Sobre la experiencia con niñas, niños y jóvenes excombatientes
El presente texto, escrito en primera persona, pasa por las reflexiones que durante años han atravesado mi propia experiencia en este oficio de escuchar a personas víctimas del conflicto armado interno colombiano. En principio, y sin la pretensión de saturar el texto con la formalidad de la cita, me propongo situar la reflexión en términos de la experiencia, como una forma de acercamiento al “otro” que me permita dibujar algunas de las reflexiones que intento expresar. En segundo lugar, trato de ubicar estas reflexiones en los escenarios de encuentro con los jóvenes excombatientes para, finalmente, pensar aquello que podríamos intentar narrar en otras formas distintas a un informe.
El campo abierto de la experiencia
Entiendo por experiencia aquello que se aproxima tanto a la subjetividad humana como para no ser considerado seriamente. En la búsqueda de luces, pensé que Walter Benjamín, un judío en Europa durante los tiempos de la dictadura Nazi, podría acompañarme en el intento de re-pasar la experiencia a través de un ensayo que lleva por nombre “Experiencia y pobreza”:
“Entonces se pudo constatar que las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable. Y lo que diez años después se derramó en la avalancha de libros sobre la guerra era todo menos experiencia que mana de boca a oído.”(Benjamin, 1933, p1)
No puedo evitar pensar en esta frase como aquello que ocurría en el encuentro con jóvenes sobrevivientes de la guerra. Los veía llegar enmudecidos de los campos de combate y desorientados en un mundo urbano del cual tenían imágenes muy borrosas.
Si la experiencia es lo que nos pasa, lo que nos atraviesa, lo que de alguna manera, al pasar por nosotros, nos transforma, no creo que el encuentro con jóvenes excombatientes quepa en el campo ambiguo de la experiencia. No experiencia, como lugar de saber (experticia), sino, precisamente, como un lugar por descubrir, por atravesar, una experiencia que siempre está a merced de lo improvisto, de la incertidumbre.
Foucault, en una entrevista con Duccio Trombadori, (París, 1978) refiere que la experiencia es algo de lo que uno mismo sale finalmente transformado, no está antes y solo se puede dar cuenta de ella después de la travesía; ese primer capítulo lo nombran; “El libro como experiencia” . Por otro lado, el profesor Larrosa, en un texto que lleva por nombre “Experiencia y pasión”, escribe: “La experiencia es el paisaje de la existencia, el paisaje de un ser que no tiene escancia, razón o fundamento, sino que simplemente existe de una forma siempre singular, finita, inminente, contingente.” (Larrosa, 2003:176)
En este sentido, la narración es el medio que siento más cercano para retratar la experiencia de estos encuentros, en todo caso, parciales. A continuación, sitúo el lugar donde comenzó el encuentro con jóvenes excombatientes:
Entré a trabajar al CEDAT -Centro de Estudios sobre Conflicto, Violencia y Convivencia Social, como Psicólogo Clínico, en el año 2008. Esta institución se creó en el 2001. Entre los años 2006 -2013 coordiné un programa llamado Hogar Tutor, en convenio con el ICBF, dedicado a la atención integral de niñas, niños y jóvenes excombatientes, un fenómeno del que apenas se tenía noticia en el país, en ese entonces.
Algunos autores me acompañaban en el ejercicio de la atención psicológica, entre los cuales estaban Freud, Jung y Marta Cecilia Vélez; los leía con la urgencia de encontrar algunas pistas para el encuentro con esos excombatientes; desde ese momento, asumí toda una disposición de escucha en el marco de un dispositivo clínico de control, con un manual diagnostico de enfermedades bajo el brazo y unas técnicas más o menas precisas para intervenir lo sintomático, todo ello fruto de la validación disciplinar en la que tanto se nos insiste en la formación y las exigencias de las instituciones de diagnosticar bajo el criterio del DSM V (en ese momento). De otro lado, tenía un interés oculto, latente y muy potente de escuchar la guerra, sus testimonios, sus relatos e intentar, de alguna manera, comprenderlos fuera de esos dispositivos y manuales disciplinarios.
También me encontré, gracias a un diálogo exigente y florido, con trabajadoras sociales que me orientaban sobre las dificultades de la vida cotidiana de jóvenes en la ciudad y en sus familias tutoras.[1]De estos diálogos (que por fortuna se conservan) se desprendieron la orientaciones necesarias para atender un fenómeno inexplorado. El espacio del consultorio empezó a parecer estrecho para los encuentros y empezamos a trasgredir juntos la normatividad clásica de la psicología clínica.
