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La ilusión del tiempo – Cronometría en la vida del hombre

Está bien, pero el tiempo en los desiertos
Otra substancia halló, suave y pesada,
Que parece haber sido imaginada
Para medir el tiempo de los muertos.
                               Jorge-Luis Borges

Embelesado observaba Merquiardo cada grano de arena que se arremolinaba al caer lentamente en el cono de vidrio del viejo reloj heredado de su abuelo Abraham, la tarde se desgranaba y la caída incesante de la arena apresuraba el tiempo de los hombres, el invierno llegaba a su final, el equinoccio de primavera anunciaba que la vida volvía a renacer, que los frutos de la tierra y la esperanza se pintarían de nuevo con los múltiples colores de la naturaleza; él no entendía por qué su abuela Delia María, cuando lo reprendía por su ociosidad, le decía que el tiempo perdido los santos lo lloran. ¿Si el tiempo se pierde a dónde va? Qué pesar que los santos lloren por algo que a ellos no se les ha perdido. Esta mañana cuando quise preguntarle al profesor Lanziano, ¿qué era el tiempo? y ¿por qué dicen que se pierde?, me mandó donde la señorita Luz Enith, la bibliotecaria, para que ella le enviara el libro La regla de veinticuatro pulgadas, él debía preparar una disertación sobre el tiempo, con motivo de la celebración del equinoccio. Creo que esquivó responder mis incómodas preguntas, porque, ¿qué tiene que ver un instrumento como la regla, hecha para medir el tamaño de las cosas, la distancia, el espacio en pulgadas, con los minutos, los segundos y las horas, que no cesan en su andar infinito, como la arena del desierto que no se deja contar y fluye incesantemente? ¡Pero ya sé! hay alguien que atenderá y resolverá mis dudas, es el viejo Gervasio, quien cuida la taberna El Ganso y alcahuetea todos mis caprichos, esta tarde he de ir a verlo antes de que inicie sus labores.

Camino a la taberna Merquiardo se encontró con su amigo mayor, Erasmo, quien también se dirigía a ella muy temprano; y al comentarle el motivo de su visita a Gervasio, Erasmo le dijo que casualmente esa tarde discutirían el asunto del tiempo, querían preparar la disertación para la tenida del equinoccio de primavera, que celebrarían al día siguiente; se reunirían en la trastienda de la taberna, en el cuarto de reflexiones, para evitar ser perturbados e incomodar a los clientes.

  • ¿Yo podré estar allí? -preguntó preocupado el joven.
  • Ya tienes edad para ser un Luveton -respondió Erasmo, palmoteándole la espalda-, bajo mi responsabilidad podrás asistir, siempre y cuando guardes compostura.
  • ¡Lo prometo! -dijo el joven emocionado-, ¿quiénes más estarán allí?
  • Ya lo verás, algunos te serán conocidos y otros te sorprenderán.

La calidez del lugar lo hacía acogedor a pesar de la penumbra azul, en medio de la cual pudo observar la extraña decoración de los muros con unas placas de mármol semejantes a bóvedas, en una de ellas leyó la máxima “conócete a ti mismo, para empezar bien tu vida”; en el viejo mesón de acacia que copaba el salón había un elaborado globo terráqueo, una escuadra de madera, un gran compás, una regla de 24 pulgadas, una brújula magnética y un reloj de arena; sobre una mesa auxiliar reposaba perezosamente una clepsidra, un pequeño recipiente de vidrio que contenía azufre, otro sal y un tercero de metal con unos granos de trigo; le atrajo la atención el telescopio de mediano tamaño que permanecía en silencio al lado de una claraboya, pero fue sorprendido por una presencia extraña en el fondo del salón, se sobresaltó cuando se aproximó y vio la blanca osamenta de un esqueleto que lo interrogaba. Tímidamente se sentó en la esquina del banco al lado de Erasmo; todos revisaban sus escritos y algunos traían textos y volúmenes sobre el tema a tratar; el profesor Lanziano, con una socarrona sonrisa le dijo:

  • En este lugar encontrarás algunas respuestas a tus inquietudes, pero serán más las dudas que te surgirán; tendrás que caminar en solitario para atravesar el desierto, aporreado por la inclemente canícula en medio de la tempestad del viento y la arena.
  • Quiere ello decir, que saldré entonces más confundido -balbuceó Merquiardo, desolado.
  • De eso es de lo que se trata cuando buscamos la verdad, los caminos del conocimiento son arduos y solo aquéllos que persisten de manera incansable podrán acceder a las altas cumbres -enfatizó el profesor.

