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Lo que nace en la adversidad (entrevista con el Geol. Andrés-Felipe Calle)

El Geólogo Andrés-Felipe Calle fue secuestrado el 29 de junio de 2014, en la zona rural del municipio de Curumaní, departamento del Cesar, por la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional –ELN. Su secuestro duró 59 días y produjo una movilización social inédita en la Universidad de Caldas de donde es egresado. La prensa reportó el hecho como un secuestro en el momento en que realizaba tareas relacionadas con mitigación de riegos asociados a fenómenos de origen geológico: trabajaba en la elaboración de estudios técnicos para el mapa nacional de amenaza por movimientos de masa; su trabajo aportaba a la planificación del territorio con implicaciones sociales en la prevención de desastres.

Por los mismos días del suceso, los analistas políticos consideraban cercano el inicio de diálogos públicos entre el gobierno nacional y la guerrilla del ELN. Dos años después del secuestro y liberación de Andrés Felipe, los avances en la agenda de negociaciones -al menos los que son de conocimiento público- dan cuenta de un plan de trabajo alrededor de cinco puntos centrales. Las informaciones ofrecidas por los medios de comunicación, señalan coincidencias de las partes en la definición de los países en los cuales se realizarán los encuentros de las delegaciones, así como un obstáculo que pone palos en la rueda del diálogo: el ELN aun no libera secuestrados como manifestación de voluntad política e inicio del desescalamiento del conflicto armado.

Los detalles del secuestro narrados en la entrevista, hacen parte del repertorio de hechos victimizantes generados por la confrontación armada con afectaciones para más de ocho millones de colombianos; sin embargo, también pueden ser interpretados como situaciones movilizadoras de múltiples expresiones de solidaridad en medio de las violencias. Al leer con detenimiento el relato, el lector podrá encontrar en sus intersticios gestos y acciones de apoyo, así como manifestaciones abiertas de compañía en la adversidad. Esta experiencia, parafraseando al poeta Hölderlin, puede ser leída como aquello que va naciendo para salvar en medio del peligro.  

Ocho meses después de la liberación, Andrés Felipe concedió esta entrevista como parte de los trabajos que se realizan en la Maestría en Ciencias Sociales de la Universidad de Caldas, en los cuales el centro del análisis se localiza en la construcción humana y social en medio de conflictos y violencias, una perspectiva de trabajo académico y social conocida en la literatura especializada como Paz Imperfecta. Los trabajos que se realizan en este marco desplazan las miradas –tradicionalmente centradas en el estudio del daño- hacia las acciones de cooperación, redes de solidaridad, afectos, amistad y otros medios pacifistas desatados en medio de las violencias.  El texto fue editado con autorización del entrevistado.

Compártanos brevemente su recorrido profesional hasta el momento del secuestro.

Soy egresado de la Universidad de Caldas, mi primer trabajo fue como pasante en Medellín; durante un año y nueve meses hicimos un muestreo y una cartografía. También estuve en el sur de Bolívar en Buena Seña, Puerto Rico, Tiquisio y Montecristo haciendo un muestreo geoquímico buscando metales preciosos. Posteriormente vine a Manizales a trabajar con la Universidad de Caldas. En el proyecto Mapa Nacional de Amenazas nos correspondió el bloque No. 7, comprende  los departamentos de Cesar y Norte de Santander.

Trabajé en el proyecto como parte de un equipo dedicado a realizar análisis geomorfológicos para determinar zonas susceptibles a movimientos de masa que pueden afectar la población civil e infraestructura, lo cual implica salidas de campo para realizar un inventario detallado de los deslizamientos, visitando lugares previamente identificados con sensores remotos y fotografías aéreas. Ese fue el trabajo hasta el momento de la retención en el municipio de Curumaní.

– ¿Cuáles fueron  las situaciones, hechos, vivencias durante el secuestro?

Llegamos a la zona de la Jagua del Ibirico y Curumaní con dos comisiones: éramos tres geólogos, un estudiante de la Universidad de Caldas y los trabajadores. Llegamos inicialmente a Valledupar, de ahí nos fuimos a Curumaní; allí distribuí el trabajo para cada uno. En la mañana salimos en los vehículos contratados para el recorrido, nos repartimos las zonas, unos en la norte y yo en la sur.

Salimos a las siete de la mañana en el carro,  durante el viaje un auxiliar informó que conocía el sitio; llegamos a un portal, allí había una camioneta con placas de Manizales y una motocicleta; más adelante encontramos una casa; hasta el medio día trabajamos en varios deslizamientos y alrededor de la 1:30 pm emprendimos el regreso, pasamos el portal y en el momento en el cual estoy apagando un GPS escucho que alguien atrás dice “ay jueputa”; el auxiliar se bajó del carro: a mi lado derecho veo un hombre vestido de militar, de aproximadamente 50 años, con botas pantaneras, pantalón camuflado, con corte militar. Le miro el pecho y no veo insignias, me doy cuenta que no es del ejército, lo saludo, me identifico: soy geólogo de la Universidad de Caldas; saco la cédula, un carné; nos repara, informa que harán una requisa, desciendo del vehículo, veo en el hombro la insignia del ELN.

