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Riesgos y recompensas de un ‘comparatista’


Traducción del inglés: Aldemar Giraldo-Hoyos


Cuando se me pregunta qué hago, generalmente respondo que soy un profesor de filosofía, pero cuando la pregunta es profesionalmente seria, respondo que soy un comparatista cultural, dando a entender  alguien que no sólo piensa a través de la comparación, sino aquél  cuyas comparaciones involucran típicamente varias culturas. Mi respuesta es inteligible, pero desconcertante, pues no hay  tal profesión a la cual haga alusión  mi enunciado. Dejemos que el diccionario lo atestigüe. La última edición del Diccionario Inglés Oxford (2002) no tiene entrada alguna para “comparatist”. Registra el significado de “comparatism” relativo a  la lengua y la literatura y define “comparativist” (comparativista) como “un estudiante de Literatura o Lingüística comparada”. Pero aunque este diccionario autorizado no es consciente de tal profesión como un comparatista cultural, he descubierto, simplemente recordando lo que he escrito al respecto durante mis últimos años de carrera, qué es lo que soy realmente. Mi comparatismo (deseo que hubiese una palabra más sonora para significar lo mismo) refleja mi naturaleza o esencia, y, para bien o para mal, es mi naturaleza porque pienso así. Naturalmente, defiendo mi forma de pensar y quiero invocar su comprensiva atención en esto haciendo hincapié en los beneficios que se pueden obtener al desafiar los riesgos que debe sufrir un comparatista. Aquí no puedo más que decir que, fuera de la filosofía propiamente dicha, mi vida ha involucrado temas de experiencia mística, la sicología de los filósofos occidentales, aquello que llamo el dilema del contexto, política amoral o maquiavélica y el arte mundial.

En primer lugar tengo unas palabras para expresar los riesgos que debe asumir  cualquier  comparatista. Estos pueden resumirse económicamente ya que son siempre los mismos. Hay, muy a menudo, la misma violación inquietante de límites disciplinarios (lo que sugiere superficialidad), la misma dependencia de los cautelosos especialistas, que el comparatista, imprudente por naturaleza, sobrepasa en sus esperanzas;  la misma necesidad de minimizar individualmente  (a fin de facilitar las comparaciones), y la misma tolerancia  para el  insuficiente conocimiento  propio, la misma soberbia.

Después de explicar tal insuficiencia, haré énfasis en las ventajas de persistir, a pesar de ella. Lo haré en nombre de una gran cantidad de eruditos, de diferentes orígenes – mencionaré sólo uno- que tuvo éxito en la creación de  obras nuevas y perspicazmente complejas en las cuales juega un papel importante la comparación cultural. A medida que uno descubre, a través de la comparación, diferentes culturas o civilizaciones, especialmente las tres más influyentes, la hindú, la china y la europea u occidental, encuentra que la humanidad en su conjunto es, en todo sentido, más rica que cualquiera de las culturas o civilizaciones que la constituyen.

En todo caso, la primera pregunta que yo me imagino se le hace a un comparatista es ¿cómo alguien se atreve a suponer que él o ella sabe lo suficiente como para realizar comparaciones de, por ejemplo, la historia, la estética, la ética y la filosofía hindú, china  o europea, o sobre cualquier otro tema? No es difícil imaginar a una persona que se ha vuelto aproximadamente tricultural como  resultado de una vida familiar tricultural o trilingüe como resultado de una existencia itinerante, pero el problema no es tanto la triplicación de la necesidad de saber idiomas  sino la incapacidad de un aspirante a obtener un conocimiento directo, teóricamente suficiente, sobre cualquier asunto.

