calcinados.
La pequeña dormida, nace en Buenos Aires en 1936 y se va del mundo por su propia cuenta el 26 de septiembre de 1972. A los 19 años publica sus primeros poemas, donde el amor y el quehacer poético son los temas de su divagación estética. El surrealismo fertilizó su rebeldía. Leyó con pasión a Michaux, Bretón y al terrible y queridísimo Antonin Artaud.
Sus amigos cuentan que nunca aceptó claramente su homosexualidad. Es una sombra y un misterio que prefiere enterrar en el olvido. No moraliza el amor, lo vive intensamente como un sueño irrealizable. Vive sedienta de amor y poesía.
Estudia un par de años de filosofía en la Universidad de Buenos Aires y no concluye la carrera. Lee a Blake y al gran poeta de la desesperanza, su padrastro Nerval, el de la torre abolida y cuyo inmenso cielo es la estrella de la melancolía. Sus maestros le enseñan una conciencia estética, y ella la convierte en una conciencia vital, y escribe poemas cortos y graves, o largos monólogos como «El infierno musical» y «Extracción de la piedra de locura».
«Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche, déjate caer y doler, mi vida», dice en el poema «El árbol de Diana», en el cual Octavio Paz vislumbra «una transparencia que no da sombra. Una transparencia con luz propia, centelleante y breve».
No estamos frente a una mística, en el espejo vemos una imagen adolorida que alcanza enormes estados poéticos y reflexiona con lucidez el fin último del lenguaje. ¿Escribir para qué? Y ella lo resuelve a su manera: «Escribir es buscar en el tumulto de los quemados el hueso del brazo que corresponde al hueso de la pierna». Escribir para Alejandra Pizarnik es el caos, o más bien su posesión y copia. Baudelaire es un descifrador, ella es una restauradora. «Yo restauro, yo reconstruyo, yo ando así rodeada de muerte».
Es difícil hallar en la poesía del siglo XX una poeta tan obsesionada con la muerte. Alejandra lo es. Vive rodeada de muerte y la desea como un alivio. «Quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar», escribe porque para ella la vida es sueño, la vida está muerta, dormida y sólo la poesía logra fugazmente darle unos momentos de vigilia. Recordemos a Rimbaud en Temporada en el infierno: «La pureza del instante me da este minuto de vigilia».
Al igual que Novalis, la noche, «el reino de la noche», está muy presente en la poesía de Alejandra Pizarnik. Es el aposento sagrado de la creación, pero mientras que para el alemán es una fuente de luz y vida, para la argentina es oscuridad y sinónimo de muerte.
«La noche tiene el color de los párpados del muerto», dice porque duerme con los muertos de la noche. Realiza pesquisas imposibles y encuentra que tiene la forma de un grito de lobo. Entonces aúlla como una loba solitaria desde el corazón de la noche, y danza y llora sus numerosos funerales.
Es un romanticismo último, jadeante, que luego de aniquilar todo termina contra el muro del silencio. El silencio es hasta dónde llegan las palabras.
Posee la desesperanza de Nerval y el descalabro interior de los Cantos de Maldoror del Conde de Latreumont. Salta del abismo a la pureza en un solo frote de dedos: «Y en mi sueño un carromato de circo lleno de corsarios muertos en sus ataúdes. Un momento antes, con bellísimos atavíos y parches negros en el ojo, los capitanes saltaban de un bergantín a otro como olas, hermosos como soles».
Encarna la inocencia y la ironía nace tímidamente como una niña que va a dejar su virginidad en mitad del bosque. Trastabilla en la ensoñación y predice que en el sueño el rey moría de amor por ella.
Su violencia de «vientos rojos y vientos negros», habita un mundo de hadas. Desea la eternidad de la niñez, no por el temor a envejecer sino para poder seguir jugando. Nunca aceptará la ausencia de la niña que lleva dentro, quien reaparece en sus más duros poemas endulzando la amarga realidad. «Y aún tienes cara de niña; varios años más y no le caerás en gracia ni a los perros», afirma sin compasión.
Entre 1960 y 1964 vive en Europa, principalmente en París. Experiencia que la enfrenta a la realidad, a la cotidianidad, y que agudiza su confusión. Le cuesta mucho, «dos sueldos de razón», trabajar en lo que no le gusta. Quiso muchas veces ser periodista, pero le horrorizaba escribir «sobre no importa qué para ganar dinero».