Me encontré con algo que me asombró mucho: jóvenes que caminaban a tientas por la ciudad, intentando reconocer un lugar para nada familiar, lugares que no hablaban de sus orígenes. Llegaban de la guerra, como veteranos, a los 15 años. Uno de ellos lo expresó en una forma trasparente cuando juntos reconstruíamos la experiencia en el programa Hogar Tutor, años después(2014) con el esfuerzo del Semillero de investigación Niñas, Niños y Jóvenes desvinculados del conflicto armado; jóvenes, en su mayoría mujeres, interesadas en comprender el conflicto y pensar una Colombia posible, éstas son la palabras de Jaime:
“ en el programa parece uno como un niño pequeño… ésa es la vaina que cree Bienestar, es que como uno sale menor de edad, entonces, es un niño pequeño, Por qué?, porque la gente aquí no ha vivido la vida que uno ha vivido allá; es muy distinta a como la vive un niño de aquí de la ciudad… a mí, a veces, me dicen: uy, pero usted está muy niño, pero tiene una mente, Virgen Santísima, más que un mayor, si ve, uno sale con mucha experiencia… entonces en el programa lo creen a uno un niño” (Jaime)[2]
Nuestros encuentros empezaron a buscar nuevos lugares, desplazándonos de aquel dispositivo de control para habitar otros espacios de la ciudad donde se sentían extraños, foráneos y que en mi historia de vida reconocía cotidianos y familiares: las calles, las busetas, el río de gente y la idea de familia que acoge; todo era extraño. Los problemas no hacían falta. Era necesario que se regularan en el nuevo escenario de participación, que acataran normas, que se proyectaran sobre un futuro, que encontraran sentido a la vida y todo contra el tiempo, antes de los 18 años. Dejar listas las bases para que pudieran ser unos cuídanos de “bien”, prósperos y con proyectos productivos para esta nueva sociedad de la que hacían parte. Una vez cumplida la mayoría de edad pasaban a hacer parte de la ACR (Agencia Colombiana para la Reintegración); ya no eran más, menores de edad.
Escuché silencios prolongados que desafiaban el oficio y unas miradas que se dirigían hacia mí con duda y sospecha; parecía que los ojos expresaban miedo y fuerza; silencios ensordecedores con rastros de experiencias bélicas que dejaron inmóvil, casi pétrea, la vida. No lograba escuchar sus asombros frente a la novedad y sus preguntas profundas acerca de la libertad. Recuerdo, a propósito, sus preguntas, una en particular que no pude acompañar: “¿Por qué debo obedecerle a alguien que no tiene un fusil?” Debo decirlo, mi formación me llevó a intervenir lo patológico y traumático, casi en forma exclusiva, sin advertir las preguntas éticas que hacían en estos nuevos contextos de vida.
Un silencio que se expande y se dilata: muy pocos de ellos querían hablar sobre lo ocurrido en la guerra, sobre la confrontación armada, sobre los campos de batalla. Les gustaba hablar sobre los amores que se levantaban, explorar sus nuevas relaciones en el ámbito de la ciudadanía, “entretener la mente en algo” como llegaron a decir muchas veces, en última instancia, hablar sobre lo que les era ajeno, la sensación de encontrarse en un campo sin coordenadas. ¿Qué hacer con la libertad de elección y con las oportunidades que apenas se abrían?
Ausencia de ánimo, baja tolerancia a la frustración y dificultades de adaptación plagaron los informes presentados a la institución; parecía estar justificando sus dificultades en la vida ciudadana. Recuerdo haber escrito, con mucha ansiedad, los informes trimestrales presentados al ICBF, con la intención de que sirvieran para algo, no sólo para rendir indagatoria, para instaurar un orden de vigilancia o para informar sobre sus comportamientos. Tenía la intención de que sirvieran para algo más; ahora puedo entender que de algo sirvieron, eran apuntes de las reflexiones sobre las experiencias con jóvenes excombatientes.
Tal vez, debido a los recuerdos de aquellos informes, he decidido, para acercarme a la experiencia, escribirlos de otra forma, desde otros lugares, entrando en las rupturas, dejándome afectar por ellas, sin conservar una línea del tiempo plana y constante, sin la objetividad que acredita el hablar; una forma de narración que permita retratar aquellos encuentros tan espontáneos y humanos donde parecía que no pasaba nada.
