Con el corazón en las alturas
Solía recordar el día en que su padre lo llevó al Capitolio Nacional a darle el último adiós al escritor José-Eustasio Rivera, fallecido en los Estados Unidos. Sólo tenía nueve años de edad pero la impresión fue tan perdurable que la registró en uno de sus poemas más estimados. Puede decirse que la poesía de Fernando Charry-Lara se definió siempre por la evanescencia que le da un aura especial a ciertas cosas: al amor que se va, a la música que se diluye en el espacio, al aire fúnebre de los amigos desaparecidos. Todo en la poesía de Charry-Lara es una minuciosa ceremonia del adiós.
Y así como él remite los orígenes de su poesía a la experiencia infantil en torno al féretro de uno de los grandes escritores colombianos, nosotros –lectores por igual del novelista y del poeta- tenemos que volver también a nuestros primeros años, a esa infancia marcada por la Cartilla Charry, concebida por uno de los familiares del poeta, pues en dicha cartilla aprendimos a combinar el silabario con el que comenzamos a darle un sentido al mundo. Años más tarde, la breve obra poética de Charry-Lara habría de ofrecernos algunas de las claves para descifrar los misterios del universo a través de la alegría y desolación de las pasiones humanas.
Desde esa temprana visión del yacente autor de La vorágine hasta las horas presentes que nos convocan frente al poeta de Los adioses, nada parece haber cambiado en Colombia. A su manera, el propio Charry-Lara también escribió su particular vorágine en su poema “Llanura de Tuluá”, en el que dos cuerpos parecen abrazarse en una última súplica contra los infortunios que desató sobre el país la guerra fratricida de los años cincuenta del pasado siglo. Esos dos cuerpos pueden ser dos amantes que se niegan a separarse ante la muerte, o dos hermanos que en la agonía reconocen la insensatez cainita de su duelo, o esos dos bandos políticos que sólo en el absurdo sacrificio común admiten de forma inevitable y postrera la tragedia de esa patria en la que fueron incapaces de vivir en paz.
En cualquier caso, Charry-Lara es un poeta que siempre mantuvo su obra lo más alejada posible de los tópicos que intentaban atrapar en la escritura el drama de nuestro país. No quiere esto decir que el poeta se mostrase indiferente o apático ante los hechos que han marcado la realidad nacional, pues el citado poema, y otros, así lo desmienten. Lo que sucede es que su perspicacia crítica supo marginar a tiempo su poesía de las tendencias que en todo el mundo, y por mor de las fluctuaciones ideológicas de la época, insistían en darle énfasis a la llamada “circunstancia social” en el arte. Charry-Lara quiso burlar a la muerte no en el sentido social o histórico sino en el ontológico, pues siempre intuyó que la vida, es decir, el amor y la música transmutados en el agua de la nostalgia, eran las formas nítidas e inasibles que asume la poesía. Como poeta, demostró que la combinación de los signos más sutiles aunque presentes es la clave para exorcizar la muerte y hacer perdurable la utopía. En otras palabras, supo desde muy joven que la verdadera poesía es aquella que, a la manera del arcano arte de los alquimistas, busca convertir el oprobio de la realidad en otro de buena ley para financiar el tránsito libre por los territorios de la posteridad. Y con sólo tres libros, modélicos, mesurados, de dicción exquisita y profunda, Charry-Lara alcanzó lo que en el fondo todos los escritores persiguen: convertirse en contemporáneos del porvenir.
En Charry-Lara, la discreción era la forma de rubricar el sentido aristocrático que tenía de la vida. Nunca fue estentóreo porque sabía que esa es la actitud del sujeto que quiere hacerse notar en medio de la chusma. Transformó la brevedad en una fábrica de elocuentes silencios en un país doblegado por la garrulería. Con sus convicciones a salvo de toda prueba, convirtió el escepticismo en una loable higiene para sobrevivir ante el escarnio de lo cotidiano. Rehuyó la polémica insustancial o altanera, no porque la eventual réplica del interlocutor lo amedrentase sino porque sabía que la coartada del antagonista se apoyaba en la artera esperanza de sobresalir a costa de sus argumentos. Como buen dialéctico, aprendió no solo el arte de la prolepsis sino también la fina estrategia de silenciar a sus críticos antes de enfrentarlos. Incapaz de ocultar su inteligencia tras su celebrada discreción, Charry-Lara fue un maestro genial de la infidencia. Su humor agudo y pulcro lo convertía, tras el tercer whisky, en el más implacable detractor de la insensatez humana. Quienes lo tratamos con cierta frecuencia o tuvimos la suerte de viajar en su compañía, sabíamos que la liebre jocunda de la irreverencia podía saltar en cualquier momento y a costa del dómine más encopetado.