Gervasio anunció que podían iniciar, estaban a cubierto y la complejidad del tema requería la precisión conceptual para elaborar la plancha que se presentaría en la celebración del equinoccio; entonces Sir Isaac, conocedor del asunto, intervino para señalar que la discusión de fondo se centraba en definir las nociones de espacio y tiempo como entes autónomos, verdaderos en sí mismos, independientes de las cosas que componen el mundo fenoménico, que no están determinados por la existencia de otros objetos físicos, o relacionados entre sí.

  • Yo propongo -intervino el joven filosofo Whilhelm, quien investigaba sobre metafísica, epistemología, lógica y el cálculo infinitesimal entre otras-, que es indispensable adelantar una serie de experimentos teóricos que permitan demostrar que no se puede afirmar la existencia de hechos tales como la localización y la velocidad absoluta de las cosas -pretendiendo refutar la tesis de Sir Isaac.
  • A tus experimentos teóricos, yo los controvierto con la demostración,de la experiencia en el plano físico y repetidos experimentos de laboratorio, que se hacen irrefutables -resopló airado el físico, que trabajaba arduamente en la elaboración de sus tesis y sostenía una fuerte controversia con sus colegas en la Real Sociedad.
  • Mis razonamientos filosóficos se fundamentan en el principio de razón suficiente y la identidad de indiscernibles -argumentó Whilhelm con suficiencia y explicó-: el primero sostiene que de cada hecho hay una razón que es suficiente para explicar de qué manera y por qué razón es tal cual es, y no de otra forma diferente.
  • Trato de entender lo que dices, pero me parece obvio -latió Isaac, demeritando el razonamiento del filósofo -, tal vez tu segunda tesis, que aún no hemos escuchado sea más convincente.
  • El segundo razonamiento es la identidad de indiscernibles -se defendió acalorado el joven filósofo que también venía preparado para el debate y exploró-, ello indica que si no hay forma de demostrar que dos entidades son diversas, entonces son una y la misma cosa, es decir dos objetos son idénticos, si comparten todas sus propiedades.
  • Más parece un sofisma que un razonamiento filosófico -advirtió de forma mordaz el físico, implacable en sus conceptos.
  • Señores: os pido paciencia -intervino Gervasio, preocupado por la confrontación teórica desatada-; el tema de fondo es muy controversial y será en otra tenida donde se expondrán todos los argumentos y allí podremos debatir en extenso; el objeto de esta reunión es preparar la disertación para la celebración del equinoccio.
  • En aras de cumplir con ese objetivo -se apresuró el profesor Lanziano, sacando a relucir sus notas-, habíamos acordado disertar sobre el manejo del tiempo por el hombre, en su cotidiano trajinar, la forma como se utiliza o como es despilfarrado impunemente.
  • De acuerdo hermano -apuntaló Gervasio, con cara de satisfacción-, mañana es un día de celebración y es nuestro deber plantear aspectos relacionados y de utilidad en la vida de los seres humanos, perdidos en la maraña del tiempo, en el sinsentido de su existencia.
  • Para entrar en el tema escogido -se adelantó Lanziano, desplegando las notas y el libro estudiado sobre el gran mesón de acacia-, os propongo que disertemos sobre la regla de 24 pulgadas, que se utiliza como un símbolo, que difícilmente puede ser interpretado por un neófito.

Merquiardo, que guardaba absoluto silencio, sintió un gusanillo que le subía por la espalda, no podía creer lo que escuchaba, miró a Erasmo, que le guiñó un ojo, y entonces empezó a comprender que el inasible tiempo es el testigo silencioso del inesperado camino de los hombres, de la muerte de César y el amor de Cleopatra, del sacrificio de Jesús en la cruz y el sufrimiento de María y la pasión de la Magdalena, del suplicio de Jacques de Molay y de las revolucionarias teorías sobre el universo de Copérnico y Galileo y la infame quema de Giordano, en el campo de Fiori.

El profesor Lanziano, tomó la regla de 24 pulgadas que reposaba al lado de la escuadra y el compás, la sostuvo horizontalmente mientras decía: Este instrumento es el símbolo de la rectitud, que debemos practicar en todos los actos de nuestra existencia, la línea recta es el camino más corto para el logro de la libertad de la humanidad; también ella simboliza que debemos medir nuestros actos; y el significado más insólito es la relación con el manejo y la utilización del tiempo solar, las 24 pulgadas simbolizan las 24 horas del día.