Una vez, cuando mis ojos estaban aún frescos y mi mente sin impedimentos (o trabas) y todo lo que deseaba conocer realmente bien era la filosofía occidental, traté de calcular, por simple aritmética, cuánto podría aprender si leía intensamente, durante unas ocho horas diarias durante unos cinco años, llegué a una conclusión desalentadora: este tiempo sería escaso incluso para acceder a la filosofía occidental moderna. Y al considerar cuántas páginas escribieron algunos filósofos modernos – ¿de dónde sacaron tiempo para hacerlo? – sería un gran logro aprender,  incluso,  un solo filósofo realmente bien. No sólo comencé a darme cuenta de lo difícil que es cambiar el pensamiento de uno para adaptarse al de otra persona, alguien que había escrito miles de páginas y había hecho cambios de posición reconocidos y no reconocidos, como también, mostrado toda la coherencia e incoherencia de la cual es capaz un pensador. Si se necesitara un conocimiento completamente adecuado sólo de las fuentes primarias, sería extremadamente improbable que cualquiera pudiese escribir una relación no sólo de la teoría política europea moderna, sino de la filosofía o el arte,  o para el caso, sobre cualquier otro tema amplio y complicado.

Decir esto es persistir en el error de la exagerada precaución. Esto  es así porque, como la mayoría de las personas están dispuestas aceptar,  para saber algo bien, necesitamos entenderlo en su contexto. Este requisito, con el cual estoy de acuerdo, puede llevar a conclusiones devastadoramente escépticas. La dificultad es que el inventario de factores contextuales no tiene fin. Siempre sigue siendo posible, y en algunos casos verdadero, que nuestro entendimiento, hasta el momento, ha sido limitado, ya que no le hemos puesto suficiente atención al contexto. Mientras más de sus rasgos contextuales se tengan en cuenta, más distinto e individual se vuelve un fenómeno, cuanto más  parece acercarse al extremo teórico del proceso de refinamiento del detalle contextual, el fenómeno se vuelve casi  más exclusivo y difícil de comparar;  en el extremo (imposible) sería absolutamente único, es decir, absolutamente incomparable. Pero entonces, si no puede ser comparado con otra cosa en nuestra experiencia, ¿cómo podemos conocerlo posiblemente?

La respuesta no es tanto una cuestión de teoría sino de percepción y deseo. Nuestras descripciones requieren comparaciones, o sea, al menos, símiles y metáforas; nuestras percepciones son posibles gracias a los contrastes (sin contrastes percibidos seríamos ciegos y sordos); el vocabulario que manejamos depende de percepciones que se han vuelto prototípicas. Es por medio de ellas que yo reconozco que ésta es una casa, una persona y que aquélla es una fotografía de mi esposa (cualquiera que sea el ángulo de vista). Además, nuestras empatías involucran la reacción de nuestras neuronas espejo, las que hacen posible que sintamos y reaccionemos a lo que percibimos antes de que nuestro intelecto haya reconocido qué es lo que sentimos y a qué reaccionamos – sonreímos, reímos o lloramos inmediata e instintivamente en respuesta a la sonrisa, la risa o el llanto de otra persona que vemos o escuchamos.

Ante esta situación, llegamos generalmente a una conclusión práctica: queremos cuentas completas o integrales de cada campo en el cual estamos interesados y en la práctica sabemos que tales cuentas pueden ser escritas sólo porque sus autores  están dispuestos a hacer frente a su relativa ignorancia, haciendo uso de la obra de muchos otros estudiosos. A menos que ellos estuviesen dispuestos a hacerlo, nos quedaríamos sólo con el aporte de especialistas demasiado cerrados como para ver más allá de sus propias especialidades y serían incapaces de ver cualquier tema en una perspectiva amplia y relativamente documentada. Para estudiar la política, la filosofía, el arte o cualquier tradición o período como un todo, debemos estar dispuestos a omitir muchas cosas, restringir deliberadamente el contexto, tomar un poco más de la autoría de otros y tratar de ser claros con nosotros mismos sobre lo que tiene mayor o menor importancia. El número total de obras que pueden ser estudiadas por un erudito que se interesa por las tres grandes tradiciones no es mayor que el número que puede ser estudiado por un especialista de una de ellas, de modo que la selectividad del comparatista debe ser mayor, como debe ser, sin duda, la dependencia de otros estudiosos- la mera competencia lingüística necesaria para leer las fuentes y  la bibliografía académica sobre ellos crece fácilmente más allá de cualquier capacidad humana. Ante las exigencias imposibles, los comparatistas, como los literatos chinos que se compararon ellos mismos con los bambúes, pueden resistir tales exigencias solamente “doblándose sin romperse”.

