Tres escritos sobre Don Quijote
1. Cervantes, un desventurado
Acercándose a los ochenta, el pobre don Miguel era un desventurado sin empleo. Se le veía rodando sin fortuna en busca de un modesto pasar, con las botas roídas y la ropa gastada.
Tragándose en silencio la soberbia, que la tenía. Hacía muchos años se había retratado “algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies”; ahora andaba arrastrándose. La vida difícil le había sacado dos veces más la joroba. La gente le miraba con un lejano respeto, pero lo dejaba ir muriéndose. Hasta en la misma Academia.
Lo poco que le reconocían, le serviría si mucho para una portería o cargo de hujier. Mirar hacia atrás era de espanto. Las desgracias de familia, la cárcel, las burlas de Avellaneda… Como decimos en Colombia: ¡las vainas! Le llovían sin lástima.
De pronto, acabó por decidirse. El único que podría tenderle la mano era un loco, a quien sólo él le sabía la grandeza del alma y del ánimo: Don Quijote. A él sí se le abrían las puertas de la Academia de par en par, lo atendían los cortesanos, lo adoraba el pueblo. Todo lo que eran miserias para el pobre Cervantes, eran glorias para el loco de quien todo el mundo se reía hasta llorar. Esa atracción mágica de Don Quijote no era sino distanciamientos para don Miguel.
Para ser justos, don Miguel sí de veras se había batido en Lepanto, y pagado su devoción al rey en las prisiones de Argel. De su dedicación a las letras quedaban testimonios auténticos: sus novelas, su libro famoso que empezaba a ser reconocido en los dos mundos. ¿Cómo comparar todo eso con la vida absurda del manchego, que era todo un hazmereír? Las gentes ya ni se acordaban que todo eso había sido una invención de don Miguel. A codazos, cada cual quería sentarse a la mesa en donde estuviera Don Quijote recordando sus peleas. Les fascinaba aquella extraña amistad con el oscuro campesino de los refranes y las torpezas. Y mientras se devoraban perdices y jabalíes en la mesa del “Ingenioso Hidalgo”, y corría el vino sin medida, don Miguel sentaba el hambre a su mesa, y él y el hambre se quedaban mirando los platos vacíos y los jarros horros.
El drama no podía ser más humano, pues don Miguel lloraba en el fondo el alma viendo que tenían por destornillado a su hijo ejemplar, al único que no le había manchado con historias indecentes. Tan negras, que hasta a los calabozos le habían llevado y no faltaría quienes le reprocharían el que hubiera sido padre de un loco! Le confundiría la paradoja de que todo el mundo le corriera a Don Quijote, y todo el mundo se olvidara del padre desventurado.
El último encuentro fue, sinembargo, como para llorar de ternura. Padre e hijo se encontraron en cualquier camino. A la sombra de un árbol se sentaron. Como pudo, el viejo le hizo saber a Don Quijote de las miserias que le aquejaban… Como para que le diera una manito y lo condujera a cualquier situación menos apurada. Sobraban explicaciones.
Al loco le sublevaban las injusticias. No tenía que abrir la boca nadie –y menos su padre- para moverlo a ayudas fabulosas. Sabía que don Miguel era su padre, y tanto más le apretaba el cariño cuanto más deteriorado le veía. Tú eres mi gloria y mis triunfos y la causa de mis grandes aventuras y de mis divinos coloquios y de mis famosas empresas que todo el mundo sigue con estupor y encanto! El pobre don Miguel le escuchaba boquiabierto. Se le olvidaban las hambres, se le escurrían las babas… Don Quijote ni se daba cuenta, transfigurando al viejo, encontrándolo formidable y poderoso. Sentados en tierra, perdidos bajo la sombra del árbol de la eternidad, nunca dos hambrientos quedaron mejor saciados. Ni padre alguno, miserable, se sintió más halagado oyendo de su hijo tanta locura. (1989)
2. Cervantes y los Quesadas
María, la sobrina de Don Quesada, pasó tres años de antesala, pidiendo para don Antonio, su marido, la Gobernación de El Dorado. Fue la herencia que de su locura le dejó el fundador del fabuloso Nuevo Reino de Granada. Por fin vino la gracia del Rey y marido y mujer se embarcaron… como lo hubiera hecho Sancho para Barataria, felices.
Los tres años de la espera fueron de cuando en cuando compartidos con un hidalgo que pedía le dieran cualquier cosa. Era de cabellos de oro con algunos hilos de plata, frente lisa y desembarazada y –lo mejor- alegres ojos. Tenía maltratado un brazo por una pelea: la batalla de Lepanto, en que resultó el gran perdedor. Lo agarraron y, cautivo, fue a parar en Argel. La humanitaria hermandad que en España recogía limosnas para pagar el rescate y devolver a los cautivos su libertad, lo sacó no sabemos por cuanto. El caso es que el esclavo liberado, que pomposamente se decía Don Miguel de Cervantes Saavedra, se encaminó por la misma senda de la sobrina que sabemos, pasó con ella, y a tiempo con ella, tres años pidiendo y esperando, y acabó solicitando, como don Antonio Berrío la de El Dorado, para él la Gobernación de Cartagena.
¿Cómo supo Don Cervantes que había una Cartagena del otro lado del mar? Son las cosas que se saben, entre muchas, haciendo espera en la antesala del ministerio. Ahí la sobrina era como la revista que encontramos en la sala de espera del dentista o el oftalmólogo. Entre las curiosidades de la vida del fundador de un nuevo Reino en el corazón verde del Nuevo Mundo –de esmeralda- y de una ciudad en la cima de la más alta cordillera –Bogotá, cerca de una montaña de sal- y ser el inventor de una Gobernación de oro en la Guayana –El Dorado- estaba el haber sido gobernador de Cartagena. Dijo Cervantes: esa Gobernación la quiero yo. Y no se la dieron.