  • Para qué es necesario crear un símbolo sobre un ente abstracto como lo es el tiempo -ladró Erasmo, que no tragaba entero-, acaso el reloj no es un símbolo del tiempo, es un instrumento que mide una ilusión.
  • Podrías ser más explícito en esa afirmación -lo interpeló Lanziano.
  • Atribuirle a un objeto un significado diferente de su uso práctico -rumoró Erasmo, con soterrada satisfacción-, conlleva a resaltar atributos simbólicos que el objeto o significante puede denotar, pero socialmente es susceptible de tener otros significados igualmente válidos, por lo cual el signo es una construcción cultural de identidad entre iguales, pero el reconocimiento entre ellos no es un asunto estrictamente discursivo, se deben identificar por sus actos en la vida, sus posturas ante la sociedad, la concepción de mundo, su visión de igualdad y fraternidad con todos los seres humanos y una inquebrantable defensa de la libertad.
  • Comprendo tu preocupación -arguyó Lanziano, para desbrozar su argumento-, es cierto que aquél que cree saber lo que significan las cosas, porque repite lo que ha escuchado o le han dicho que debe decir, y no actúa en consecuencia, nunca entenderá el sentido profundo del símbolo, ni podrá incorporarlo a su vida cotidiana. Siendo esto una verdad de a puño, te pregunto: ¿Cuestionarías que la regla de 24 pulgadas simbolice las 24 horas del día que el hombre debe usar para desarrollarse integralmente con su familia, en sociedad, y alcanzar niveles superiores de conciencia?
  • Es cierto que somos esclavos del tiempo -respondió Erasmo, que no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer y disertó- tened en cuenta que el tiempo solo existe en relación con el espacio, con los objetos y la naturaleza misma que también somos los hombres, esto le da una condición histórica y social, pero aún así es inasible, pues mientras que esta reunión transcurre, el ahora ya es pasado, y el futuro se convierte en presente en cada instante, un presente que no podemos atrapar, no lo podemos detener y los minutos que ahora transcurren son iguales a los de hace una hora, o a los de ayer, o a los que vendrán mañana y quizá en el infinito devenir.
  • Cuál es la diferencia entonces -replicó Lanziano impaciente.
  • Entre ellos no hay diferencia, son idénticos unos a otros -murmuró Erasmo con cínica sonrisa- la diferencia son los sucesos y ellos se producen gracias a la actividad de la naturaleza y particularmente del hombre, que determinó medir el tiempo que fluye incesantemente.
  • Si me fundamento en esa afirmación -intervino Whilhelm sobándose las manos-, que derrumba la creencia tradicional construida históricamente sobre el tiempo, se evidencia que éste es una construcción social, y por ello hablar del tiempo de los hombres, que es similar al tiempo de la historia, solo es un referente para ubicar los acontecimientos sucedidos remotamente o próximos a nuestra existencia, pero no es el tiempo el que ha determinado el curso de la historia.
  • ¡No, no es el tiempo el que ha determinado la historia! -rezongó Sir Isaac, atizando el fuego de la discusión-, ¡pero sí es en el tiempo que se han presentado todos los acontecimientos que han transformado al mundo! y nosotros vamos montados en esta nave sin rumbo, como decía Giordano Bruno ¡viajamos en el tiempo!
  • Lo que oigo de vuestros labios Sir, suena a retórica -mordió la frase, saboreándola Whilhelm, que no se resignaba a concederle la razón a Sir Isaac-, pues si el tiempo es una ilusión, ¿como hace el hombre para viajar en el? mejor sería volver a preguntarle a Agustín de Hipona cuál es su concepto de tiempo.
  • ¡Agustín de Hipona, fue más agudo! -Sir Isaac, se lanzó al cuello del filosofo-, te repetirá la sentencia que cierra esta discusión “!No en el tiempo, sino con tiempo, Dios creó los cielos y la tierra!”
  • Por favor hermanos, dejad algo para mañana, la discusión esta muy interesante y aviva el intelecto, pero hay un deber pendiente -balbuceó Gervasio, que creía que no se avanzaba en el logro de un acuerdo para la exposición del día siguiente, en la celebración del equinoccio-, esta profunda controversia de vuestros argumentos desvió la intervención del profesor que nos traía una propuesta, que quizá concilie las diferencias conceptuales.
  • Mi intención no era crear una discusión profunda entorno al tiempo, más bien a la eficaz utilización que los hombres deberíamos hacer de él -retomó la palabra Lanziano, con nuevos bríos-, el simbolismo de este instrumento utilizado por los constructores de los templos desde la antigüedad, significa las 24 horas del día y su adecuada utilización. En la antigua Grecia se instaba al hombre para que dividiera sus actividades diarias en tres bloques de ocho horas; ocho horas para el descanso, ocho horas para el trabajo y ocho horas para cultivar el cuerpo y el espíritu.
  • Me atrevo a calificar como una utopía esa propuesta, profesor, y creo que no es más que una ilusión -lo interpeló Gervasio moviendo su cabeza de un lado a otro-, seamos sinceros, ¿quién cumple con esa norma? tan buena, saludable y eficaz para llegar a ser un hombre, al menos en el sentido aristotélico. Algunos se ufanan de que no necesitan dormir sino unas pocas horas, trabajan de sol a sol mucho más de ocho horas al día y eso de “cultivar el cuerpo y el espíritu” no lo entienden, no saben que eso pueda existir y mucho menos qué significa y cómo beneficiarse de ello.
  • ¡Creo que te estás refiriendo a los esclavos! -Erasmo, hundió la daga en el corazon del debate-, los hombres que no son libres solo viven para trabajar, como los animales de carga, a cambio del heno que reciben y unas pocas horas de sueño, agotan cada día de su vida, no son conscientes de su existencia, deambulan por el látigo que reciben de su amo y desde el púlpito los llenan de culpas, pecados y amenazas con el demonio y el fuego eterno.