En un momento, el comandante del grupo miró al otro geólogo de nuestra equipo de trabajo (tesista en ese momento). ¿Quién es él? es mi auxiliar, respondí; es estudiante; en ese momento pedí que los dejaran libres. Alrededor de las cinco de la tarde los del ELN dicen que no se han podido comunicar con el jefe e informan lo siguiente: usted nos acompaña, le daremos las instrucciones; les digo bueno, no hay problema y recojo el maletín con los instrumentos de trabajo.

Tuve tiempo para hablar con el geólogo tesista sobre qué debía hacer cuando llegara a Curumaní, a quien debía llamar y qué decirle a la familia. Alrededor de las seis de la tarde el conductor y el auxiliar se fueron; un compañero se quitó el anillo con el padrenuestro grabado: te va a proteger, dice. Es el momento más difícil, verlos partir; el comandante da la orden: ¡váyanse!

Los observo cuando inician el recorrido. A unos 500 metros el carro se detuvo –pensé que iban a llamar por ayuda, tal vez, en ese punto, habría señal de celular-, en ese momento los guerrilleros se asustaron; todos mirábamos la camioneta, pasados unos segundos el carro reinició la marcha. En libertad pregunté por ese episodio, el conductor se había desmoronado, se detuvo a llorar, luego continuaron la marcha.

Comenzamos el recorrido esa noche, caminamos seis horas, los guerrilleros no fueron hostiles; uno de ellos decía: tranquilo, descanse, vaya dándole. Llegamos al cambuche, cerca a una quebrada, allí tenían una poceta; en ese sitio pasamos alrededor de tres o cuatro días; siempre dormí en el piso, sobre una lona militar. Me atendían de forma preferencial. No hice preguntas acerca del motivo de la retención, no pregunté cuánto tiempo iba a durar aquello. 

Luego comenzamos a movernos en las montañas, los desplazamientos siempre eran en la noche; trajeron una mulita la tercera noche; siempre iba un guerrillero detrás, los demás abrían trocha.

Después de pernoctar en tres sitios diferentes llegamos a una casa campesina de color rojo, encontramos un matrimonio de milicianos con un bebé de menos de un año. El comandante de la escuadra anunció la nueva instrucción: compa, llegó la orden de encadenarlo; listo, le respondí. ¿Dónde le pongo la cadena? donde quiera, dije. ¿En el pié? en la pierna izquierda entonces. Esa fue la peor noche, desperté muy asustando y agitado, finalmente concilié el sueño. Durante el día busqué en la casa y en el maletín, encontré como abrir el candado de la cadena cuando pudiera escapar. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, quitaron la cadena.

Después vino la rutina: a las cinco de la mañana estaba despierto, a las seis de la mañana estaba esperando el tinto, a las siete el desayuno; esperaba a las 11 am el almuerzo y luego hasta las cinco de la tarde la comida, y así todos los días. A las ocho o nueve de la noche tocaba acostarnos a hacer nada; no estoy acostumbrado a dormir más de ocho o nueve horas; los guerrilleros se levantaban a las cuatro de la mañana y a las ocho de la noche ya estaban durmiendo.

En un momento ya no era consciente de que llevaba cerca de 40 días secuestrado. Uno de los guerrilleros dijo una tarde: he escuchado hablar mucho de usted en la radio, yo le pregunté: ¿cosas buenas? y él respondió que sí.

En una ocasión en el comedor, la ranchera (cocinera) estaba jugando con un guerrillero, él le apuntaba a la mano mientras ella la movía como un péndulo: “vos sos marica, no sos capaz de dispararme”. El tipo montó el tiro en la recámara y disparó el fusil. Yo me tapé la cara mientras la ranchera gritaba con la mano ensangrentada. Todos los guerrilleros se asustaron. Llegó el comandante, era sólo un dedo el que sangraba. ¡Necesitamos yodo y no tenemos! escuché decir a las guerrilleras encargadas de la sanidad. Dentro de las cosas que llevaba en el maletín, y que no me quitaron nunca, quedaba un botiquín, así que les dije tengo yodo, guantes, jeringas, gaza, utilicen lo que necesiten. Con esto le hicieron las curaciones y no perdió el dedo.

Pasados unos días se acercó el comandante: ¿le puedo decir algo que quede entre los dos? creo que lo van a liberar por ahí en unos 15 días, pero callado, no diga nada, es para que esté tranquilo.

¿Cómo fue su liberación?

Un viernes en la tarde llegó el emisario encargado del mercado. El tipo saludó amable: “compa le voy a decir algo, tengo como buenas noticias”; luego miró al comandante y le dijo dígale usted, mejor dígaselo usted, respondió el otro. “Tengo la orden de libertad”. Me di la bendición; recuerdo haber mostrado tranquilidad: ah qué bueno, menos mal, gracias a Dios. ¿Ya se bañó? Preguntó el comandante; organícese, a las seis de la tarde nos vamos. Tengo todo listo, respondí.