María la sobrina, pensará el lector, tuvo más suerte que Don Cervantes. Si y no. Haciendo espera y oyendo la vida del Ingenioso Hidalgo Don Quesada de Granada, tuvo tiempo de sobra el pretendiente para armar en su imaginación una novela de más de seiscientas páginas. Y decía el autor de esta verdadera historia el ministro del Rey: no crea usted que a Cervantes no le dimo empleo en América por desvío, ni porque lo encontráramos menos acreedor a una gracia que doña María, aquí sabíamos que lo de América daña el ceso a los más cuerdos. El tal Don Quesada de El Dorado estaba perdido cuando regresó de las Indias. Cobos lo conoció muy bien y lo hizo sacar por loco de la plaza. La sobrina, la pobre sobrina, estaba hechizada con sus cuentos. Don Cervantes, que tenía una suerte perra en su casa, se merecía algo mejor que ir a las Indias, cueva de ladrones y asesinos… El mismo lo dijo, y lo sabía.
En todo caso, dándole vueltas a la novela, ganó mucho Don Cervantes con la antesala. Y es bueno recordarlo, para no maldecir de esta cortesana, antigua y desgraciada institución. (1989)
3. Las dos muertes de Don Quijote
Para llegar a la casa donde, aquí, murió, tuve que bajar dos mil doscientos metros, por los caminos del Nuevo Reino. El pequeño edificio de cuatro aguas y cuatro ventanas, parece un fantasma. Una de las ventanas estaba abierta y vi una habitación de aula de clase. Oscura y telarañosa. El polvo en el aire mezclado con tinieblas. Las ventanas arrodilladas igual que hace cuatro siglos y medio. Entonces se arrodillaron para ver sacar, por la puerta nada señorial, a Don Quijote, entre la caja. Pocos días antes habían llegado el notario y el cura. Quizás al mismo cuarto donde ahora enseña la maestra dos por tres seis, dos por cuatro ocho… Lo habían encontrado más postrado que nunca, y lúcido como él decía. Dictó el moribundo: al presente me hallo muy enfermo del cuerpo aunque sano del ánima… Y agregó: por cuanto su majestad me ha hecho merced para que pueda nombrar un sucesor… nombro a doña María de Oruña, mi sobrina. Ella, sobrina, no estaba ahí sino en la remota España… En la otra muerte, inventada por Cervantes, la segunda, decía Don Quijote: Mando toda mi herencia a puerta cerrada, a Antonia Quijano, mi sobrina… y la sobrina aparece ahí, al pie de la cama…
La muerte de verdad ocurrió en Mariquita, en esta casa de tejas verdes que se está cayendo. El color de la edad está en esas tejas, que eran encendidas como los granos de la granada. Cervantes decía siempre de su historia que era la verdadera, por necesidad. Cuando se visten de mentiras las cosas hay que decir que son verdaderas. Don Quijote estaba tan loco que en el testamento dejaba a Sancho el resto, calando: Si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la Ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se lo diera… El de Mariquita lo hizo peor: dejó a la sobrina la conquista del Dorado, gobernación imaginaria, empedrada de oro, que había tratado de poner bajo estandarte del Rey… Tras esa quimera había salido él con trescientos españoles, mil quinientos indios e indias de servicio y mil cien bestias de carga… Cuando a los tres años de sufrir y padecer regresó, le quedaban vivos 64 españoles, 4 indios y 18 caballos… y se preparaba a morir creyendo en El Dorado. La tercera salida fue de dibujar en aguafuerte: ni esperanza de montar en un caballo; lo acomodaron en un guando, tendría que combatir a los indios del río Gualí, cerca de Mariquita… donde vino a morir…
Algo de verdad tenía que poner en su historia don Miguel, y dijo: quieren decir que tenía el nombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que del caso escriben; aunque por conjetura verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana. Luego, insiste: se vino a llamar Don Quijote, de donde… tomaron ocasión los autores de esta verdadera historia que, sin duda, s debía llamar Quijada y no Quesada… He escrito cómo Cervantes se enteró de las locuras de Quesada, en un libro escrito hace años, y ahora, en Mariquita, lo he visto todo, acompañado del cura.
Estas cosas solo pueden ocurrir en Colombia. Nadie, aquí, duda que Don Quijote fue enterrado en Popayán. Ni yo de sus aventuras en Nueva Granada. Y su muerte en Mariquita. En esta casa de las tejas verdes, él me dice: en la Hermita se encuentra el Cristo de Lepanto. Ni más faltaba: y así es. Ya al cerrar los ojos el Quijote, Cervantes vuelve a los enredos del apellido. El cura –dice- no bien acabó de confesar a Don Quijote, salió casi gritando: verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo don Alonso Quijano el Bueno: bien podemos entrar para que haga su testamento. Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de Ana, sobrina, y de Sancho Panza… de tal manera que los hizo reventar de lágrimas en los ojos… Vino el testamento, el nombramiento de Antonia Quijano como heredera, los reconocimientos para Sancho… “Cerró el testamento, y tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama. Alborotáronse todos, y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada; pero, con todo, comía la Sobrina, brindaba el Ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto.”
El final del regreso del Quijote a su casa para morir, está como este cuento de la casa de Mariquita, con las paredes cayéndose de olvido y a cuatro cuadras el Cristo de Lepanto. (1989)