Como varios escritores de ficciones, gastada la vanidad de mostrarse, mi ánimo empezaba a acusar el cansancio de participar en exhibiciones de autor. No era un rechazo de la soberbia, ni la incomprensión ante el estado de la distribución de las novelas y cuentos, el número de librerías, los índices de lectura. El escritor inerme intentaba diálogos a propósito de sus libros, y esos libros no habían sido leídos. Así los encuentros se convertían en episodios de equilibristas que recorrían la cuerda floja sin redes de seguridad y entre breves intentos de vuelo y sustos rocambolescos, se llegaba al extremo con variada suerte. Adversidad o dignidad sin moretones.