Permítanme expresar todo esto de una manera puramente personal, recordando lo que a todas luces fue una discusión crítica, la cual tuvo lugar en 1939 o 1940. Yo estaba cursando mi licenciatura en Harvard, donde el profesor que más me impresionó fue Harry Wolfson (1887- 1974). Nada lo obliga a uno a creer en la existencia de tal erudito. Este hombre pequeño y  locuaz (quien escribió a profundidad sobre Crescas, Spinoza, Philo, los Padres de la Iglesia y el Kalam), vivía solo, la mayor parte del tiempo, parece, en su cuarto en la Biblioteca Widener en Harvard. En Rusia, donde nació, se había mostrado como un estudiante precoz y asistía a varias yeshivas[1] . El método de estudio allí era individual, meticuloso, analítico y lleno de argumentos, contraargumentos y contra- contraargumentos. Aunque Wolfson, posteriormente, parecía ser bastante secular, incluso desafiante, estaba seguro de que el método talmúdico era el único posible  para capacitar a los  académicos con el fin de realizar su trabajo meticuloso relativo a  la historia de la filosofía. Aseguraba que sólo los talmudistas renegados podían ser estudiosos exitosos de la historia de la filosofía. A diferencia de la lenguas, las cuales, decía, eran fáciles de aprender, el método era difícil y tenía que ser estudiado bajo la orientación de alguien que lo entendiera a cabalidad. Para él, la historia del pensamiento era una lucha interminable entre la ortodoxia y el racionalismo, un forcejeo en el cual las ideas habían sido tomadas, robadas, distorsionadas, usadas y reusadas por personas que no tenían idea de dónde provenían. El pensamiento de Spinoza, el héroe filosófico, quien, de acuerdo con Wolfson, restauró el racionalismo filosófico al pensamiento humano, que parecía ser original, pero todo podría ser reconstruido, según Wolfson, a partir de retazos o fragmentos del pensamiento anterior. Wolfson, un maestro del detalle y su ubicación a grandes rasgos en la historia de la filosofía hebrea, musulmana y cristiana, no vivió para concluir su demostración de cómo Philo convirtió la filosofía en teología y Spinoza la retornó a aquélla.

Yo sentía especial reconocimiento por su dominio del detalle al servicio de la generalización y gran respeto por sus capacidades retóricas. Lo tomé como un gran cumplido cuando, un día, creo que en 1940, Wolfson me abordó en una conversación que duró varias horas, tratando de persuadirme para que lo siguiese en su propia especialidad. Argumentaba que era y seguiría siendo casi imposible para los judíos asumir cargos en la enseñanza de la filosofía – resultó que estaba equivocado – pero que los especialistas de su campo siempre podrían encontrar trabajo. También debí haber sentido que para él podría desempeñar el papel de un alumno becario.

