Tal vez sea el momento de hacer un balance justo del nadaísmo y sus múltiples aportes históricos, artísticos, literarios y culturales. Para lograrlo es indispensable deponer y dejar atrás la cadena de invenciones chismográficas, falsas acusaciones, reiterados encasillamientos ideológicos, imaginaciones morbosas y anécdotas trilladas que lo rodearon durante tantos años. No es aceptable que en 2018 sigamos hablando de los nadaístas como “enemigos públicos”, ni especulando morbosamente sobre sus orgías ficticias, ni escandalizándonos gratuitamente con los supuestos sacrilegios. O un falso estupro. Es hora de comprender y señalar los valores de sus vidas, su pensamiento y su escritura, con criterios culturales, filosóficos y literarios, y no con prejuicios teológicos.