  • Yo no me refería a esos, que quizá Aristóteles no cataloga como hombres -se defendió Lanziano, que había leído al Gran polímata de Estagira-, la plancha va dirigida a hombres libres, que además de descansar las ocho horas que el cuerpo y la mente requieren para reponerse, tenemos derecho a ocho horas diarias para cultivar el cuerpo y el espíritu, que es lo más sublime del ser humano, tiempo para el disfrute de los alimentos y la recreación social, para leer, estudiar, indagar e informarse sobre la ciencia, la civilización y la cultura, para practicar alguna de las bellas artes y ejercitar el cuerpo y el espíritu.
  • Nosotros, los que nos preciamos de ser hombres libres -tronó arrogantemente Sir Isaac-, tenemos esas normas de vida y las ejercemos de manera amplia y generosa, recordad que en la Grecia antigua los que trabajaban eran los esclavos y gracias al ocio productivo de los atenienses, se convirtieron en la cuna de la civilización occidental.
  • Precisemos una vez más -saltó Whilhelm, riguroso en sus conceptos-, el término ocio ha sido introducido por la sociedad moderna; lo han adornado adjetivamente como “ocio productivo” cuando lo que sucedió allí fue un arduo trabajo del intelecto y lo que éste produjo en el campo de la ciencia, la filosofía, la literatura, la tecnología y el arte, fue gracias al ejercicio de la mente aplicada al conocimiento y la creatividad que desarrolló la cultura y la civilización, eso se llama trabajo intelectual, que solo puede ser ejercido por un hombre libre y culto.
  • Perdonadme hermanos -se entrometió de nuevo Gervasio, con cara de desaliento-, pero lo que vosotros estáis diciendo es una ilusión, un artificio, los hombres no conocen estos preceptos, y si los conocen no los aplican y si desean aplicarlos, no lo hacen bien.
  • ¡Entonces mejor que no los conozcan! -refutó Erasmo satíricamente-, pues en la sociedad lo que tenemos es una caterva de hombres que no son libres y mucho menos cultos.
  • No se trata de ocultar estas protuberantes falencias -balbuceó Gervasio, cada vez más confundido-, ¿pero a dónde queremos llegar?
  • ¡Esa es la pregunta que los seres humanos no se formulan! ¡la esquivan toda la vida! ¡la pregunta sustantiva que debían hacerse cada día! -explotó Lanziano, que no había terminado su exposición-, estos preceptos son los que debemos ejercer sin ningún tipo de concesiones con el poder, que se regodea ante esas posturas sumisas que agachan la cerviz, que afirman que no podemos ser libres, refuerzan la alienación ideológica y conllevan al servilismo acatando mansamente lo que otros determinan; entregan el derecho inalienable de pensar por sí mismos como ciudadanos que han logrado su mayoría de edad, ¡como hombres libres!
  • ¡El poder siempre ha sido cruel! -arrastró su voz con resentimiento Sir Isaac-, pero la traición de los pseudointelectuales y falsos profetas socaba el espíritu de rebeldía de la gente; pregonan el apocalipsis, se dan ínfulas vaticinando el fin del mundo, magnifican los males de la humanidad y amenazan con la ira de Dios, con las siete plagas de Egipto y todo para darse ínfulas, la importancia que nunca han tenido sus miserables vidas. Son esos, los que fungen como salvadores, abyectos al poder que hacen el trabajo sucio, desde los púlpitos, las aulas, los movimientos políticos, las agremiaciones y la exclusión social, cuando no arremeten contra la masa inerme con los cañones y el filo de la espada.
  • ¿Pero qué podemos hacer entonces? -gimió Gervasio, aún más desconcertado-, no veo una salida, el mundo siempre ha sido así, y nosotros no somos nadie para cambiarlo.
  • Esa es la abyección de los hombres del inframundo -amenazó Lanziano, agitando la regla de 24 pulgadas en su mano derecha-, cuando al propio hombre le gusta ser esclavo, así lo niegue pero vive encantado por los cantos de sirena, por el oropel del mundo y los mendrugos que el poder le arroja despectivamente, nunca logrará liberarse de las cadenas que le atan su mente, que le impiden volar su pensamiento y le oprimen el espíritu en la congoja y la desesperanza del oscuro porvenir que le espera en el infierno de Dante.
  • Es muy horrible lo que pregonas hermano -Gervasio se rascaba la tonsura y no atinaba a encausar el debate.
  • El poder creó un atractivo y perverso circulo vicioso -Erasmo mordía sus palabras con sonriente picardía mientras giraba lentamente el globo terráqueo que adornaba el mesón de la reunión-, y los hombres viven encantados en él; ni siquiera perciben que les han robado el tiempo que es una ilusión; más bien se convirtieron en instrumentos para reproducir el pensamiento único, para controlar y ejercer un pírrico poder sobre sus hermanos, que piensan diferente, que quieren salirse de la infame tela de araña que los engulle como moscas muertas. En fin ¡se dejaron quitar hasta la ilusión!
  • Disponer con absoluta libertad de nuestro tiempo -arguyó el profesor Lanziano, tomando en su mano derecha el reloj de arena y en la izquierda la clepsidra- es un primer paso en reclamar y ejercer el derecho que tenemos de disponer de nuestra vida, es una manera de comportarnos como seres humanos y no bestias de carga, ni mucho menos como muebles viejos que los trastean de un lado para otro, hasta que finalmente terminan en el cuarto de san Alejo.
  • En virtud de lo avanzado de la hora -anunció Gervasio con gravedad-, levantemos esta sesión que nutrió nuestro espíritu, despertó la mente y amplió el horizonte del conocimiento.
  • Debo aclarar -susurró Whilhelm, mirándolos a todos con afecto en particular a Sir Isaac-, que a pesar de las fuertes controversias suscitadas y que indudablemente se repetirán en próximos debates, éstas siempre se darán en el terreno de los conceptos; lo advierto porque el inculto suele tomar una diferencia conceptual como una agresión personal; es natural, ellos no han accedido al mundo de las ideas, su accionar y sus pensamientos están presos en los aspectos fenoménicos, aún están en el primer nivel de conciencia, en la simple y llana percepción de las cosas y mantenerse allí cómodamente es la forma aberrante como la ideología dominante mantiene subyugadas las mentes y al sujeto social.