El momento aparentemente crítico se dio cuando rechacé su sugerencia (Digo “aparentemente”, ya que la sugerencia era contraria a mi ya definido temperamento). La rechacé porque era demasiado limitante, no se ajustaba a la imagen de mí mismo, que quería vagar lejos de la órbita hebrea, griega, latina o árabe. A diferencia de Wolfson, yo no tenía talento para los idiomas y sentía que el intento de aprender media docena o más me demandaría demasiado tiempo y energía; a diferencia de él, me pareció que era fácil inventar “métodos” apropiados para cualquier tarea intelectual dada. Para entonces ya había un gran corpus de traducciones de las principales obras de los chinos, obras de filosofía hindúes (budistas y no budistas) y había muchos comentarios relativos a las mismas. Mi punto de vista era que sería absurdo tratar de superar lo que ya habían hecho expertos muy competentes y, al hacerlo, perder la oportunidad de explorar contextos culturales más profundamente y, por medio de perspectivas que reflejan la sociología, la antropología, la sicología y el arte, llegar a una comprensión más rica y  adecuada. En otras palabras, ejercitar mis capacidades al máximo, tendría que estar de acuerdo con ciertas formas críticas de la ignorancia y aceptar el peligro de que yo siempre estuviera, de alguna manera, fuera del contexto. Considerando la naturaleza de quien lo estaba haciendo, pensé que mi obra aún podría alcanzar una profundidad propia de la misma. Incluso, si tuviera éxito,  tendría, por supuesto un precio. Pero, ¿quién con cualquier ambición activa no paga un precio u otro? Ninguna obra puede estar completamente de acuerdo con los ideales de largo alcance que le puedan haber dado origen a la misma

He hablado sobre mi carácter original y poco dócil, el cual me llevó a rechazar la sugerencia de Wolfson y a persistir en el curso que había elegido. Hasta donde puedo explicar este comportamiento se basa en mis cualidades iniciales de falta de memoria, curiosidad, y, más tarde, el amor por los libros y, por supuesto, en mis relaciones con mis padres y el posterior curso de mi vida, incluyendo la fuerza de lo que debe ser visto como pura casualidad. Fue, por ejemplo, pura casualidad el que mi profesor de filosofía encendiera mi interés por la cultura china al prestarme un librito de poemas de Laurence Binyon, El vuelo del Dragón.

Lo que quiero dar a entender por falta de memoria es el carácter excepcional o, más bien, la deficiencia de mi memoria autobiográfica a largo plazo. Aprendí qué tan deficiente era sólo más tarde en la vida, cuando pude compararla con los frecuentes recuerdos detallados de las otras personas. Mientras que mi memoria inmediata es normal y mi memoria habitual dura mucho tiempo, olvido mi experiencia personal con una velocidad que sería alarmante si no estuviera acostumbrado a esto. El pasado simplemente se queda en blanco. Si trato de recordar lo que me sucedió, por ejemplo, en el colegio, tengo sólo memorias generales vagas, y lo mismo pasa con lo que me aconteció el año pasado o, incluso, hace tres meses. Creo que la memoria persiste, pero la mayor parte es irrecuperable, o recuperable sólo bajo condiciones especiales (aunque a menudo recuerdo el contenido general y la apariencia física de los libros). Así que mi vida es constantemente renovada y, exceptuando los materiales escritos, es orientada hacia el presente. Lo que me motiva por unos temas más que por otros es la facilidad con que se traducen en abstracciones y no dependen de recuerdos fuertes o particularizados.

La curiosidad, que no tiene fin, funciona en la dirección opuesta. Cada pensamiento u observación interesante, así como cada experimento, se remite a su carácter incompleto y requiere ser continuado. Así,  la curiosidad contribuye a la continuidad del pensamiento y a la atención generalizada. También garantiza la insatisfacción con conclusiones superficiales y falsedades evidentes. Aunque puede restringirse a estudios especializados, su efecto inicial es hacer que la observación sea inquietamente activa. En mi caso, me hace ignorar los límites entre disciplinas y culturas y hace que sea más difícil para mí jugar el papel de experto, la persona que sabe casi todo lo que se conoce sobre un tema particular-la única vez que alcancé algo  así fue en mi doctorado, sobre la originalidad de Henry Bergson. A medida que cambio mi interés por la escritura de un libro a otro, estudio sólo el tema del libro actual. Por ejemplo, habiendo estado concentrado durante más de diez años en el arte comparativo, he tratado de olvidar la difícil información recopilada sobre filosofía comparativa que era el tema del libro anterior, sobre el cual trabajé, también, durante muchos años.

