Columnas de prensa: El populismo de aquí y de allá; Sobre el dividendo de paz; Impuestos y la plata del posconflicto
El populismo de aquí y allá El Espectador, 03.VII.2016
Se suele decir, en una cruda generalización, que los movimientos proteccionistas y opuestos a la inmigración están impulsados por los pobres de los países ricos y, en el otro extremo, por los ricos de los países pobres. Lo que está sucediendo en Inglaterra con el Brexit y en Estados Unidos con la candidatura republicana es una evidencia en favor de esta idea, pero con una interesante adición: los obreros, desempleados y marginados de ambos países han sido capitaneados por dos millonarios elitistas que atizan, sin ningún escrúpulo, sus frustraciones, resentimientos y temores.
Boris Johnson, el líder del Brexit (quien sorpresivamente renunció a su aspiración de ser primer ministro), un personaje educado en Eton y Oxford, con su exquisito conservatismo y su red de relaciones privilegiadas, es la persona menos parecida a un caudillo de los desposeídos. Y en Estados Unidos, el líder que ha logrado el respaldo de millones de desposeídos, con sus promesas de construir un muro en la frontera con México, liquidar los acuerdos de libre comercio y armar a los blancos contra los islamistas, no es otro que el magnate de los hoteles y casinos, Donald Trump.
La gran mayoría de quienes votaron por el Brexit son blancos pobres, con escasa educación, mayores de 30 años, en buena parte desplazados o amenazados por los cambios tecnológicos (en cambio, los más educados, jóvenes y confiados en sus capacidades, masivamente optaron por quedarse en la Comunidad Europea). Y la base que apoya a Trump tiene un perfil parecido: trabajadores blancos, desempleados; gentes temerosas, poco educadas y llenas de prejuicios frente a los latinos y asiáticos; que apoyan el bloqueo a las importaciones de China, Vietnam o México (el perfil de los seguidores de Trump no es muy distinto al de quienes votaron por Bernie Sanders).
El mensaje central del populismo de Johnson y Trump es recuperar la independencia de sus países por medio del cierre de las fronteras. Su vaga promesa es la de reconstruir un mundo del ayer, que en su memoria fue mejor, sin competencia ni extranjeros. En el caso de los británicos de edad avanzada, el Brexit vendió la promesa de reconstruir la pujanza de unas industrias hoy muertas y las glorias del que fue un gran imperio. En el caso de los norteamericanos, el sueño es volver al mundo de antes de los carros y electrodomésticos japoneses y coreanos y, por supuesto, antes de que todo llegara de China y pusiera en duda el predominio de lo “Made in USA”. Estas promesas, por supuesto, son una estafa.
El populismo de América Latina, usualmente de izquierda, también estimula y explota el resentimiento, los miedos y temores de grandes grupos de personas de bajos ingresos. Pero tiene una gran diferencia con el populismo de derecha de Estados Unidos e Inglaterra. Sus líderes —Perón, los Kirchner, la camarilla de Chávez y Maduro, la gente de Lula— no llegan ricos al poder, pero, eso sí, salen millonarios del gobierno. De hecho, esos regímenes son el trampolín para crear nuevas clases dominantes que compiten en riqueza y poder con las antiguas.
A pesar de que está transitoriamente en retirada, nada asegura que el populismo no volverá a tener nuevas oportunidades en América Latina. Los problemas económicos, las desigualdades sociales y, claro, los ejemplos de Trump y el Brexit le abonan el terreno.
Sobre el dividendo de paz El Espectador, 19.VI.2016
Numerosos estudios muestran que la paz con las guerrillas tendría un impacto positivo sobre el crecimiento económico de Colombia. Sin embargo, algunos de ellos difieren en sus cálculos sobre el tamaño y la duración del llamado “dividendo de la paz”. Y existen otras divergencias frente a estos temas.
Se han identificado algunos riesgos, derivados de la forma de implementar los acuerdos de paz, que, si no se toman las debidas precauciones, podrían hacer que el “dividendo de la paz” se achique o, incluso, en casos extremos, sea negativo. Existen, por lo menos, tres de estos riesgos.
En primer término, un crecimiento excesivo del gasto público, por encima de las capacidades de la economía, con el fin de desarrollar los distintos programas previstos en los acuerdos de paz, podría elevar el déficit fiscal, disparar el endeudamiento público y poner en riesgo la calificación crediticia del país, un evento que claramente tendría consecuencias negativas sobre el desempeño de la economía. Este riesgo se ve especialmente acentuado en la actualidad porque el país ya se encuentra sufriendo de un grave desequilibrio macroeconómico —un enorme déficit en cuenta corriente— que ha sido señalado con preocupación por los observadores internacionales y está siendo manejado con cautela por las autoridades económicas.
