En la edición 169 de la Revista Aleph (2014) cuando también me referí al Centro Cultural Salmona, que hoy se construye en los predios de la Universidad de Caldas (Manizales), recordaba que el hombre es un aventurero a quien le gusta tender puentes entre su estancia en la tierra y los mundos que piensa e imagina. Pero ahora hay que precisar, no sólo goza tendiendo puentes, pensando e imaginando, sino que todo ello lo hace como una necesidad surgida de su condición mortal, porque el ser humano está sometido a la necesidad de las leyes naturales y a un sentimiento de desamparo ante la magnitud de los hechos que lo rodean: su condición perecedera, el firmamento pleno de estrellas, las fuerzas naturales indomables, la necedad e incomprensión de los demás, y las de uno con ellos; su fragilidad ante el paso implacable del tiempo y la historia. Siendo así necesita crear refugios donde pueda estar como humano que es, y por ello se habla de construir puentes para pasar a aquellos ámbitos, salidos de su pensamiento e imaginación, que ha ido construyendo como morada humana. En ese reino encuentra sus creencias, sueños, anhelos, aspiraciones racionales y, en general, un mundo simbólico en virtud del cual las cosas y las acciones adquieren valor y sentido para él; sin la esperanza de alcanzar una vida mejor, los hombres no laboraríamos y no estudiaríamos. Sin tener la aspiración a una vida grata, duradera, libre y cómoda, no tendríamos religión, arte, filosofía, ciencia y técnica; si no mantuviésemos el ideal de vivir pacíficamente con los demás, en mutua cooperación, de manera solidaria, respetuosa y digna, no estaríamos esforzándonos sin descanso por contar con estados democráticos y organizados para favorecer la vida en comunidad.