Busca en el psicoanálisis un remedio a su desolación. Y en 1961 le cuenta a un amigo que está viendo a un psicoanalista que trata (con escaso provecho), es decir con relativo éxito de relajarla. Esto la lleva a pensar en si realmente un ser puede ayudar a otro. «Yo creo que hay algo muy complejo y difícil y terrible en la gente como yo: los que quieren y demandan ayuda: ayúdame pues no quiero que me ayuden». Su honestidad espiritual la convirtió en la mejor psicoanalista de sí misma, y corrió a buscar en el bidón de la soledad y la poesía su verdad.
El diario de Alejandra Pizarnik escrito entre el 1 de noviembre de 1960 y el 2 de mayo de 1961, compuesto de pedazos de ilusiones y valientes fragmentos de reflexión sirven para profundizar el origen de sus abismos como «el dios de la lluvia en el cerebro de un salvaje». Describe con poderosas imágenes la revuelta de su mundo interior. Sus pánicos, sus desbordamientos: «Yo ya no soy yo, yo soy mis ojos», que recuerda a Pessoa cuando dice: «Pensar es estar enfermo de los ojos».
Las fechas están pobladas de versos fantásticos. Intuyó que la esencia de la poesía es la síntesis y construyó hermosos y diminutos poemas con una fuerza siempre inesperada. Es la náufraga que sueña acariciar las orillas de la arena, o la pequeña sonámbula, a la que quieren expulsar de la noche.
El 14 de enero soñó con Rimbaud «Par la litteratur, j’ais perdu ma vie», por la literatura, yo perdí mi vida. Y el 15 de abril siente el fracaso en tratar de ser un personaje literario en la vida real, porque descubre asombrada que su única vida real es la literatura. La vida de Alejandra Pizarnik es poesía y sufrimiento. No podemos cortarla en dos. Ella es entera como la noche.
Es una marginada que trata desde la otra orilla de reconstruirlo todo. Tejedora de grandes verdades creó un mundo propio, donde el silencio seguiría siendo el rey, la reina, sobre todas las cosas.
Es una habitante incondicional del miedo. Lo configura, lo acoge en su corazón asustado y lo canta. Más que a una mártir, encontramos a una exploradora, o como la llamó sabiamente Olga Orozco: «La pequeña centinela». Pequeña de estatura pero con unos poderosos radares que bregaban a iluminar el territorio de la oscuridad, del sueño. La travesía del otro yo. «Yo es otro», «yo ya no soy yo», soy algo más, el límite del lenguaje, «el viento con garras que se aloja en mi respiración». Y en ese viaje el conocimiento no es un verbo sino un vértigo. El lenguaje jadea y grita para cubrir los agujeros de la ausencia. La poesía es un hecho del alma, pero a la vez una excitación física.
El miedo adquiere un cuerpo y «entra en la muerte /con los ojos abiertos /como Alicia en el país de lo ya visto». Su obra está hecha de fragmentos. Llegar a ella no es difícil, es desolador; porque su poesía es honesta, directa e irreverente. En lugar de mentiras o confesiones dulces, profiere sentimientos desgarradores y sinceros consigo misma.
En pocas palabras dibuja la desolación con gran sentido poético: «Hubiera preferido cantar blues en cualquier pequeño sitio lleno de humo en vez de pasarme las noches de mi vida escarbando en el lenguaje como una loca». La puntuación alteraría el ritmo, por eso deja que el lenguaje corra libre como un caballo salvaje.
En su poesía y prosa acostumbra a liberarse de las ataduras de la gramática convencional. Las faltas gramaticales las convierte en afilados abismos. El ritmo lo dan los latidos del corazón y el vértigo del conocimiento. ¿Cómo crear sin sentir? Parece preguntarnos desde su jaula que se volvió pájaro.
Ese fue siempre su juego; un riesgo, una aventura, en los límites del lenguaje y su vida. Alejandra Pizarnik se desnuda con las palabras y se arropa con el silencio. El escudo esconde el verdadero rostro de la guerrera. Es la inocencia visitando los parajes del tedio. Una linterna sin pilas prendida en medio de la inmensidad de la noche.
Una mañana la encontraron muerta. Cuentan que abrazaba un cofrecito y una muñeca soñaba a su lado. La pequeña dormía para siempre. Por su propia voluntad había encontrado el descanso eterno. Y desde su silencio grave sólo pedía en la noche «un espejo para la pequeña muerta, /un espejo de cenizas».