Caminamos hasta otra casa grande, al día siguiente fui donde el comandante del frente, él contó detalles: “llegó la orden de libertad, hay un protocolo de salida, ayer pasé las coordenadas para su liberación”.

Luego pasé a otra casa y se hizo más larga la espera.

Al día siguiente comenzamos a movernos temprano; pensé en la liberación inmediata porque la caminata inició a las nueve de la mañana y nunca viajábamos de día. Atravesamos ríos, quebradas, anduvimos por todo el Catatumbo, por zona selvática. No nos bajamos de las mulas, excepto para tomar algo. Después de 14 horas de viaje llegamos a una casa, en la entrada había una motocicleta con placas venezolanas. El día siguiente caminamos dos horas más hasta arribar a un caserío; al rato llegó una Toyota blanca también con placas de Venezuela, en la camioneta recorrimos otro par de horas.  En un momento  apareció una motocicleta a toda velocidad, detrás llegó la camioneta del Comité internacional de la Cruza Roja –CICR- con logos blancos, con la bandera; cuando los vi pensé ahora si es cierto, me emocioné mucho. Tranquilo, dijo alguien detrás de mi.

Del vehículo se bajó el encargado de la delegación, luego se bajaron el conductor, una abogada y una médica; el encargado se acercó y preguntó mi nombre: “no te preocupes vamos a evaluarte”; luego pasé a saludar al conductor, a la abogada y a la médica, ella tomó datos acerca de si había tenido fiebre, diarrea, vómito o gripa; estoy bien, respondí. Salieron algunas lágrimas, estaba emocionado.

Despedí de mano a los guerrilleros, abracé al operador de radio, al comandante del frente y al comandante político; agradecí a todos el cuidado. Subí al carro y salimos de allí, la felicidad era completa. No lo creía.

En el viaje comentaron que habían hablado con mi jefe y con papá. Más adelante entramos a una capilla donde estaba un sacerdote; luego, en otro caserío, nos comunicamos con mi padre, quien estaba en Medellín. Pensé que él sabía de mi liberación, el encargado de la misión lo llamó: Don Carlos, tengo buenas noticias, tengo a su hijo. Comencé a llorar emocionado, me pasaron al teléfono: Papá feliz cumpleaños -él había cumplido años el 18 de ese mes y la liberación fue el 26-, también lloró: “Llama a tu madre”. Respiré tranquilo al saber que mi papá estaba bien. Hablé con mamá y mi hermanita, la felicidad era completa.

¿Qué siguió al momento de la liberación?¿Cómo valora la solidaridad desplegada por tantas personas?

Llegamos al CICR de Bucaramanga, allí tuve la segunda conversación con papá: estamos manejando todo con un bajo perfil, contó. Pensé que aparte de mi familia nadie sabía del secuestro; el bajo perfil era la liberación: todo el país sabía lo que había pasado. 

Nos reunimos papá, mamá, mi hermanita y una funcionaria del CICR, ella nos pidió responder unas preguntas teniendo en cuenta que era la primera vez que pasaban tanto tiempo con un secuestrado, porque generalmente llegan en helicóptero y los entregan inmediatamente.

La funcionaria preguntó a mi hermanita sobre cuál fue la primera cosa que hicieron al momento de la retención. Ella narró cosas como estas: “hicimos una página en Facebook donde hay alrededor de 5000 seguidores constantes, hicimos pancartas, camisetas, hablamos con la FM, RCN, Caracol…”. Luego habló del respaldo de la gobernación de Caldas, la alcaldía, la Iglesia, La Defensoría del Pueblo, el ejército, la policía… describió los pormenores de una marcha donde el rector de la Universidad de Caldas caminó con una pancarta con mi fotografía. Me costó mucho tiempo asimilar todas estas manifestaciones de cariño. En el periódico La Patria de Manizales día de por medio aparecía una nota sobre el secuestro; también en Caracol en la hora matutina decían los días que llevaba secuestrado. Mi papá logró que la FM hiciera un programa en vivo; demoré alrededor de 15 días en asimilar toda esta información.

Al regresar a Manizales y ver a los periodistas esperando entendí la magnitud de la movilización social, supe por qué me cuidaba la guerrilla.

Mi hermanita cuenta cómo la primera noche alcanzaron a tener las primeras 1000 personas pendientes en Facebook. Comencé a ver noticias y documentales. Pienso que cuando la guerrilla se dio cuenta que no era trabajador de una empresa tomaron otra actitud (en el momento del secuestro les dieron un bono a quienes me llevaron). Supongo que cuando se dieron cuenta que no trabajaba para una empresa minera, sino con la Universidad de Caldas, empezaron a darme otro tratamiento.

A uno lo tocan por dentro todas estas manifestaciones de solidaridad. Al llegar a la Universidad y ver pancartas, bombas, fiestas, fue impresionante.

Ahora celebro las cosas sencillas: un té, un vaso con agua fría, tener cama, almohada, escuchar música, tener el control remoto, salir a hablar con personas, es lo mejor del mundo. El secuestro debe terminar; no más secuestros.

 

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Edición No. 178