En mi caso, como en muchos otros, la curiosidad lleva a la predominancia de ciertos libros en la vida de uno. Esto empezó temprano en mi vida, gracias también a la influencia de mis padres. Recuerdo que cuando niño terminé de leer todo lo que me interesaba en la sección infantil de la biblioteca pública local y luego me trasladé a la sección de adultos. Leía sobre todo lo que podía entender y, de vez en cuando, sobre lo que no podía. En la Universidad me interesaba en la mayoría de las materias y fue sólo un medio accidente, por recomendación de mi profesor de filosofía, lo que me llevó a cursar mi Maestría en Filosofía. En cuanto a mis intereses naturales, la podría haber tomado en Literatura, Sicología, Sociología o Antropología, muy de mi agrado.

Si me intereso en un tema, leo ampliamente sobre el mismo y tiendo a estar insatisfecho con una visión única sobre un tema complejo y controversial. El descuido deliberado de las fronteras y la insatisfacción con respuestas aparentemente definitivas caracteriza mi forma de escribir, al igual que mi tendencia a descartar la finalidad del pensamiento marcadamente dicotómico sobre un tema (como lo expresó Chuang Tzu), el cual nos priva de la posibilidad de percibir lo que se ha excluido a priori de la atención. Y preferiría permanecer en un estado basado en principios de compromiso incompleto con cualquier doctrina particular. Yo diría (junto con la Jaina del siglo VI, Siddhasena Divakara[2]) que la realidad no es unilateral y que un punto de vista particular nunca es totalmente equivocado.

Este deseo de no excluir de la atención mucho de la cultura humana explica la visión indignada que asumo ante la negativa de muchos filósofos y departamentos de filosofía de reconocer el interés  que deben asumir por la filosofía comparativa. “Deben asumir” implica una obligación descuidada, una ceguera a las razones prácticas, las cuales son socioeconómicas. No quiero insinuar que esta ceguera sea una razón básica para los malentendidos entre naciones, porque no hay razones convincentes para creer que si, por algún milagro, todos los departamentos de filosofía propiciasen la filosofía comparativa, los pueblos del mundo se entenderían mejor y la amistad sería un denominador común entre los humanos. La vida social no es tan simple. Sin embargo, la falta de interés es un pecado contra la curiosidad, ocasionado, estoy seguro, por los malos hábitos. El estudiante que asume la filosofía seriamente no está obligado a estudiar cualquier cosa sobre la filosofía hindú o china, ni a ser evaluado sobre los conocimientos acerca de las mismas y tienen la suposición natural de que los profesores de filosofía, quienes deben ser las máximas autoridades sobre la materia, conciben  sólo la filosofía occidental como genuinamente filosófica. Entonces, después de que el estudiante de posgrado escribe una esmerado y aceptable Trabajo de Grado, ¿cómo se puede esperar que el filósofo ya consumado reniegue de la prioridad filosófica de occidente que aprendió a asumir y se vuelva un principiante otra vez aprendiendo el ABC de la filosofía? Los hábitos filosóficos occidentales, la moda y los empleos hacen que la filosofía comparativa parezca ser una especialidad meramente periférica, algo permitido a los Departamentos de Religión, cuyo filosofar se torna más laxo, o a Departamentos de Estudios Asiáticos, cuyos estándares o criterios son geográficos. Si es así, ¿cómo se puede algún día hacer el cambio hacia el comparatismo? Es posible que algún día los impulsos nacionalistas de la China o la India unan estas naciones nuevamente a sus filosofías propias y nativas, lo que hará que el mundo en general las tome más en serio. O es posible que los filósofos individuales, alguien erudito en principio como Hegel, o místico como Schopenhauer, o de intereses de amplio alcance como Jaspers, influyan la moda filosófica. Pero, ¿quién podrá asegurar que esto pasará?