Porque el humor era una de sus facetas más destacadas del hombre que le había devuelto a la poesía su aliento más sutil e inaprehensible, una visión de la condición humana pocas veces frecuentada por otros poetas, una lírica que parecía escrita en sfumatto. No me privo de evocar aquí una anécdota en la que su humor salió a flote. En cierta ocasión nos invitaron a Charry-Lara y a mi a participar en unas jornadas literarias que habrían de celebrarse en Leticia. El poeta, muy precavido, se proveyó de una adecuada indumentaria para sobrevivir en la selva, amén de toda clase de vacunas contra la malaria, píldoras contra otras enfermedades tropicales y suero antiofídico suficiente. Cuando regresó de su periplo amazónico lo interrogué sobre los peligros que había corrido y que, por supuesto, correría yo también.
– Las vacunas y las píldoras son innecesarias, me dijo, pues el clima aunque intenso no es insalubre.
– ¿Y las anacondas?, pregunté.
– Nada. Son unos animalitos de lo más pacíficos.
– Bueno –contraataqué exasperado. Por lo menos habrá que tener cuidado con los jíbaros, esos indios reducidores de cabezas.
Y entonces, con una mirada no exenta de piedad, me fulminó con su mejor acento cachaco:
– Ala, si de eso se trata no hay que ir tan lejos. Uno encuentra más indios en la carrera séptima de Bogotá que en la selva amazónica.
Charry-Lara fue una permanente lección de dignidad. A los escritores más jóvenes nos confirmó con su obra y talante humano que no hay estética sin ética, y con la autoridad de su solvencia intelectual y la diversidad de su cultura demostró que la mesura sigue siendo el patrón idóneo de todas las cosas, sobre todo cuando de asuntos literarios se trata.
Su voz pausada, apacible, aureolaba su aspecto de viejo y sabio maestro. Así lo conocí en la Universidad Nacional durante los años finales de la Década Prodigiosa. Su presencia en el Alma Mater era frecuente y comprensible, pues formaba parte de esa legión de antiguos estudiantes que en las aulas de la Facultad de Derecho, a despecho de los códigos, descubrieron el universo a menudo denso y complejo de la literatura. De esa legión forman parte nombres como José-Eustasio Rivera o, en tiempos posteriores, Pedro Gómez-Valderrama, el propio Charry-Lara y Gabriel García-Márquez, entre otros. Por esas aulas también pasaron figuras como Camilo Torres-Restrepo y, en las horas graves de la filosofía, Hernando Valencia-Goelkel y Rafael Gutiérrez-Girardot. Y todos ellos atendieron la sugerencia de Jorge Gaitán-Durán y conformaron la revista Mito, sin duda el órgano intelectual más importante de Colombia en el siglo XX. ¿Cómo permanecer, pues, indiferentes ante tan fecundo magisterio? ¿Y cómo no ser fieles con el rigor y la diligencia intelectual, a ese legado?
Avalado críticamente desde su primer libro por Vicente Aleixandre, amigo y corresponsal de Luis Cernuda, anfitrión y editor de Pedro Salinas, Charry-Lara demostró desde muy joven que para el escritor consciente de su valía no hay complejo de inferioridad alguno y que por lo mismo puede y debe codearse con las inteligencias más brillantes de su tiempo. Y desde Bogotá lo consiguió, sin aspavientos ni exhibicionismos, con ecuanimidad. Pues ésta era la otra de sus mayores virtudes.
De Charry-Lara podría decirse lo que Rubén Darío escribió de Antonio Machado:
Misterioso y silencioso
iba una y otra vez.
Su mirada era tan profunda
que apenas se podía ver.
Cuando hablaba tenía un dejo
de timidez y de altivez,
y la luz de sus pensamientos
casi siempre se veía arder.
Era luminoso y profundo
Como era hombre de buena fe…
“Con Charry-Lara se ha ido el último de mis grandes amigos, me dijo Rafael Gutiérrez-Girardot el pasado jueves 22 de julio. Me siento muy solo aquí, en Alemania, y nada me gustaría tanto como volver a Bogotá, pero todo depende de que mi médico me recete algo que mantenga mi corazón en las alturas…”
La poesía y el recuerdo de Charry-Lara son el mejor bálsamo contra las tribulaciones del alma, le contesté al autor de Heterodoxias, donde aparece uno sus mejores ensayos sobre el poeta.
Y es verdad. Sus poemas y el privilegio de haber tratado personalmente a Charry-Lara constituyen el mejor remedio para que todos, sus amigos y lectores, podamos mantener airosos y para siempre el corazón de las alturas.
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