Huellas del tiempo
Grávido unas veces agrietando la piel de tan pesado alado otras el pasado es un fardo que doblega o sostiene según de donde sople el viento
Grávido unas veces agrietando la piel de tan pesado alado otras el pasado es un fardo que doblega o sostiene según de donde sople el viento
Afinidades electivas, destinos coincidentes, intereses comunes, un gran respeto y una mutua admiración nos unieron en nuestro periplo existencial que ha sido colombiano, francés y venezolano. Nuestro común profesor de Estética, Olivier Revault d’Allonnes, nos habló a la una de la otra, cuando ambas éramos estudiantes, sin que hubiéramos podido encontrarnos en París. Pero ya sabíamos que íbamos a ser amigas.
Buen momento intelectual cruzaba nuestra escritora Valentina Marulanda (1949-2012), cosmopolita, estudiosa incansable, con dedicación preferente en el género ensayo, melómana con bases en formación musical temprana, en gramáticas y piano. Fina expositora en conferencias y diálogos públicos, además de gestora de programas culturales de radio en Caracas, lugar de su residencia por poco más de tres décadas, después de alta formación académica en París y de trasegar por el mundo como ávida observadora. Columnista de periódicos y colaboradora en revistas de selecta armadura.
Decía Paul Valéry, en alguno de sus dilatados Cahiers, que para encontrar las cualidades esenciales de un idioma era menester acudir a la poesía, porque el poeta es aquél cuyo oficio es eliminar los ruidos del lenguaje, dejando solo los sonidos.
Sólo un anacoreta o un asceta —dos palabras para nombrar a aquél que se retira del mundo a meditar y hacer penitencia en nombre de una creencia en un ser superior y un paraíso más allá de la dimensión temporal y del “valle de lágrimas” que, habitamos, según el dogma cristiano— es capaz de renunciar a la propia voluntad, aceptar el dolor como fuente de felicidad y regocijarse en él, en aras de salvar el alma.
Demasiado temprano para su brillante producción, le ha llegado a mi adorable amiga Valentina la seriedad mas suprema, la máxima expresión de soledad e intimidad, ese trance en el que la actitud del pensar y el sentir, adquieren el rigor de lo absoluto, porque no otra cosa es la muerte.
Hasta pronto, maestro (En memoria de Fernando Hinestrosa-Forero; Para: Doña Consuelo, Martha, Roberto y Fernando. Por: Miguel Méndez-Camacho). Hay personas cuya vida se reduce a un nombre entre dos fechas. Otras, menos grises, dejan una familia, un modesto patrimonio, las huellas de unos pasos. Y hay seres excepcionales que se…
Al empezar a descender por alguna de las calles empinadas del viejo barrio de Los Agustinos, cualquier transeúnte de estos tiempos puede pensar que ha cambiado de época. Es probable que al detenerse en alguna esquina se quede curioseando en la arquitectura de las casas de dos o tres plantas, y se fije en las construcciones de bahareque en las cuales sobresalen los balcones de madera, adornados con matas y afeados por la ropa vieja, recién lavada, que cuelgan los vecinos en las mañanas. Buena parte de las casas están pintadas con colores vivos, eléctricos, saltones, como si cada familia tuviera el propósito de hacer más vistosa la vivienda, creando un ambiente de barrio al mismo tiempo envejecido y chicanero.
Tu papá odiaba verte sufrir, que te levantaras en la mitad de la noche con el dolor atorado en la garganta. Tus gritos desgarradores lo hicieron abandonar Bogotá y mudarse a Brooklyn.
¿Y qué más iba a hacer el jovencito éste, un niño grande apenas un mancebo?