El verdadero pecado de esta negligencia es el pecado contra la curiosidad, el deseo primordial de aprender más. Es el deseo de aprender, entre otras cosas, si, o en qué medida,  los términos elementales “filosofía”, “escuela de filosofía”, y  “lógica” y “lógico” tienen equivalentes en las tradiciones intelectuales de los pueblos no occidentales. Es posible que provoque un fuerte choque en un filósofo occidental el hecho de que en la filosofía hindú haya complicadas listas de sofismas y discusiones de formas de argumento racionales e irracionales, incluyendo análisis de los tipos y validez de la evidencia. O el que haya una rama de la “escuela” de “filosofía” de la Mimamsa (la dirigida por Prabhakara) que enseña una moralidad similar a la de Kant, de acuerdo con la cual los preceptos religiosos deben cumplirse no por la posible recompensa o el castigo, los cuales son moralmente irrelevantes, sino por la pura conciencia del deber cumplido. O aquélla en la filosofía hindú e islámica, en la que tiempo y espacio se atomizan en formas familiares y no familiares para occidente, mientras que los chinos tienen la fama de  unificar el mundo a través de teorías de cuasi campo.  O que el problema europeo de la causalidad recibe destacables formas islámicas, un centenar de formas hindúes y algunas chinas, reminiscentes, respectivamente, de formas epicúreas, estoicas, neoplatónicas, humeanas, kantianas y hegelianas. O que gran parte de la filosofía crítica de Kant y de la deconstrucción de Derrida (Shriharsha, fl. 1150 CE, fue un gran deconstructor) se anticipó.

Lo comprobaré yo mismo aquí, porque la cuestión no es tanto de analogías o anticipaciones como las que he enumerado, como el genio del pensamiento chino para la sensibilidad ética y estética, y el hindú para el análisis sicológico y epistemológico. Estos, en su momento, son tan impresionantes que me resulta imposible creer que un filósofo con la preparación necesaria- quien enseña a apelar por igual a la imaginación y a la inteligencia- se pueda pasear entre las ideas no occidentales sin ser estimulado por las posibilidades que se abren para el pensamiento, tanto  constructivo como destructivo. Es también imposible creer que las posiciones, argumentos, elaboraciones y actitudes experimentados, no por sus variedades y contrastes, incrementarán la capacidad del filósofo para distinguir y modular posiciones filosóficas y explorar la posibilidad  de discernir argumentos que lleven en la dirección de la comprensión filosófica panhumana.

Esta posibilidad es la que he estado explorando durante años con el fin de crear una estética lo suficientemente abierta para ser aplicada sin perjuicio del arte de todas las tradiciones humanas. Cuando me pregunto por qué el arte ha existido entre los seres humanos, en todas partes, tengo una respuesta corta y una larga. La respuesta corta, la única que puedo dar aquí, es que el arte ha existido en todas partes debido a que “satisface el hambre humana ineludible por experiencias imaginadas en todas sus variaciones imaginables… El arte es el instrumento que usamos para dar presencia virtual a todo lo que nos interesa, pero que no está lo suficientemente presente para superar la inquietud de una imaginación demasiado ociosa por su propia comodidad”.

Después de haber hecho alusión a las recompensas del comparatista, que creo que el lector comparte o compartirá, vuelvo a un tema humilde, mi vida personal. Sobre mis padres y mi experiencia personal, tengo que ser muy implícito. La vida de mis padres, especialmente mi padre- el fuerte chasquido de su máquina de escribir, operada a dos dedos, se escuchaba desde el cuarto de arriba- me dejó en claro que había sólo dos profesiones naturales, la enseñanza y la escritura. Tanto mi padre como mi madre eran tolerantes desde diferentes puntos de vista. Mi padre, quien había hecho parte de un grupo de jóvenes de un pueblo ucraniano llamado Dunayevtse, en la búsqueda del ideal de una cultura hebrea renovada, llegó a hablar hebreo a los demás, incluso en las calles. Habiendo emigrado a los Estados Unidos, continuó su práctica de enseñar hebreo, no por repetición, sino de la misma forma como los niños de cualquier parte aprenden su lengua materna, o sea, en hebreo. Aunque nací en los Estados Unidos (en 1919), aprendí el hebreo antes que el inglés y recuerdo estar bien desconcertado cuando los niños de la calle no respondían a mi “shalom” (Buenos días). En un sentido cultural y lingüístico, siempre me he sentido como la persona no perteneciente, quien vive menos en un universo que en un multiverso social. Mientras el hebreo y el inglés me son igualmente naturales, escribo sólo en inglés; incluso los textos de los discursos que ofrezco en hebreo permito que se traduzcan al inglés si existe esa posibilidad. Respeto la enorme energía que se ha invertido en la creación de la religión y la filosofía, pero me parece que muy poco de esto se ajusta a mis necesidades personales; tengo que construir mis propios puntos de vista. El amor nacionalista de mi padre y el agnosticismo religioso se han convertido en una pasión de recolector de conocimiento para acumular y  dominar todo lo que pueda por medio de un entendimiento comprensivo, polifacético y de todo lo que llegue a mí naturalmente.

