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Rousseau y la música: las razones del corazón

Autodidacta y eterno diletante, quien llegaría a ser uno de los pensadores más influyentes, leídos, proscritos y perseguidos de Europa, en un siglo iluminado y libertario, declara no saber cómo aprendió a leer, al no haber frecuentado realmente la escuela. Apenas salido de la infancia Jean Jacques Rousseau, destinado por herencia paterna a la actividad de relojero, hace un breve tránsito como aprendiz de escribano y grabador, mas no pisó un aula universitaria y su formación, hecha a jirones, es un modelo de informalidad.

Jean-Jacques Rousseau: la modernidad cuestionada

En octubre del año de 1749 Diderot fue enviado a prisión durante un mes en el Castillo de Vincennes, por haber publicado su Carta sobre los ciegos para uso de los que pueden ver, acusado de ser un libertino intelectual, dado el tono escéptico que le imprimió a su escrito y por defender en él posturas agnósticas. Mientras Rousseau camina desde París para visitarlo en aquel verano, especialmente intenso, rendido de calor y fatiga, a menudo se detiene para descansar bajo la exigua sombra que producen los árboles podados. En uno de esos momentos de reposo, leyendo El Mercurio de París, descubrió la pregunta que por entonces formuló la academia de Dijon para un concurso del premio de moral de 1750: Si el restablecimiento de las ciencias y de las artes ha contribuido a depurar las costumbres.

Atisbos en la poesía de Armando Romero

Poeta, narrador, viajero, de la generación nadaísta de los años sesenta en Colombia. Profesor en la Universidad de Cincinnati, en Estados Unidos. Ha publicado en poesía: «Los móviles del sueño» (1975), «El poeta de vidrio» (1979), «A rienda suelta» (1991), «Hagion Oros – El monte santo» (2001), «A vista del…

Mi amigo el poeta Armando Romero

La poesía es un ejercicio para condenados. Los poetas transitan por la calle con el rostro y con los gestos de los demás transeúntes y sólo así sobreviven porque si hubieran de vestirse con el traje de amianto y fósforo que les corresponde, las gentes huirían a su paso y el pavor reinaría a su alrededor como una luminosa corona justiciera. Los poetas entienden esta situación y aceptan la penosa carga de este mimetismo humillante. Pero queda una zona en donde esta condición de víctima señalada por los siete dedos de la lucidez, la belleza, la ira, la intemporalidad, el sueño, la muerte y el amor, es inocultable. Esta zona la señalan las palabras del poeta, su mirada y su trato con los demás condenados.

«El aguacero edificable»

Armando Romero es un poeta formado en los años 60. La irreverencia para afrontar la tradición, el coloquialismo y cierto gusto de la metáfora surrealista son marcas propias de la poesía latinoamericana de aquella década, e influyeron en los comienzos de Romero por la época en que, muy joven, cerró filas en el movimiento nadaísta que en Cali, su ciudad natal, tuvo por principales mentores a Gonzalo Arango y Jota Mario Arbeláez. No era ésta, sin embargo, la ruta que transitaría. Separado del nadaísmo, inicia una búsqueda independiente, más personal, en la que pronto inciden la vocación del narrador y una inclinación. cosmopolita que lo lleva a confrontar continuamente su experiencia con las de poetas y grupos de los países donde ha vivido.

«La rueda de Chicago»

Comentar la novela de un nadaísta sin detenerse en el novelista es contar el cuento incompleto, sobre todo si la novela tiene un trasfondo autobiográfico. Hasta esa ciudad industriosa y heroinómana del hombre del brazo de oro, alcohólica de Al Capone y olorosa al tocino de la épica sandburguesa rodó Armando Romero convertido en Elipsio en busca de esa amante esquiva, Lamia o la poesía, y la ha encontrado en la prosa gloriosa de ésta su tercera novela, una especie de reinvención de la rueda. Años antes había publicado, en Bogotá y Caracas, las otras dos patas de la trilogía: Un día entre las cruces y La piel por la piel. Como más de veinte volúmenes de poemas, cuentos y crítica literaria.

Magias en «Cajambre»

Es que la novela del poeta, ducho en trucos –más elegante se dice "artificios"—, no sólo entretiene hasta no dejarla sino que lanza otros desafíos, pertinentes para lo más novedoso de la narrativa de habla hispana actual.

Rueda y más rueda en «La rueda de Chicago» de Armando Romero

La rueda de Chicago es una especie de dinámica discursiva infinitesimal, o una entidad narrativa cósmica. Me atrevo a hacer tal afirmación porque la novela es una red intrincada de situaciones y hechos donde convergen por oposición o afinidad diferentes formas de ver y de sentir el mundo.

Armando Romero: el artista como crítico

Dedicando la mayor parte de su vida -como escritor- a la poesía y a la narrativa, Armando Romero ha publicado paralelamente tres libros de aproximación crítica: Las palabras están en situación (1985); El nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia perdida (1988) y Gente de pluma (1989); además de un sinnúmero de reseñas y artículos en calificadas publicaciones periódicas a los dos lados del Atlántico.

Repudio y nostalgia de la bestia

Es un hecho indiscutible de la historia literaria hispanoamericana que el surrealismo, entre todas las vanguardias históricas, es el que ha dejado una herencia más amplia y duradera. Y es a través de esta línea oscura pero constante del imaginario hispánico que surge la prosa turbadora y fascinante de Armando Romero. La lección del surrealismo lo lleva con insólita y transgresiva firmeza al encuentro con esa animalidad profunda que yace dentro de nosotros, aplastada o reprimida por los principios de la civilización y la cultura.