De regreso a casa Merquiardo, en medio de la zozobrante penumbra que arropaba las calles antes que el sereno encendiera los primeros faroles, le preguntó a Erasmo por el significado de los otros instrumentos y utensilios que decoraban el lugar, la escuadra, el compás, el globo terráqueo; pero su mayor inquietud se focalizó en la osamenta que permaneció en la oscura esquina del salón durante toda la reunión, observándolos sin musitar palabra, pareciera que poco le importara la ardua discusión que escuchaba sobre el tiempo efimero de los hombres, no entendía para qué tantas mediciones, con precisión inusitada de segundos, minutos, horas, días, semanas, meses y años, si al final siempre los perderán, algunos en el transcurrir de su insípida vida antes de tiempo, otros perderán su vida con el tiempo y unos pocos entenderán que su trascendencia en el universo sólo puede ser medida por el tiempo de los muertos. Soñó la estrofa de un poema aún no escrito “¿Quién no se ha demorado ante el severo y tétrico instrumento que acompaña en la diestra del dios a la guadaña y cuyas líneas repitió Durero?”[1] Esa noche Merquiardo le pidió a su abuela Delia María, que le volviera a contar la enigmática historia de La luz corredora, que se esfuma en los recovecos del mundo, y el escalofriante cuento de La llorona loca, que recorre los caminos precediendo la muerte; que él le prometía que no volvería a perder el tiempo, para que ella no se angustiara viendo llorar a los santos por el tiempo perdido.

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Edición No. 204