Por naturaleza, deseo, costumbre y, al final, por necesidad, me convertí en un académico, inmerso en una gran variedad de libros estudiados tanto por judíos como por laicos. Obtuve mi licenciatura en instituciones tanto judías como laicas, una Maestría en Filosofía en la Universidad de Harvard, en donde conocí a Harry Wolfson, en 1940, y un PhD en Filosofía en la Universidad de Columbia en 1942. En 1955, gracias a la invitación de un instituto para la educación superior, adjunto a la municipalidad de Tel-Aviv, pero destinado a convertirse en la Universidad de Tel-Aviv, mi esposa y yo emigramos a Israel (su padre, el filósofo y poeta Israel Efros,  era el director). Al principio, siendo el único profesor de filosofía en la futura universidad, me convertí en el fundador y, durante muchos años, el director de su Departamento de Filosofía. Además, fui, durante un corto tiempo, vicerrector de la universidad. Desde 1988, he sido profesor emérito. Aunque me retiré hace muchos años y los profesores jóvenes con dificultad me reconocen, el Departamento de Filosofía lleva la clara impronta de mi personalidad. Esto debido a que no se rige por dogmas, a que los intereses de los estudiantes se guardan afectuosamente en la memoria y a que el rango de materias es inusualmente amplio. La filosofía hindú y china se reconocen como especialidades y se enseñan, tanto a nivel elemental, como avanzado; en los cursos elementales hay centenares de estudiantes. Continúo orientando un seminario, siempre en el tema sobre el cual me encuentre escribiendo. En este año, 2008, se publicará un extenso libro titulado El arte sin fronteras: Una exploración filosófica del arte y la humanidad; será publicado por la Editorial de la Universidad de Chicago.

En una autocaracterización esquemática que aparece al final de Una Historia Comparativa de la Filosofía Mundial (1985) resumo mis debilidades relevantes como “dominio insuficiente de lenguas y lógica matemática” y una “tendencia a ignorar las fronteras culturales y disciplinarias” (intentos de comparaciones y síntesis precipitadas), “relativa falta de temor a equivocarme”, “libertad incompleta de prejuicios”. Luego, resumo las que considero que son mis fortalezas relativas. Estas, que resultan ser casi idénticas a las debilidades, son “intereses muy amplios (arte, música, literatura, sicología y las ciencias exactas y sociales), tendencia a ignorar las fronteras culturales y disciplinarias (intentos de comparaciones y síntesis de largo alcance), relativa falta de temor al error, relativa libertad de prejuicios culturales y disciplinarios”. Debo agregar, supongo, que sigo viviendo en un paraíso perenne de ideas cuyo interés  hago ver en mis escritos y enseñanzas con todas las fuerzas de mis capacidades.

 



[1] Yeshiva: un instituto de aprendizaje donde los alumnos estudian textos sagrados, especialmente el Talmud. N. del T.

[2] Jain se refiere al Jainismo, una religión de la India y sus seguidores. Siddhasena Divakara fue un acharya (guía o instructor) del siglo V, y el mejor erudito del Jainismo. N. del T.

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Edición No. 165