Lina o hija del aire y del viento
Recuerdo a una chica que sentía vergüenza en los descansos del colegio, en donde estudió cuando llegó al Programa Hogar Tutor de la ciudad de Manizales (7 de abril del 2006), tenía 15 años aproximadamente. La hacían sentir una campesina, robusta, con fuerza y cierto montañerismo evidente en su mirada. El colegio y la sociedad de consumo, en general, tenía ya todo un dispositivo para diseñarla. Pronto se convertiría en una mujer objeto de miradas deseables, con rutinas extensas de ejercicios y cirugías plásticas que definían su cuerpo. Cierta confianza se desprende hoy de su mirada una vez lee y maniobra las dinámicas y exigencias de una sociedad donde la cotización de la experiencia ha bajado y la capacidad de consumo se convierte en calidad de vida.
“Me decían que yo era una boba, que parecía campesina, que miraba como bestia y que yo no le daba ni a los talones a ellas, comenzando por una loción que Yolanda siempre me compraba, a-gugu rosada, ella me peinaba (risas).[3]
-Quiénes son tus padres?
-¡Yo soy hija del aire y del viento! No tengo recuerdo alguno de sus rostros.
¿Cómo se relaciona esto en un informe clínico? Distorsión de realidad, ausencia de figuras parentales, recuerdos distorsionados. ¿Cómo se coloca esto en un informe sin las técnicas de control?
Pienso que podemos adentrarnos en vías imaginables para comprender experiencias que se encuentra distantes de nuestra existencia civil:
La atmosfera psíquica que se recrea en la florescencia de la campos colombianos cuenta con una diversidad y frondosidad que nos es extraña en la vida ciudadana, toda vez que se considera en la ciudad que la familia es un espacio al que se le conceden diferentes tipos de supervisión y se intenta velar por los derechos de la infancia y el cuidado. Los recursos de jóvenes excombatientes están al servicio de la huida por la sobrevivencia, sus formas de resistencia pasan por el cuidado de la vida mediante la recursividad anímica: la fuga (huida) se convierte en un recurso imprescindible ante la emoción del miedo.
Ella es una mujer que se consume toda en sus vivencias, siempre vuelve y se levanta con nuevos vientos. Ella misma se describe fénix.
Escuadras de formación…
Reconocía el miedo en su miradas, no lo sabía en ese momento, porque yo también temblaba de miedo. Sus miradas eran atentas y desconfiadas, lo que puede llegar a ser entendible bajo un sistema de disciplina militar; me asombraba ver cómo se organizaban en esquemas triangulares para los recreos del colegio, cómo recobraban alguna seguridad en esta ciudad extraña y ajena. Sus cuerpos tensos y crispados me generaban amenazas; después vinieron los abrazos con una torpeza extraordinaria, se despertaba un vínculo que me parecía extraño cuando pensaba precisamente en niñas, niños y jóvenes des-vinculados y en mi rol como psicólogo. El vinculo floreció entre todas la personas que pasaron por el CEDAT; escuchar a las víctimas nos interpelaba hondamente y aunque el Programa Hogar tutor fue entregado al ICBF en diciembre del 2013, esa experiencia nos permitió conservar vínculos que hoy cuidamos y nutrimos. Lo azaroso del vínculo resulta ser para mí hoy una incógnita, pero también, una gran potencia.
Alejandro o…
Pude ver a un niño llegar a la ciudad con rastros de la guerra sobre su cuerpo y rostro. Una bomba le cayó cerca. Ese niño llamaba la atención al pasar; su piel exponía la vida en los campos de batalla y evidenciaba el horror al cual era imposible ser indiferente. Puedo asegurar que no es pesar o lástima lo que generaba. Era, en parte, terror y, en parte, gesto de vida y resistencia. La vida en los albores conservándose a sí misma en ausencia de protección estatal. Ese niño llego de 12años al CEDAT.
Vanessa y el mito del arco Iris
Una niña me explicaba el alboroto del arco iris por medio de un mito exquisito y montañero: la Madremonte tenía una hija muy desobediente, la tiró al mar para deshacerse de ella, pero se convirtió en mitad pescado, mitad persona, logrando de esa forma sobrevivir con cierta mutación. Cuando sale a respirar el oxígeno que le hace falta, proyecta, por medio de su aleta, todo aquella superposición de colores.