En segundo lugar, existe el riesgo de que, después de la desmovilización de las Farc, una fracción de sus guerrilleros engrose las filas de la Bacrim, el Eln o algún otro grupo criminal, de tal forma que podrían aumentar la violencia y la inseguridad, un hecho que tendría consecuencias negativas especialmente para los sectores agropecuarios y mineros. Este fenómeno, que se evidenció en Centroamérica después de sus procesos de paz, tiene probabilidades de materializarse por cuanto la producción de cocaína en Colombia, el principal combustible de la violencia organizada, ha venido creciendo en los últimos años y está atrayendo a muchos grupos armados que se benefician del tráfico y cultivo de estos productos.
En tercer lugar, numerosos analistas han señalado el riesgo de que el desarrollo de los acuerdos en materia rural, algunos de cuyos temas todavía no están cerrados en la mesa de negociación, si no se toman precauciones, podrían, en la práctica, disminuir la seguridad jurídica y, por esta vía, desincentivar numerosas inversiones y obstaculizar el desarrollo de nuevos proyectos en zonas rurales. Se anularía, de esta forma, una de las fuentes de mayor crecimiento económico esperado, según los estudios de quienes esperan y estiman el llamado “dividendo de paz”.
La materialización de estos riesgos no es inevitable. El manejo cuidadoso de la situación fiscal, ya deteriorada a raíz de la caída de los precios del petróleo, podría garantizar que los gastos adicionales que exige el desarrollo de los acuerdos se hagan dentro de plazos y parámetros que mantengan el equilibrio macroeconómico. El fortalecimiento de la Policía y otras fuerzas de seguridad, por su parte, podría impedir que se consoliden los grupos criminales después de la desmovilización de las Farc. Y, por último, la protección de las reglas de juego para la agricultura comercial privada podría asegurar que un sector rural moderno y en expansión coexista con una revitalizada economía campesina de las zonas beneficiadas por los acuerdos de paz.
Impuestos y la plata del posconflicto El Espectador, 26.VI.2016
El Marco Fiscal de Mediano Plazo (MFMP) es la carta de navegación de las finanzas públicas y, en esta coyuntura, en sus cifras se encuentran respuestas, a veces en forma implícita, a muchas de las preguntas que han venido haciendo los analistas sobre el tamaño del déficit, aumentos de impuestos, gastos del posconflicto y otros temas. Lo primero es que el MFMP adopta metas del déficit fiscal para el resto del período presidencial: un 3,3% del PIB para 2017 y un 2,7% para 2018. El ministro de Hacienda, además, ha reiterado que el Gobierno, como un todo, se encuentra comprometido con estas cifras y que sus distintas decisiones apuntan a mantener las limitaciones impuestas por la regla fiscal.
La fijación de estas metas tiene importantes consecuencias sobre los planes del Gobierno. Para lograr un déficit del 3,3% del PIB en 2017, con la estructura de recaudos tributarios vigente, sería necesario imponer una draconiana reducción de la inversión pública para que no supere el 1% del PIB en ese año (la inversión pública fue del 3% en 2014 y se estima que será apenas de un 1,9% del PIB en 2016). Como estos bajísimos niveles son claramente insuficientes frente a las necesidades del país, la única manera de aumentar la inversión pública a partir del año entrante y, al mismo tiempo, cumplir las metas fiscales será elevar los recaudos tributarios en los próximos meses. El mensaje es claro: si los Ministerios, las regiones y líderes de programas bandera del Gobierno quieren más recursos de inversión, tendrán que apoyar el incremento de los impuestos. El MFMP es una invitación indeclinable a que todos empujen el carro del ministro de Hacienda.
Pero esto no es todo. Una lectura cuidadosa de las metas del MFMP permite concluir que los gastos del posconflicto, aunque sus cifras no fueron incluidas en este ejercicio, tendrán que acomodarse dentro de las metas fiscales del 3,3% y el 2,7% del PIB para 2017 y 2018. Los recursos para la financiación del posconflicto, entonces, tendrán que surgir de dos fuentes: (i) de la mayor inversión pública que podrá ser financiada con la reforma tributaria (algún publicista palaciego podría acuñar una frase como los “impuestos para la paz”); y (ii) de la necesaria e inevitable recomposición de los gastos de los Ministerios que estarán al frente de los programas del posconflicto, especialmente el de Agricultura (cuyos programas de inversión hoy están fuertemente concentrados en el otorgamiento de subsidios directos a grandes productores).
En conclusión, el MFMP despeja dudas y traza el camino del manejo económico en el resto del período presidencial. Ya estamos avisados de que los impactos financieros de los grandes asuntos que se discutirán en el segundo semestre —la tan anunciada reforma tributaria y el diseño de los programas del posconflicto— tendrán necesariamente que acomodarse dentro de las restricciones presupuestales impuestas por la regla fiscal y los demás imperativos macroeconómicos. Si esto se consigue, la economía colombiana no sólo habrá superado exitosamente la crisis de la caída de los precios petroleros, sino que habrá incorporado a sus cuentas fiscales los efectos de las decisiones sobre la paz, y todo esto de una manera consistente con el tradicional buen manejo económico que ha caracterizado al país durante varias décadas. Un logro notable.