Me pareció que su explicación era más honda que la mía, la que conocía hasta ese entonces: la filtración de la luz por las gotas de agua. En su mito me hablaba de ella, de su Madre Monte, nuestra madre monte que ya no tiene cómo asustar a nadie, porque incluso a ella la han desplazado de la cultura donde nació. Esta guerra ha logrado arrebatar los símbolos que nos integran como sociedad. Me hablaba, también, de la sobrevivencia humana para crecer entre una fauna densa y colorida, de las posibilidades de una vida bajo nuevas formas simbólicas. Esta niña llegó de 13 años de edad, en enero de 2008.
Jacinto y los paisajes de papel
Conocí a un chico que “entretenía su mente” con el origami; recuerdo su brusquedad para los pliegues finos y delicados, su motricidad era gruesa y robusta. Recuerdo su orgullo al mostrar las pequeñas figuras terminadas, al inventar paisajes de distintas figuras y buscar reconocimiento a través ellas. Recuerdo también lo que pasó en Japón después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki y la estrategia para evitar el suicidio colectivo ante la rendición de su Dios por medio del origami. (15 años de edad)
Nacido para Triunfar
Rememoro el chico que escribió el libro “Nacido para triunfar”, hoy reedita ese texto bajo el mismo nombre (“Nacido para triunfar: una reinserción a la vida civil, 2016, Chaido, España). Él me decía que no soportaba atornillarse en una silla, que nació talando monte, abriendo trochas, trepando montañas y esa idea de quedarse sentado le ahogaba la vida. Alcanzó a estudiar dos semestres en la universidad; tenía 18 años y llegó de 16.
De repente, pensé que para aquel entonces yo llevaba 23 años atornillado a una silla y que teníamos mundos de distancias. En el texto citado, él escribe sobre los excombatientes. Presento aquí su poemas para acompañar el deseo de vida que lo impulsa: “Contar versos, que vale la pena soñar, tener esperanza, vivir civil.”
Excombatiente
Y al pasar de los años
Sigo aquí soñando,
Caminando, cantando e imaginando
Pensando en los días desperdiciados
Con mis manos frágiles,
Pensamientos inmaduros
He labrado mi camino;
Así terminaré mis días de seguro.
Aunque parte de la vida ya no me quiera,
Y si escribiendo esto muriera
Que lea esto quienquiera,
Ya he muerto con todas mis penas.
Y si no cumpliera todas mis metas,
Agradecido con la vida que alguien me diera
He roto las cadenas
Que alguien me pusiera.
*****
No existirán limitaciones
Cuando de vivir se sea
Ni encontrando la propia muerte
La lucha mi alma deja.
Acá en el Putumayo, escribiendo versos y poemas,
Contando los días que me restan
Ver pasar varias navidades quisiera.
Y si algún día yo guerrillero fuera,
Eso ya no me interesa;
Terminaré mis días finales
Como un civil cualquiera.
Santiago L.
(26 de diciembre de 2012)
Es desafiante escuchar sus palabras con un poco de sensibilidad humana, escuchar sus silencios que también existen aunque pretendan llenarse de palabras salvavidas, oír en sus voces una fuerza de resistencia, ver sus cuerpos en pie de “lucha”, retratar para la memoria sus lágrimas sobre la piel ya curtida de experiencias bélicas. Hoy, aquellas niñas, niños y jóvenes excombatiente, están insistiendo sobre sus vidas, están criando a sus hijos y enfrentado el asunto de hacer familia: “Hoy soy el resultado de mi pasado, el soplido de una buena historia, de haber vivido 22 años como si fueran 40 años. Una paz de re-encuentro. (Julián)”[4]
Están pensando en rescribir sus biografías o narrar sus experiencias como ciudadanos, presentándolas a la sociedad desde lugares “otros” en donde su vida (lugar) no corra peligro y, con suerte, alcancen un reconocimiento que les permita enfrentar este mercado de competencia en el que se sienten en desventaja, pero con la consciencia de haber podido salir con vida. Es importante recordar que han vivido los procesos de transición a la vida civil en tiempo de guerra.
[1] Familias que albergan a niñas, niños y jóvenes desvinculados, bajo la coordinación del ICBF.
[2] Notas del Diario de Campo del día 30 de julio de 2014. A propósito de la experiencia en el Programa Hogar Tutor. (Proyecto de investigación: Jóvenes egresados de programas de protección a víctimas de reclutamiento forzado: situación y experiencias post-egreso.)
[3] Notas del Diario de Campo del día 5 de septiembre de 2014. A propósito de la experiencia en el Programa Hogar Tutor.
[4] Notas del Diario de Campo del día 4 de julio del 2016. Joven excombatiente.